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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Antonio Piñero

Continuamos hoy con la exposición y debate de la primera de las ponencias del Congreso de Roma sobre Pablo como escritor judío del siglo I dc., “Las tres vías de salvación de Pablo, el judío” de Gabriele Boccaccini.

Todos los investigadores están de acuerdo en que, al comienzo, el judeocristianismo era solo un movimiento mesiánico. Pero ¿qué significaba esto? ¿Sólo que se seguía pensando que Jesús había anunciado la inmediata venida del Reino de Dios, que ese mismo Jesús era el mesías y que se estaba viviendo el final de los tiempos? Ciertamente sí a todo esto, pero también algo más. El judeocristianismo que abrazó Pablo cuando pasó a sus filas significaba sobre todo aceptar una cosmovisión apocalíptica del mundo, que incluía ofrecer una explicación del porqué el mesías había venido al final de los tiempos. Según Boccaccini, la respuesta era que Jesús había venido como el “Hijo del hombre” con autoridad para perdonar los pecados sobre la tierra (Mc 2).

Esto es verdad… pero entre otras cosas más. Aquí hay que añadir, en mi opinión, que el primer documento judío de la época del Segundo Templo (500 a.C. -70 d.C.) en el que aparece el uso de la expresión “Hijo del hombre” como un título mesiánico (es decir como una figura mesiánica y no simplemente como expresión del lenguaje arameo corriente “este hombre que está aquí”) es el Evangelio de Marcos.. y no un documento henóquico.

Mi hipótesis es esta:

• Antes de la composición del Ev. de Marcos ya se habían escrito (anónimamente, como siempre) el Libro de las parábolas de Henoc (= LP, libro favorito de los henóquicos, contenido, entre otras obras judías apocalípticas, como el Libro de los astros, el Libro del apocalipsis de los animales, el Libro de los sueños, La epístola de Noé, en el compendio de obras que hoy llamamos Libro I de Henoc) como capítulos 37-70, capítulos en los que aparece muchas veces la expresión “Hijo del hombre”…PERO aún no como título, sino como designación normal = “este hombre que está aquí” = expresión aramea relativamente usual. Aunque, naturalmente “ese hombre” en el Libro de las Parábolas tenía unas funciones extraordinarias concedidas por Dios, tal como decía el misterioso capítulo 7 (vv. 13-14) del libro de Daniel:

13 Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia.14 A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

• Sin embargo, en el añadido del capítulo 71 al LP aparece ya “Hijo de hombre” como TÍTULO y además se afirma que ese “Hijo del hombre” es Henoc, el séptimo varón sobre la tierra después de Adán.

• ¿Por qué ocurre esto? En mi opinión, porque entre la fecha en la que se compusieron lo capítulos 30-70 del “Libro de las parábolas de Henoc” (ciertamente en siglo I dc, pero antes de la caída de Jerusalén en el 70) y el cap. 71 apareció en escena el Ev. de Marcos, a cuyo autor se le ocurrió sostener que Jesús era ese “hijo de hombre” de la tradición henóquica, pero que no era un hombre corriente, sino que portaba el título del “Hijo del hombre”, que como tal lo hacía parecerse aún más al misterioso personaje del Libro de Daniel.

• Finalmente, los henóquicos, es decir el grupo judío apocalíptico que estaba detrás del “Libro de las parábolas de Henoc” y que sostenían que el verdadero mesías no era Jesús, sino Henoc, compusieron el cap. 71 del Libro de las parábolas y lo añadieron al bloque anterior (LP caps. 37-70). En este nuevo capítulo Henoc aparece ya como el “Hijo del hombre” (como título mesiánico) = al mesías. Estas afirmaciones eran la respuesta henóquica lo que había sostenido el Ev de Marcos respecto a Jesús. Con otras palabras: estamos aquí ante una disputa entre grupos apocalípticos judíos que escriben libros para refutarse unos a otros, tal como era su costumbre, pero sin contestar directamente a los argumentos de los grupos adversarios, sino presentando su propia doctrina en forma de narrativa. Así un grupo judío defendía que el mesías era Juan Bautista; otro sostenía que era Elías, Jeremías o alguno de los grandes profetas; otro que era Moisés, y finalmente otros, los judeocristianos, que era Jesús.

