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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
La idea del mundo condicionó la mentalidad de Jesús y de Pablo (6-08-2019. 1083)
Escribe Antonio Piñero
 
Foto:  de nuevo, la imagen del mundo según los acadios-babilonios.
 
 
Concluíamos en nuestra postal anterior que la concepción del universo sumeria-acádica-babilónica, tan pequeña y manejable, tiene enormes consecuencias en uno de los sustentos del cristianismo paulino de hoy: la teoría de la redención (muerte en cruz del hijo de Dios) del ser humano, que como hijo del primer hombre ha estropeado el designio divino a la hora de la creación. Y añado en cuanto a Jesús de Nazaret que el sentido de familiaridad con Dios, la fuerte impronta en su teología sobre la filiación divina solo es posible en un mundo en el que el Dios alejado y trascendente, teóricamente, está a la vez al alcance de la mano. La comunicación con Dios es posible; el interés de Dios por el mundo, igualmente; por medio de la oración es posible que el profeta de Galilea esté absolutamente seguro de que conoce la voluntad de Dios que complementa la palabra de este en las Escrituras. Todo es posible en un universo pequeño.
 
 
Y si Jesús hubiese nacido en el siglo XXI, muy probablemente no habría tenido esta concepción acerca de su comunicación con Dios. Y tampoco el primer evangelista, cronológicamente, Marcos, habría llegado a imaginar que en el bautismo de Jesús, el héroe e su relato, se abren –mejor “se rasgan”, indicando la cercanía– los cielos, y una voz declara a Jesús hijo de Dios, (por adopción, naturalmente).
 
 
Y respecto a Pablo esta cosmovisión explica aspectos esenciales de su teología, como he explicado en mi obra “Guía para entender a Pablo. Una interpretación del pensamiento paulino, Trotta, Madrid, 2ª edición, 2018:
 
 
No es de extrañar que el pecado del primer ser humano, Adán –concebido como la enemistad y separación del hombre de la divinidad creadora– genere en la mente divina graves problemas, ya que el hombre es lo más preciado de lo salido de entre sus manos (Salmo 8): la enemistad y el distanciamiento humanos respecto a Dios –debidos al pecado de Adán– distorsionan el diseño creativo de aquel. Así se explica el enorme interés de la divinidad por rescatar al hombre, al precio que fuere, de las consecuencias de su lapso, pues su caída repercute además en la creación entera. Es preciso borrar esa falta de Adán. Dios, pues, hará lo que fuere necesario por restablecer los lazos rotos por el pecado, hasta lo máximo.
 
 
Según Pablo, Dios decide enviar a su Hijo al mundo para que intervenga en él y lo restaure. Y así lo decide. Para que el envío sea efectivo, este Hijo adoptará una forma como la de los hombres para que estos lo sientan más cercano. Dios hace que la idea de mesías (de Israel y del mundo, añade Pablo) que prexiste en la mente divina antes de la creación del universo se encarne en un ser humano, perfecto por su obediencia a Dios y a su Ley, un hombre escogido de la estirpe de David (Romanos 1,3-4) y que es constituido plenamente “Hijo de Dios” con poder, según el Espíritu de santidad, después de su resurrección de entre los muertos, y exaltación a los cielos a la diestra de su Padre.
 
 
Pero al actuar en el mundo, el Hijo se encuentra con dos potentes enemigos, el Pecado y la Muerte, a los que derrota. El Hijo derrota al Pecado viviendo sin pecado y siendo obediente al máximo, incluso hasta la muerte. Y gracias a la victoria de su resurrección y vuelta al ámbito celeste, derrota a la Muerte, al ser el la primicia de los que habrán de resucitar para una vida eterna sin muerte alguna. El Hijo, tan preciado por su Padre, perece en una suerte de ofrenda voluntaria de su vida. Pero este acto de obediencia perfecta calma la ira de la divinidad por el pecado de Adán y sus descendientes y logra que se restituya la amistad primigenia entre la divinidad y su criatura. La creación entera salta de gozo y comienza su restauración.
 
 
Este es el marco en el que se desarrolla el tiempo mesiánico de Pablo, momento de la solución definitiva al problema del pecado primigenio descrito en Gn 3, según proclama su evangelio y en el que él vive. El sentido sacrificial de la muerte del Hijo, el Mesías, según Pablo se comprende muy bien si situamos el sacrificio de su muerte dentro del ámbito de este universo pequeño, semita, que hemos descrito y dentro igualmente dentro de las ideas de los habitantes del Mediterráneo oriental sobre el valor de la sangre como purificadora redentora,  en el sacrificio.
 
 
En mi libro sobre Pablo pongo como ejemplo  para entender la mentalidad paulina el caso del rey Jiel de Betel, que se cuenta en la Biblia hebrea. En Josué 6,26, tras la conquista de Jericó por los israelitas, se lee: “En aquel tiempo Josué pronunció este juramento: ¡Maldito sea delante de Yahvé el hombre que se levante y reconstruya esta ciudad (Jericó)! ¡Sobre su primogénito echará su cimiento y sobre su pequeño colocará las puertas! Y en 1 Reyes 16,34 se narra cómo se cumple la profecía: “En su tiempo Jiel de Betel reedificó Jericó. Al precio de Abirón, su primogénito, puso los fundamentos, y al precio de su hijo menor Segub, puso las puertas, según la palabra que dijo Yahvé por boca de Josué, hijo de Nun”.
 
