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Escribe Antonio Piñero
 
Ayer puse un ejemplo de interpretación del patrón recurrente “Jesús como sedicioso respecto al Imperio romano”. Y voy a poner solo tres más, para no ser repetitivo. Aunque a algunos –y a pesar de la existencia ineludible del patrón– les parezca una interpretación exagerada y poco razonable debemos mencionar a algunos porque sus autores son gente seria en el ámbito de la investigación. Uno ha sido publicado en España y por autor español, el de Josep Montserrat.
 
Aquí va el primero: Archibald Robertson.
 
Su educación fue la propia de una persona nacida en una familia de recia raigambre religiosa y conservadora: su padre era el obispo anglicano de la ciudad de Exeter, en el Reino Unido. La obra que nos afecta lleva el título de Los orígenes del cristianismo y fue publicada en su primera edición en 1954 (The Origins of Christianity, International Publishers, Nueva York ,1954, 2ª ed. corregida de 1962). Su postura frente a los Evangelios es en extremo crítica, pues aunque no duda de la historicidad de Jesús, su persona ha sido mal interpretada. Para empezar hay que denominar a Jesús nazoreo, no “el nazareno”, puesto que los Evangelios y los Hechos de los apóstoles lo denominan así más veces que el nazareno o de Nazaret. Los datos son 13 veces “nazoreo”; 6 veces “nazareno”; “(natural de o criado en) Nazaret”: 3 veces.
 
De acuerdo con estos datos objetivos, Jesús muy probablemente tenía los votos de nazir, es decir, un ser humano consagrado a Yahvé totalmente, como quizás Juan Bautista y desde luego Pablo (véase Hch 18,18). El nazir muestra esa consagración a Dios por el cumplimiento de unas reglas estrictas, como abstenerse de vino, dejarse crecer la cabellera, no quedar impuro por acercarse a un cadáver, y probablemente abstención sexual. Al final del tiempo de su voto debía cumplir un rito en el Templo, con sacrificios y libaciones en honor de Yahvé.  Según Robertson, el adjetivo “nazoreo” fue confundido voluntariamente con “nazareno” –natural de Nazaret, villa que probablemente era una población mínima en tiempos de Jesús– para hacer de él una figura superior o distinta a la de un simple “nazoreo”. Robertson deriva el vocablo “nazoreo” del hebreo natzar, que significa “guardar/observar”, tanto secretos religiosos como la ley divina. Defiende también Robertson que al comenzar a escribirse los Evangelios unos 40 años después de la muerte de Jesús  se introdujeron en ellas junto con ciertos datos históricos y verdaderos mucho material legendario de tipo mítico-teológico.
 
Según Robertson, lo único absolutamente cierto que podemos saber de Jesús es su crucifixión como pretendiente mesiánico, autoproclamado “rey de los judíos”, por el procurador Poncio Pilato. Ello demuestra el verdadero talante del nazoreo Jesús. Con bastante seguridad, Jesús fue discípulo de Juan Bautista, el cual era una figura auténticamente revolucionaria desde el punto de vista no sólo religioso, sino político, aunque quizás por implicaciones. Herodes Antipas tenía razones serias para quitarlo de en medio, mucho más profundas que las meras intrigas de alcoba –Antipas había robado la mujer a su hermano-, las únicas señaladas por los Evangelistas, puesto que su predicación arrastraba a las masas y a la larga, o más bien a la corta, podría generar un motín contra su gobierno.
 
Los estratos más antiguos de los Evangelios –estimados como tales por medio de la crítica interna y el estudio comparativo entre ellos, sobre todo entre los denominados Sinópticos (Marcos y Mateo/Lucas)– señalan con seguridad que Jesús, al igual que su maestro Juan Bautista, intentó con la ayuda de Dios expulsar por la fuerza a los romanos y a los partidarios de la dinastía herodiana del suelo de Israel. Su intención era implantar el “reino de Dios” en la tierra con una auténtica inversión de valores: los más pobres, los últimos, serían los primeros; los ricos serían expulsados con las manos vacías, y los desheredados conseguirían el ciento por uno en esta vida, en casas y haciendas.
 
Sostiene Robertson que esta teología estaba muy probablemente emparentada con la de los esenios (aún no se habían publicado más que unos pocos textos de los Manuscritos del Mar Muerto), judíos por cierto que iban siempre armados, y cuyas obras –descubiertas en Qumrán, que Robertson estudia brevemente en un apéndice– muestran cuán fuertes eran sus inclinaciones antirromanas, expresadas en su concepción de una batalla final contra los paganos, en la que éstos resultarían aplastados sobre todo por la ayuda divina a Jesús y sus seguidores.
 
El intento de los nazoreos, Jesús y los suyos, de apoderarse de Jerusalén terminó en un fracaso al igual que los planes del Bautista. Jesús fue detenido y crucificado por Poncio Pilato antes del año 36 d.C.
Según Robertson, los esenios, antes de la era cristiana, creían en un mesías que, aunque hubiera sufrido la muerte, habría de resucitar. A tenor de lo que dicen los evangelios sinópticos, había personas en Israel que creían en la reencarnación: de entre los seguidores de Jesús creían que éste era el mesías como reencarnación de Juan Bautista, o bien de Elías o de alguno de los profetas. Desde la época del Libro de Daniel, las aspiraciones mesiánicas judías no eran más que la proyección de esperanzas de liberación revolucionarias, albergadas sobre todo por los más piadosos e ignorantes de los judíos. El pueblo creía que un mesías de este tipo resucitaría, aunque hubiera muerto (por ejemplo, así parece indicarlo el Apocalipsis siríaco de Baruc, redactado en el siglo I de nuestra era). No es de extrañar, por tanto, que esto mismo se creyera de Jesús.
 
Añade Robertson, para concluir, que nada tiene de asombroso, dado el ambiente de la época, que el movimiento iniciado por el Nazoreo continuara en sus seguidores después de muerto aquél, un seguimiento fundado en la creencia mítica en su resurrección.
 
A propósito de este tipo de interpretaciones de Jesús comenta F. Bermejo en el artículo citado:
 
“A pesar de la burla generalizada de estas hipótesis en el gremio de los eruditos, debo confesar que la distorsión sufrida por el material de los Evangelios es tan profunda y sensible, que no se pueden descartar fácilmente tales reconstrucciones como el mero resultado de un exceso de imaginación de mentes propensas a hacer afirmaciones fantasiosas. Hay demasiados pasajes interesantes, y demasiados rastros de manipulación en los textos evangélicos, como para poder inferir que lo que estos estudiosos atribuyen a Jesús es simplemente imposible. Simplemente basta con preguntarse: ¿por qué, por ejemplo, fue una tropa fuertemente armada necesaria para apoderarse de Jesús y su séquito, si estos hombres eran tan inofensivos?”.
 
Veremos en los dos día siguientes, Deo favente y el Diablo no lo impide, las tesis de S. Brandon y J. Montserrat.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com

Miércoles, 1 de Febrero 2017


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.






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