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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Sobre el fundamento histórico del cristianismo en las visiones de Pablo


Gabriel Andrade conversa conmigo sobre los primeros años de Pablo y en concreto sobre sus visiones y como sobre ellas basa su visión de la figura y misión de Jesús:

https://www.youtube.com/watch?v=SkGN3mB6ouw&feature=youtu.be


Saludos
Domingo, 5 de Julio 2015
“Jesucristo ¡vaya timo!”, un libro de Gabriel Andrade (588) (II)
Escribe Antonio Piñero

Escribía ayer que iba concluir hoy con la presentación del material del libro de Andrade y su valoración, pero he cambiado de opinión: en lengua española existen muy pocos, verdaderamente escasos, libros que traten las cuestiones en torno a Jesús con una mirada crítica, bien informada, en textos escritos respetuosamente, que no presten lugar alguno para adjetivos y adverbios descalificadores, y con un uso abundante de los argumentos e hipótesis plausibles. El libro presente es uno de ellos y mi cambio de opinión se debe a la idea de que es una pena que comprima en poco tiempo los argumentos de su autor, que considero interesantes y que deben exponerse y quizás en algún caso, muy pocos, criticarse. Y sobre todo me hace cambiar de opinión el hecho más que probable que la inmensa mayoría de la gente que duda, y que no se halla entre la previamente convencida, va a rechazar a priori el libro debido al título. Creerán que es un panfleto más al que no se le debe prestar caso.

Y es así, porque estoy convencido que es una mala política comenzar una argumentación para convencer al interlocutor con un insulto o con una expresión que éste considere altamente ofensiva. Diría que es casi imposible, pues el diálogo sobre un tema conflictivo, como es el de la figura y misión de Jesús ha de hacerse siempre con exquisita educación y cortesía, donde abunden solo los argumentos racionales. Por esta razón voy a dedicar más tiempo al comentario, porque aparte del título, es un libro que razona cortés y educadamente. Ya veremos cuánto tiempo podré dedicarle.

El siguiente capítulo del libro de Andrade, el tercero, trata de la “vida privada y los ‘años perdidos’” de Jesús. Critica con mucha razón el autor la leyenda construida en el siglo XIX por Nicolás Notovich acerca de que Jesús viajó al Tíbet y que, al romperse una pierna accidentalmente, se hospedó en el monasterio de Hemis, donde dejó una inmensa huella. La razón ofrecida por nuestro autor de la falsedad de esta tesis es clara: apoyándose en la investigación de un personaje, cuyo nombre no cita, demuestra que los monjes de Hemis no tenían la menor idea de un tal Issa (= Jesús) que hubiera estado allí jamás. Ni siquiera conocían al tal Issa. Todo había sido una fantasía de Notovich para vender libros.

Igualmente rechaza Andrade la curiosa idea de Mirzad Ghulam Ahmad, el fundador de la secta islámica Ahmadiyya, de que Jesús había estado en la India, en concreto en Cachemira, con un discípulo. Esta teoría fue popularizada posteriormente por Andreas Faber-Kaiser. Pero es rematadamente falsa, porque Ahmad tomó el material de una leyenda árabe antigua acerca de otros personajes, y la trastocó en viaje de Jesús a la India. pero lo hizo para dar fuerza al movimiento islámico por él fundado. Critica igualmente Andrade otras leyendas de relaciones de Jesús con el hinduismo que no merece la pena ni nombrar y que se basan en la paralelomanía de ideas comunes religiosas. Hemos repetido mil veces que los modos de relación del ser humano (como categorías mentales) con lo divino son muy limitados en su número, por lo que siempre habrá concomitancias entre las religiones, que son espontáneas y no necesitan de la teoría de que se han copiado unas a otras.

