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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Jesús de Nazaret. Que quiso. Quién fue (477)
Hoy escribe Antonio Piñero


Comento esta semana un libro que me ha parecido original e interesante, bien escrito, ágil y con interpretaciones muy puestas al día sobre la figura siempre atractiva de Jesús. Su auto es Gerhard Lohfink (GL), profesor emérito de Nuevo Testamento de la Facultad de Teología Católica de Tubinga. En el ámbito de la exégesis, aunque del Antiguo Testamento, es también muy conocido su hermano Norbert, autor de numerosos libros. La versión española del libro que comentamos se ha producido muy pronto: la edición alemana es de 2012. Su título en español es el de esta postal. ISBN: 978-84-254-3107-4. Traducción de Marciano Villanueva Salas, Herder, Barcelona 3013, 604 pp. La bibliografía, casi toda ella alemana, no está al final, en larga lista, sino en citas completas a pie de página cuando es necesario. El libro presenta solo el índice de pasajes bíblicos citados.

Esta carencia de un gran número de páginas con bibliografía indica el tono del libro: más para un público amplio sin complicaciones de eruditas precisiones propias de comentarios o ensayos más técnicos. Pero a pesar de la sencillez y claridad del lenguaje, el tenor del volumen es estrictamente científico y, si no me equivoco, es la típica obra de madurez en la que esa aparente sencillez y claridad esconden muchísimos años de estudio y reflexión. Por ello se trata de una obra de decantación de saberes que es muy de agradecer en estudiosos de mente lúcida, con muchos años de experiencia a sus espaldas.

El libro me parece original en algunos de sus planteamientos, ya que en apariencia el tema “Jesús” está architrillado. Ahora bien, pero dado el tenor de nuestras fuentes, los evangelios canónicos, tan aparentemente claros a veces, tan crípticos y contradictorios en otras, tan ricos en múltiples sentido, es fácil sospechar que difícilmente se llegará a un punto final sobre nuestro personaje en el que todo esté dicho.

El libro de GL no aborda el tema del Jesús de la infancia, el de la vida oculta, etc., sino que tras una sección inicial sobre la cuestión del Jesús histórico, en la segunda irrumpe de lleno el tema de la “La proclamación del reino de Dios”. Ni siquiera hay un capítulo expreso –la cuestión se va entreverando con otras— dedicado a Juan Bautista y su relación con Jesús. La sección introductoria sostiene, como ya es usual, la utilización de los métodos histórico-críticos para alcanzar la figura del Jesús histórico, pero emplea un notable número de páginas en defender la necesidad de la fe (histórica y teológica) para alcanzar en profundidad lo que significa el personaje.

GL argumenta que en la transmisión histórica de cualquier individuo ilustre del pasado apenas existe la presentación de hechos netos. Todo está envuelto en interpretación. Sin necesidad de entrar en un estudio profundo de filosofía del conocimiento sabemos que ni siquiera existe le percepción pura, sino que lo percibido por los sentidos es radicalmente interpretado por el cerebro. Igual ocurre en la historia: es absolutamente imposible que se nos transmitan los simples hechos de un personaje ilustre, sino que la tradición adopta la forma de cómo lo vieron los transmisores. GL viene a decir con ello que la fe es una suerte de interpretación, por lo que está en múltiples aspectos de la vida. En el caso de Jesús la fe es absolutamente necesaria porque sus palabras y hechos han sido transmitidos por su seguidores, a saber por gentes que creían que su persona era mucho más que la transcripción de los meros hechos. Por esta vía defiende GL que su “historia” de Jesús tenga su componente de teología interpretativa, que en su caso –dice— no representa algo que vaya más allá de la consideración y la puesta por escrito de lo que de Jesús pensaron los primeros testigos. Sostiene que tenemos que tener fe necesariamente en que lo que se nos dice del personaje se acerca a la verdad o nos meteremos en un callejón sin salida.

