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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Gonzalo Fontana Elboj

Última entrega en la que el autor apunta una hipótesis, muy razonada e interesante. En la capital del Imperio y tras la acusación de Nerón de que los cristianos eran los autores del incendio de Roma, estaba la mano de los judíos de la capital que querían desembarazarse de molestos enemigos ideológicos.

Poco después, algunos grupos se zafaron del judaísmo; y lo que es más, otros fueron directamente expulsados del mismo. Tal es el caso de los Nazarenos, según el Talmud Palestinense, tratado Berakot 28b) o de la comunidad que está detrás de Juan: «Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios.» (Jn 16, 2; asimismo, 9, 22; 12, 42-43). En definitiva, las primeras persecuciones anticristianas se produjeron en el propio ámbito del judaísmo y solo implicaron a las autoridades romanas cuando el asunto pasaba a mayores y daba lugar a problemas de orden público.

De hecho, la única fuente del canon que manifiesta a las claras una persecución estatal contra los cristianos es la muy tardía Primera carta de Pedro, de la que damos una breve pincelada: Tened en medio de los gentiles una conducta ejemplar a fin de que, en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras den gloria a Dios en el día de la Visita. Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana: sea al rey, como soberano, sea a los gobernantes [...]. Pues esta es la voluntad de Dios: que obrando el bien, cerréis la boca a los ignorantes insensatos. (2, 12-15; asimismo, 1, 6-7)

Como se puede apreciar, el horizonte del texto es radicalmente distinto al de los grupos johánicos o mateanos, circunscritos todavía al ámbito de la sinagoga. Nos hallamos, más bien, ante una situación similar a la que se describe en la carta 110 de Plinio el Joven al emperador Trajano, en donde el problema cristiano ya es un asunto totalmente desligado de ninguna cuestión judía. A los cristianos se les perseguirá simplemente por serlo, es decir por aceptar el “nomen”, el nombre, de cristiano con todas su implicaciones políticas (10, 96, 2), no por formar parte de un problema judío.

Más aún, es muy probable que fueran las propias comunidades judías quienes atizaran el interés de las autoridades contra la nueva secta, desgajada del judaísmo y, desamparada, por tanto, de la protección jurídica que este le suministraba. ¿O puede haber mejor candidato para ser el autor del libellus sine auctore multorum nomina continens (“un libbelo anónimo que contiene muchos nombres” del que habla Plinio (Epístola 10, 96, 5)? De ser así, el famoso text de Tertuliano synagogas Iudaeorum fontes persecutionum (De Scorpiace 10, 10: “Las sinagogas de los judíos son una fuente de persecuciones”) sería algo más que un mero exceso retórico.

De hecho, la fecha de la carta de Plinio (ca. 112) es un claro indicio de que, en torno a la primera década del siglo II, ya había en Asia Menor muchos grupos cristianos desligados de la sinagoga, tal como evidencian las líneas finales de Hechos (28, 23-28:

Después de señalarle un día, vinieron en gran número a su posada. Él les exponía con testimonios el Reino de Dios, tratando de convencerlos acerca de Jesús a partir de Moisés y los profetas desde la mañana hasta la noche. 24 Algunos de ellos creían en sus palabras, y otros seguían incrédulos. 25Estando en desacuerdo unos con otros, se retiraron, mientras Pablo decía una sola cosa: “Con razón el Espíritu Santo habló por el profeta Isaías a vuestros padres 26 diciendo: «Ve a este pueblo y dile: Oír, oiréis y no entenderéis; mirar, miraréis , pero no veréis. 27 Pues se embotó el corazón de este pueblo y oyeron pesadamente con sus oídos; entornaron sus ojos para no ver con sus ojos ni oír con sus oídos, para no entender con su corazón y convertirse, y yo los tenga que curar». 28 Sabed, pues, vosotros que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la escucharán”. [29 Dicho esto, se marcharon los judíos manteniendo entre ellos un gran altercado]

Dicho sea de paso, este texto es un buen indicio de las controversias que la llegada de los misioneros cristianos habría despertado en la comunidad judía de Roma: el último discurso del Pablo lucano, pronunciado supuestamente en el año 61 o 62, compendia de forma programática, con su cita de Isaías (6, 9-10), todo el sentido de la obra: el pueblo judío, sordo y ciego al mensaje de la Salvación, ha rechazado al Mesías; y, en adelante, serán los gentiles los nuevos y definitivos protagonistas de la historia. ¿Cómo no se iban a desatar controversias y altercados en la comunidad judía de Roma?