Otra buena crítica que se halla en el libro de nuestro autor Andrade es la idea, ampliamente aceptada por muchos, de que Jesús fue un esenio. Andrade lo refuta contundentemente porque, aunque haya muchas ideas semejantes, compartidas por Jesús y los esenios, el talante del Nazareno, en especial su contacto con todo el mundo, su misión a todo Israel más otras ideas hacen improbabilísimo que Jesús fuera un esenio. He escrito en otro lugar, y con ello está de acuerdo Andrade, que si Jesús se acercó alguna vez al asentamiento de Qumrán, fue inmediatamente expulsado. Todas las similitudes en la teología se trata de que el pensamiento fariseo, o casi fariseo, de Jesús es una rama del tronco polimorfo del judaísmo del siglo I. Y otra rama del mismo árbol era la esenia. ¡Seguro que tenían ideas comunes!

Del mismo modo, la hipótesis de José O’Callaghan, de que entre los manuscritos de Qumrán hay textos cristianos, está hoy totalmente refutada. El paralelo más cercano entre el texto denominado "7Q5" y Marcos 6,52-53 está totalmente fuera de combate es porque E. Puech, entre otros, ha demostrado filológicamente que se trata de un texto de la parte final (Epístola de Noé) del Libro I de Henoc, y M. Broshi ha demostrado también que las “huellas dactilares” del papiro, es decir, la disposición de las fibras de cada hoja, que es única, al igual que nuestras huellas, demuestra que la hoja de papiro en la que se escribió el citado fragmento del Libro de Noé y la de 7Q5 es la misma. Finalmente las pruebas con Carbono 14 de los manuscritos con los que B. Thiering o R. Eisenmann (Regla de la comunidad y los Himnos básicamente) intentaban demostrar sus tesis – a saber que Juan Bautista era el Maestro de justicia y Jesús el secerdote malvado, o bien que Jesús era Maestro de justicia y Pablo el sacerdote malvado-- son al menos del siglo I a.C., unos doscientos años del nacimiento titubeante del cristianismo.

Andrade critica la posible versión de un Jesús homosexual, derivada del Evangelio secreto de Marcos, con el célebre añadido de los carpocratianos –según la presunta carta de Clemente de Alejandría “descubierta” por Morton Smith” —a saber, que Jesús practicaba desnudo una suerte de rito nocturno de iniciación con un jovencito también desnudo-- es muy probablemente falsa, así como los dos fragmentos del presunto Evangelio secreto. Igualmente critica nuestro autor las igualmente presuntas bodas de Jesús y María Magdalena y su todavía más que presunta descendencia que dio lugar en último término a la dinastía carolingia. Como los argumentos de Andrade coinciden al cien por cien con los míos expuestos en la obra Jesús y las mujeres, no tengo que detenerme más.

En síntesis este capítulo 3 sobre la vida privada y los “años perdidos” de Jesús no tiene desperdicio. Es breve pero rotundo y sus argumentos casi no admiten ningún “pero”. La síntesis y exposición del libro que comentamos es estupenda.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Sábado, 4 de Julio 2015
Jesucristo ¡vaya timo!, un libro de Gabriel Andrade (587) (I)
Escribe Antonio Piñero

Como he reseñado anteriormente en otro libro de G. Andrade, en la misma colección, La teología ¡vaya timo!, y otro de G. Puente Ojea, La religión ¡vaya timo!, estamos ante libros muy serios, de autores bien informados y de argumentos bien tramados editados por la Editorial de “fomento del pensamiento crítico” Laetoli, Pamplona. Pero si confesaba ya antes que me molestaba mucho la coletilla comercial del “¡vaya timo!”, con el tema de Jesús mucho más, pues ganas de molestar y herir las sensibilidades de muchísima gente para quien Jesús significa toda su vida. y además, el título provoca un rechazo notable entre otros también que podrían comprarlo y disfrutar de sus razonamientos. Pero después de mi inútil queja –es un derecho al pataleo, ya que la colección está bien consolidada y no van a cambiar, vayamos a las razones, que es lo que importa. Por otro lado, la colección en sí tiene el mérito de ser muy valiente, incluso necesaria, como la ha calificado F. Savater, ya que tiene la enorme valentía de “meterse en aguas turbulentas, no solo turbias, y de plantear debates que comprometen rutinas mentales sacrosantas”. Es una cocción muy crítica que invita continuamente a reflexionar.

