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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Gonzalo Fontana

De lo que se dijo en la postal anterior se deduce que el interés inicial de Roma por los cristianos surgió precisamente de las denuncias de los dirigentes de las sinagogas locales, alarmados por querellas y reyertas a cuenta del mesías resucitado. En este momento es evidente que los cristianos de Roma no eran un grupo propio segregado del judaísmo. Es posible interpretar en este sentido un conocido pasaje de Pablo en 1 Corintios. Dice así:

Cuando alguno de vosotros tiene un pleito con otro, ¿se atreve a llevar la causa ante los injustos, y no ante los santos? [...] Y cuando tenéis pleitos de este género ¡tomáis como jueces a los que la Iglesia tiene en nada! Para vuestra vergüenza lo digo. ¿No hay entre vosotros algún sabio que pueda juzgar entre los hermanos? Sino que vais a pleitear hermano contra hermano, ¡y eso, ante infieles!» (6, 1-6)

En este testimonio de Pablo, cuando él habla del horror que siente si los seguidores de Jesús dirimen sus cuestiones judiciales en tribunales paganos y no en tribunales internos, late una disposición ya tradicional de los judíos, evidentemente sectaria, de guardar sus trapos sucios en casa (el pueblo elegido no debe mostrar sus vergüenzas fuera), pero es posible también interpretarlo, y con razón, como que serían los propios cristianos los más interesados en pasar desapercibidos y no ser detectados por el Imperio como que estaban fuera del ámbito de la sinagoga.

Semejante actitud revela también el miedo a que las eventuales rencillas internas pudieran atraer la atención de las autoridades romanas sobre una comunidad que, en esos momentos, se hallaba en una situación muy ambigua respecto al judaísmo. Pero es de suponer que en donde se estableciera un grupo de conversos a la fe en Jesús se producirían los inevitables altercados, en los que las autoridades tendrían que intervenir para evitar que las cosas llegaran a mayores.

¿Qué alcance tuvieron las disposiciones imperiales cuando las hubo acerca de los alborotos entre judíos y judeocristianos? En principio hay que responder que tuvieron poco y que la disposición del gobierno omano fue más bien de paciencia contemporizadora. Tres décadas antes, Tiberio había actuado de forma drástica al deportar de Roma a 4000 judíos, como afirma Tácito en sus Anales 2, 85. Sin embargo, en esta ocasión --de la que habla Suetonio (Chresto era el causante de los disturbios) y que estamos tratando ahora-- el decreto imperial debió de ser mucho más moderado. Esto lo sabemos de un lado, porque la Carta a los Romanos (compuesta hacia 58 y en contraste con el libro de los Hechos) no menciona ninguna expulsión de judíos o judeocristianos, ni da a entender la existencia de ninguna situación de peligro para el grupo. De otro, porque, en contraste con el relato de Suetonio, el historiador Dión Casio ofrece una versión bastante distinta del acontecimiento de la expulsión de judíos y judeocristianos de Roma. Su versión dice así:

Por lo que concierne a los judíos, que de nuevo se habían multiplicado en número tan grande y que por razón de su multitud difícilmente podían ser expulsados de la ciudad sin provocar un tumulto, él [Claudio] no los desterró sino que les prohibió tener reuniones, aunque continuaran con su tradicional estilo de vida. Él disolvió también las asociaciones que Gayo [Calígula] había autorizado nuevamente (Historia de Roma 60, 6, 6)

Por tanto, parece ser que el decreto de Claudio solo se habría centrado en expulsar de Roma a aquellos elementos conflictivos, entre los cuales, sin duda, estarían quienes causaron los disturbios, es decir, los que hemos interpretado como judeocristianos que apelaban a las apariciones del Resucitado para defender que Jesús era el mesías. Y entre ellos, había un matrimonio de judíos conversos a la fe en Jesús, llamados Áquila y Priscila, de cuyas andanzas sabemos gracias a un pasaje de Hechos de los apóstoles (18, 1-2), texto que, aunque refrenda la versión de Suetonio —se habría expulsado de Roma “a todos los judíos”--, es posible que no refleje la realidad. De hecho, lo más probable es que la versión de Dión Casio se ajuste más a la verdad, pues expulsar a todos los judíos y judeocristianos de Roma habría supuesto un movimiento de una masa considerable de personas. Por más que el poder romano exhibiera la voluntad de acabar definitivamente con estos conflictos, el alcance de la medida habría sido limitado y solo habría afectado a los agitadores más dinámicos y activos entre los que debían estar los posteriormente amigos de Pablo Áquila y Priscila.