Aclarado este punto, espero (he escrito un artículo sobre ello en le revista Henoc en el 2013 y en algún momento me animaré a resumirlo aquí en el Blog), sigo con el pensamiento de Bocaccini. Sostiene este autor que la idea de un mesías que perdona los pecados está perfectamente de acuerdo con la tradición apocalíptica henóquica (desgraciadamente no menciona en qué textos).

Según él, y creo que está bien visto, el relato henóquico atribuye el mal y el pecado, con lo cual se destruye todo el orden cósmico pretendido por Dios en la creación) se produjo por la rebelión de los ángeles perversos: “Se ha corrompido toda la tierra por la enseñanza de las obras de Azazel (= Satanás, jefe de los ángeles rebeldes a Dios): adscríbele todo pecado” (1Hen 10,8). Otra consecuencia de esta rebelión, que se extendió por la maldad de los hombres, fue el Diluvio, y con él la necesidad de una nueva creación.

Más tarde, añado, surgirá la leyenda de que la rebelión angélica se produjo cuando Dios ordenó a los ángeles que se postraran ante Adán, reconociendo que él, Adán, tenía el espíritu –una participación del Espíritu divino— de un modo superior y más perfecto que los ángeles mismos… y estos se negaron a obedecer a Dios y no lo adoraron. Ante la negativa, Dios condenó a los ángeles perversos a un fuego eterno… Pero hasta que llegue ese castigo definitivo tienen los ángeles rebeldes el permiso divino de tentar continuamente a los hombres para que muestren su fidelidad a Dios.

La idea henóquica de un final de los tiempos en los que se restauraría lo dañado por la rebelión de los ángeles y de Adán contra las órdenes divinas caló muy hondo en el pensamiento apocalíptico judío y pasó luego al judeocristiano. El final del mundo, con la nueva creación sería un arreglo, definitivo, del terrible desorden del pecado. Por tanto el estado final de la creación será como el del principio: “Y vio Dios que todo era bueno” (Gn 1,31). El daño del pecado angélico y luego humano, por imitación de la rebelión angélica, fue tan grande que Dios mismo, por medio de su agente el mesías, tenía que arreglarlo definitivamente al final de los tiempos: poner todo en el mismo orden que al principio de la creación.

Los judíos henóquicos aparentemente daban poca importancia a la ley de Moisés en sus escritos. C. Segovia ha señalado en su libro sobre la interpretación moderna de Pablo (¿Fue Pablo cristiano? El redescubrimiento contemporáneo de un judío mesiánico, Amazon Books, Versión electrónica http://www.amazon.es/Tienda-Kindle/s?ie=UTF8&field-author=Carlos%20A.%20Segovia&page=1&rh=n%3A818936031%2Cp_27%3ACarlos%20A.%20Segovia) que la importante literatura henóquica está próxima a Pablo de Tarso en sus pensamientos acerca de que la Ley, aunque justa y santa, no es operativa de facto dado el estado moral de la humanidad que es terriblemente malo.

Según G. W. E. Nickelsburg ("Enochic Wisdom and Its Relationship to Mosaic Torah". Páginas 81-94 en The Early Enoch Literature. Ed. G. Boccaccini - J. J. Collins. JSJSup 121. E. J. Brill, Leiden, 2007, 92) y otros comentaristas, las inquietudes e intereses de los henóquicos difieren de los de la ley de Moisés, aunque aludan a ella con respeto en varios pasajes de 1 Henoc como 5,4; 99,2.10 y 108,1-2, que vienen a decir que quienes no observen la Ley no tendrán paz y no se salvarán en el Juicio Final. Ciertamente estos pasajes –aunque claros-- son más bien escasos en un corpus tan notablemente amplio como el henóquico (recogido en el vol. IV de Apócrifos del Antiguo Testamento, de Editorial Cristiandad, Madrid, 1984), lo que indica en verdad una relativización de la importancia de la Ley entre los henóquicos, que en otros escritos parecidos como, por ejemplo, el libro de los Jubileos se estima mucho y ocupa una parte esencial.