El autor del libro presente, G. Andrade, es un hombre bien formado en sociología, filosofía y religión. Tiene otros volúmenes interesantes en su currículum como el dedicado a “La crítica literaria de G. Girard”, o sobre “El darwinismo y la religión” y una “Breve introducción a la filosofía de la religión”. En esta colección Dios Laetoli tiene otras obras, con la consiguiente perspectiva muy crítica, sobre las cuestiones siguientes: el posmodernismo, la inmortalidad, la teología y las razas humanas.

El autor precisa su tema en este libro: “Jesucristo es un timo, pero no por ello no existió. Es un timo en el sentido de que en torno a su vida hay una serie de falsas afirmaciones. Pero ese ‘timo’ está construido sobre una base histórica real. Jesús es real; Cristo es un timo. Jesús es un personaje que vivió en Palestina hace 2.000 años. Cristo (que no es un nombre propio, sino meramente una traducción al griego del título mesías, que quiere decir en hebreo ‘ungido’) es el artificio teológico legendario que crearon sus seguidores y lo entremezclaron con el Jesús real. Así pues, al separar en este libro el trigo y la cizaña, atacaré tres frentes. Primero, las propuestas según las cuales Jesús no existió. Segundo, las afirmaciones hechas por los mismos evangelistas y que luego aceptaron los creyentes. Tercero, algunas hipótesis o teorías que proceden de leyendas posteriores a los evangelios y que, aunque no suelen contar con el aval eclesiástico, gozan de cierta popularidad en los medios de comunicación” (Contracubierta).

En mi opinión el plan del libro es excelente y, en términos globales, su realización también. Adelante que, salvo pequeñas discrepancias, estoy muy de acuerdo con los planteamientos del autor y con las soluciones/argumentos que aporta.

Me detengo un momento en la Introducción, porque aclara bien el pensamiento global del autor. Andrade parte, como resultado de análisis previos, que en los evangelios hay mucho material histórico, y que de él se pueden obtener datos preciosos para componer una figura de Jesús que, aunque esquemática, suscita el consenso entre muchos investigadores, pero que también contiene mucho material legendario, que debe rechazarse como no pertinente a la figura del Jesús histórico. Sostiene igualmente Andrade que él se mueve entre los fundamentalistas que consideran que todo, absolutamente todo, en los evangelio es real y que incluso las contradicciones palmarias entre ellos tienen soluciones armonizadoras convincentes, entre gente más sensata que admiten que los evangelio contienen “adornos literarios”, pero que la mayoría de los hechos que cuentan son verdaderos y, finalmente entre otros que simple pontifican que todo lo que hay en los evangelio pertenece al género literario de lo legendario y que la figura Jesús es más o menos del mismo calibre que Robin Hood o Superman.

Una interesante pregunta de la Introducción es qué ocurre con la fe del creyente si el lector cae en la cuenta de que el Cristo presentado por los evangelios –y consecuentemente por el cristianismo-- es distinto del Jesús que vivió realmente. ¿Puede alguien ser cristiano una vez que ha comprendido que muchos de los relatos de los evangelios son sencillamente falsos? ¿Puede el cristiano adoptar como fórmula de escape algo parecido a la afirmación de Rudolf Bultmann, a saber, que para el cristiano convencional el Jesús histórico es irrelevante? Andrade opina que es imposible. Esopo, por ejemplo, contaba fábulas moralizantes presentándolas como tales, pero los evangelistas no tuvieron la intención de contar eras historias moralizantes, sino que afirman, o dan por supuesto, que todo lo que narran ocurrió realmente, Por ello, concluye Andrade, esta percepción lleva inexorablemente a rechazar la fe, al menos la convencional. El personaje Jesús, centro de los evangelios no pudo ser Dios. “La religión que exige confesar que este mismo predicador apocalíptico, un hombre que fracasó en su empresa en el siglo I, es el creador del universo, omnipotente, omnisciente (la segunda persona de la Trinidad), nos está pidiendo algo casi tan absurdo como proclamar que el círculo es cuadrado. Y una institución que pide eso no es digna de nuestra confianza” (p. 12).

