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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Antonio Piñero
 
Concluyo hoy con los últimos cuatro puntos que hace años publiqué en mi ensayo “Jesús y la política de su tiempo” que indican cómo Jesús estaba implicado de tal modo en religión de su pueblo que las consecuencias políticas eran evidentes. Posteriormente seguiré con unos veinte puntos o alusiones más que ha recogido F. Bermejo y que procuraré comentar.
 
Los que hoy pongo son muy bien conocidos…, pero deben sacarse las consecuencias:
 
11. Jesús recomendó no pagar el tributo al César. El núcleo de este pasaje fundamental –en el que fariseos y herodianos tienden una trampa dialéctica a Jesús–, que describe la famosa y críptica escena, reza así en la versión del evangelista Marcos:
 
“‘¿Está permitido pagar tributo al César o no? ¿Lo pagamos o no lo pagamos?’ Jesús, consciente de su hipocresía, les dijo: ‘¿Por qué queréis tentarme? Traedme una moneda que yo la vea’. Se la llevaron, y él les preguntó: ‘¿De quién son esta efigie y esta leyenda?’. Le contestaron: ‘Del César’. Jesús les dijo: ‘Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios’. Y quedaron maravillados” (Mc 12,14-17).
 
No me cabe duda de que el sentido de esta escena, voluntariamente pretendido por el evangelista Marcos, es que Jesús afirmó de una manera sutil que los judíos debían pagar el tributo al Emperador. De este modo se alineaba de antemano con el pensamiento que Pablo de Tarso habría de expresar más tarde en su Carta a los romanos: “Es preciso someterse a las autoridades temporales no sólo por temor al castigo, sino por conciencia. Por tanto pagadles los tributos, pues son ministros de Dios ocupados en eso” (Rom 13, 5-6).
 
He defendido muchas veces que el análisis de la perícopa permite llegar a la conclusión de la realidad fue de otra manera y que Marcos mismo (junto con Lucas, como veremos) nos dieron las pistas suficientes para afirmar que fue así Pero en la realidad la respuesta del Nazareno no fue tal, sino la contraria. Jesús dijo con gran sutileza y con una cierta trampa que no se debía pagar ese tributo.
 
Si hubiere ido en el sentido de admitir la obligación de pagar, habría perdido de inmediato el apoyo del pueblo, indignado contra el tributo, cosa que no ocurrió en absoluto, como atestiguan los evangelistas mismos Por tanto, es muy probable que la respuesta doble de Jesús “Dad al César… y a Dios…” no tuviera para los judíos piadosos de la época ningún doble sentido, sino uno sólo y muy claro: “Si tenéis por ahí denarios, acuñados por los romanos, podéis devolvérselos (griego apódote; no simplemente “dádselos”, griego dóte) al César, pues son suyos; pero los frutos de la tierra de Israel –que junto con ella misma son de Dios– dádselos sólo a Él”. Por tanto no debe pagarse el impuesto.
 
Y tampoco me cabe duda de que Jesús escapó hábilmente de la capciosa pregunta. Los romanos podían estar contentos porque no había habido ninguna incitación expresa a no pagar. Pero los celotas –que conocían el pensamiento de fondo de Jesús- también estaban satisfechos: el Nazareno estaba diciendo crípticamente, eso sí pero lo suficientemente claro para quien deseara entender, que no se debía pagar el tributo al César. El truco era: fijar la atención en la moneda y hacerla confundir, como un prestidigitador hábil, con el impuesto. La moneda romana se podía devolver y funcionar con las locales, por ejemplo, el shekel, pero lo que es de Dios, la tierra y su producto, eso hay que dárselos a Dios no a los romanos.
 
Y que esta es una exégesis correcta, a saber que de ningún modo propugnó Jesús el pago del impuesto le demuestra paladinamente el siguiente pasaje de Lucas:
 
13. “Y levantándose todos ellos, le llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey»” (23,1-2).
 
La consabida escena del prendimiento en el huerto de Getsemaní demuestra a las claras que los discípulos de Jesús iban armados, con armas pesadas, es decir espadas de combate, propias de legionarios, por ejemplo, no sólo dagas para protegerse en posible un viaje infestado de bandidos (que no era el caso en el Israel del momento donde reinaba el orden romano) o navajitas para cortar el pan y el queso.  Es claro que en tal escena no se deben tener en cuenta los comentarios personales de los evangelistas, y ciertas palabras puestas en boca de Jesús fácilmente atribuibles al sesgo de esos autores evangélicos y a su deseo de mostrar a aquél como un ser eminentemente pacífico.
 
