Recomendar este blog Notificar al moderador
CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Enigmas de la Biblia 15, de Ariel Álvarez Valdés. Un libro delicioso (562)
Escribe Antonio Piñero

He disfrutado mucho leyendo el último libro de Ariel Álvarez Valdés. Bien escrito, con un lenguaje sencillo y atrayente, con una presentación de las cuestiones en plan de “intriga/suspense”, es decir, el planteamiento de un enigma cuya solución está a final de cada capítulo. Y como el lector lo sabe, va leyendo cada capítulo –que no son muy extensos-- con la avidez de un lector de nivelas policíacas.


Edición electrónica de la “Librería virtual San Pablo”:
https://sanpablo.com.ar/comprar/product_info.php?products_id=1933&osCsid=325b0c13bd48bf7da20c02c9e8bf6c6b


En líneas generales estoy de acuerdo con Ariel en casi todo (hablaré luego de un disentimiento profundo) lo que argumenta como historiador, y no me parece mal, aunque me abstengo de pronunciarme decididamente sobre las consecuencias para la vida cristiana que como teólogo extrae de prácticamente todos los textos que aclara.

Señalo ahora algunas notas de lectura a través de sus quince capítulos. En el caso de Jefté, el juez de Israel que sacrificó su hija por un voto a Yahvé, capítulo 1 del libro de Ariel, me parece totalmente plausible su análisis de la historia de este personaje y su análisis de cómo los episodios del voto, de la muerte de su hija y de su incineración en pro de Yahvé son inconsecuentes – y están mal unidos al relato central-- con la nuclear nuclear de la vida del personaje en el libro de los Jueces (capítulo 11). Es también plausible el porqué ofrecido por Ariel de los designios sesgados del autor deuteronomista, que ha añadido el episodio del voto en pro de una concepción particular de la historia de Israel. Cuando no existía la monarquía el pueblo de Israel vivía mucho peor, de modo que sutilmente ensalza la realeza (davídica), con lo cual está también justificando el papel real del futuro mesías, que ha de nacer de la semilla de David.

Encantadora la lectura de la historia de Tobías, el primer ciego curdo en la Biblia, el modo de contarla por parte de Ariel, y la enseñanza final extraída por el autor de su lectura en conjunto del libro: Dios no nos deja solos: “Simplemente, bajo la forma de una novela sapiencial, el autor quiso mostrar cómo en la vida ordinaria de toda persona actúa siempre la providencia de Dios”.

Convincente el capítulo dedicado al milagro de Jesús andando sobre las aguas. Su crítica al estudioso norteamericano Doron Nof, que “demoró más de una década en llegar a una solución obsoleta, ya que la investigación bíblica hace tiempo que había abandonado este tipo de explicaciones” es totalmente pertinente. Ariel ridiculiza --criticando la solución de Nof (Jesús caminó en circunstancias muy especiales sobre un trozo de hielo formado en el Mar de Galilea)-- los intentos pseudo racionalistas de explicar los milagros de Jesús en contra de las leyes de la naturaleza. Estoy, pues de acuerdo, pues como señala el autor, esta explicación, y otras “suponen que los discípulos eran tan tontos que no se dieron cuenta de lo que pasó, y pensaron que era un milagro, ya que el relato dice que “ellos quedaron completamente estupefactos” (Mc 6,51). Y para peor, Jesús habría consentido que se creyeran semejante engaño”.

La crítica de Ariel ha de aplicarse igualmente a las explicaciones naturalistas del milagro del cruce de las aguas en el libro del Éxodo, a las historias del diluvio en el Génesis o la destrucción de Sodoma y Gomorra. Pero –atención-- hay explicaciones de dos clases: una que dan una aclaración naturalista del milagro y afirman que el hecho en sí, por ejemplo, Moisés y sus exiliados caminando a pie enjuto por el “Mar de las Cañas”, sucedió tal cual lo narra la Biblia, aunque tenga su explicación natural; mientras que otras ---que si son aceptables—ofrecen explicaciones puramente geológicas de fenómenos que ocurrieron en el entorno de la cuenca del Mediterráneo oriental hasta el mar Negro y el Mar Caspio en tiempos pretéritos y que pudieron dar origen a mitos muy antiguos, no hebreos específicamente, sino sumerios, o acadios, como el diluvio o la destrucción de las dos malvadas ciudades por una “lluvia de fuego y azufre”.