Andrade ocupa parte de su introducción es explicar las herramientas filológicas para discernir lo auténticamente histórico de lo dudoso o falso en los evangelios, es decir, los criterios de autenticidad usuales, que aclara convenientemente y acepta. Lo más curioso en este apartado, por lo menos para mí, es que nuestro autor llama al “criterio de dificultad” criterio “de vergüenza”. Así, por ejemplo, el que Jesús muriera crucificado fue algo vergonzoso y necesitado de grandes explicaciones para los evangelistas y la iglesia primitiva…, luego es impensable que fuera algo inventado por los seguidores de Jesús; luego es histórico.

Explica también someramente, pero con exactitud, la historia general de Israel en la que se enmarca la vida de Jesús, las sectas religiosas (aquí formulo un caveat: aunque el autor conoce ciertamente la materia, da la impresión de considerar a los celotas como una “secta” independiente, al mismo nivel que los esenios, saduceos o fariseos, aunque es bien sabido que el celotismo surgió históricamente como un paroxismo del fariseísmo, que no se diferenciaba de éste más que en la afirmación del necesidad del empleo de las armas para lograr la instauración del reino de Dios (algo así como el Estado islámico), y que solo fue un “partido oficial” poco antes del estallido de la Gran Guerra contra Roma.

El último tramo de la Introducción es dedicado por Andrade a una “brevísima biografía” de Jesús, más otra breve historia de los primeros pasos del judeocristiano. En ellos resume –con acierto-- el estado actual, o consenso de la investigación independiente, acerca de estos dos temas. Adelanta así su pensamiento, y presenta al principio lo que en teoría debería estar al final como el resultado o de la crítica que ocupa todo el libro. Pero de este modo el lector tiene bien claro desde el principio con qué imagen reconstruida está implícitamente contrastando aquellos elementos de los evangelios, sobre todo, que luego someterá a aguda crítica. Pienso que la idea no es mala.

El resto del libro se dedica al análisis pormenorizado de la figura, mensaje y misión de Jesús, que divide en los temas siguientes: Fuentes para reconstruir la vida de Jesús: ¿existió este realmente? Relatos de la infancia de Jesús. Vida privada y “años perdidos”. Inicios de su vida pública. Mensaje de Jesús; Milagros; Últimos días. Resurrección. Todos estos temas se enfocan en un etilo erotemático, es decir, de preguntas y respuestas. Haré un breve recorrido por lo que estimo más interesante y formularé mis propias reflexiones y valoraciones.

En cuanto a la existencia de Jesús, he indicado ya que es defendida por nuestro autor a capa y espada. Mantiene Andrade la sana postura de que, entre las fuentes, no debemos considerar a los evangelios apócrifos, tardíos y secundarios respecto a los canónicos, salvo solo al Evangelio gnóstico de Tomas. Esta es la opinión común de la investigación hoy día, que sostiene que puede ser un buen medio de confirmar la autenticidad probable de algunos dichos de Jesús. Me parece interesante el hincapié, al hablar del Cristo celestial formulado ante todo por Pablo, la insistencia de Andrade sobre cómo el Apóstol presenta muchos más contactos y alusiones a la vida del Jesús terreno de lo que cree la mayoría de las gentes, lo que confirma su existencia histórica.

