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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Las persecuciones contra los cristianos en el Imperio romano (544)
Hoy escribe Antonio Piñero

Una de las “verdades” más difundidas por la enseñanza de la religión en las escuelas, al menos hasta los últimos tiempos, ha sido la idea siguiente: “El Imperio romano fue extremadamente cruel con los cristianos. Desde Nerón fueron tiempos de persecuciones, y decenas y decenas de miles de cristianos perecieron por la furia de un Imperio insano, hasta la “conversión” (¡otro tópico!) de Constantino. Pero una vez más, esta opinión es notoriamente falsa. Y un vez más también se hace evidente cuán verdadero es que “En el cristianismo primitivo casi nada es como parece”, que es el lema de mi página web.

El libro del Dr. D. Raúl González Salinero, Profesor de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), que lleva el título de esta postal, es interesantísimo porque pone las cosas en sus sitio en un tópico –en el pleno sentido del uso castellano de esta palabra, y no en el de tema, que es inglés— que se repite de generación en generación. Como se dice en el Epílogo de este libro, en el que se contrasta la opinión de una serie de expertos, lo más probable es que el número total de martirizados por el Imperio romano, en todas las regiones y provincias, desde la muerte de Jesús (probablemente en abril del 33 d.C.) hasta el 313, año del presunto “Edicto de Millán” del emperador Constantino, ¡no llegara a los 1.500!

Completo ahora la ficha de este libro, del que ya sabemos título y autor. El subtítulo es: “Una aproximación crítica”. Editorial Signifer. Serie Monografías y Estudios de la Antigüedad Griega y Romana, 15. Madrid 2005. Apartado 52005 de Madrid., 116 pp., con mapa, ilustraciones e índices completos. ISBN: 84-933267-6-3.

La primera parte de este pequeño volumen ofrece al lector las razones, imputaciones y motivaciones que causaron las persecuciones, a saber: por presuntos motivos religiosos (pocos o ninguno), sino de orden político/estatales sobre todo; las acusaciones vertidas contra los cristianos por “ateísmo”, es decir, por no venerar a los dioses a los que rinde culto una ciudad o el Imperio entero y bajo cuya protección están; las implicaciones del culto al emperador y sus repercusiones en algunos tipos de persecuciones; los vicios –en latín flagitia— que se atribuían a los cristianos y por los cuales podían ser perseguidos; la persecución por el nomen (nombre) de Jesús o de Cristo, es decir, por aceptar como único Dios al padre de Jesús y a éste como su Hijo, con las posibles repercusiones políticas de “ateísmo” y denegación de culto al genio de Roma y del emperador; otras motivaciones como las perturbaciones del orden público por parte de los cristianos; las acusaciones de asociación o reunión ilícita, el antimilitarismo cristiano, es decir, su negativa a ser enrolado en el ejército, o la instigación y calumnias por parte de los judíos contra los cristianos.

La segunda parte aborda brevemente --ya que no existió una legislación expresa, vertida en fórmulas del derecho “penal”, contra los cristianos en el Imperio— los criterios jurídicos empleados en los casos de persecución para ofrecer una base legal a ellos. Aquí mantiene González Salinero la acertada tesis de que, como en el caso de Jesús, el proceso contra los cristianos no estaba regulado de una manera ordinaria ni extraordinaria, sino que se atenía a las normas usuales de la cognitio extra ordinem. Y en segundo lugar, la interesante perspectiva, nunca o casi nunca explicitada en los panfletos contra la crueldad del Imperio romano, de que la mayoría de las torturas aplicadas a los mártires por las autoridades, incluso ancianos, antes de una ejecución, no estaban destinadas ni mucho menos a acrecentar el dolor de los condenados por pura y malévola crueldad, sino precisamente a intentar que procurasen salvar su vida renegando de una religión que a los ojos de los magistrados se presentaba casi siempre como una mera superstición.

Y la tercera, y última parte, de este libro lleva el título de “El desarrollo histórico de las persecuciones”. En ella se destaca la ausencia de hostilidades oficiales hasta el tiempo del emperador Decio (249-251) del Imperio contra los cristianos y, por tanto, cómo la mayoría de las persecuciones eran por obra de determinados magistrados que actuaban motu proprio; la calificación de “persecuciones aisladas y locales” desde la época de Nerón –provocada por el incendio de Roma, probablemente fortuito, pero atribuido a los cristianos por Nerón, ya que la plebe lo miraba a él mismo como el causante; la amplia tolerancia de la persecución de la dinastía de los emperadores Severos (desde 195 hasta 235); los casos de Maximino Tracio y de Julio Filipo el Árabe, hasta llegar a las únicas persecuciones generales, que son breves e intensas en ciertos lugares en tiempos de los emperadores Decio (250) y Valeriano (251-253), pero que no se hacen verdaderamente generales, cruentas y ofensivas en la “Gran persecución” de Diocleciano, como augusto de occidente y de Galerio, su César para esa región (recordemos que el sistema de gobierno del Imperio instaurado por Diocleciano fue la tetrarquía = división del Imperio en dos mitades, Oriente y Occidente, y cada una de ellas gobernada por un augusto y un césar, que es su mano derecha) que dura menos de diez años, desde el 303 hasta el 310, aunque con durísimas consecuencias. Fue entonces cuando la Iglesia fue en verdad perseguida y cuando se perdieron en el fuego la mayoría de los escritos cristianos…, una pérdida lamentabilísima.

Finalmente, Gonzáles Salinero destaca la “paz constantiniana” de la que la Iglesia sacó un enorme partido, y menciona el Edicto de Milán del 313, sin detenerse a cuestionar su historicidad. Con este decreto, Constantino, una vez que había vencido a su oponente Majencio, en la famosa batalla del Puente Milvio de 312, procuró de verdad la paz a la Iglesia y comenzó en el Imperio la impugnación, primero soterrada y luego clara, de los cultos paganos hasta que fueron declarados ilícitos en el 380 por el emperador Teodosio I el Grande.

Termina el libro con unos índices muy útiles. Es espléndida la colección de fuentes antiguas, la mayoría accesibles en castellano, de modo que el lector puede controlar por sí mismo la veracidad de los análisis.

Mi opinión de este iluminador librito es muy positiva. Es muy breve, por la que no hay excusa para no leerlo; es claro y muy bien informado; expone los puntos de vista de los autores cristianos (apologetas del sigo II, Tertuliano; Eusebio de Cesarea de la época constantiniana, etc.) y del Imperio, y las juzga con gran imparcialidad; nos hace reflexionar y poner en duda los tópicos acerca de las sangrientas persecuciones y la “maldad” del Imperio; nos hace pensar cómo muchos cristianos, muchos más de lo que pensamos, se apartaron de la fe y abjuraron con tal de conservar su vida y sus bienes; y concluye con una visión muy ponderada de cuáles fueron “las razones del perseguidor” romano contra los cristianos que se reducen a perseguir, muy poco, a los fanáticos y a ser intolerante contra los previamente intolerantes.

En síntesis un breve y estupendo libro que aclara de una vez por todas el tema de las persecuciones contra los cristianos en el Imperio romano. Siento no haberlo leído antes.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Viernes, 5 de Diciembre 2014


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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