Teóricamente soy un defensor estricto de la pura historia, de la asepsia pura en cuanto sea humanamente posible, pero tengo que aceptar que la tesis de GL tiene su parte de verdad de perogrullo. Pero no se puede admitir con fe todo lo que nos transmitieron los primeros testigos (gente del siglo I con su mentalidad peculiar para nosotros) porque nos llevaría inevitablemente a la aceptación de lo claramente legendario, al posible desvarío, al deslizamiento ingenuo de admitir más de lo que es científicamente admisible. Debe reconocer, ahora bien, que la moderna apologética es muy inteligente, y como un buen abogado, ha escudriñado los mas pequeños resquicios de las debilidades de la crítica y se ha introducido por ahí.

Como el libro es muy amplio, me reduciré a comentar algunos temas esenciales.

1. Respecto al reino de Dios, defiende ardorosamente GL la noción de que lo propio de Jesús es el anuncio de que con su persona el reino de Dios ha llegado ya. El tiempo es el “ahora” de Jesús, y el lugar, la tierra de Israel, pero con una proyección hacia todas las naciones de la tierra, conforme a los profetas: el pueblo elegido ha de ser “luz de las naciones”. GL es insensible a la cantidad de textos que afirman que el reino de Dios no ha llegado aún. Cita fugazmente (p. 104) el libro famoso de Johannes Weiss, Die Predigt Jesus vom Reiche Gottes “La predicación de Jesús sobre el reino de Dios” de 1892 (hay un segunda y una tercera edición, expandidas, de 1900), pero es totalmente inmune a sus argumentos. No distingue GL entre los preámbulos del reino de Dios –que se inician ciertamente con la persona de Jesús y con su lucha denodada contra el reinado de Satanás en este mundo-- y la verdadera llegada del Reino, ni tampoco cómo algunas expresiones de Jesús que pueden favorecer la tesis de la presencia real del reino de Dios ya en tiempo de Jesús se deben al lenguaje entusiasta y exaltado de su proclamador.

2. El libro que comentamos tiene un interesante capítulo sobre la restauración / reunificación de Israel en el pensamiento de Jesús, con un buen monto de textos bíblicos que añadir a la obra de Ed Parish Sanders, Jesús y el judaísmo (Trotta, Madrid 2003), un capítulo que no suele aparecer en los libros sobre Jesús de este estilo. Me parece muy recomendable.

3. GL no insiste, como muchos estudiosos confesionales, sobre la absoluta singularidad de Jesús respecto a Juan Bautista y más bien admite que toda la escatología de Jesús depende de él, quien quizás fue su maestro por un tiempo (p.62).

4. GL en capítulos diversos describe a un Jesús desinteresado por la política de su tiempo y radicalmente pacifista. No tiene para nada en cuenta los más o menos 35 indicios evangélicos que apuntan a lo contrario, y que han sido recogidos por Fernando Bermejo en un trabajo muy interesante, ya publicado, titulado Jesus and the Anti-Roman Resistance A Reassessment of the Arguments, que creo que el autor debería resumir en castellano e ir publicando en este Blog, pues su contenido es muy importante y hace cambiar la consideración global sobre Jesús

5. Es también interesante el cap. 5 “La llamada al seguimiento” en la que GL distingue muy didácticamente entre la vocación de los discípulos de Jesús y la de los discípulos de los rabinos de entonces, así como las variantes entre el movimiento de seguidores Jesús y los “discípulos” de los celotas más redicales de su tiempo. Según GL, la comparación más exacta del movimiento en torno a Jesús sería la que genera la imagen de Eliseo respecto al profeta Elías, naturalmente multiplicado por decenas o centenares.

