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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Sobre la doctrina de Jesús: ¿es recuperable de un modo fidedigno? (955)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Foto: Charles Guignebert
 
 
 
La crítica histórica lleva planteándose esta pregunta desde los inicios de la investigación histórica seria sobre Jesús a finales del siglo XVIII. Y como es natural ha habido respuestas para todo: desde las afirmaciones sin demasiadas pruebas que se ha conservado todo lo esencial y con grandísimas garantías, ya que a) los apóstoles estaban acostumbrados a memorizar desde pequeños, como todo los judíos, y b) se esforzaron por transmitir las palabras del Maestro con absoluta fidelidad, hasta el escepticismo radical (también sin demasiadas pruebas) de que dada la fragilidad de la memoria humana y las reglas observables de la tradición oral, con sus necesarias mutaciones y cambios , etc., la necesaria infidelidad de la versión de los dichos de Jesús pronunciados al arameo y luego traducidos al griego váyase a saber con qué fidelidad incontrolable, etc., se llega a la postura de un radical escepticismo: es imposible saber qué enseñó exactamente Jesús.
 
 
Charles Guignebert –en su libro de 1933, Jésus, republicado en 1966, en Paris, Editorial Albin Michel, capítulo I de ls Segunda parte, pp. 237 ss– expone las razones que llevan al escepticismo y luego las contrarazones que conducen al estudioso ano desesperar del todo.  He utilizado el texto de Guignebert en el Seminario que sobre la ·Investigación actual crítica sobre Jesús de Nazaret” imparto a mis amigos del entorno de Baiona (Pontevedra), Val Miñor, Migran y Vigo, los lunes a las 18.30 en el local llamado “Mercado de la Tía Ni”, en La Ramallosa, al lado de Baiona. Ahora hago partícipes a los lectores de estas razones porque me parecen interesantes. Y luego propondré las antirrazones que salvan del pesimismo extremo.
 
 
Lo que sigue no es una traducción literal del texto francés, sino un resumen, que procura ser absolutamente fidedigno dentro de la abreviación:
 
 
Comienza Guignebert constando el hecho: “Se ha afirmado que con lo que tenemos en los Evangelios hay suficiente para hacernos una idea de lo que más sustancial que enseñó Jesús; que no falta nada importante; que podemos hacernos una imagen bien clara y precisa de lo que enseñó Jesús, que la transmisión de estos dichos es absolutamente fidedigna. Es más que de las palabas de Jesús se deduce que su doctrina es lo más sublime, maravillosa, espléndida, única, propio de un ser divino que camina sobre la tierra, etc. Se supone además que la transcripción de los evangelistas de los dichos de Jesús es absolutamente correcta y precisa. Otros afirman que si consideramos el credo niceno-constantinopolitano hay muchos elementos en él sobre los que la enseñanza de Jesús es casi nula o totalmente ausente”.
 
 
 
Luego vienen las razones para la crítica y el escepticismo. Lo que podemos obtener de los textos llegados hasta nosotros que son las siguientes, siempre según Guignebert:
 
 
1. Para defender que pisamos una base firme para reconstruir la enseñanza de Jesús debido a que tenemos los Evangelios, se debe suponer que ya en vida de Jesús, o inmediatamente después de su muerte, se empezaron a componer hojas de papiro o librillos en los que se iban transcribiendo de memoria lo que se recordaba de Jesús. Se ha dicho también que los seguidores de Jesús vivían en una atmósfera de traición oral donde todos los discípulos aprendían de memoria lo que dictaba el maestro y lo transmitían con toda fidelidad.
 
 
Pero este supuesto es inverosímil. Tras la muerte de Jesús, y conforme a lo que al parecer él mantenía, todos sus seguidores no pensaban en otra cosa que en su retorno inminente para establecer el reino de Dios. Si se iba a acabar el mundo conocido, ¿para qué dedicarse a escribir sus palabras como recuerdo si todo iba a sr diferente de dentro de unos pocos instantes? Además lo que les interesaría a sus discípulos eran las palabras que se referían a la inmediata venida del reino de Dios a ese fin del mundo, al Juicio consiguiente, a la salvación o  condenación relacionada con lo hecho en esta vida. Por tanto el interés por recoger palabras de Jesús era mínimo.
 
 
2. Era imposible que se hubieran aprendido de memoria todo lo que había dicho Jesús y está recogido. Los discípulos no eran escribas o alumnos profesionales de un rabino, acostumbrados a memorizar.
 
 
3. La transmisión oral tiene muchas variantes. Algunas dichos de Jesús son palabras aisladas, ligadas a unas circunstancias específicas que no conocemos. Todo se dijo en arameo y se ha transmitido en griego. Las reconstrucciones varían según cada autor.
 