Es interesante la crítica del autor acerca de la hipótesis de que la figura de Jesús está formada radicalmente a base de combinar características de diversos dioses mediterráneos, hipótesis que califica de absurda al igual que otras que insisten en los paralelos de la vida de Jesús con personajes o dioses antiguos, a las que califica correctamente de “paralelomanía”. Valora luego si los evangelios son fiables o no, y ofrece la respuesta ya esperada por los lectores. Dedica luego una breves páginas a la existencia de interpolaciones (“corrupción ortodoxa” de la Escritura en terminología de B. D. Ehrman) en el texto de los evangelios y reflexionar sobre cómo éstos son en realidad escritos anónimos, es decir, ignoramos quiénes fueron n verdad sus autores y dónde y cuándo se compusieron exactamente.

A este propósito añado que la crítica textual del Nuevo Testamento predica siempre a los cuatro vientos que todos los esfuerzos críticos de análisis de los manuscritos neotestamentarios y sus variantes, llevan únicamente a establecer cómo estaba el texto del Nuevo Testamento en el año 200, y que no es posible ir más atrás. Así, entre el original de Marcos, el primer evangelista cronológicamente hablando, y el texto que de su obra original podemos reconstruir han pasado unos 130 años. No es posible rellenar este hueco. Pero, a la vez, tenemos poderosas razones para pensar que la reconstrucción del texto en el año 200 se parece muchísimo, más del 95%, de lo que pudo ser exactamente el original.

El capítulo 2, “Relatos de la infancia”, plantea las cuestiones usuales: censo de Quirino, hermanos de Jesús virginidad de María, fecha de nacimiento, detalles de los relatos de Lucas y Mateo, como los magos y la estrella, su posible infancia en Egipto y la pérdida de Jesús en el Templo. Las respuestas de Andrade son muy ponderadas y razonables y se muestran de acuerdo con el pensamiento crítico de los investigadores independientes. En general todas son respuestas negativas, menos la de que Jesús tuvo realmente hermanos de sangre, manifestando así el pensamiento de la Iglesia primitiva y el gran consenso de hoy a este respecto, del que participan incluso estudiosos católicos.

Concluiremos mañana con la presentación del material del libro de Andrade y su valoración.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Viernes, 3 de Julio 2015
Hoy escribe Fernando Bermejo

En la postal anterior mostramos que la supuesta ejemplaridad de Jesús, postulada de modo genérico en el discurso cristiano y también en el libro Necesario pero imposible de Javier Gomá, carece de fundamento. Para todas y cada una de las aserciones que hice sobre los límites de Jesús como paradigma moral y espiritual hay suficiente fundamento textual y argumentativo, pero incluso si pudiera demostrarse que alguna de ellas fuera el resultado de un exceso retórico, la validez de las restantes seguiría refrendando mi argumento, a saber:

1) que, si de una reconstrucción histórica rigurosa se trata, no es de recibo presentar la figura histórica de Jesús como un paradigma moral, menos aún como el más alto de ellos. Y no porque el historiador deba permanecer ajeno a los juicios de valor, sino porque una reconstrucción genuinamente crítica pone radicalmente en cuestión tal constitución del personaje como ejemplar ético.

2) que toda consideración de la figura de Jesús como ejemplar se debe ya en buena medida a una alteración (tampoco ella precisamente ejemplar, aunque no necesariamente consciente) de la realidad histórica que ha sido operada en las fuentes neotestamentarias.

Pero hay además una tercera razón no expuesta en la postal anterior, que todo lector reflexivo, independientemente de sus creencias, debería meditar cuidadosamente con el objeto de percibir con claridad que la ejemplaridad que la tradición cristiana atribuye a Jesús es no solo epistémicamente infundada sino que también ella misma está caracterizada por una dudosa moralidad.