6. Gl se muestra radicalmente contrario a distinguir en la predicación de Jesús entre una ética general y otra “interina”, más apropiada para los momentos finales, inmediatamente anteriores a la llegada del Reino. Pero esta postura deja sin explicar tres posturas éticas señaladas muy oportunamente por diversos investigadotres desde Albert Schweitzer: el desapego de la familia; la dejación del trabajo por la predicación del Reino y el desinterés absoluto por el dinero, temas candentes en las exigencias de Jesús a ciertos discípulos, que si se generalizaran (a pesar de todas las explicaciones de GL) llevarían a una sociedad absolutamente inviable…, por lo que parecen bien descritos como preceptos propios de una ética interina, para unos poquitos, en absoltuo generalizable a todos los seguidores de Jesús. Por tanto parece que la división propuesta por Schweitzer se impone.

7. Los capítulos dedicados a la explicacion da las parábolas de Jesús me han imprsionado favorablemente por la frescura, originalidad, y por las comparaciones que utiliza GL con elementos contemporáneos que ayudan a entender el significado preciso de cada parábola. Como es natural, al postular que el reino de Dios ha llegado ya, GL insiste en la parábolas del crecimiento (grano de mostaza; sembrador).

8. Otro capítulo original e interesante es el nº 8, “Jesús y el universo de los signos”, en donde estudia GL el lenguaje corporal de Jesús, sus actuaciones en los milagros de sanación y exorcismos, el trato con los enfermos y los niños, etc. Me ha descubierto perspectivas interesantes sobre la humanidad de Jesús.

9. No suele aparecer tampoco en los libros de este corte popular (pero, debo insistir, en este caso altamente científico) el tema “Jesús y el Antiguo Testamento”, en el que GL toma posición acerca de cómo Jesús interpretaba sus Escrituras. Por ejemplo, su postura en contraposición a la aparición abundante de la violencia en lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento. Dentro de este mismo capítulo admite GL que Jesús nunca se propuso predicar o evangelizar a los gentiles, es decir, no fue un predicador universalista; calfica la postura de Jesús ante el estado como positiva, porque interpreta la perícopa de Mc 12, “Dad al César…”, como una exhortación a cumplir con las obligaciones estatatales –aunque sean injustas—de cada individuo; se muestra partidario de que Jesús se entendió a sí mismo como el Siervo sufriente de Is 53 (4º Canto del Siervo), pero no entra a discutir que esta cuestión es ampliamente debatida: muchos estudiosos atribuyen la comparación Siervo sufriente / Jesús a los evangelistas, y la entienden como una explicación a posteriori de la pasión y muerte en cruz…, que no serían voluntarias; por tanto, la comparación con el Siervo sufriente no sería una aclaración propia de Jesús.

10. En el cap. 12 “Jesús y la Torá (ley de Moisés)” se muestra muy reticente GL a admitir como propia del Jesús histórico, aun estando de acuerdo con su autoconciencia de su propio mesianismo, la tendencia de los evangelistas --sobre todo Marcos 2 (Jesús curando en sábado y Jesús como Señor del sábado) y Mateo 5 (Antítesis del Sermón de la Montaña)— a presentar a Jesús mesías como portador de una nueva Ley, o de una interpretación super radical de la Ley, es decir, como alguien superior a Moisés, y por tanto con poderes casi divinos. Más bien insite GL en que Jesús no vino sino a cumplir la Torá pero profundizando en su contenido esencial para observarla precisamente con más exactitud, prescinciendo de algunos detalles prescindibles.

11 Otro capítulo interesante es el 19, titulado “La reclamación de excelsitud de Jesús”, título que en español no suena bien, pero que el autor explica claramente al principio de la sección: podría haberlo titulado “autocomprensión” o “autconsciencia ” de Jesús, pero –afirma—se trata de que Jesús dio a entender que reclamaba que se le reconociera como profeta y como mesías de Israel pero con hechos y no con palabras, y que actuaba con gran prudencia por temor a las autoridades. Este modo de proceder se explica por una conciencia muy elevada de sí mismo (en teología se denomina “cristología implícita”, puesta de relieve más tarde por la teología misma de la comunidad de seguidores, que no inventa nada, sino que declara explícitamente lo que Jesús sólo manifestó implícitamente).