La solución o aclaración de Ariel al milagro de caminar sobre las aguas me parece excelente: “La caminata de Jesús no fue un hecho “sobrenatural” ni tampoco “natural”, sino que simplemente no se produjo. Por eso no debe tomarse literalmente, como si se tratara de una crónica histórica. Es más bien un relato compuesto por las primeras comunidades cristianas para transmitir una idea teológica”. Con ello admite nuestro autor que existen leyendas puras y duras, no históricas, aunque presentadas por los autores bíblicos como tales, en los libros sagrados, porque la revelación se hace con los hombres de una época que tenían esa mentalidad y no la nuestra.

Me convence también la idea de Ariel sobre que el mensaje evangélico sobre la eucaristía cristiana, que empezaba en la multiplicación de los panes y terminaba en la caminata sobre el mar, “exponía cómo los cristianos, que se hallaban en el ‘desierto’ de sus vidas, sintiéndose solos y experimentando hambre de muchas atenciones, podían alimentarse con un pan especial que les ofrecía la Iglesia, multiplicado gracias al poder de Jesucristo. El segundo milagro en concreto, la caminata marina, ilustraba de qué manera Jesucristo se hacía presente en aquel grupo que había comulgado, y que luego se había lanzado a la oscuridad de la noche, en medio de un mundo hostil que le impedía remar y avanzar. Aun cuando se encontraran en la situación más caótica y perturbadora, como era el mar para los judíos, Jesús hallaría la forma de ‘presentarse’ ante ellos para infundirles ánimo y calmar sus temores”. Me parece que está bien señalado mensaje qué quiso transmitir el Evangelio.

El episodio del tributo al César está desentrañado en una línea que --creo—empieza poco a poco a gozar de un cierto consenso entre los estudiosos. Escribe nuestro autor: “En conclusión, si bien Jesús era un hombre de gran valentía e integridad moral, también era astuto. Sabía que no convenía exponer de modo directo su pensamiento a los interrogadores, porque tal respuesta habría significado su captura y condena inmediata. Por eso replicó con una frase ambigua y enigmática. Pero ambigua únicamente para quienes no conocían la teología de que Israel era sólo propiedad de Dios. Es decir, para los romanos. En cambio para la gente quedó en claro que la declaración de Jesús fue: no corresponde pagarlo”. La estrategia fue tan brillante que, como revela el Evangelio, la gente “quedó maravillada con su respuesta” (Mc 12,17).

Y añade: “Sin embargo cuatro décadas más tarde las comunidades cristianas, que conocían el mensaje original de Jesús, tuvieron que traducirlo y aplicarlo a una forma de sociedad diferente, organizada y bien constituida jurídicamente como era la romana. No pretendieron modificarlo, ni falsearlo. Al contrario. Como entendían perfectamente la mentalidad de Jesús y lo que él había querido decir, sabían que su doctrina había estado influenciada por las condiciones históricas que le tocaron vivir. Sabían también que si Jesús se hubiera hallado en el ambiente en que ahora ellos estaban, habría predicado de otra manera. Por eso Marcos recogió una adaptación del mensaje de Jesús, y la volcó en su Evangelio. Quienes son creyentes (no simples historiadores), y por lo tanto admiten que los Evangelios son también palabra de Dios inspirada a los hombres, no tienen dificultad en aceptar que Marcos escribió una ‘adaptación’ de las enseñanzas de Jesús por inspiración divina, ya que eran ésas, y no las palabras ‘históricas’ de Jesús…, las que en ese momento debían oírse en su comunidad.

