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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero

Escribe Antonio Piñero

Después de que he expuesto cuál es mi opinión sobre los textos jesuánicos del Nuevo Testamento que mandan el amor a los enemigos, quiero recoger en algunas citas, amplias, las observaciones de R. Armengol, en las pp. 168-170 de su obra “El mal y la conciencia moral”, que estamos comentando que me parecen sensatas:

»El amor y la compasión, mucho más el primero que el segundo, persiguen el bien de los otros y es mucho más difícil beneficiar que dejar de perjudicar. El respeto evita el perjuicio, el amor persigue el beneficio del congénere. De todo lo anterior se desprende que pongamos al respeto como el principal de los sentimientos morales al ser más frecuente y al poder ser exigible.


»El amor, como otros sentimientos, no se puede exigir mientras que el respeto, mirar para no dañar, es exigible en cualquier relación humana. Sería el que fundamenta el mayor de todos los deberes: no causar el mal cuando se puede evitar.


»Cuando decimos que el amor no se puede exigir nos referimos al aspecto sentimental del amor, al afecto, no se hace referencia al aspecto comportamental o beneficiente del amor. En los Proverbios bíblicos y en el mensaje de Jesús con mayor determinación se prescribe hacer el bien al enemigo. «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen», dice Jesús. Pero este precepto no puede decir ni dice “tendrás afecto por el enemigo”.


»Estoy en parte de acuerdo con la opinión de John P. Meier, el especialista católico en el Nuevo testamento. En el volumen IV de su libro Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico (Editorial Verbo Divino, en curso de publicación aún ) al referirse a los mandamientos de amor de Jesús escribe: «“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Como sucede en el Deuteronomio, en esta parte del Levítico la palabra “amor” tiene el sentido concreto de querer el bien y hacerlo, no simplemente el de experimentar un sentimiento de afecto más o menos intenso» (p. 497). «Además, como indica la enseñanza de Jesús a lo largo de los evangelios, es un amor verdaderamente bíblico, judío. Aunque sin estar divorciado de las emociones, no es una cuestión de sentir el bien, sino ante todo de querer hacer el bien» (p. 534). «Jesús no incurre en el absurdo de ordenar que se experimenten determinadas emociones. Lo que él manda a sus discípulos es que quieran el bien para sus enemigos y que les hagan el bien, cualesquiera que sean los sentimientos que los discípulos abriguen hacia ellos, y sin que importe que los enemigos sigan siendo enemigos a pesar del bien del que hayan sido objeto. Conviene hacer hincapié en este último punto» (p. 537).


»Se hubiera podido decir: «Sed benefícientes con vuestros enemigos». Si se entiende el mandamiento de Jesús como la ayuda al enemigo o al adversario aunque no haya afecto no es imposible cumplir con el mandamiento. No dijo Jesús nada descabellado. ¿No nos hemos comportado de este modo en alguna ocasión?


»Acerca de los mandamientos de amor de Jesús propongo que el Maestro estableció una diferencia entre amar a los demás, incluso al enemigo, y a «amar al prójimo como a uno mismo» tal como aparece en Levítico (19, 18). La clave para entender el pensamiento de Jesús la ofrece Lucas (10) al escribir sobre el Samaritano.

»¿Quién es el prójimo para Jesús? «¿Quien de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (10, 36), pregunta el Maestro. Según lo escrito por este evangelista el prójimo del herido y maltratado, tal como propone Jesús, no es todo el mundo, no es cualquiera, no es el sacerdote o el levita –el auxiliar del sacerdote– que pasaron de largo, sino quien le socorrió, el buen samaritano. El herido puede amar al samaritano, y sólo a él, como a sí mismo porque éste es su prójimo. No suele entenderse de este modo, pero creo que este es un asunto muy importante.


»El sagaz Hegel también se equivocó en su juventud al interpretar este pasaje evangélico en su Historia de Jesús. Hegel, como hacen muchos, dice que el prójimo del samaritano es el herido (pp. 58-59), pero no observa que lo que quiere decir Jesús es diferente, el Maestro parece que quiere dejar claro que el prójimo del herido es el samaritano.


