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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Fernando Bermejo

En el post anterior nos referimos al material relativo a un “pretendiente al trono” (Lc 19, 12.14-15a.27) incluido en la parábola lucana de las minas, señalamos los aparentes paralelismos entre esta sección y algunos episodios decisivos relativos a la vida del etnarca Arquelao, y observamos la extrañeza que puede causar el hecho de haberse empleado una alusión a un gobernante recordado sobre todo por su torpeza y su brutalidad. Recordemos que el rey de la parábola se comporta de este modo tan brutal: “Y en cuanto a aquellos enemigos míos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traédmelos acá y degolladlos en mi presencia”. ¿Habría Jesús –o el autor del evangelio de Lucas– tomado como modelo de la actuación de Dios –o del Mesías– a una figura tan ominosa? ¿Tiene esto algún sentido?

A esta cuestión Brian Schultz ha ofrecido una respuesta en un artículo publicado en 2007 en la revista Novum Testamentum, titulado “Jesus as Archelaus in the Parable of the Pounds (Lk. 19:11-27)”. En lo que sigue sintetizaré sus ideas.

Sabemos por las Antigüedades de Josefo que, tras ser nombrado etnarca de Judea y Samaría, Arquelao llevó a cabo algunas actividades edilicias, como la construcción de Arquelais cerca de Jericó y la reconstrucción del complejo palaciego de Herodes el Grande en Jericó (que había sido atacado y destruido a la muerte de Herodes), situado en el extremo meridional de la ciudad, y que sería usado durante la primera mitad del s. I hasta que los edificios fueron de nuevo destruidos, esta vez por un terremoto, en el año 48.

Resulta también interesante el hecho de que la antigua carretera de Jericó a Jerusalén pasaba justo al sur de este enorme complejo palaciego, y que cuando esa carretera ascendía luego por las colinas próximas ofrecía a los viajeros una vista impresionante de estas posesiones reales. De ese modo, cuando iban en dirección a Jerusalén, los peregrinos judíos de final de la época del Segundo Templo tendrían un recordatorio de la figura de Arquelao.

Ahora bien, resulta que según Lucas el episodio anterior a la parábola de las minas es el episodio con Zaqueo, que es localizado precisamente en Jericó. Lucas conecta narrativamente ese episodio con la parábola de las minas, localizada en el transcurso del viaje a Jerusalén. Lo que Schultz conjetura es la posibilidad de que el material relativo al rey en la parábola proceda del propio Jesús, y que haya sido la visión del complejo palaciego reconstruido por Arquelao lo que propició la alusión a este.

La escabechina que hace el rey de la parábola recuerda de hecho a la que llevó a cabo Arquelao. Josefo sugiere en Antigüedades que Arquelao fue recordado sobre todo por la masacre (sphágein) de aquellos de los que él temía se le opondrían, aun si estos estaban en el Templo llevando a cabo su culto durante la Pascua. Para describir la acción mandada por el rey en la parábola, Lucas utiliza el verbo katasphágein. La idea vehiculada sería que quienes no aceptan el reino del Mesías sufrirán un destino semejante al que sufrieron las víctimas de Arquelao, incluso si siguen con sus actividades religiosas en el Templo.

Schultz concluye que esto tiene sentido como el Sitz im Leben de la parábola, y que por tanto esta debería ser atribuida a Jesús y no al evangelista. Este autor argumenta, además, que la alusión a Arquelao no tendría sentido como una creación posterior, pues mientras que en tiempos de Jesús Arquelao todavía sería recordado, una generación o dos más tarde su recuerdo se habría vuelto del todo irrelevante en la política de Judea y en la memoria, por lo que apenas puede imaginarse qué propósito habría podido tener un redactor en aludir al etnarca como un tipo del Mesías, mucho menos teniendo en cuenta que sus destinatarios ni siquiera habrían oído hablar de él.

La argumentación de Schultz no me parece implausible, en especial si se conecta con otras imágenes claramente violentas empleadas por Jesús para describir el destino escatológico de quienes, resistiéndose a su predicación, se opusieran al reino de Dios. Allí, después de todo, será el llanto y el rechinar de dientes. La condenación es la otra cara de la salvación, y Jesús no la imaginó –a diferencia de muchos de sus cultores modernos– como una mera “ausencia de Dios”.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

Miércoles, 15 de Abril 2015


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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