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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilía X

Características únicas de Dios

Los que eligen dar culto a Dios deben saber ante todo qué es lo único propio de la naturaleza de Dios, algo que es imposible que se encuentre en otro ser. Por eso, para que mirando a esa particularidad de Dios y no encontrándola en ningún otro, no se engañe nunca como para atribuir a otro el ser Dios. Porque es propio de Dios el ser único, como hacedor de todo, y por eso es también mejor que los demás. El que hace algo es mejor en poder que lo hecho, en grandeza es mejor lo ilimitado que lo que tiene límite, en aspecto lo más hermoso, en felicidad lo más dichoso, en inteligencia lo más perfecto. De la misma manera, también en las demás cosas tiene sin comparación la hegemonía. Ya que, como he dicho, es propio de Dios ser mejor que todas las cosas; él es el que ha hecho el mundo que todo lo contiene y es absolutamente necesario decir que ninguna de las cosas hechas por él puede compararse ni igualarse con él (Hom X 19).

El mundo creado no puede ser Dios

El mundo no es ni incomparable ni insuperable, por lo que no puede ser en absoluto un Dios no necesitado. Y si el mundo entero no puede serlo, tal como ha sido creado, mucho menos sus partes podrían recibir razonablemente el nombre de dios. Me refiero a las partes que los gentiles llaman dioses, hechas de oro, plata, bronce, piedra o cualquier otro material, fabricadas además por una mano mortal. Sin embargo, por la boca del hombre la serpiente terrible envenena todavía a los que son engañados por sus burlas.

Argumento vano a partir de lo espiritual

Los adoradores de los ídolos contestan a la objeción que se les hace diciendo que ellos no adoran el oro, ni la plata, ni las piedras preciosas, que son realmente materiales sin vida ni sentimientos. Lo que ellos adoran es el espíritu que en los ídolos habita. Su necedad va escondida detrás de su maldad. Pues como ellos saben que lo que aparece a la vista no es nada, se refugian en su argumentación en lo que no es visible, conscientes de que no es posible argumentar a base de lo que no se ve, como ocurre con el espíritu. Están en parte de acuerdo con nosotros en el sentido de que están convencidos de que los ídolos no tienen vida ni sentimientos. Yerran, en cambio, cuando afirman que dan culto al espíritu que en los ídolos se esconde. Pero no pueden demostrar lo que dicen, es decir, que las estatuas poseen un espíritu divino, ajeno a la vista natural del hombre. Por el contrario, nosotros les presentaremos pruebas de que tales estatuas no tienen un espíritu divino, para que los amantes de la verdad, al oír la refutación de que parece que son seres animados, se aparten de esa idea propia de locos furiosos.

Inutilidad de las ofrendas

Si realmente los objetos de culto entre los gentiles fueran animados, se moverían por sí solos, tendrían voz, se sacudirían las telarañas que tienen encima, ahuyentarían a los que quisieran tenderles asechanzas, o robarles, capturarían fácilmente a los que hurtan las ofrendas. Pero no hacen nada de esto, sino que como condenados, -sobre todo, los más valiosos de ellos-, son custodiados por su valor material. Cuando los príncipes reclaman nuevos impuestos, son conscientes de que con ello consiguen pingües beneficios. Y un hecho comprobado por los investigadores es que a veces los mismos sacerdotes roban gran parte de las ofrendas porque están convencidos de su inutilidad.

La idolatría es una locura

No tienen valor los razonamientos de los que recuerdan que algunos ladrones de los santuarios fueron detenidos por la autoridad. En estos contextos ocurre lo que con los salteadores de tumbas. Unos son descubiertos, pero la mayoría escapan impunes. Lo que no cabe duda es que los que son descubiertos y detenidos no lo son por el poder de los muertos, sino por la habilidad de los funcionarios defensores de los lugares santos. Unas veces, por el mismo valor material de los robos; otras, por la custodia legal de los bienes de la sociedad. Para los ladrones, nada representan los dioses que moran en las estatuas, son más de temer las espadas y los bastones de los guardianes señalados por las leyes para su custodia.

Por esta razón, añade Pedro la argumentación de que los paganos no usan un correcto razonamiento. Pues lo mismo que lloran a sus muertos, así también ofrecen sacrificios y libaciones a unos dioses que no son nada. Tampoco esto está de acuerdo con el ejemplo del César y de los poderes a él subordinados para llamarlos administradores, siendo así que vosotros representáis toda la providencia atribuida a vuestros dioses, como dije anteriormente, cuidando en todo vuestras estatuas. Pues ellas nada pueden y nada hacen. No hacen el menor gesto ante los asaltadores y ladrones.

Impotencia absoluta de los ídolos

La presencia incluso de guardianes es la prueba más evidente de que las estatuas de los dioses no encierran ninguna clase de espíritus o de seres vivientes. No tienen ninguna capacidad de autodefensa. No poseen el poder de gobernar el mundo que algunos atribuyen a las estrellas; no tienen capacidad para regular las lluvias que vivifican las plantas; no pueden aumentar el rendimiento de los árboles o la multiplicación de los animales; no tienen en su facultad la salud, la enfermedad o hasta la vida de las personas que les dan culto. Sus ojos no ven, sus oídos no oyen, sus manos no realizan obra alguna, sus pies no les permiten moverse de sus santuarios. En definitiva, nada hacen porque nada pueden (Hom X 24).

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro


Lunes, 5 de Enero 2015


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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