»Entiendo que Jesús formula una interpretación muy precisa de lo prescrito en Levitico 19,18. Él recomendaba, en primer lugar, amar a todos, es decir, no causar dolor o daño a nadie, ayudar si se podía, incluso al enemigo y, en segundo lugar, amar como a uno mismo al prójimo, a aquél o a aquélla que te ayuda o te ha ayudado, te ha socorrido, a aquellos que no te dejan tirados, éstos son el prójimo al que se puede y se debe amar como uno mismo. De ser así Jesús fue un pensador muy realista.


»Jesús tenía un conocimiento muy grande del Antiguo testamento y parece que cuando prescribe: «Amad a vuestros enemigos» tiene en cuenta a lo dicho en los Proverbios bíblicos: «si cae tu enemigo, no te alegres; si tropieza, no lo celebres» (24,17) y «si quien te odia tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber» (25, 21). La anterior interpretación sobre las palabras de Jesús referida al afecto concuerda con la de la mayoría de los estudiosos de la Escritura. Así, pues, puede mejorarse el comportamiento, pero no el afecto. En este sentido, el referido al afecto, decimos que el amor no es abundante ni exigible.


»El amor es un afecto que implica y empuja a hacer el bien, a ayudar al necesitado, a velar por su bienestar aunque no lo necesite por el momento, amar significa, también, prevenir un mal futuro para el amado. Además, el amor requiere dar de lo propio a quien es amado si lo necesita. Pero, atención porque esta donación, este tipo de amor, no puede ser general, de ahí que sólo se puede amar a los demás como a uno mismo, si como a mí entender hace Jesús, se define bien quien es el prójimo.


»Si se define el amor de este modo puede decirse que no se puede exigir un amor afectuoso para el enemigo, es suficiente con dejar de hacerle el mal y darle de beber si tenemos agua y él no la tiene. No se puede amar al enemigo como amamos al hijo o a la pareja. No se puede amar a los verdugos de Jesús como se le puede amar a él. Con todo, no digo que Jesús no pudiera amar a quienes le crucificaban, fue un ser muy especial. En conclusión, me parece que amar al prójimo como a uno mismo es mucho más difícil e infrecuente que respetarle, no causarle daño. De ahí que nos conformemos con el respeto y no esperemos que el amor fundamente la moralidad.


»Para concluir sobre este tema, adoptamos la compasión como sentimiento moral y no lo hacemos con el amor por lo siguiente: la compasión puede mover a dar algo de lo propio, pero no siempre lo consigue mientras que cuando hay amor damos siempre algo de lo propio cuando se necesita. La compasión es un freno ante el mal. Dar de lo propio es bastante infrecuente por ello no se podría incluir al amor como basamento de la moralidad.

No tengo mucho que comentar. Espero que los lectores caigan en la cuenta que su propuesta, comentando a su vez la tesis de John P. Meier («que quieran el bien para sus enemigos y que les hagan el bien, cualesquiera que sean los sentimientos que los discípulos abriguen hacia ellos, y sin que importe que los enemigos sigan siendo enemigos a pesar del bien del que hayan sido objeto. Conviene hacer hincapié en este último punto») podría enfocar desde otra perspectiva las diferencias que hace G. Puente Ojea siguiendo a Karl Schmitt (que he citado en las dos postales anteriores) entre enemigo público y enemigo privado.

Pero observo que no aparece en los evangelios un Jesús que ayude o haga el bien a sus enemigos, por ejemplo, a herodianos y a saduceos. Sí alaba en ocasiones a algunos fariseos/escribas/doctores de la Ley cuando cree que profieren o mantienen una sentencia recta (por ejemplo, Mc 12,34 a propósito de un escriba “Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios»”)… Pero en la mayoría de las ocasiones se muestra con todo ellos nada amable, sino a veces muy hiriente y ofensivo.

Concluiremos pronto.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com

Lunes, 9 de Mayo 2016


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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