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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

HOMILÍA XI

Cuarto día en Trípolis

Pedro inicia su cuarto día de evangelización en Trípolis de Fenicia. El material de la novela Pseudo Clementina se acerca a los perfiles definitivos. La necesidad de la evangelización ha llevado a Pedro a una zona de la geografía cercana al lugar en el que la tempestad lanzó a Matidia y a sus hijos gemelos. Un cúmulo de casualidades que la Providencia ha conducido de forma certera hacia la solución del problema desplegado mediante la dispersión de la familia de Clemente. Y allí está Pedro en compañía de sus colegas de trabajo y de los colaboradores de su misión. Y casualmente andan por las cercanías otros protagonistas principales de los sucesos narrados en la novela.

Contra pereza diligencia

Pedro da ejemplo de su método de vida ante un numeroso auditorio que ha sido testigo de su forma simple de vivir. Se levanta con el sol, se baña y ora en compañía de un auditorio expectante. Y rompe el silencio nocturno recomendando a sus oyentes la vida de castidad. Cuando la multitud irrumpió en el lugar, Pedro saludó según su costumbre y dirigió a la turba un discurso basado en el principio de librarse de cualquier clase de pereza y en practicar la diligencia. Pedro compara la negligencia de su auditorio con la imagen de un campo en barbecho. Un campo abandonado a su inutilidad y falta de producción. Todo barbecho necesita una atención especial por parte del agricultor, una preparación del terreno, una buena semilla y los cuidados precisos para que la semilla ascienda de su fase de promesa a la realidad de su fruto.

Una vez más, el agua

El agua será una vez más la raíz y la causa de unos frutos de vida para la humanidad y para los seres que pueblan el mundo. Estos remedios a la esterilidad son el reflejo de la vida espiritual del hombre creado para la felicidad y llamado para una vida eterna feliz.
Los negligentes necesitan actualizar sus capacidades y preocuparse de su propia salvación escuchando con mayor constancia, a fin de que las torpezas, cometidas durante largo tiempo, puedan ser compensadas en el breve tiempo que resta con un cuidado constante en orden a la purificación. “Pero puesto que para cada cual es incierto el final de la propia vida, daos prisa en arrancar las abundantes espinas de vuestros corazones; pero no poco a poco, pues no podríais purificaros, ya que estuvisteis demasiado tiempo en barbecho” (Hom XII 2,2).

Pedro alude a los malos deseos, que la diligencia del hombre justo debe superar lanzando una justa ira sobre la mente como fuego sobre un campo en barbecho. El apóstol hace un uso generoso de la alegoría para revocar la negligencia del descuidado y recuperar el tiempo perdido y la eficacia equivocada. Se refiere Pedro a la ira contra los malos deseos-, “aprended por qué clase de males habéis sido seducidos, para qué clase de castigo estáis preparados y por quién habéis sido engañados. De este modo, vuestra mente, actuando con sobriedad y encendida en ira como por el fuego de la enseñanza del que nos ha enviado, podrá consumir las espinas del deseo”. Creedme que, si queréis, podréis enderezarlo todo. Detrás del pesimismo sobre la conducta del hombre revive siempre la esperanza.

Las bienaventuranzas y la regla de oro

Una vez más la exhortación de Pedro gira alrededor de la doctrina de las bienaventuranzas y de la reiterada regla de oro. Son dos aspectos positivos de la doctrina evangélica. Pero lo recuerda diciendo: “Sois la imagen del Dios invisible”. Rechaza así la teoría de los politeístas que dan culto a sus ídolos porque los consideran de alguna manera imágenes de Dios. En consecuencia, se debe dar honor a la imagen de Dios. –que es el hombre-, de este modo: dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo, cuidando al enfermo, dando refugio al peregrino, visitando al que está en prisión y ayudándole en la medida de lo posible. Y para no alargarme, todo el bien que uno quiere para sí mismo, que se lo ofrezca a otro que lo necesite. Entonces, el que es piadoso con la imagen de Dios puede conseguir una buena recompensa. De acuerdo con este razonamiento, el que no acepta hacer estas cosas, será castigado como negligente con la imagen (Hom XI 4,3).

Pedro contrapone la actitud de la humanidad negligente a las exigencias de la imagen real de Dios. “Pero vosotros, -dice Pedro-, engañados para vuestro mal por cierto reptil maligno bajo la sugestión de una doctrina politeísta, actuáis impíamente contra la imagen real, que es el hombre, mientras que dais la impresión de que sois piadosos con los seres insensibles”, los ídolos vanos, materia insensible e ineficaz.


Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro















Domingo, 15 de Marzo 2015


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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