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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
San Pedro, una figura intrigante (23-05-19. 1065)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Como prometí en la postal anterior, voy a intentar sustentar, aunque solo indirectamente, o más bien recibir apoyo indirecto, a mi hipótesis sobre la inexistencia de una “Gran Iglesia petrina unificada y unificante” utilizando lo que sobre Pedro escribe James D. G. Dunn en el volumen IV de su magnum opus “El cristianismo en sus comienzos”, titulado “Una identidad cuestionada”, en su capítulo de síntesis sobre “Pedro”  (&48: pp. 771-802) y su “influencia continua” en los cristianismos de finales del siglo I y hasta, más menos, los dos tercios del II.
 
 
Comienza el capítulo afirmando el ilustre investigador que “Pedro es la figura que suscita más intriga. No cabe duda de la influencia de Pedro, e incluso de la Santiago en el variado panorama de los comienzos de los seguidores de Jesús, pero sobre Pedro “Las nieblas de los siglos I y II se hacen más densas”. Y esta niebla se hace más densa aún cuando nuestro autor duda de la veracidad de que Pedro consolidara la primera misión de Samaria –Hch 8, noticia que va en contra de Mt 10,5: “A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos”– y más todavía, que fuera él quien inventó o “tuvo la inesperada iniciativa de abril el evangelio a no judíos” (Hch 10-11).
 
 
Es claro que el autor de Hechos (Para Dunn es sin duda Lucas; a mí me parece más probable un discípulo de este que escribe en su nombre, lo cual explica muy bien las contradicciones y las semejanzas y cambios de estilo y vocabulario) y Pablo “refieren muy diversamente la participación de Pedro en la conferencia de Jerusalén (Hch 15; en caso de dudas o contradicción hay que dar la prioridad a Pablo y no a Hechos, creo). “Si lo referido en Hechos refleja una versión” de lo sucedido en esa conferencia, “es importante indicar que los argumentos decisivos fueron presentados por Pedro, pero la decisión conclusiva fue tomada por Santiago”. Con otras palabras, Pedro es ya una figura secundaria en la comunidad “madre”. Pedro había “desaparecido de Jerusalén y había marchado a otro lugar (Hch 12,7), cuya identidad nunca revela el autor.
 
 
La figura de Pedro, según Pablo en 1 Corintios 1,12; 3,22) fue un factor no aglutinante, sino que ayudó a provocar el “faccionalismo de la iglesia de Corinto, aunque no hay indicios sólidos de una visita de Pedro a esa ciudad ni del tiempo que él hubiera pasado en esa comunidad”. Vemos, pues que os indicios por fuentes de la primera generación (Hechos y Pablo) son irregulares en el mejor de los casos y dejan una imagen confusa”.
 
 
Ya solo esta conclusión invalida la interpretación de Senén Vidal sobre el surgimiento de la “Gran Iglesia”. A continuación y con términos que ye he utilizado el libro-homenaje a María Victoria Spottorno, investigadora del Consejo superior de Investigaciones Científicas, que se ha ocupado especialmente de la versión griega de la Biblia hebrea (Τίἡμῖν καὶ σοί; Lo que hay entre tú y nosotros. Estudios en honor de María Victoria Spottorno, «Series Digitalia Antiqua» 1 (Córdoba: UCOPress. Editorial Universidad de Córdoba, 2016), 252 pp. ISBN: 978-84-9927-254-2). Dicho entre paréntesis: jamás he logrado ver el PDF completo de esta publicación. Ni mención alguna, ni me ha llegado copia alguna como autor, salvo una breve reseña de Alba de Frutos García, de la Universidad Complutense de Madrid, publicada en Collectanea Christiana Orientalia 14 (2017), pp. 307-311.
 
 
 
Cuando, al parecer, habían muerto ya dos de los puntales más conocidos del judeocristianismo primitivo, Pedro y Pablo (en realidad nada sabemos seguro sobre la muerte de esos dos personajes, por más que dispongamos de noticias de los Hechos apócrifos de Pedro y de Pablo que apuntan a la persecución de Nerón a los cristianos de Roma, tras el incendio, en el 64 d.C.), tuvo lugar el nacimiento, desarrollo y cénit de la gran iglesia. Con palabras de Vidal: “Fue en ese tiempo cuando el movimiento cristiano sufrió una profunda evolución decisiva para su historia posterior. Durante esa época se inició el proceso de formación de lo que se ha venido a llamar la gran iglesia, es decir, la iglesia unificada e institucionalizada”.
 
 
 
En esos momentos, “las comunidades cristianas tenían una viva conciencia de misión universal, sin distinciones étnicas (entre judíos creyentes o no en el Mesías y paganocristianos) y sociales, y estaban convencidas de formar parte del pueblo mesiánico universal” (Nuevo Testamento. Edición preparada por Senén Vidal , Sal Terrae, Santander 2015, citada como ENT, p. 35).  Pero el grupo cristiano no vivía en una total paz interna, ya que aparecían también tendencias radicales, más tarde denominadas “heréticas”. “La evolución del movimiento cristiano se caracterizó ante todo como un proceso de unificación, durante el cual fue surgiendo la iglesia universal, según la formulación de Ignacio de Antioquía (A los esmirnenses 8,2: “Allí donde aparezca el obispo, allí debe estar el pueblo; tal como allí donde está Jesús, allí está la iglesia universal he katholiké ekklesía”)”.
 