 
4. Se ha perdido irremisiblemente la localización geográfica, las circunstancias y la cronología de los dichos, con lo cual se ha desvirtuado su sentido originario.
 
 
 
5. Los evangelios no son libros de historia para informar, sino que tratan de convencer y de probar que Jesús es el mesías; son libros de apologética y polémica. Por tanto, aunque se tengan los dichos, no sabemos si Jesús los empleó así.
 
 
 
6. Hay dichos puestos en boca de Jesús que evidentísimamente no salieron de su boca. Ejemplo Mc 9,41: «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois del Mesías, os aseguro que no perderá su recompensa». Basta unos pocos casos de esta clase para desconfiar de la mayoría de los dichos de Jesús transmitidos por gentes que los desfiguraban o inventaban.
 
 
 
6. Hay razones serias para pensar que nociones y preocupaciones de la comunidad posterior hayan determinado la recogida de dichos y los hayan transformado para responder no a las necesidades del momento de Jesús sino a los de su tiempo. Por ello pueden estar mezcladas las palabras de Jesús.
 
 
7. Y luego está el fenómeno del profetismo primitivo: las frases que ya desde los papiros más antiguos están recogidos con la frase “Jesús dijo” pueden provenir no de Jesús sino de los profetas que hablaban en su nombre.
 
 
8. Si se analizan los discursos recogidos en Mateo y Lucas, vemos que están llenos de irregularidades, que no tienen estructura coherente, que contienen  elementos contradictorios, que fueron en su momento dichos aislados, ya que cada evangelista lo coloca en el lugar que le conviene dentro de su evangelio y a veces con otro sentido
 
 
8.1 Ello se demuestra por un análisis meramente superficial del Sermón de la Montaña (Mt 5,1-7,27 y la comparación con el Discurso del Llano en Lc 6,20-49: la longitud en cada evangelista es totalmente diferente y el carácter de ambos discursos es tan artificial, de modo que puede decirse que Jesús jamás lo pronunció tal como está: fue compuesto por sentencias aisladas de Jesús que a veces están ligadas por la apariencia de una forma semejante y de una enorme incoherencia interna. Parece –sobre todo el Sermón de la Montaña– como un catecismo de frases de Jesús que los catecúmenos debían aprender. Nadie pudo estar presente en un discurso semejante y que hubiera tenido la capacidad de copiar lo esencial –y luego reconstruir los 170 versículos del discurso de Mateo, o e retenerlo en la memoria tras una simple audición.
 
 
8.2 Un análisis de otro discurso, por ejemplo, el de Lc 12,1-7, y el resto del capítulo 12 veremos también que está formado de dichos aislados, sin marco o cuadro alguno del momento en el que fueron pronunciados, de una parábola, de grupos de dichos sobre la necesidad de prepararse para la venida del Reino, etc. Estos dichos no se recogieron hasta que pasaron por lo menos 30 años y se hubo empezado a implantar la consciencia del retraso de la parusía. Se discute la autenticidad incluso de frases de Jesús que son muy judías. Por ejemplo Mt 5,17: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. El fondo sustancial encaja bien con el pensamiento que creemos de Jesús, y probablemente las pronunció en algún momento en el que se decía de él que podía tener algunas exégesis muy aventuradas o un tanto novedosas de pasajes de la Escritura. Pero tenemos una especie de paralelo en Lc 16,17 que nos indica un contexto diferente: “Más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que no que caiga un ápice de la Ley”. En efecto, Lucas la coloca en un ambiente de disputa con los discípulos del Bautista: v. 16: “La Ley y los profetas llegan hasta Juan; desde ahí comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios, y todos se esfuerzan con violencia por entrar en él”. Y al estar dentro del Sermón de la Montaña en Mateo tienen ciertamente un sentido diverso.
 
 
 
8.3 Se ha argumentado que el lenguaje de Jesús tiene unas características especiales (cien rasgos de estilo característicos) y que se pueden reconocer los rasgos esenciales de modo que se puede estar seguro de que una palabra procede de Jesús y no de otra persona ya que tienen un “aire” inconfundible. Pero este criterio es peligrosísimo, porque los profetas cristianos primitivos podían efectivamente imitar el estilo de Jesús al estar transportados por su mismo espíritu. No tenemos una regla absolutamente cierta para controlar su autenticidad que la del análisis crítico llevado al extremo.
 
 
Siguen luego las razones en contra, las que llevan a que la crítica no esté en una situación desesperada…, y haya visos serios de abrigar la esperanza de poder recuperar algo en serio de lo que dijo Jesús. Expondremos estas razones positivas en la próxima postal
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html 

Martes, 9 de Enero 2018


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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