Estas palabras de nuestro autor justifican el intento de la crítica histórico-literaria de los evangelios en su búsqueda del Jesús histórico, y dejan a la vez un regusto de escepticismo sobre la fiabilidad de los evangelios, puesto que en muchas ocasiones –se puede pensar-- adaptarían más de la cuenta.

Respecto al primado de Pedro y la discusión sobre Mt 16,16, debo mostrar mi discrepancia --aquí sí que, creo, radical con algunas interpretaciones de nuestro autor de la teología paulina y petrina. Sostiene Ariel que “Desde su “conversión”, san Pablo había comprendido que los cristianos ya no estaban sometidos a la ley de Moisés. Se hallaban libres de las prescripciones judías, y no tenían por qué practicar la circuncisión, ni las normas dietéticas, ni el descanso del sábado. Pablo afirmaba que la muerte y resurrección de Cristo los habían liberado de todos esos ritos, y que bastaba con creer en él y seguir sus enseñanzas para ser un buen cristiano. Muchos creyentes aceptaban esa postura, porque ayudaba a los paganos a convertirse al cristianismo y les simplificaba su práctica religiosa”.

Opino que es esta una interpretación radicalmente errónea por falta de especificación: ni Pablo se convirtió a nada, salvo a vivir su judaísmo en el mesías, y sólo supo de su “llamada” para proclamar el evangelio del Hijo a los gentiles, ni jamás Pablo extendió esa libertad sobre la ley de Moisés a todo converso a le fe en Jesús, judíos incluidos que parece dar a entender el párrafo transcrito. Solo los gentiles –nunca los judíos—convertidos al mesías están libres de cumplir la ley de Moisés completa. Hay en la Ley dos partes: una eterna y universal y otra específica para los miembros de la Alianza. Los judíos conversos, la observancia de la Ley, y por tanto, para Pablo mismo era absolutamente obligatoria.

Son estos postulados que explico largamente, con la aclaración de abundantes textos, en la obra –que espero salga en abril o principios de mayo— “Guía para entender a Pablo. Una interpretación del pensamiento paulino”, y que dará lugar, supongo, a una fuerte discusión.

Y segundo, no puedo admitir, por el mismo argumento básico, lo que escribe Ariel a propósito del conflicto de Antioquía entre Pablo y Pedro: “Pedro por un lado, rechazó la posición extrema de Pablo, que eliminaba todas las leyes judías de la comunidad cristiana. Pero por otro también descartó la línea radical de Santiago, que pretendía imponer a todos las normas del Antiguo Testamento, lo cual desalentaba la conversión de los paganos. Asumió, pues, una postura más equilibrada entre las dos visiones, y propuso una solución intermedia: aceptó que algunas normas de Moisés debían ser observadas por los cristianos (como decía Santiago), pero eliminó el rito de la circuncisión y otras normas judaizantes (como proponía Pablo). De esta manera, la iglesia de Antioquía quedó marcada por la posición petrina de pensamiento, y Pedro se convirtió en el referente teológico por excelencia de los cristianos antioquenos”.

Y no puedo admitirlo por el mismo argumento de fondo: ni Pablo “eliminó todas las leyes judías de la comunidad cristiana”, ni fue Pedro el “inventor” de que los gentiles no tenían que cumplir la ley de Moisés. Entre otras razones porque eso supone creer en la historicidad de fondo de Hechos 10 (visiones de Pedro y conversión del pagano Cornelio bautizado por Pedro), que es totalmente legendario e irenista por parte de Lucas/Hechos, inventado para tender puentes entre petrinos y paulinos = Pedro actúa como Pablo (cap. 10) y Pablo habla como Pedro (cap. 13. Discurso en Antioquia de Pisidia).