En esta línea sostiene GL que Jesús exigió (“reclamó”) para sí el título de Hijo del Hombre, que lo conectaba directamente con la misteriosa figura del capítulo 7 del libro de Daniel. Jesús creía que Dios lo constituiría en juez supremo del Juicio Final tal como declaró en el proceso ante el Sanedrín, y en concreto en su respuesta al Sumo Sacerdote: Mc 15,62). Por tanto GL construye un puente en la personalidad misma de Jesús hacia la declaración de divinidad por parte de sus seguidores. Naturalmente GL discute poco los problemas que la investigación independiente ve en toda esta teoría.

El cap. 20 aborda el espinoso tema de la resurrección y apariciones, aunque GL declara que no pertenecen al ámbito estricto de la historia, sino al de la fe… Pero recordemos que antes ha justificado que hay razones para creer en la transmisión interpretativa de los primeros testigos (y, por tanto en este caso, en la realidad de la tumba vacía). En consecuencia GL proclama su fe en que Jesús resucitó realmente y que el tema debe entrar en cualquier libro sobre el personaje. Respecto a las apariciones rechaza las teoría de la mentira colectiva, de las visiones o alucinaciones también colectivas o individuales, y sostiene que la mejor explicación de ellas es la teoría denominada “experiencias de descubrimiento”. Fue un convencimiento interno, un descubrimiento, de que Jesús no había permanecido en la muerte, un experimentar en el corazón de sus discípulos la cercanía del Maestro e incluso la gracia de su perdón por haberlo abandonado. Mas tarde estas “experiencias de descubrimiento” se fusionaron en el esquema narrativo tradicional de la aparición (pp. 486-487). Confieso que este campo me desborda y que me declaro escéptico ante esta teoría.

12. El libro de GL no acaba con la resurrección y apariciones, sino con una comparación relativamente detallada de la concepción del reino de Dios de Jesús y las utopias literarias como la Tomás Moro, 1516 y Francis Bacon 1626. El autor sostiene que el reino de Dios predicado por Jesús no es una utopía, sino una realidad presente en el mundo, y la prueba se halla en que inmediatamente tras la muerte de Jesús, a partir del suelo de Israel se crearon comunidades de desguiodres en toda la cuenca mediterránea.

La traducción de Villanueva Salas es buena y tiene su mérito al tratarse del alemán. Además, el libro apenas tiene erratas. Hay una graciosa en la p. 533: Ciertos historiadores… “vieron en Jesús una especie de predicador marxista de la revolución que apostataba por la violencia” por “apostaba”. Sí le estaría agradecido al traductor que cuidara un poquito más la distinción en español estre pasado simple y compuesto (por ejemplo, “Los evangelios han hablado desde ángulos diferentes” (p. 52) en vez de “Los evangelios hablaron…”. Me explico: El pretérito indefinido simple se usa cuando se expresa una acción que terminó dentro de una unidad de tiempo ya concluida. Ejemplo “Juan llegó ayer… hace un minuto…. El mes pasado”. El compuesto se usa cuando se describe una acción que va incluida dentro de un lapso de tiempo que todavía dura, no concluido. Ejemplo: “Desde 1850 ha llovido mucho”. Pero “Ayer llovió mucho”. Pero si la acción sigue hasta el presente, utilizaría el compuesto. Compárense los dos ejemplos siguientes: “Desde 1850 a 1950 la Medicina progresó enormemente” (“ha progresado” sería incorrecto porque la acción no dura hasta hoy día). Pero: “Desde 1850 la medicina ha progresado mucho” (sería correcto, porque la acción dura hasta hoy).

El libro en su conjunto me parece interesante y da para pensar. Pienso que los que compraron el libro de Pagola hallarán aquí material muy sabrso y que les resultará muy atractivo. La editorial Herder ha hecho bien en traducirlo.


Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Viernes, 20 de Diciembre 2013


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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