Me refiero con ello a dos hechos inextricablemente conectados. El primero es que la exaltación de Jesús en la tradición cristiana está desde el principio, por indirectamente que sea, al servicio de un nada desprendido interés de los creyentes; de hecho, esos procesos de exaltación tuvieron al menos parcialmente como móvil y objetivo el de justificar a la comunidad nazarena en una situación de crisis psicológica, emocional y social producida por el flagrante fracaso de su querido líder. Solo si Jesús no era lo que parecía ser –un visionario fracasado– ellos no eran lo que a todas luces parecían ser –unos pobres crédulos sin criterio ni esperanza–, sino tipos que reconocían el más alto bien y que al hacerlo se identificaban con él. La exaltación de Jesús, por tanto, está destinada por supuesto a reivindicar su memoria, pero ante todo a dotar de sentido la vida de sus propios seguidores, de vulnerada autoestima. La exaltación de Jesús es, en este sentido, una eficaz autoexaltación del creyente.

El segundo hecho, este sí verdaderamente grave y preocupante, es que la exaltación de Jesús en los evangelios (incoativamente en Pablo) se ha producido a costa de denigrar moral y espiritualmente –y de modo inverosímil, arbitrario y hasta repulsivo– a otros personajes históricos. Hemos dicho ya algo sobre el “lestaí” de Marcos y Mateo, o sobre el “malhechores” de Lucas. Pero un caso mucho más claro e inequívoco es el retrato de los fariseos, de las autoridades judías –y aun de la multitud de Jerusalén– ofrecido en esos evangelios. Con el objeto de blanquear la imagen de Jesús como sujeto inocente y víctima ejemplar, no solo con toda probabilidad se ha mistificado la historia (por ejemplo, presentando al prefecto romano Poncio Pilato como a alguien deseoso de liberar a un alborotador rodeado de un grupo armado –eso sí, al tiempo que lo declara inocente lo hace flagelar y crucificar…) sino que con toda seguridad se ha ennegrecido, sin apenas escrúpulo ético alguno, la imagen de muchos de sus contemporáneos y correligionarios –algo que con el triunfo del cristianismo acabaría contribuyendo a fomentar y legitimar persecuciones y pogromos sin cuento.

Por si falta hiciera, conviene señalar ya que la anterior afirmación no es el resultado de ningún sesgado apriorismo anticristiano ni nada remotamente parecido, entre otras razones porque ha sido reconocido y argumentado por algunos intelectuales cristianos particularmente lúcidos y honrados con los mismos argumentos con los que estudiosos independientes han denunciado esta situación con anterioridad (recuerdo aquí, por ejemplo, al último Gregory Baum o a Rosemary Ruether –quien afirmó en su memorable Faith and Fratricide que “el antijudaísmo es la mano izquierda de la cristología”–, pero hay por fortuna bastantes más), que con considerable decencia y coraje se han enfrentado a los límites de su propia tradición –y por supuesto también a las descalificaciones de sus propios correligionarios, que nunca faltan–.

La ejemplaridad de Jesús, por consiguiente, no solo está construida con materiales de muy mala calidad, que se deshacen a poco que se los rasque, sino que el edificio como tal está construido, para utilizar una imagen que no pretende ser denigratoria sino solo suficientemente gráfica, sobre una ciénaga. Con esta imagen me refiero no solo ni principalmente a la distorsión de la historia, sino también y sobre todo al envilecimiento de aquellos sujetos que han servido, ya desde las Escrituras fundacionales del cristianismo, como chivos expiatorios y exutorios de la necesidad cristiana de dotar de sentido a la muerte de Jesús. Este es el auténtico reverso y de hecho la condición de posibilidad de la supuesta ejemplaridad de Jesús: la distorsión sistemática, el falseamiento y el ennegrecimiento del pueblo judío. El discurso cristiano está asentado sobre pilares en algunos de los cuales –al menos– la ejemplaridad moral y espiritual brilla, sí, pero por su ausencia. Y es sobre esa ciénaga sobre la que se levanta igualmente la aparentemente sublime, poética y civilizada prosa de Necesario pero imposible.

De todo lo anterior, por supuesto, Javier Gomá no dice nada a sus lectores. Tanto es así, que él reproduce las distorsiones evangélicas repetidas ad nauseam en la historia de la exégesis confesional más rancia y obsoleta. En efecto, al hablar de Jesús, Gomá –por supuesto tras el preceptivo reconocimiento de boquilla de que Jesús fue un judío– se recrea página tras página en contraponer a este a su propia religión, de un modo que solo puede producir vergüenza ajena en alguien que posea un mínimo de sentido histórico, que sea consciente del grado de distorsión contenido en los evangelios, y que conozca la historia de la investigación y sepa cómo esta ha demostrado que cualquier intento de contraponer a Jesús al judaísmo no solo está condenado al fracaso sino condicionado por la más crasa ignorancia y los más penosos prejuicios. No es de extrañar, de todos modos, pues si Gomá no sabe nada sobre el Jesús histórico es también porque no sabe nada sobre el judaísmo.

Gomá se refiere al sermón de la montaña como un programa ético “en el que la justicia veterotestamentaria es desbordada por una dosis de bondad sobreabundante” y afirma que Jesús introduce “una nueva imagen de Dios como Padre compasivo” (el judaísmo, claro, no conocía la figura de Dios como Padre compasivo, solo la del inmisericorde justiciero… Sin comentarios). Y que “el espíritu de profecía se extinguió en Israel y la conversión cedió su sitio en la religión judía al legalismo formalista”. Y que “Jesús, acosado por los sacerdotes, presiente la proximidad de su muerte violenta”. Y que “los judíos acusaron a Jesús de blasfemo y lo condenaron a muerte”. Y que “fue condenado por los sacerdotes, representantes oficiales del judaísmo”. Y así suma y sigue hasta el final del libro.

Una cosa es que sea posible y legítimo argumentar a favor de la idea de que las autoridades judías tuvieron una participación en el destino de Jesús (aunque hay muy buenos argumentos para ponerlo en cuestión, esto no es descabellado a priori), y otra muy distinta asumir como históricamente verosímil el sesgado retrato evangélico. Gomá no dice una palabra a sus lectores de que hace más de un siglo Maurice Goguel demostró que hay toda una serie de indicios en los evangelios que apuntan a un arresto de Jesús efectuado por los romanos. Ni dice nada de las incongruencias y las inverosimilitudes que pueblan los relatos de la comparecencia de Jesús ante el sanedrín. Ni de que elementos esenciales de esos relatos pueden ser explicados como anacronismos. Ni de que hay una explicación extremadamente sencilla de que Jesús fue crucificado, que nada tiene que ver ni con presuntas blasfemias ni con supuestos mortales conflictos entre judíos, y que hace completamente superfluas tales arriesgadas explicaciones. Y Gomá no lo dice o porque no lo sabe o porque no le interesa decirlo, porque una historia alternativa a la versión evangélica haría que su bonita construcción se derrumbase en pedazos. Pero sea que el silencio se produzca por ignorancia o por interés, la cosa es francamente grave.

Una reflexión crítica sobre la falta de ejemplaridad de Jesús lleva así a otra, no menos crítica, sobre la falta de ejemplaridad del discurso del propio libro Necesario pero imposible. Sus múltiples deficiencias –que han quedado patentes ya en las anteriores postales, y que seguiremos viendo en las próximas– son tantas y de tal calibre que a veces uno necesita leer dos veces para convencerse de que realmente está leyendo lo que tiene delante. Una de ellas fue señalada también brevemente por Antonio Piñero en la crítica de Revista de Libros, pero merece la pena que la reconsideremos a continuación, pues enseña mucho sobre la categoría intelectual del discurso de Gomá.