Espero que cuando salga mi interpretación de Pablo, discutiremos más tranquilamente. Por ahora solo pongo en guardia que no creo que este capítulo del libro de Ariel interprete correctamente a Pablo, ni a Pedro. Por tanto, también pongo en duda el siguiente juicio “Mateo puede justificar la teología y la estructura que había en su Iglesia de Antioquía, diciendo que estaba fundada sobre el pensamiento de Pedro. Por ello conservaba la garantía de la voluntad histórica de Jesús”… Interpreto: ¿acaso quiere decir Ariel que Jesús dio a Pedro el poder de que este estableciera como norma en la iglesia de Antioquía lo que él, el Jesús histórico, jamás hizo en vida, ni lo pensó probablemente jamás, es decir, eximir a los paganos de la circuncisión? Lo pongo en duda.

Respecto al capítulo sobre Santiago, el hermano del Señor, veo plausible que como explicación psicológica –dentro de una imposible explicación histórica del fenómeno de las apariciones de Jesús—se pregunta Ariel: ¿Qué hizo cambiar a Santiago de postura, es decir, de considerar un loco a Jesús (Mc 3,20) y luego pasar a ser seguidor suyo? Y responde: “San Pablo lo cuenta en una de sus cartas: tuvo una visión de Jesús resucitado (1 Cor 15,7). No sabemos cómo fue. Pero aquella experiencia lo impactó de tal manera, que terminó abandonando su incredulidad y aceptó a Jesús como Mesías y salvador de Israel. Por eso, el día de Pentecostés, lo encontramos ya integrado al grupo de los fundadores de la Iglesia (Hch 1,13-14)…A partir de ese momento, Santiago se convirtió en un fervoroso difusor de las ideas de Jesús, en Jerusalén”.

También es iluminadora la explicación de por qué se denomina Lucifer al Diablo, que creo es ya opinión común entre los exegetas: “¿Cómo se produjo tan lamentable confusión? Debido a la mala interpretación de un pasaje de la Biblia. En el libro del profeta Isaías existe un antiguo himno, no compuesto directamente por Isaías (quien vivió en el siglo VIII a.C.), sino por un poeta judío doscientos años más tarde, hacia el año 562 a.C. El poema gustó tanto en su época que terminó incluido en el libro de Isaías como si lo hubiera escrito éste… Así, la fantasía judía terminó atribuyendo la sátira conmemorativa de los funerales del rey babilonio, a la caída del Diablo al infierno. Por eso alrededor del año 50, en una obra apócrifa llamada El 2º Libro de Henoc, encontramos ya relacionado este himno con la figura de Satanás…. Más tarde tal interpretación judía pasó al cristianismo, y comenzó a extenderse entre los Santos Padres y escritores de la Iglesia. Tertuliano († 220), Orígenes († 255), Agustín de Hipona († 430), y muchos otros, están convencidos de que el Lucero de Isaías no es otro que Satanás expulsado de la presencia divina.

Muy interesante la aclaración –muy novedosa para las gentes, incluso las que saben que el nombre de Lucifer aplicado al Diablo no está en la Biblia-- es lo siguiente: “Siguiendo la práctica del Nuevo Testamento (llamar lucero de la mañana a Jesús en el Apocalipsis y en 2 Pedro), algunas comunidades cristianas comenzaron a llamar Lucifer a Jesús. Por ejemplo el poeta cristiano Prudencio (de fines del siglo IV), en su famosa obra Psychomachia, compuesta alrededor del año 395, escribe: “No tiemblen, hombres; / el que da la vida, también la sostiene; / busquen a Lucifer, alimento del dogma celestial, / para que, aumentando la esperanza, / la llene de vida eterna”.

Como ven por estos comentarios a vuela pluma, me parece que quedará muy claro al lector que el libro de Ariel que comentamos, merece la pena ser leído. A mí me ha interesado mucho y yo recomiendo encarecidamente su lectura.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
Www.antoniopinero.com




Viernes, 30 de Enero 2015


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile