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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Episodio de la destrucción de la Víbora en los "Hechos apócrifos de Felipe"
Hoy escribe Gonzalo del Cerro

Episodio de la destrucción de la Víbora en los HchFlp

Un amable lector de nuestras notas tiene interés por conocer los detalles del episodio, en el que Juan y Felipe castigan a la Víbora, madre de las serpientes, según el relato del suceso en los Hechos Apócrifos de Felipe. Lo hago con gusto en este “post”, y muy honrado con que me confunda con Fernando Bermejo. Lo primero que tengo que aclarar es que los HchFlp no hablan de ninfa, sino de la Víbora (Ekhidna), titular de un templo idolátrico en la ciudad de Hierápolis.

Felipe es el protagonista de los Hechos de Felipe (HchFlp) con una personalidad prolija de variados perfiles. Cuando el Salvador recomienda a Mariamne, la hermana de Felipe, que ayude a su hermano en las tareas de la evangelización, traza un carácter del Apóstol como de hombre inseguro y vacilante en sus determinaciones. Y aunque lo califica de “audaz e irascible”, reconoce que necesita apoyos puntuales, y pide a la sacrificada mujer que no lo deje solo porque podría “crear problemas a la gente” (HchFlp VIII 95).

Esta personalidad vacilante está quizá condicionada por la dudosa identidad del protagonista de los HchFlp. Los dos personajes bíblicos que llevan ese nombre han provocado una confusión, perceptible ya en escritores muy antiguos. Eusebio de Cesarea (s. IV), por ejemplo, habla en el mismo contexto de ambos personajes. Primero cita a Clemente de Alejandría en su referencia a los apóstoles casados. Uno de ellos era Felipe, quien no solamente “había engendrado hijos, sino que había dado las propias hijas en matrimonio” (Eusebio de Cesarea, Historia de la Iglesia HE III 30, 1). Unas líneas después vuelve a referirse a “Felipe, uno de los doce apóstoles, el que descansa en Hierápolis con sus dos hijas mayores, que permanecían en el estado de virginidad. Otra hija suya, que caminaba en el Espíritu Santo, se había dormido en Éfeso” (HE III 31, 3). Cuenta enseguida que sus hijas residían en Cesarea de Judea con su padre y estaban dotadas del don de la profecía. Cita como prueba el pasaje de los Hechos de Lucas, que cuenta de la llegada de Pablo a Cesarea y que se alojó en “casa del evangelista Felipe, uno de los siete” diáconos. Felipe “tenía cuatro hijas vírgenes que eran profetisas” (HE III 31, 5; Hch 21,8s). Este Felipe, uno de los que con Esteban fue elegido diácono, marchó a Samaría, y allí anunció el Evangelio por vez primera con gran acompañamiento de prodigios. Su capacidad misionera era tan grande que convirtió a la fe al mismo Simón Mago (HE II 1, 10; Hch 8,5-13). Los dos personajes, el Apóstol y el Evangelista, aparecen unidos por una misma tradición que los sitúa en Hiérapolis de Frigia. El lugar de la antigua Hiérapolis de Frigia es la moderna Pamukkale (“Castillo de algodón”), así llamada por las terrazas y cascadas petrificadas de calcárea blanca, fenómeno natural sorprendente y muy admirado. Allí residieron y allí descansan sus restos mortales.

El contexto del suceso aludido por el amable comunicante es ya el del martirio de Felipe, junto con el de sus dos compañeros de ministerio y de martirio, su hermana Mariamne y Bartolomé. El procónsul los había arrestado acusándolos de magos, corruptores y seductores. Estaban encerrados en el templo idolátrico de la Víbora, venerada en Hierápolis, población llamada también Ofiorima (“calle o ciudad de las serpientes”). Ya en otra ocasión el Salvador había anunciado a Mariamne que los habitantes de aquella ciudad adoraban a la Víbora (Ekhidna), madre de las serpientes. Antes de encerrar a Felipe y a sus compañeros, los había arrastrado por la ciudad y los había hecho azotar con correas. Luego los depositó en el templo de la Víbora junto a sus sacerdotes. Según los testimonios de aquellos sacerdotes, Felipe y los suyos destruían a los dioses y arruinaban su culto. Predicaban, además, la vida de castidad absoluta y enseñaban que había que dar culto a un solo Dios.

El procónsul, lleno de furor por las noticias, ordenó que colgaran a Felipe y le perforaran los tobillos, que trajeran garfios de hierro y le atravesaran los talones; luego, que le colgaran de un árbol cabeza abajo delante del templo. A Bartolomé, lo colocaron delante de Felipe y le clavaron las manos en el muro de la entrada del templo. Ambos, sin embargo, se miraban sonrientes. Desnudaron a Mariamne para demostrar que era una mujer y que convivía adúlteramente con aquellos hombres. Pero se transformó de repente la apariencia de su cuerpo en presencia de todos, y apareció una nube de fuego, de forma que no pudieron seguir mirando al lugar en donde se encontraba santa Mariamne, por lo que todos huyeron despavoridos de allí.

Así estaban las cosas cuando hizo su entrada en la ciudad el apóstol Juan, que vio desolado la situación de sus compañeros. Se encaró con los habitantes de la ciudad, quienes decidieron arrestarlo como cómplice para darle muerte, sacarle la sangre, mezclarla con vino y dársela a beber a la Víbora. Iban, en efecto, a detener a Juan cuando se les paralizaron las manos a los sacerdotes. Juan recordó a Felipe que no debían devolver mal por mal. Pero Felipe, cansado y dolorido, perdió la paciencia y maldijo a sus verdugos a pesar de las protestas de Juan, Bartolomé y Mariamne.

Como consecuencia de la maldición de Felipe, “se abrió el abismo de repente y se tragó todo el lugar en donde estaba el procónsul, el templo entero, la Víbora a la que veneraban, y mucha gente, y los sacerdotes de la Víbora, como unos siete mil hombres sin contar las mujeres ni los niños. Solamente el sitio en donde estaban los apóstoles quedó intacto, mientras que el procónsul fue tragado por el abismo” (HchFlpm 133,1). Aunque la actuación de Felipe iba contra las normas sobre la paciencia y el perdón de las ofensas, el resultado fue una verdadera catástrofe.

Subían del fondo las voces de los sumergidos, que decían entre lágrimas: “Ten piedad de nosotros, oh Dios de los gloriosos apóstoles, porque ahora vemos los castigos de los que no reconocieron al Crucificado. He aquí que la Cruz nos ilumina. Jesucristo, manifiéstate a nosotros, que bajamos vivos al infierno y somos castigados porque hemos crucificado injustamente a tus apóstoles”. Y se oyó una voz que decía: "Yo os seré propicio por mi cruz luminosa" (HchFlp 133,2).

Se habían salvado del cataclismo el cristiano que daba alojamiento a Pablo, toda su casa, la mujer del procónsul que se había convertido a la fe de Pablo y cincuenta vírgenes que practicaban la vida de castidad. En cuanto a Felipe, sufrió una seria reprimenda de parte del Señor por su conducta. Y aunque obtuvo la promesa de una vida eterna bienaventurada en virtud de sus méritos, tuvo que soportar cuarenta días de demora en castigo por su intemperancia antes de entrar definitivamente en el paraíso.

Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro









Lunes, 2 de Agosto 2010


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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