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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Antonio Piñero

Esta semana quiero iniciar una pequeña serie de postales sobre el tema que indica el título de la de hoy. La cuestión se ha suscitado en un curso, organizado por la Fundación Santa María de Albarracín (Teruel) y dirigido y coordinado por el catedrático de historia medieval de la Universidad de Zaragoza José Luis Corral, que llevaba como título genérico “La corrupción en la época medieval”. El Prof. Corral me encargó el tema de la corrupción en el cristianismo en el final de la Antigüedad y comienzos de la Edad Media, en concreto los siglos IV y V, más o menos el tiempo que media entre el Concilio de Nicea, del 325, y el de Calcedonia en el 451. Y allí, en la sede de la Fundación Santa María, impartí la conferencia a finales de septiembre, que ahora quiero compartir con los lectores.

Antes de comenzar quiero escribir unas palabras sobre la Fundación Santa María, entidad que se sostiene con donaciones privadas, que es gestionada en lo fundamental por solo dos personas, Antonio Jiménez y Stephanie Murciano. Y es que estoy verdaderamente impresionado de su tarea. Resulta que Albarracín es una villa amurallada de solo mil habitantes, pero con un patrimonio histórico y cultual impresionante, que uno no se imagina en una ciudad tan pequeña. La Fundación tiene como misión hacer patente la presencia de Albarracín en España y dar a conocer todas sus riquezas en ese ambiente peculiar que te hace pensar que estás paseando por calles y edificios de los siglos XVI o XVII.

Para cumplir su función desarrolla la Fundación una tarea múltiple. En primer lugar, promover y ayudar a la conservación de su patrimonio civil y religioso, con una buena cantidad de bienes artísticos, en especial su catedral; la restauración de bienes culturales en general, con tareas de taller y obras de reparación de monumentos y estructuras tanto seculares como religiosas; dar visibilidad a Albarracín con la organización de cursos y congresos, como el que yo asistí, para los que tiene un salón de actos capaz de de albergar a unas 140 personas. Total, que con el curso y los espacios culturales de visitas y una excursión por el entorno, salí de allí encantado –es la segunda vez que participo en uno de estos cursos-- y quiero agradecerles a los organizadores toda su tarea por medio de las palabras de este breve reconocimiento de su labor.

Y ahora a nuestro tema:

El movimiento iniciado por los seguidores de Jesús, tanto en su rama judeocristiana, como entre los paulinos, no estaba pensado para durar, porque tanto Jesús como Pablo de Tarso –como es archisabido-- estaban absolutamente convencidos de que el fin del mundo presente iba a ser inmediato y de que después habría de instaurarse el reino de Dios que iba a cambiarlo todo. En el momento en el que vivía Jesús, los destinados a proclamar la venida del Reino –y aceptaban ese llamado divino a través de Jesús—, debían mostrar a) un desprecio absoluto por los bienes materiales; b) una despreocupación casi absoluta por los vínculos familiares normales, que debían estar supeditados a la fundación de una nueva “familia de Dios”; y c) la sustitución del trabajo productivo en pro de una vida de proclamación de la inmediata venida del Reino.

Ese reino de Dios instauraría sobre el país de Israel el gobierno de la divinidad, y ello generaría grandes bienes espirituales, pues se habitaría en una tierra donde todos se inclinarían por observar la ley divina, pero también de grandes bienes materiales, una situación que podría definirse como una Jauja feliz en lo espiritual y lo material.

Pero ese ansiado fin de la perversa historia presente dominada por Satán, el antidiós, no llegó nunca. Y como organización humana, que cobija a numerosos miembros y tiene deseos de perdurar, el movimiento de seguidores de Jesús que sobrevivió a su muerte se convirtió en “iglesia”, que fue evolucionando con los siglos hasta la institución tal como la entendemos hoy: una institución de ámbito espiritual pero con voluntad inequívoca de poder.

