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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilía X

Consecuencias de la caída original

Pedro estaba hablando de las pesadumbres que sobrevinieron al hombre como consecuencia de su caída. Y ofrecía como solución la actitud o virtud del temor de Dios. Sus palabras eran tajantes: “Si no teméis a un solo Señor y Creador de todas las cosas, seréis esclavos de todos los males para vuestro daño” (Hom X 5,4). Pero todo era en el fondo el resultado de la caída. El hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza. Una semejanza que era visible en el mismo cuerpo del hombre, aunque la semejanza deseable del hombre con Dios debía ser no solamente parcial, sino total. El hombre debía reflejar la imagen y semejanza de Dios en su apariencia exterior y en el fondo de su interior.

El hombre refleja la imagen y la semejanza de Dios

Según su costumbre, el apóstol detallaba lo que previamente había afirmado de forma general. Por eso ampliaba su idea diciendo: “Vosotros tenéis su imagen en el cuerpo, tened igualmente en vuestra mente la semejanza de su pensamiento” (Hom X 6,1). Por consiguiente, el hecho de que el hombre fuera creado por Dios a su imagen y semejanza exige que la semejanza sea completa y digna del Creador. El hombre debe reflejar la imagen de Dios no solamente en sus perfiles carnales, sino en su pensamiento y en su corazón.

El hombre creado era semejante a Dios como efecto del acto creador de Dios. Pero vino la caída, que produjo, sobre todo, la destrucción de la semejanza de Dios. Los hombres habían sido creados para mandar y dominar. Pero al perder la imagen de Dios, perdieron la imagen de hombres y se hicieron semejantes a los animales irracionales. “Convertidos en cerdos, dice Pedro, os habéis hecho objeto de súplica de los demonios”, que pedían a Jesús que les permitiera entrar en los cerdos (Mt 8,31-32 par.).

Recuperar la semejanza de Dios por las buenas obras

La solución estaba clara. Los hombres deben hacerse semejantes a Dios por las buenas obras. Y considerados como hijos suyos por la semejanza, podrán ser restablecidos como dueños de todas las cosas. Es decir, si con la caída perdieron la semejanza con Dios, por la práctica de las buenas obras podrán recuperar la imagen perdida y volver al estado de amistad con Dios. Pedro traza el camino de la conversión, que comienza por el rechazo a los ídolos vanos con el objetivo fundamental de escapar de su dominio.

Rechazo de los ídolos vanos

Pues el culto a los ídolos se convierte en el dominio que ejercen sobre el hombre los que no tendrían categoría ni siquiera para ser sus esclavos. Se refiere Pedro a las estatuas sin alma ni vida, que ni ven, ni oyen, ni siquiera son capaces de moverse. Y si el culto implica una cierta forma de imitación, no es lógico que los adoradores de esos ídolos quieran ser como ellos y poseer una vida tan inerte como la de las imágenes hechas de materia muerta.

Lejos de nosotros, añade Pedro, ultrajar con semejante ultraje a un hombre cualquiera que lleva la imagen de Dios, aunque haya perdido su semejanza. Lo que debe hacer el hombre sensato es devolver los dioses hechos de oro, plata o de cualquier otro material a su primitiva naturaleza. Que vuelvan a ser copas, vasijas y todas las demás cosas, que pueden ser útiles para el servicio de los hombres. Cómo puede creerse que son dioses unas estatuas que tienen que ser defendidas por leyes humanas, guardadas por perros, custodiadas por multitudes. Y eso aunque sean de oro, plata o bronce. Pues objetos de piedra o de arcilla son custodiados por un valor irreal, ya que ningún hombre apetece robar un dios de piedra o de barro. De este modo, vuestros dioses están expuestos a un gran peligro cuando están hechos de un material de mayor valor. ¿Y cómo pueden ser dioses si pueden ser robados, fundidos, pesados, custodiados?

No pueden ser dioses las obras humanas

Un detalle del valor de los ídolos es el hecho de que son hechura de la mano del hombre, y ni siquiera pueden llamarse cosas muertas ya que nunca han tenido vida. A no ser que se trate de sepulcros de hombres antiguos. Con frecuencia uno ve templos artísticos de dioses, pero no sabe si son más bien monumentos de hombres famosos, muertos ya hace posiblemente siglos. Y si le dicen que se trata de templos de dioses, se postra con reverencia sin reparo, como si en ellos se contuviera el poder de sanar o salvar de los que un día andaban por el mundo. Los presuntos dioses no son otra cosa que corrupción y nada más. Porque si el que ha creado los ídolos ha muerto, con mayor razón no son sino corrupción y muerte las obras de sus manos.

La idolatría es en la Biblia el mayor pecado y el más castigado por el que gobierna el mundo. Los cristianos sienten aversión especial por los ídolos. Y como ellos, los hombres sensatos, que tienen capacidad de razonar, no adoran ni siquiera a los animales, ni agasajan a los elementos creados por Dios, el cielo, al sol, la luna, las estrellas, la tierra, el mar y todo lo que contienen. En opinión de Pedro juzgan rectamente al no adorar las cosas creadas por Dios, sino que piensan que se debe dar culto solamente al Dios que crea y ofrece esas cosas. En este asunto, también se alegra la creación de que nadie atribuya a esas cosas el honor propio de su Creador.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro











Domingo, 14 de Diciembre 2014


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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