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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Fernando Bermejo

Aunque cualquiera que conozca un poco la naturaleza humana sabe cuál es el trágico destino de las minorías –el rebaño y la jauría acaban persiguiendo siempre al diferente–, en calidad de miembro activo de una organización de Derechos Humanos he leído desde hace muchos años numerosos informes en relación a personas y minorías perseguidas. “Perseguidas”, en la inmensa mayoría de los casos, quiere decir no solo insultadas, repudiadas y vejadas a menudo por el mero hecho de ser diferente, sino acosadas, encarceladas, torturadas y asesinadas con toda la crueldad y la vileza de la que solo el ser humano es capaz.

Una de estas minorías es, por supuesto, la de los homosexuales. En la mayor parte de los países del mundo, gays y lesbianas siguen siendo los blancos perfectos de la bajeza del rebaño, a los que se persigue, se acosa, se tortura y se asesina. Y en este caso, da igual el continente e igual también la religión predominante de cada país (aunque, ciertamente, los hay peores que otros en número e intensidad).

Las religiones más extendidas, tanto el cristianismo como el islam, se han significado –y no pocos de sus miembros se significan hasta hoy– por respaldar y propagar los prejuicios más atávicos del clan. Al igual que cuando el rebaño es religioso los ateos son abominación, cuando el rebaño es blanco el negro es abominación, cuando el rebaño es payo el gitano es abominación, cuando el rebaño es heterosexual –y lo es–, los homosexuales son abominación. El rebaño bala unánime contra la minoría, entre otras razones porque el rebaño es cobarde y es muy fácil convertir a la minoría en chivo expiatorio. Y se sabe cuán fácilmente el rebaño se torna jauría.

Esta es la razón por la que cada vez que oigo o leo que alguien lanza alguno de los típicos rebuznos y vilezas sobre la homosexualidad (entre ellos está lo del “poderoso lobby homosexual”, que recuerda tanto a los bulos sobre el “poderoso lobby judío” que servía para demonizar al otro y preparar los pogromos) y realimentar los prejuicios del rebaño, no puedo evitar que me entren náuseas. Para mí es evidente que estos individuos y estas individuas sí son irremediablemente deficientes. Deficientes en cuanto a conocimiento, porque no parecen tener la menor idea de lo que pasa en el mundo. Deficientes en cuanto a coraje, porque si no saben es porque no quieren saber. Deficientes en cuanto a sensibilidad, porque a saber en qué cenagal espiritual la han cultivado. Deficientes en cuanto a sentido de la justicia y dignidad, porque hacen acepción de personas cuando de víctimas se trata. Y está claro que con este tipo de deficientes no hay, por definición, nada que hacer.

Entre estos deficientes que rebuznan su bilis se hallan, por supuesto, un gran número de eclesiásticos y sus acólitos. Aunque los homosexuales, aparte de hacer pasar muchos buenos ratos a una parte del clero, no les han hecho nada malo, cada dos por tres hay curas, obispos, cardenales o papas que dan prueba de su cristianísimo amor sembrando el desprecio, la vileza y el odio a la que nos tienen acostumbrados… contra la homosexualidad. Eso sí, estos tienen como sustento, nada más y nada menos, que las Sagradas Escrituras.

En efecto, entre las muchas cosas que debemos a la Biblia está el habernos dejado una idea suficientemente clara de lo que sus sofisticados autores pensaban sobre la homosexualidad (que ellos prefieren llamar sodomía). Está claro que esta es una abominación, porque así lo dicen las Escrituras, reveladas por Dios mismo según la enseñanza tradicional e infalible de la Sedicente Santa Madre Iglesia. Levítico 18, 22: “No tendrás relaciones con un varón como se tienen con una mujer: es abominación”. ¿Cuál es el castigo adecuado para ella? Lo dice también Levítico 20, 13, al conminar a los homosexuales de manera apodíctica con la pena de muerte.

Y como en la sublime dispensación divina no hay contradicción alguna, el Nuevo Testamento viene a corroborar lo enseñado en el Antiguo. San Pablo, en la Epístola a los Romanos (1, 26-27), lo dice muy claramente: “Por eso los entregó Dios a pasiones infames (páthe atimías); pues sus mujeres mudaron el uso natural por otro contra la naturaleza; igualmente los varones, abandonando el uso natural de la fémina, se abrasaron en apetencias los unos por los otros, cometiendo la infamia de varones con varones, recibiendo en sí mismos el pago que convenía por su extravío.”

Aquí se denuncia la doble práctica de la homosexualidad, primero la femenina y luego la masculina, como una práctica repugnante. No es secundaria la adjetivación del Tarsiota, pues en la filosofía griega el concepto de pasión puede indicar lo adiáphoron o moralmente neutro, como ya pensó Aristóteles. Y si el lesbianismo es ya penoso, San Pablo carga las tintas en el caso de los varones, al definir la relación sexual entre ellos con el término “infamia” (askhemosýne, literalmente “falta de esquema” o de forma, es decir, feo, deforme, desagradable, indecente). Y si el apóstol afirma aquí que los homosexuales reciben en sí mismos el pago merecido de su extravío, en 1 Cor 6, 9-10 los arsenokoitai forman parte de aquellos que no heredarán el Reino de Dios.

Por supuesto, siempre hay cristianos –e incluso teólogos– bienintencionados que declaran su respeto y su afecto por los homosexuales. Algunos incluso escriben cartas entrañables a Pedro Zerolo para decirle lo mucho que le aprecian los cristianos. Esto está muy bien, aunque tanta buena intención no puede evitar deshacer con una mano lo que se hace con la otra. Porque que la homosexualidad es abominación lo dicen claramente, no lo olvidemos, esos mismos escritos a los que veneran como Palabra de Dios. Cosa que obviamente seguirá sirviendo para alimentar los prejuicios atávicos y la bajeza congénita de rebaños y jaurías por los siglos de los siglos.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

Miércoles, 22 de Enero 2014


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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