Este cambio llevó necesariamente consigo una mutación necesaria en el seno del movimiento de seguidores de Jesús, mutación que en ambientes sobre todo protestantes ha sido designado como el tránsito desde una institución espiritual, personalizada, de trato directo con Dios a una institución que representa el polo opuesto, que se denomina despectivamente “protocatolicismo”. Entre los pietistas protestantes este fenómeno, que si no es estrictamente todavía una corrupción, si una degradación aparece en el seno mismo del Nuevo Testamento (que yo, al menos, considero que no representa todo el cristianismo primitivo y que no es como el corpus escrito fundacional del cristianismo en general, sino de un cristianismo concreto, el que resultó triunfante, la rama paulina.

Tal como he descrito en la obra “Guía para entender el Nuevo Testamento”, los rasgos principales de esta presumible “desviación” de los orígenes –y que luego explicarán otras desviaciones posteriores que sí podrán denominarse “corrupción”— son los dos fenómenos siguientes:

• Insistencia en una fe que es el “contenido de unas doctrinas específicas” recibidas por tradición (Jds 3) que sustituye a una fe vivida aún sin dogmas sino en perenne contacto con el espíritu de Cristo. La fe se transforma es un mero asentimiento a los dogmas de una ortodoxia rápidamente formada.

• Paso de una Iglesia de los carismas (1 Corintios) a otra organizada y burocratizada. Este último paso se percibe:

a) En la consolidación de los cargos eclesiásticos. Éstos son remunerados y adquieren fuerza cuando retrocede la influencia de maestros y profetas, que no cobraban y que eran guiados solo por el Espíritu.

b) En la formación del concepto de tradición, de costumbres y doctrinas, cuyo mantenimiento está a cargo de la actuación de los cargos eclesiásticos, precisamente por haberse formado esa tradición dentro de la idea de la sucesión apostólica controlada y garantizada. Es decir, Jesús instruyó a sus apóstoles, estos a sus sucesores, que fueron nombrados “inspectores” = obispos, y a su vez éstos a otros obispos, sucesores suyos.

c) En la tendencia hacia el legalismo. En las Epístolas Pastorales, 1 2 Timoteo y Tito, en 1 Jn, Jds y 2 Pe hay ya un intento expreso de delimitar la “ortodoxia y la herejía” dentro de la Iglesia: todos los argumentos teológicos y el uso de la Escritura se formulan al servicio de una ortodoxia bien delimitada. En concreto, nadie puede interpretar las Sagradas Escrituras por sí mismo, sino por el control de la Iglesia, es decir de los cargos eclesiásticos.
En líneas generales puede decirse que para diversos historiadores de la Iglesia del siglo II se inicia ya más en serio un proceso de corrupción de la entidad primitiva e idealizada que se considera “El verdadero seguimiento de Jesús”. Y señalan como signo:

1. Corrupción en la transmisión de las Escrituras, pues se sospecha que en el siglo II se dio un proceso de edición, es decir, de corrección y normalización de los escritos que los cristianos iban considerando sagrados y propios, no estrictamente judíos, y diferentes de lo que hasta el momento era la Biblia común (lo que hoy denominamos como Antiguo Testamento). Este proceso de revisión llevó en casos a que se produjera una “corrupción ortodoxa de la Escritura” B. D. Ehrmann), es decir a la enmienda de pasajes bíblicos que podían ser objeto de una interpretación no recta y no de acuerdo con la ortodoxia. Así, por ejemplo, la sustitución de pasajes en los que se habla de José como padre de Jesús.

2. Corrupción del pensamiento de Jesús. Olvido en la práctica de las máximas de Jesús sobre la pobreza absoluta de sus seguidores más conspicuos, como hemos expuesto más arriba; olvido de las estrictas normas sobre el divorcio; perversión del modo de entender Jesús la vida, etc. con la consiguiente acomodación al mundo presente, etc., y

3. Corrupción del genuino pensamiento de Pablo, estrictamente judío, por otro más concorde con la mayoría pagano-cristiana que entonces primaba en la Iglesia, que con el tiempo llevará a la fundación de una religión nueva, estrictamente separada del judaísmo, que fue la religión de Jesús y de Pablo.
Estos cambios tendrán enormes consecuencias.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Viernes, 3 de Octubre 2014


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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