 
Este par de textos presenta las siguientes perspectivas: rey – grave problema - hijo muy querido - sacrificio de éste - solución del problema. La interpretación de la muerte del Mesías como sacrificio tiene los mismos elementos: rey (celestial) – grave problema (falta de Adán; pecado; muerte; separación/enemistad de la criatura respecto al Creador) – hijo muy querido (enviado a la tierra) – sacrificio (muerte en cruz) – solución del problema (restauración del orden: Creador y criatura vuelven a la amistad).
 
 
Las circunstancias son distintas, pero el esquema mental es muy similar. Me parece muy plausible que Pablo, como buen judío, albergara una concepción parecida; y en concreto que, como judío helenístico, tampoco le repugnara la noción sacrificial en sí, porque en su entorno el sacrificio y la sangre, incluso el sacrificio humano, vicario, de una persona para que otras no tuvieran que morir, eran considerados manera habitual de solucionar problemas entre las divinidades y los humanos. Así, desde Agamenón y su hija Ifigenia, en Áulide, o de Creonte, en la tragedia “Las Fenicias” de Eurípides, preparado para la muerte para redimir a su patria (v. 969), o de la bella Alcestis, dispuesta a morir para salvar la vida de su esposo: “Alcestis” vv. 155. 284.
 
 
La cosmovisión semítica, de un mundo muy pequeño con un Dios al alcance de la mano y que mira constantemente hacia su creación, puede iluminar también otros varios aspectos de la ideología de Pablo:
 
 
· Así, la elección de un pueblo, dentro de una tierra muy pequeña, que esté dispuesto a obedecer a Dios y a llevar adelante sus designios, a pesar de los fracasos del resto de los humanos, y que sirva como de faro a la humanidad. De este modo, al menos una parte de creación en cuanto a su parte principal, los hombres, estará con Dios en la historia y el resto tiene un ejemplo al que atenerse.
 
 
· En un diseño holístico, global, como es el de este universo tan abarcable, el vocablo “todo” significa muy probablemente el “conjunto del diseño”, no las partes. Por ello el problema del mal no es absolutamente grave ya que el que lo padece, el individuo, carece de entidad respecto al Todo. Tampoco lo es el que bastantes de los humanos se condenen, con tal de que el Todo se salve.
 
 
· Pablo puede acusar a los gentiles de ciegos y empecinados al no ver la hermosura y la perfección de lo creado y de no dar honra a la gloria divina, que así lo hizo, estando todo ello tan a su mano. Los gentiles han sustituido voluntariamente la adoración del Dios creador por la veneración de falsos dioses, entidades inanes e intramundanas.
 
 
· Si la divinidad suprema ocupa la cúspide de la Totalidad, la obligación absoluta del resto de los habitantes del universo, hombres y espíritus, es obedecerla. Ni paganos ni judíos tienen excusas para no obedecer a la escucha de la proclamación del mesías que es el último acto del diseño creativo global.
 
 
· En este universo con una divinidad tan “accesible” es fácil de comprender la posibilidad de la revelación. La divinidad se comunica constantemente con los hombres por sí misma o por intermediarios, y algunos seres humanos pueden también llegar a comunicarse directamente con la divinidad. Pablo es uno de ellos. Como receptor de revelaciones divinas, además de siervo privilegiado del Mesías, puede afirmar que su evangelio procede directamente de Dios, no de los hombres, e interpretar los oráculos divinos, la Biblia, como un profeta inspirado por la divinidad.
 
 
· El eje vertical del diseño, con su parte celestial, divina, luminosa, buena, arriba, aclara también en parte –otra explicación puede ser el platonismo vulgarizado de la época– otras concepciones paulinas como la dicotomía, u oposición, entre carne, tinieblas, maldad, abajo, y espíritu, luz, bondad, arriba. Los ejemplos podrían multiplicarse.
 
 
Una reflexión final a propósito de este marco. La cosmovisión de Pablo, propia de una sociedad acádico-babilónica-hebrea-griega (en parte) de hace más de tres mil quinientos años, no se modificó sustancialmente, al menos entre la gente sencilla, desde el siglo I hasta finales del XIX o incluso mediados del siglo XX. Y mientras la cosmovisión no se modifique, la ideología sigue siendo válida.
 
 
Por el contrario, en ambientes cultos, a partir de la Ilustración y sobre todo en el siglo XX, una nueva concepción del mundo, una cosmología radicalmente distinta, gobernada por la ciencia, se ha ido implantando en círculos sobre todo occidentales, o influidos por Occidente. El cambio de punto de vista tiene enormes repercusiones a la hora de verter el pensamiento de Pablo en moldes de nuestros días. Parte de las ideas, ligadas indisolublemente a tal cosmovisión, no son comprensibles para el hombre moderno.
 
 
Ahora bien, si Pablo, como Jesús, depende mentalmente de este tipo de concepción del mundo y de una intelección al pie de la letra de su Biblia, no parece razonable cualquier intento de sacarlo violentamente de este ámbito y trasladarlo sin las pertinentes explicaciones a las ideas modernas, pues sería forzarlo. No puede pretenderse una desmitologización absoluta de sus conceptos, pues ello supone arrancarlo de su entorno. Y no puede negarse que Pablo albergar ciertas concepciones porque estas no sean del gusto de hoy. La misión de un intérprete moderno no es acomodar el pensamiento del Apóstol a nuestros días, sino entender qué quiso decir él a los lectores de su tiempo y con las ideas de su tiempo.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
 

Martes, 6 de Agosto 2019


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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