Por otra parte, el texto de Dión Casio ofrece una noticia de capital interés: Claudio «disolvió también las asociaciones que Gayo había autorizado nuevamente». Esto es, el poder romano identificó la causa de los problemas que estaban aconteciendo en las sinagogas de la Urbe con la existencia de unas asambleas que escapaban tanto al control del Estado como al de la propia judería de la ciudad. Tengamos en cuenta que la “Lex Julia de Collegiis”, es decir la que controlaba las reuniones de cualquier tipo en Roma, era muy severa. Se necesitaba el permiso de la autoridad para que se reunieran lícitamente más de 10 personas en una asociación. Los judíos estaban exentos de esta ley por privilegio imperial (en las sinagogas se reunía mucha gente, que variaba continuamente debido al buen número de visitantes). Así pues, lo que debió de hacer Claudio fue restringir –por miedo a más altercados— el permiso de reunión, expulsando solo a los más señalados como alborotadores (judeocristianos).
Hacia el 58, ya en el reinado de Nerón se había suavizado, u olvidado voluntariamente ese decreto de Claudio (¿quizás por influencia de la mujer de Nerón, Popea, que era muy projudía?), y así vemos cómo la comunidad cristiana de Roma en tiempos de Pablo estaba ya bien formada y relativamente tranquila. Y si bien contaría con algunos elementos judíos, estaría compuesta mayoritariamente por gentiles (Romanos 2, 25-29), esto es, por “temerosos de Dios” de los que orbitaban en la periferia de las sinagogas.
Pero, a los ojos de los judíos, podría considerarse que esta comunidad judeocristiana de Roma aspiraba a constituirse como una auténtica sinagoga. En rigor, se proclamaba como el auténtico “Israel de Dios”, una nueva “familia de Dios” compuesta de judíos y paganos todos conversos a la fe en Jesús mesías (cf. Rom 11, 11-18). Ahora bien, esta situación resultaba inasumible para la inmensa mayoría de los judíos increyentes.

Por tanto en este momento de la vida de Pablo la posible fama contra los “cristianos” se reducía a que eran alborotadores y causantes de desórdenes públicos dentro del movimiento judío, y en este período inicial toda la acción del Estado hacia el movimiento cristiano se centraba en él en tanto que asunto judío. Y lo que es más, si hubo alguna voluntad de persecución inicial, esta se produjo en el propio ámbito del judaísmo. Mientras no se alterasen la paz cívica y el orden público, el gobierno romano dejaba que fueran las propias comunidades judías las que solucionasen sus propios conflictos internos. Así se explica también –para tiempos del emperador Claudio-- que en el año 41 este emperador decida no intervenir en el fondo del asunto de los gravísimos enfrentamientos acaecidos en Alejandría entre griegos y judíos:
“En cuanto a quienes fueron responsables de los disturbios y motín, o mejor dicho, (…) de la guerra contra los judíos (…) no quiero investigarlo a fondo, a pesar de que conserve una indignación inmutable contra [los griegos] quienes iniciaron de nuevo el conflicto. (…) Conjuro de nuevo a los alejandrinos a que se comporten con mansedumbre y amabilidad con los judíos (...) y a que no profanen ningún acto del culto acostumbrado de su dios (…). A los judíos, por su parte, les ordeno sin ambages que no traten de obtener más ventajas de las que antaño tuvieron. (…) Si desistiendo de esta conducta unos y otros, os avenís a vivir con mansedumbre y amabilidad mutua, yo por mi parte consagraré a la ciudad la mayor atención…” (“Carta de Claudio a los alejandrinos” conservada en el Papyrus London 1912, publicada en español en la traducción de Luis Gil, de la obra de Johannes Leipoldt y Waltr Grundmann , El mundo del Nuevo Testamento, II, Cristiandad, Madrid 1973, 267-268).