 
“Eso supuso la unión de las diversas corrientes cristianas de los orígenes. Todas ellas tenían que desaparecer como tales corrientes separadas, para entrar a formar parte de la ‘gran iglesia’ una y uniformada. El final de este proceso es la integración de los escritos de esas antiguas corrientes dentro de una única colección de libros, el canon del Nuevo Testamento, que se fue configurando a lo largo del siglo II” (ENT 35-36).
 
 
Naturalmente los escritos originarios de Pablo (compuestos probablemente entre el 51 y el 58) quedan totalmente fuera de este movimiento, como indica Vidal con claridad. La causa, según Vidal, era el carácter exagerado de la teología paulina y la “Gran Iglesia” hubo de limarla y pulirla. Además, como veremos, todos los autores, cuyas obras irán a formar parte del Nuevo Testamento, sea cual sea la familia ideológica de la que provengan, por ejemplo, Pastorales, Santiago/Jacobo, Judas, 1 2 Pedro, coinciden en considerar heréticos ciertos grupos paulinos, a los que combaten ferozmente (así lo sostiene S. Vidal en su obra Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, p. 96, editada por la editorial Mensajero-Sal Terrae, Bilbao 2013 y que cito como EJC).
 
 
Pero a partir del 70 los dos grupos nucleares cristianos, que hemos mencionado arriba, por distintas que fueran sus convicciones, sufren el mismo proceso de atracción hacia una fecunda unidad gracias a la cual podrán enfrentarse a las subcorrientes disgregadoras, las herejías, que amenazaban precisamente tal deseable unidad. Así pues, Vidal imagina que existió una línea evolutiva en estos años que, a falta de mayor concreción, debe imaginarse como una fuerza potente y un tanto misteriosa e inconcreta, que toma como icono principal a Pedro (no a Pablo, ni tampoco a su teología). En torno a él se constituye el germen de una iglesia “cristiana universal”, o gran iglesia, cuyo impulso tendía a formar una unidad de todos los grupos cristianos dispersos, uniformándolos e institucionalizándolos.
 
 
Esta gran iglesia resultó ser tan poderosa (se supone que por la potencia congregadora de su representante, Pedro) que
 
 
1. Asimiló el judeocristianismo que sobrevivió a las revueltas antirromanas de los judíos del 66-70 (Palestina), 118-119 (Cirenaica y Chipre sobre todo) y 132-135 (Palestina de nuevo), y
 
 
2. Obligó a que otros grupos judeocristianos y helenísticos/paulinos fueran desapareciendo como tales y sus restos se fueran integrando en esa gran iglesia, cuyo representante o icono aglutinante es, debe insistirse, Pedro.
 
 
 
En este sentido afirma Vidal:
 
 
“Lo mismo que le sucedió a otros grupos cristianos de los tiempos antiguos, como por ejemplo a los paulinos, también los grupos joánicos desaparecieron como tales en la primera parte del siglo II. Ese era precisamente el sentido de la formación de la gran iglesia, iniciado a finales del siglo I que intentaba integrar dentro de una iglesia unida e institucionalizada las diversas corrientes del cristianismo antiguo”. La obra de los autores joánicos que están detrás de la tercera fase de composición del Evangelio de Juan (denominada por Vidal E3: EJ, pp. 40-41) –el evangelio tal como estaba en esta fase avanzada de su composición–, “se puede caracterizar como un intento de institucionalización de la tradición joánica en una dirección muy semejante a la que seguía la gran iglesia, que estaba en proceso de convertirse en una auténtica religión institucionalizada frente al judaísmo y paganismo. De hecho bastantes textos de E3 delatan un claro influjo de la tradición de la gran iglesia y concretamente de la tradición sinóptica” (ENT 494).
 
 
La última frase de esta cita indica que entre la “Gran Iglesia petrina” y la tradición sinóptica había fuertes lazos. Se sobrentiende que la tradición sinóptica se contrapone de algún modo al paulinismo estricto de las siete cartas auténticas de Pablo.  Esta última idea me parece igualmente imposible para quien haya leído cualquier comentario, incluso de los publicados en castellano, sobre los evangelios de Marcos y de Lucas, y en menor grado, pero también en el de Mateo. Todos los comentaristas están de acuerdo en la idea de que la interpretación básica de la figura y misión de Jesús como mesías y salvador dependen la concepción paulina de la muerte y resurrección e Jesús manifestada por Pablo en sus cartas: muerte del Mesías, entidad celeste después de su resurrección, aceptada por este voluntariamente y que se acomoda a un designio eterno del Padre en el sacrificio de la cruz, cuyo efectos suponen la remisión de los pecados de toda la humanidad, no solo de los judíos.
 
 
Seguiremos con este tema –importantísimo para los inicios del cristianismo como fenómeno ideológico– en el que, como digo, utilizaré los puntos de vista de James D. G. Dunn sobre Pedro. Porque tenemos muchas anécdotas de Pedro en los Evangelios y Hechos, pero muy poco, o casi nada de su presunta teología propia, salvo su judeocristianismo básico.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
 
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Enlaces a programas de radio recientes en los que he intervenido como entrevistado:
 
 iVoox Entrevista a Antonio Piñero- La Parusía, La Segunda venida de Cristo http://www.ivoox.com/36252560
 
 
https://www.ivoox.com/antonio-pinero-llogari-pujol-dos-visiones-opuestas-audios-mp3_rf_35669894_1.html
 
 
https://www.ivoox.com/jesus-historico-su-vinculo-la-audios-mp3_rf_35035457_1.html

Viernes, 24 de Mayo 2019


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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