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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilía I

Perseveran las dudas de Clemente

La Homilía I comienza con un clamoroso “Yo Clemente, ciudadano romano”, que es el que presuntamente hace de relator de los sucesos narrados y de sus circunstancias de personajes actores y su ubicación geográfica. Clemente, pues, se detiene en los motivos y razones de su obra. Pertenece a una noble familia romana, que por el momento queda en el silencio. Más adelante conoceremos su preocupación por su familia, ausente de Roma por circunstancias extrañas. Precisamente, el caso de su familia formará el núcleo de la novela clementina, en la que acabarán todos implicados. Pedro será el personaje referencial que resolverá la dispersión de la familia con su conversión a la fe cristiana y su reconocimiento mutuo después de años de añoranza y de búsqueda.

El día pasado dejábamos a Clemente sumido en la más completa desolación. La obsesión que lo tenía postrado en cama no era otro que sus dudas sobre la inmortalidad del alma. Y su situación acerca del tema sigue con toda su vivencia. Así lo expresa de forma doliente: “Porque si una vez muerto, ya no soy nada, no conviene que me entristezca ahora que estoy vivo” (IV 1). ¿Para qué sufrir por una sospecha rodeada de dudas? Pero las reflexiones se le agolpan sin descanso. Porque ¿qué podría pasar si vivo alejado de una vida de piedad, si luego continúa la vida después de la muerte? Los filósofos griegos hablan del poder del Pirifleguetón y del Tártaro, tal como sucedió en el caso de famosos condenados por sus conductas desviadas del camino recto. Es lo que sucedió con Sísifo, Ticio, Ixión o Tántalo, condenados a penalidades eternas (IV 3).

“Pero estas cosas no existen”, se decía en debate consigo mismo. Y enseguida surgía la perpetua pregunta: “Pero y si existen”. Clemente toma una sabia resolución, recogida en los Pensamientos de Pascal. Porque de hecho continúa la duda o la dificultad, como decían los escolásticos (stat difficultas). Frente a la duda, lo más práctico es vivir piadosamente, por lo que pueda pasar. Pero no deja de ser arriesgado enfrentarse con los problemas apoyado en una esperanza incierta. Porque las pasiones y las tentaciones son algo cierto y sensible. Y no es tranquilizante condicionar toda la vida al acaso, que no ha puesto de acuerdo a la mayoría de los hombres.

El mago y la necromancia

Clemente no se sentía cómodo, por lo que tomó la decisión de trasladarse a Egipto, donde los magos abundaban y podrían ofrecerle la salida que necesitaba. Disponía de dinero suficiente para que el hierofante de turno o el mago más experto le trajera del más allá a un alma, cuya visión sería el argumento definitivo de su inmortalidad. Pues como muy bien dicen los griegos, los ojos son un argumento que está por encima de lo que perciben los oídos. Era la práctica de la necromancia, mencionada por el autor con su denominación griega original. No buscaría motivos de ganancia o de adivinación; su problema era cuestión de resolver su aporía transcendental sobre la inmortalidad del alma.

Consultó su ocurrencia con un buen amigo que le desaconsejó la experiencia, pues de todas maneras se colocaría al margen de la ley en el menor de los casos. Pero además “la divinidad aborrece a los que atormentan a las almas de los difuntos cuando se han separado de sus cuerpos” (V 8). Era lo que faltaba al desolado Clemente, que vio entorpecido su afán por conocer la verdad del tema que tanto lo atormentaba. Pero no renunció a su proyecto original.

El rumor que llega de Judea

En esa situación existencial, un rumor llegó a sus oídos, que iba a cambiar el rumbo de su vida. Así lo describe su texto: “Cuando yo me encontraba sumido en tantos razonamientos y asuntos, creció lentamente durante el reinado del César Tiberio una fama que comenzó en el tiempo de la primavera y creció por todas partes como si de verdad un buen ángel de Dios recorriera el mundo” (VI 1). Lo que la fama contaba era nada menos que “alguien en Judea, empezando en el tiempo de primavera, anunciaba a los judíos el Reino del Dios eterno, del que afirma que disfrutará el que de ellos practique una conducta recta” (VI 2).

Las noticias que llegaban de Judea no se reducían a un simple rumor de palabras. El predicador aparecido hacía afirmaciones importantes, que confirmaba con signos y prodigios admirables, solamente explicables por un poder divino. Refería el rumor que el predicador “hace oír a los sordos, recobrar la vista a los ciegos, afirma a los cojos lisiados, cura toda enfermedad, expulsa a todos los demonios. Incluso los leprosos sarnosos, con sólo mirarlo a distancia, quedan curados. Los muertos que le llevan son resucitados, y no hay nada que no pueda hacer” (VI 4). Es el eco del texto evangélico en su enumeración de los signos y prodigios de Jesús, obras que realizaba “sólo con su palabra”. El objeto de la fama o el rumor era la venida de Jesús y su predicación del Reino de Dios.

WERNER HEINTZE: Der Clemensroman und seine griechischen Quellen, Leipzig, 1914, TU XL 2, pp. 1-139. En una primera parte habla del Escrito Básico (Grundschrift); en una segunda parte, de las disputas filosóficas; en la tercera, de aspectos de la novela clementina.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro


Lunes, 26 de Agosto 2013


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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