Es muy posible que fuesen los propios cristianos los primeros interesados en no atraer sobre sí la atención gubernamental; y, seguramente, preferirían mantener su misión evangelizadora en un contexto político estrictamente judaico reduciendo los eventuales conflictos a un nivel meramente disciplinar (cf. 2 Corintios 11, 24: “De los judíos recibí cuarenta menos uno”), idea que se confirma plenamente a partir de otra sentencia de Pablo conservada en Romanos 12,14: «Bendecid a los que os persiguen. No maldigáis» que evoca palabras similares de Jesús. Compuesta a fines de los años 50, el breve texto paulino de Romanos, es, sin duda, la referencia más antigua que poseemos sobre la cuestión: hay quienes están persiguiendo a los creyentes en la nueva fe. Y los perseguidores no pueden ser sino los propios judíos, lo cual se echa de ver por la amabilidad y el cuidado con los que, en los siguientes párrafos, se alude a las autoridades estatales, las cuales, de momento, serían en todo caso la única protección que tienen ante los ataques procedentes del lado judío. Así se explica, en parte, que en el siguiente capítulo de Romanos Pablo exhorte a obedecer en todo a las autoridades imperiales:

1 Sométase toda alma a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino bajo Dios, y las que existen, por Dios han sido ordenadas. 2 De modo que quien resiste a la autoridad se rebela contra la ordenación divina, y los rebeldes recibirán sobre sí mismos la condenación. 3 Pues los magistrados no son de temer para la obra buena, sino para la mala. Y ¿quieres no temer a la autoridad? Obra el bien y tendrás de ella alabanza, 4 pues para ti es un ministro de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva la espada: pues es un ministro de Dios vengador para la ira contra el que obra el mal. 5 Por tanto, es preciso someterse, no sólo por la ira, sino también en conciencia. 6 Por esto, pues, pagáis los tributos; pues son servidores de Dios ocupados asiduamente en eso. 7 Devolved a todos lo que se debe: a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor (Rom 13,1-7).

De hecho, no se puede pedir mayor obsecuencia hacia la autoridad imperial. Esta es la mejor de las pruebas para indicar que las primeras persecuciones que padecieron los cristianos se encuadraban en el propio ámbito judaico, el espacio natural al que, de hecho, estos pertenecían. Un texto de los Evangelios lo confirma. Son palabras puestas en boca de Jesús por un profeta cristiano que habla en nombre de Jesús, pues reflejan claramente tiempos posteriores al Maestro:

Por eso, he aquí que yo envío a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad. (Mt 23, 34 [cf. Mt 5, 12]) .

Obsérvese cómo el texto transcrito se mueve dentro de una controversia estrictamente intrajudía: el Bautista y el propio Jesús sirven de modelo martirial a quienes han de sufrir persecución en el marco de la sinagoga. Con todo, su autor también se hace eco de una incipiente atención de las autoridades romanas sobre el grupo cristiano, aunque el evangelista no describe en ningún momento la acción de las autoridades gubernamentales en términos de violencia y, mucho menos, de muerte. Insistimos, pues, en la idea de «incipiente atención»: la violencia procede del poder sinagogal, prueba de que, todavía a fines del siglo I, muchos grupos cristianos, al menos la comunidad mateana, están todavía encuadrados en el judaísmo y sometidos, por tanto, al control social de la propia comunidad judía. Así, ya en los años 50, Pablo reprochaba a sus destinatarios de Galacia que se circuncidaran para escapar a la persecución de las autoridades judías (Gál 6, 12).

Seguiremos, y veremos que esta situación va a cambiar cuando los judeocristianos y paganocristianos se vayan apartando poco a poco de la sinagoga y queden expuestos por sí mismos a los ojos del poder imperial.

Saludos de Gonzalo Fontana
y de A. Piñero

Viernes, 27 de Febrero 2015


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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