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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Antonio Piñero

Pregunta:


Escribo pensando que me podría aclarar una duda. He leído y escuchado algunas cosas sobre los cultos mistéricos que me han hecho pensar. He sabido que, al parecer, existen muchas coincidencias entre la historia de Jesús y la de Dionisos, entre ellas, que Dionisos es Dios hecho carne, nació de una Virgen fecundada por un Dios, nace en una cueva o establo muy humilde ante la presencia de algunos pastores, permite que sus seguidores vuelvan a nacer gracias al rito del bautismo, convierte el agua en vino mientras estaba en una boda, entra triunfalmente a una ciudad montado en un pollino mientras la población agita palmas para recibirlo, muere entregándose en sacrificio por los pecados del mundo, desciende al infierno y al tercer día resucita, ascendiendo a los cielos, sus seguidores creen que va a regresar a juzgarnos al final de los tiempos, y esta muerte y resurrección se conmemoran en una comida ritual de pan y vino que serían su cuerpo y su sangre…


Quería preguntarle, primero, si todas esas “coincidencias” son verdad, o sobra alguna o algunas…
También la he escuchado a la Sra. Ana María Vásquez Hoys, en algún programa de radio, decir que todo lo que conocemos de los cultos mistéricos se lo debemos a la novela “El Asno de Oro” de Apuleyo. De todas formas, debido a las asombrosas “coincidencias” entre Jesús y Dionisos, quería preguntarle en segundo lugar, si sabemos de la doctrina que enseñó Dionisos cuando se encarnó en este mundo; si existe algún texto en el que, a semejanza del Dios cristiano, Dionisos enseñe esa doctrina; si se cuentan historias en las que participa Dioniso… en fin, el asunto es poder comparar a los dos no sólo en esos hechos que cité más arriba, si no como Dioses en general, y pensé que podía venir a sentarme al teclado y preguntarle…
Desde ya, muchas gracias por su tiempo,



RESPUESTA:


Es la primera vez en mi vida que oigo hablar de tales coincidencias, tan exactas y tan seguidas. Quien habla de ello debe de ser un mentiroso audaz o un fabulador. Por favor, consulte cualquier Diccionario de Mitología Clásica, o bien lea algo sobre Dióniso = el Baco latino y se convencerá de que la historia de este dios es muy otra.


Lo que sí es cierto es que entre los denominados “misterios” de Dióniso, existe uno en el que una vez al año se reunían sus adoradoras, todas mujeres, dejaban libre en un monte un cabrito, luego lo perseguían y lo descuartizaban vivo e ingerían sus carnes. Se creía que el cabrito representaba simbólicamente al dios y que ingiriendo su carne se unían místicamente a esa divinidad. Y al unirse a ella –ya que Dióniso había muerto y luego había sido vuelto a la vida (vea el mito en Internet o en el Diccionario)– en su peripecia vital de muerte y resurrección se aseguraban la inmortalidad, que por otra parte poseían innatamente ya que el alma de por sí es inmortal.


Y también es cierto que tanto Justino Mártir, como Tertuliano, cayeron en la cuenta de algunas semejanzas entre el misterio cristiano y los misterios paganos. Y atribuyeron esa semejanza al Diablo, quien había coopiado del cristianismo e intentaba por medio de este engaño extraviar a los fieles.



He escrito en varios lugares que:



“La semejanza entre las religiones mistéricas y el cristianismo es un tema recurrente desde el siglo XIX a partir de los estudios comparativos de la “Escuela de la historia de las Religiones”, en la que se afirmaba, como norma general, que la religiosidad cristiana copiaba directamente de las religiones paganas contenidos e interpretaciones de ritos, y nociones tan importantes como la eucaristía, el bautismo o el cuerpo místico del Mesías. Hoy día se ha llegado a una posición más matizada: no es necesario postular una copia o influjo consciente y positivo, sino más bien un enfrentamiento directo entre dos religiosidades, en una atmósfera religiosa común, con la utilización de un mismo vocabulario elemental que estaba en el ambiente y con esquema mentales comunes. No es, pues, necesaria copia alguna, sino llegar a ver que se vivía una época con intereses religiosos comunes”



“La idea paulina del cuerpo místico del Mesías podría encajar más o menos bien en el judaísmo del Segundo Templo dentro de la noción de “personalidad corporativa de Israel”, concepto en el que el individuo se pierde un tanto en pro del sentimiento de grupo. Pero el sentido de una cena, con estas características de unión/participación con una entidad ya divina como Resucitado y Exaltado, y una comunión con el Espíritu del Mesías (indirectamente en 2 Corintios 13,13 y Filipenses 2,1) es ajeno a la mentalidad judía del Segundo Templo: ingerir místicamente el cuerpo del Mesías para hacerse uno con él es anómalo, sumamente extraño en el judaísmo.