Así pues, y siguiendo con nuestro argumento, es muy probable que la persecución neroniana del año 64 fuera, en realidad, consecuencia de la presión de las autoridades sinagogales romanas, con el fin de poner fin a la inasumible sectícula de “temerosos de Dios”, los metuentes, que no solo seguían concitando tumultos a cuenta del Resucitado, como en época de Claudio, sino que, ya en estos momentos, estaban planteando la creación en la Urbe de un judaísmo paralelo y formado íntegramente por sinagogas de gentiles incircuncisos.

Y a este respecto no podemos desdeñar la existencia en la corte de Nerón de importantísimos personajes que conformarían lo que podríamos llamar un lobby judío, grupo de presión, a cuya cabeza estaría, desde luego, Popea, la esposa del Emperador, a quien Flavio Josefo caracteriza como metuente (θεοσεβὴς), que, en otras ocasiones, ya había intercedido ante Nerón a favor de los judíos ( Antigüedades de los judíos 20, 8, 11; asimismo, Tácito Anales 16, 6; Historias 1, 22). Por otra parte, cabe mencionar que en puestos muy cercanos al emperador se hallan diversos personajes de notorias afinidades judías. Tal es el caso de Antonio Félix, liberto imperial, procurador de Judea (52-58) y casado con Drusila, hija de Herodes Agripa I (cf. Hechos 24, 24).

Dicho de otra manera, habrían sido los propios dirigentes judíos de la ciudad de Roma quienes se sirvieron de Nerón para acabar definitivamente con el enojoso movimiento mesiánico-escatológico (herético y cismático) que había aparecido en su seno. El resto del relato es perfectamente conocido gracias a Tácito: Nerón tuvo que improvisar probablemente sobre algo que le venía bien ya que la plebe le acusaba del incendio de Roma. Y en ausencia de un discurso específicamente anticristiano, se vio obligado a imputarles como autores de incendio, y a aplicarles, de paso, las acusaciones habituales en el discurso antijudaico de la época, sobre todo, el “odio al género humano” que albergaban los cristianos dentro de sí (Tácito Anales 15, 44).

En ese sentido, resulta irónico que —ya por las prisas que imponían las circunstancias, ya por la propia falta de imaginación imperial— se acabara por recurrir a la batería argumental estereotipada antijudía (cf. Tácito, Historia 5, 5), para estigmatizar a los desconocidos cristianos. Sin embargo, un siglo después, Roma ya tenía una imagen muy bien construida del cristianismo y no necesitaba recurrir a su argumentario tradicional antisemita, lo cual no quiere decir que la sociedad y el Estado romanos recurrieran a la creación de un imaginario original. De hecho, este ya estaba totalmente construido, al menos desde el siglo II a. C., tal como evidencia Livio en su descripción de los nefandos ritos báquicos:

Luego reveló Híspala el origen de los misterios. En primer lugar, fue un rito sagrado de mujeres [primo sacrarium id feminarum fuisse], y no se acostumbraba a admitir en él a ningún varón. (…) Fue Pácula Annia la que varió todo, como si hubiera recibido una indicación de los dioses. En efecto, fue ella la que inició varones en las personas de sus hijos (…) Transformó el rito diurno en nocturno (…) A partir de entonces, los ritos sagrados se hicieron en promiscuidad y se mezclaron los hombres con las mujeres [ex quo in promiscuo sacra sint et permixti uiri feminis]; se produjo, por añadidura, el libertinaje de la noche [noctis licentia] y no se omitió en ellos crimen alguno o vergüenza alguna [nihil ibi facinoris, nihil flagitii praetermissum]. Las cohabitaciones de los varones entre sí eran más abundantes que las cohabitaciones con mujer. No considerar nada prohibido era entre ellos lo más importante de su religión. Los varones, como si tuvieran posesa la mente, emitían vaticinios con movimientos frenéticos del cuerpo. Las matronas, con vestiduras de bacantes (…) La muchedumbre de los devotos era ingente, ya casi otro pueblo [multitudinem ingentem, alterum iam prope populum esse] (Tito Livio 39, 13, 8-14).



A este respecto resulta esclarecedor contemplar la batería de acusaciones que realiza Frontón en el celebérrimo pasaje conservado en el Octavio de Minucio Félix (8-9):

a) Los cristianos constituyen una chusma de hombres ignorantes y, sobre todo, de mujeres supersticiosas (Qui de ultima faece collectis imperitioribus et mulieribus credulis sexus sui facilitate labentibus);

b) Se trata de un culto por completo irracional (pro mira stultitia et incredibilis audacia! spernunt tormenta praesentia, dum incerta metuunt et futura, et dum mori post mortem timent, interim mori non timent);

c) Practican ritos secretos y nocturnos (nocturnis congregationibus; latebrosa et lucifuga natio...);

d) Desprecian a los dioses y los ritos del estado (templa ut busta despiciunt, deos despuunt, rident sacra);

e) Y también al resto de los hombres (occultis se notis et insignibus noscunt et amant mutuo paene antequam noverint);

f) Se entregan a todo tipo de desenfreno sexual sin excluir el incesto (ac se promisce appellant fratres et sorores, ut etiam non insolens stuprum intercessione sacri nominis fiat incestum);

g) Practican ceremonias monstruosas (Audio eos turpissimae pecudis caput asini consecratum inepta nescio qua persuasione venerari: (...) alii eos ferunt ipsius antistitis ac sacerdotis colere genitalia...).

h) Ante semejante cúmulo de maldad, la conclusión es evidente hay que eliminar esta suerte de sociedad digna de todo vilipendio: Eruenda prorsus haec et execranda consensio.