12. Parece evidente en Getsemaní que se produjo un incidente armado con derramamiento de sangre, pues está testimoniado por los cuatro evangelistas. Los Sinópticos (Marcos y Mateo/Lucas) tratan de disminuir la gravedad del episodio: sólo un discípulo saca la espada (Mateo -26,51-, Marcos -14,47- y Lucas -22,50- indican que fue sólo un innominado discípulo el que atacó), y tratan de presentar a un Jesús pacífico que se distancia expresamente de la violencia, pues pide que dejen en libertad a sus discípulos (¡aun habiendo respondido con armas al prendimiento!) mientras insta a éstos a deponer toda resistencia: “Le dice entonces Jesús (al discípulo que había blandido el arma): «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán” (Mt 26,52).
 
Es bien sabido que el evangelista Juan, por el contrario, destaca la importancia del enfrentamiento, pues señala que por parte de los romanos participaron en el prendimiento de Jesús como mínimo un centenar de soldados (una cohorte de 500 o 600 hombres, griego speíra, quizá no completa), además de los “sirvientes de los sumos sacerdotes y de los fariseos, con armas y linternas” (Jn 18,3). Si iban tantos a prenderlo, era porque consideraban que habría una fuerte resistencia armada.
 
13. Jesús fue ejecutado junto con dos salteadores:
 
“Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda” (Mc 15,27).
 
Ahora bien, es sabido que la palabra “bandido” es la utilizada por Flavio Josefo, tanto en sus Antigüedades de los judíos XVII 269-285, en particular 278-284; XX 160-172; como en la Guerra de los judíos II 55-65, en especial 60-65; 433-440 y IV 503-513, para designar despectivamente a los celotas, causantes de la Gran Revuelta contra los romanos y la consiguiente derrota. Es de suponer que Jesús fue crucificado con gentes que participaron con él en el mismo incidente contra el Templo, o en otra revuelta de la que da noticia el evangelista Marcos, en 15,7, o bien que fueron capturados en ese incidente en el huerto de Getsemaní.
 
Los evangelistas nada dicen de ello, e incluso Lucas cambia el vocablos bandidos /salteadores por “malhechores” (comunes) en 23,32. Pero la conclusión es lógica, pues se trata de una crucifixión triple con una finalidad de escarmiento, en la que Jesús es situado en el centro como el jefe.
 
14. El título de la cruz es de una autenticidad normalmente indiscutida, pues se corresponde con la práctica usual romana de informar y ejemplarizar al pueblo por medio de las ejecuciones públicas (Los comentaristas señalan unánimemente los siguientes pasajes confirmatorios, Suetonio, Vida de Calígula 32; Vida de Domiciano 10,1; Dión Casio, Historia romana 54,8). Además está atestiguado por los cuatro evangelistas, a pesar de que el contenido de la inscripción grabada en la tabla no era de hecho muy halagüeño para sus perspectivas religiosas. No eran muy corrientes las ejecuciones públicas, y Roma no acostumbraba a crucificar sin ton ni son, sin razones graves, incluso en provincias problemáticas y revoltosas como Judea.
 
Las condenas a muerte eran registradas en los documentos de las cancillerías de los gobernadores provinciales, y luego transmitidas a Roma por medio de un mensajero especial, o bien por el correo oficial que a intervalos regulares llegaba a la oficina del Emperador. Pero ese informe no se ha conservado.
La inscripción, “Jesús [Nazareno; sólo en Jn 19,19], rey de los judíos” (Mt 27,37 y paralelos), señala exactamente desde el punto de vista romano la causa de la muerte: delito de lesa majestad contra el Imperio por graves desórdenes públicos o sedición.
 
Como ya conocemos la historia anterior, la entrada  triunfal en Jerusalén, el asalto al Templo, la resistencia armada durante el prendimiento en Getsemaní, la equiparación de Jesús con un sedicioso como Barrabás…, parece bastante claro desde el punto de vista histórico que para los romanos Jesús era no sólo un mero simpatizante de la causa nacionalista, sino un activo colaborador con ella.
 
 
Ahora bien, como el Procurador decidió no prender también a sus discípulos, ya fuera por temor al pueblo que consideraría espontáneamente a Jesús y sus seguidores unos héroes de la resistencia, ya porque estimara que el movimiento subversivo estaba en sus principios y era de poca monta, el que cargó con la culpa del grupo entero fue Jesús…, más los dos crucificados con él. Todo indica aquí que los romanos pensaron que el movimiento de Jesús era de poca monta comparados con otros en los que intervinieron miles de personas (Atronges, por ejemplo), así que se contentaron con acabar con los cabecillas.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com
Universidad Complutense de Madrid
 
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Otro enlace de programa radiofónico de las pasadas Navidades en el que he participado:
 
http//:www.ivoox.com/entrevista-al-dr-antonio-pinero-12-18-2016_rf_15139629_1.html
 
 
 
Saludos de nuevo

Martes, 3 de Enero 2017


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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