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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
¿Qué ocurre con el alma de un ser humano justo, ya fallecido, cuyo cuerpo se descompone en la tierra hasta la resurrección del Último Día?  ​(15-07-2019. 1077)
Escribe Antonio Piñero:
 
 
La última cuestión de esta miniserie sobre la inmortalidad del alma en el Nuevo Testamento es: partiendo del supuesto de que los autores del Nuevo Testamento defienden que el alma humana es inmortal, ¿qué ocurre con el alma de un ser humano justo, ya fallecido, que ha superado el Juicio Particular y ha sido declarado apto para participar del paraíso, pero cuyo cuerpo se descompone en la tierra hasta la resurrección del Último Día? ¿Anda vagando por la región aérea ultra lunar en espera del fin de la historia y del Juicio General subsiguiente, de modo que si resulta elegida para entrar en el Reino futuro pueda unirse de nuevo con en su cuerpo?
 
 
El Nuevo Testamento tampoco lo dice de una manera clara, de modo que no ofrezca duda alguna. Parece sin embargo, que ya Pablo pensaba que en el momento de la muerte (el de los fieles que se había “dormido” ya pero el ansiado final del mundo no había llegado aún) el alma, viva por supuesto, estaría ya con el Señor, por tanto en el paraíso. Así lo da a entender claramente en Flp 1,21-25:
 
 
“Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento apremiado por las dos partes: por un lado, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otro, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe. Aquí, para nuestro propósito es necesario hacer hincapié en que Pablo “deseaba ardientemente partir y estar con Cristo”.
 
 
Luego de aquí se deduce que el alma del justo fallecido está ya en el paraíso como dice el Jesús de Lucas al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo ya en el Paraíso” (23,43) una vez fallecido el cuerpo, pero cuando aún no ha habido Juicio Universal, sino particular.
 
 
Ahora bien, este estado es transitorio y no deseable totalmente: la inmortalidad fáctica del alma, concedida por la divinidad graciosamente, como se ha dicho, se hará más completa y perfecta cuando su compañero, el cuerpo, transformado, hecho espiritual (en sí un oxímoron: un cuerpo/espiritual) esté con ella disfrutando eternamente de la presencia de Dios.
 
 
Debe señalarse que la doctrina de Pablo sobre la resurrección, por el contrario, no está ya provista de ese humanismo judío que anhelaba el reino de Dios en la tierra y que hemos visto en el Apocalipsis johánico en entregas anteriores de esta serie, pues la doctrina paulina sobre el reino de Dios se ve condicionada por sus presupuestos de talante gnóstico acerca de la maldad ínsita dentro de la materia y de lo corpóreo. Su enseñanza sobre el Reino se halla totalmente desconectada de la noción de un reino de Dios en la tierra. Aunque Pablo mantiene la idea de resurrección corporal, carece del aspecto terreno y material propio de la finalidad de la resurrección dentro de la doctrina del judaísmo, puesto que –según el Apóstol, el cuerpo que resucita sufre una transformación completa de su condición humana, que deviene angélica o supraangélica: el cuerpo resucitado del creyente se convierte en un “cuerpo espiritual” (1 Corintios 15,50).
 
 
Pablo no tiene su mente orientada hacia el establecimiento de una sociedad justa y feliz acá abajo en la tierra como meta escatológica, del final de los tiempos. Tal objetivo fue propio de Jesús, de los profetas del Antiguo Testamento y de la apocalíptica judía. Así pues esa meta es abandonada por Pablo, puesto que piensa que la inmortalidad del alma no es en el fondo compatible con la finalidad de un reino de Dios terrenal, imposible de conseguir por una humanidad corrupta. Para Pablo, pues, la resurrección de los cuerpos, que completa al alma inmortal que ya se ha librado de la cárcel del cuerpo perecedero, significa una escapada de la miserable vida mortal hacia una dimensión diferente, en la que el problema del ser humano, compuesto de materia y espíritu, no se resuelve en realidad, sino que se elude.
 
 
En conclusión, para Pablo y su doctrina, que es el fundamento del tipo de cristianismo vencedor de otros tipos que quedaron derrotados y murieron en la cuneta de la historia, no existirá jamás una sociedad humana perfecta, como piensan sus colegas judíos; la inmortalidad del alma y su salvación plena es enteramente sólo para el individuo, como en los esquemas de pensamiento órficos y gnósticos, y en un mundo absolutamente diferente. Esta salvación consiste en la elevación del individuo humano a un status suprahumano. Su alma inmortal, por la gracia de Dios, solo tiene su plenitud fuera de este mundo, unida a un cuerpo que ya no es cuerpo y en un reino divino que es solo espiritual. Platón estaría bastante satisfecho con esta derivación de sus ideas.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html

Lunes, 15 de Julio 2019


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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