La mera comparación del elenco de acusaciones que presentan ambos textos hace ocioso cualquier análisis: la batería argumental anticristiana estaba elaborada en Roma hacía ya más de tres siglos.

Un paréntesis: por cierto, son las mismas acusaciones que, tiempo después, formularán los propios cristianos contra sus adversarios de la heterodoxia. Baste un solo ejemplo referido contra los discípulos de Simón el Mago: «Pero sus más secretas prácticas, de las que se dice que quien las escucha queda estupefacto y [...] espantado, verdaderamente están llenas de espanto, de frenesí y de locura, y son tales que no solamente no se les puede poner por escrito, sino que ni siquiera con los labios puede un hombre sensato pronunciar lo más mínimo, por la exageración de su obscenidad y costumbres infames. Porque todo cuanto pueda pensarse de más impuro y vergonzoso queda bien superado por la abominabilísima herejía de quienes abusan de mujeres miserables y cargadas verdaderamente de males de toda índole». (Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica 2, 13, 7-8). Obsérvese cómo la descripción de Eusebio se ajusta en todo al modelo tradicional, al establecer dos campos perfectamente delimitados por el léxico: de un lado, la ortodoxia, encarnada por lo viril y prudente (ἀνδράσι σώφροσι); y de otro la herejía, que se ceba sobre infelices y corrompidas mujeres (κακῶν σεσωρευμέναις γυναιξίν), proclives por tanto al desenfreno sexual más extremado (ὑπερβολὴν αἰσχρουργίας), al éxtasis (φρενῶν στάσεως) y a la locura (μανίας).


Cierro, pues, esta nota con la ilusión de haber contribuido a clarificar un tanto las causas de la persecución neroniana del año 64; así como el proceso adoptado por los perseguidores para infamar y deshumanizar a sus víctimas, operación en la que, dicho sea de paso, no parece haber habido mejoras dignas de mención en los dos últimos milenios: nada más útil que un culpable al que atribuir nuestras calamidades; todas, claro está, salvo la de la propia indigencia mental, la cual, como ya observó Orwell, siempre acabará expresándose a través de fórmulas ortodoxas e instintos rectos y bienpensantes.

El odio, hijo siempre de la frustración, solo es capaz de manifestarse al margen de conceptos elaborados en individuos de constitución muy elemental. En cambio, cuando asienta sus reales en un grupo precisa de un discurso de aire más complejo, de un tono socialmente aceptable y, sobre todo, de una textura tranquilizadora, que, de un lado, encaje dicho discurso en los patrones que configuran las convicciones compartidas; y, de otro, libere a la masa embrutecida de cualquier sospecha respecto a sus carencias intelectuales, su falta de moral y lo arbitrario de su actuación.

O de otra manera, el odio, como todo lo humano, tiene una dimensión cultural que se plasma en discursos construidos; y como tal constructo deja sus rastros en el plano de lo diegético. Se echa de menos, pues, una historia del odio; o mejor quizás, una «histoire et culture de la haine», “historia de la cultura del odio”, en traducción no literal, que resultaría tan pedagógica como edificante.

Y en fin, si, como tantas otras veces, aquello de que el estudio de la historia nos suministra una perspectiva sumamente pesimista sobre la naturaleza humana y sus lodazales adyacentes, tampoco quiero dejar de consignar aquí que uno de los modestos consuelos del historiador, mas acaso no el menor, es, sin duda, el de saber —al igual que sabía Tito Livio impresionado y consolado por la nobleza y grandeza de otros que habían emprendido el mismo noble empeño que él, a saber hacer una historia de Roma (Prefacio 3)—, que el ejercicio de este oficio de historiador nos otorga, en unas ocasiones descubrir las malvadas tendencias de los humanos, y en otras, el privilegio de caminar en pos de individuos de muy otra calidad y en los que se evidencia, sí, su indiscutible altura intelectual, pero, sobre todo, su designio de mejorar el mundo de forma lúcida, crítica y valiente.

Saludos cordiales de Gonzalo Fontana

y de A. Piñero

Jueves, 5 de Marzo 2015


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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