Ahora bien, el que se haya producido en el judaísmo prerrabínico tal relativización de la eficacia de la Ley puede ayudar a comprender que Pablo pudiera pensar de igual modo, relativizando su cumplimiento completo por parte de los gentiles conversos al Mesías. Se explicaría así su insistencia ante sus lectores gentiles, o paganos, en las característica negativas de la Ley, a saber, como incapaz de dar la vida, su función restringida meramente a la señalización de las transgresiones/pecados, y el estar sometida por tanto al Pecado y conducir a la Muerte. Tales rasgos negativos de la Ley no pueden seguir sin cambio alguno en la era mesiánica, cuando Dios comienza a poner todo en orden respecto a su diseño global. Dado que en el pensamiento de Pablo, tan positivo con la Ley en general, es imposible encontrar ni un mínimo pasaje respecto a la supresión de la Ley, sólo puede admitirse el cambio de la Ley como producido naturalmente por la presencia de la era mesiánica y, naturalmente también, por obra del mesías.

El problema del judaísmo henóquico con la ley de Moisés es el producto de esta consideración del comienzo y del final de los tiempos (técnicamente las doctrinas sobre el comienzo se llaman “protología” y las que hablan del final, “escatología). No se trata en el fondo de una desconfianza hacia la Ley --que al final sería una desconfianza hacia Dios que fue el que la dictó--, sino de una desconfianza hacia el género humano, que a causa del lastre hacia el mal que tiene su corazón (el cor malignum, el “corazón malvado” del Libro 4º de Esdras, o “mala inclinación” de la que hablan los rabinos) no puede cumplirla perfectamente. Por tanto el cambio de perspectiva no es de Moisés y su ley hacia Henoc y su modo de entenderla, sino el cambio que supone pasar de la confianza en el ser humano a la desconfianza hacia él, torcido como está por efecto del pecado. En el centro de la ley de Moisés estaba la responsabilidad del ser humano que tenía que cumplir la ley divina; en el centro del pensamiento henóquico está la tristeza por la culpabilidad humana, cuya maldad le impide observar la Ley.

Por tanto, sólo sería acertado hablar de un judaísmo apocalíptico-henóquico “sin Ley” o “contra la Ley” si se entiende de esta manera suave. Los judíos henóquicos no habían promulgado ninguna Ley nueva, o una nueva interpretación de ella, ni despreciaban en absoluto a Moisés, sino que se quejaban simplemente de la triste condición humana. En el “Libro de los sueños” (1 Henoc 83-90) se habla de una futura redención de Israel, el pueblo elegido, solo en el mundo futuro, no el presente (aunque los dos se desarrollarán esta tierra, solo que renovada = nueva creación = nuevos cielos y nueva tierra, como en el Apocalipsis de Juan).

Este movimiento henóquico judío tuvo implicaciones muy profundas en el pensamiento apocalíptico de su época (desde el siglo III a.C. por lo menos) de modo que los judíos se dividieron. No todos aceptaron el origen angélico, suprahumano, del mal (como los fariseos y los saduceos), e insistieron en el mal corazón que reside en los humanos desde Adán (cor malignum y “mala inclinación como resultado de la falta adánica), así que hubo teologías muy diversas sobre los orígenes del mal.

Hacia la mitad del siglo II a.C. el autor del libro de los Jubileos (está en el tomo II de los Apócrifos del Antiguo Testamento) hizo una especie de mezcla o de unión, según Boccaccini, entre las dos figuras de Moisés y de Henoc (muchos estudiosos ven en esta acción los inicios del movimiento esenio/qumránico). Como le preocupaba la idea de que la alianza entre Dios y Abrahán estaba en entredicho por la invasión del mal en el mundo, mantuvo la idea de que todo era un desastre después del pecado de Adán, pero a la vez interpretó que la “Alianza” y la Ley eran ya una medicina para enfrentarse al problema del mal (es decir, no había que esperar hasta el fin del mundo). Con eso Israel podía vivir en un espacio protegido del mal existente en el mundo. Por su parte, los esenios de Qumrán (sobre todo en el escrito llamado “Regla de la comunidad = 1QS) pensaron que la predestinación divina (unos destinados a salvarse; otros, a condenarse) era una repuesta divina a la invasión del mal en el mundo.

Veremos en otra entrega cómo la idea cristiana (del Ev de Marcos) de que el Mesías vino al mundo para perdonar los pecados es una variante del pensamiento henóquico.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com



Viernes, 4 de Julio 2014


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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