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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilía VIII

La Ley de Dios como garantía de libertad

Dios continúa su cuidado de la humanidad mediante el regalo de su Ley. Y aunque las leyes representan una especie de límite a la libertad de los hombres, la intención de Dios es proporcionar a sus criaturas la forma de conseguir la más amplia libertad del poder de los demonios. Es un sistema de imponer su poder supremo sobre el poder demoníaco. Este poder lo ejercen los demonios sobre los que de alguna manera se someten a su servicio. Es lo que han hecho muchos hombres destruyendo con sus conductas egoístas las normas que Dios les había dado para su felicidad.

La infidelidad y la corrupción

La humanidad desconoció por sus malas obras las normas prefijadas por Dios. Por eso, cayeron los hombres bajo la potestad del rey de los impíos. Quedaron corruptos de cuerpo y alma, por lo que en el tiempo presente son maltratados por las enfermedades y los demonios, y en el futuro sufrirán el castigo de sus almas. El Hijo de Dios había dado un ejemplo con su victoria en las tentaciones frente a las insinuaciones del príncipe del mal. El resultado de la situación de los extraviados no fue efecto de la ignorancia, sino que también algunos de nuestra nación, sojuzgados en sus malas obras por el gobernador de la maldad, como los invitados por el padre que celebraba la boda de su hijo, no hicieron caso.

La indiferencia a la invitación de Dios

Pedro cuenta cómo en el lugar de los que rehusaron por sus ocupaciones o sus excusas, el padre que celebraba la boda de su hijo, nos ordenó a nosotros por medio del Profeta de la Verdad que saliéramos a los cruces de los caminos para que os condujéramos a la fiesta de las bodas. Pero era preciso que os pusiéramos el vestido puro de bodas, es decir, el bautismo, que se administra para el perdón de los pecados que habéis hecho. De este modo hicimos entrar a los buenos en el banquete de Dios después del arrepentimiento, aunque al principio habían quedado fuera del convite (Hom VIII,22).

El remedio es el bautismo con las buenas obras

Si los extraviados quieren volver a la conducta recta, el remedio es el bautismo, que no solamente es la vestidura de la boda, sino la garantía de la promesa del reino. Para ello, Pedro recomienda que los aspirantes al reino de la verdad y de la gloria se apresuren a despojarse del sucio velo, que es el espíritu impuro y el vestido inmundo. Pero no podrán despojarse de tales prendas si antes no se bautizan con buenas obras. Es una preocupación obsesiva del autor de las Pseudo Clementinas, su convencimiento de que todo debe ir acompañado por las buenas obras. El bautismo no es simplemente un rito, sino un nuevo nacimiento a una nueva vida. Es la condición para que, purificados de cuerpo y alma, consigan los bautizados el cumplimiento de la promesa del futuro reino eterno. Es también la doctrina proclamada en otros pasajes acerca de la necesidad de renunciar al hombre viejo y revestirse del nuevo (Col 3,10).

La conducta recta según Dios

Pedro ofrece detalles de la conducta recta según la voluntad de Dios: “No creáis, pues, en los ídolos ni participéis de su mesa inmunda, no matéis, no cometáis adulterio, no odiéis a los que no es justo, no robéis ni os dediquéis en absoluto a ninguna clase de malas obras” (Hom VIII 23,2). Los que no observen estas normas serán atormentados en el tiempo presente por los malos demonios y los sufrimientos duros, y en el siglo futuro serán castigados con el fuego eterno. Como es reiterativo en el Pseudo Clemente, la idolatría es el mayor de los pecados posibles. Después siguen el homicidio y el adulterio. La consecuencia de estos pecados no puede ser igualmente otra cosa que el castigo correspondiente.

Sin embargo, como el autor reitera en abundantes pasajes de su obra, los errores o pecados pueden curarse con la mejor medicina que es la penitencia. En los casos que trata, la solución está en las manos del libre albedrío del pecador. El que se siente enredado por sufrimientos y tormentos debe poner toda la atención y los medios en su posible curación. Los justos pueden y deben vivir y disfrutar de la paz y la esperanza.

Termina así una jornada más en la vida de Pedro. La gente está esperando los milagros prometidos por el Apóstol. Los enfermos, por la esperanza de ser curados. Los demás por la ilusión de ser testigos del poder de Dios y de acrecentar su fe por la contemplación de los prodigios realizados por su admirado Pedro. No quedaron defraudados en su deseo. Su fe se hizo más firme y más luminosa su esperanza. Antes de retirarse a descansar con los suyos, Pedro convocó a la muchedumbre para nuevas enseñanzas en el día siguiente (Hom VIII 24).

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro














Lunes, 13 de Octubre 2014


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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