“En verdad, el significado de la Cena del Señor, según Pablo, solo encuentra una analogía efectiva dentro del Mediterráneo oriental del siglo I, en las comidas sagradas presididas por un dios, por ejemplo Anubis (“las comidas de Anubis”), en las que el comensal se unía místicamente al dios, o bien en la ingestión del cabrito troceado vivo, sangrante, en la bacanales dionisíacas que significaba una cierta unión de la bacante/ménade con el dios Dióniso/Baco, o quizás también en la ingestión del ciceón –bebida a base agua, harina de cebada y poleo—en los misterios de Deméter y Perséfone, que suponía cuanto menos una cercanía extrema a la divinidad. Como esta ingestión era anterior al día de la iniciación propiamente tal, es posible que la bebida no contuviera tanto la idea de unión con la divinidad –que sí la tenía de todos modos––, cuanto de preparación y manifestación del paso del ámbito normal de la vida del creyente al de la diosa, generadora de los cereales, y de la participación en su peripecia vital de “muerte y resurrección” sui generis.


“No parece una casualidad que la explicación de la Última Cena se encuentre en la Primera carta a los corintios, habitantes de una ciudad en la que la religiosidad de los cultos de misterios, el contacto espiritual con la divinidad y una cierta atmósfera que podríamos denominar “protognóstica”, podría ser moneda corriente entre aquellos inclinados a tal tipo de espiritualidad. Pero de ningún modo esta afirmación significa que propongamos que la interpretación de la “Cena del Señor” ofrecida por Pablo a sus lectores de Corinto esté influida por, ni mucho menos conscientemente copiada de la “misteriosofía” de los cultos de misterio; nada nos permite afirmar que Pablo calcaba con todo propósito el sistema de tales cultos. Esta formulación estaría totalmente alejada de lo que en verdad sostenemos, y de lo que opinamos que era el pensamiento genuino de Pablo.



“Lo que afirmamos es que Pablo –consciente de la necesidad de atraerse conversos en los “caladeros” más fáciles, a saber de gentes con mentalidad afín a lo que él predicaba–– defendía como base de la espiritualidad de su unión con el Mesías, es decir, de su noción del cuerpo místico de Cristo, una participación en sus sufrimientos, una religiosidad que en puntos concretos era similar a la espiritualidad mistérica en general, a saber, que el ser humano debía participar de la peripecia vital del dios salvador para garantizarse la salvación. Y esto es lo que denominamos “misteriosofía”, o espiritualidad misteriosófica, que se respiraba por aquel tiempo como una “atmósfera” general entre gentes ansiosas de asegurarse la salvación. Y Pablo lo sabía como ciudadano de Tarso.


“Pero admitido esto, afirmaba que Pablo postulaba enérgicamente que la comunión mística del creyente con el Mesías era diferente e infinitamente superior a cualquier otro tipo de espiritualidad pagana. O mejor, que tal espiritualidad, tan ampliamente extendida, nada valía en comparación con la que él ofrecía. Era como el valor del sucedáneo respecto a lo auténtico. La única efectiva era la participación en la peripecia vital y la comunión con el Mesías redentor y salvador del mundo, no sólo de los judíos sino también de los gentiles, pues la otra, la ofrecida por los predicadores de Dióniso, Isis, o de Deméter en Eleusis, por ejemplo, no era más que la sombra inane de la verdadera iniciación y comunión con el Mesías. El creyente lograba entrar en unión mística, pero verdadera, con el Cristo gracias a la ingestión del pan y del vino que representaban simbólicamente –esto es lo máximo en lo que podía pensar un judío como Pablo–– el cuerpo celestial del agente divino ya exaltado junto a Dios. Este tipo de espiritualidad “en y con Cristo” podría satisfacer sin duda más a los aficionados a los cultos de misterio que a los temerosos de Dios, aunque a ellos tampoco les desagradaría.


Tomado de mi obra, “Guía para entender a Pablo. Una interpretación del pensamiento paulino”, Edit. Trotta, Madrid, 2015, pp. 305-306.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


Martes, 1 de Marzo 2016


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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