Los lectores atentos se habrán percatado ya de que, tanto en esta postal como en alguna anterior, he hecho referencia con aprobación a diversos autores cristianos, señalando explícitamente su carácter confesional. Quienes nos dedicamos a estas lides sin las habituales camisas de fuerza, conservamos la independencia de juicio y la imparcialidad suficientes para citar a los autores en función del rigor y la fuerza de convicción de su argumentación, y no meramente en función de que sean aconfesionales o dejen de serlo. Nadie que quiera escribir con conocimiento de causa sobre los prejuicios antijudíos de la exégesis mayoritaria (confesional) podrá dejar de citar con reconocimiento a George Foot Moore, a Ed Parish Sanders o a Charlotte Klein. Nadie que quiera ocuparse de la escatología de Jesús podrá dejar de citar con aprobación los lúcidos análisis del protestante Johannes Weiss. Nadie que quiera plantear críticamente la cuestión de la identidad de los responsables del arresto de Jesús podrá dejar de citar con admiración a Maurice Goguel. Nadie que quiera plantear críticamente la discusión metodológica sobre el estudio de Jesús en la actualidad puede dejar de citar con simpatía a Dale C. Allison. Todos ellos son autores cristianos. A pesar de que algunos hemos criticado y seguimos criticando acerbamente las distorsiones ideológicas que acostumbra a generar con demasiada frecuencia la visión confesional, reconocemos sin ambages el valor intelectual de las obras de estos autores cristianos mencionados, y de otros.

Esta es una de las muchas diferencias entre los especialistas sensatos y los autores crasamente doctrinarios como Javier Gomá Lanzón, cuya unilateralidad clama al cielo. En efecto, ya Antonio Piñero señaló con toda la razón que uno de los problemas de este autor está en la flagrante parcialidad de la bibliografía que utiliza. En su crítica escribe Piñero:
“Se trata de una «literatura secundaria» totalmente unilateral, confesional […] Falta íntegramente la lectura de la otra parte, de la investigación independiente y seria, universitaria también, sobre Jesús”.

Una vez más, sin embargo, Gomá –un autor cuya autocomplacencia no va a la zaga de su ignorancia–, incapaz de reconocer sus límites, intenta defenderse recurriendo una vez más a las falacias a las que ya nos tiene acostumbrados:

"Cada uno de los temas que uno elige para investigar demanda un método o una aproximación específica. Naturalmente, en ese intento de ofrecer un relato creíble sobre la hipotética resurrección del galileo, aquella bibliografía que no es que niegue esta posibilidad, sino que lo considera de plano imposible, si no absurda, fuera de toda humana proporción y medida, como es el caso del propuesto Puente Ojea, no conviene a mi investigación.
Este es un ejemplo de cómo esa llamada por Piñero «bibliografía confesional» podría ser denominada con mejor acuerdo «bibliografía profesional» por contraste con otra más ocurrente, más rompedora, más original, pero quizá dotada de menor grado de parsimonia científica".

Este párrafo, una vez más, no tiene desperdicio. Resulta muy divertido, ante todo, oír a Gomá –en cuyo discurso, como hemos demostrado, todo rigor y toda ciencia brillan por su ausencia– querer juzgar sobre “parsimonia científica”. Y resulta desternillante, casi hasta las lágrimas, contemplar a alguien que no solo jamás ha hecho la más mínima contribución intelectual al estudio de Jesús y los orígenes cristianos sino que –como hemos comprobado en una postal anterior– tiene al respecto una considerable empanada mental atreverse a soltar la barrabasada de que autores como Reimarus, Eisler, Brandon, Maccoby y muchos más a los que se refiere Piñero son solo una literatura “ocurrente”. Pero ni siquiera estos disparates constituyen lo más penoso de estos párrafos.

La falacia principal consiste –¿hace falta decirlo?– en lo siguiente. La crítica recibida por Piñero estribaba en que, en sus presuntas referencias a la figura histórica de Jesús, Gomá utiliza únicamente bibliografía sesgada y estrictamente confesional. Pero, en lugar de responder a la crítica, con un movimiento típico de trilero, Gomá se va por los cerros de Úbeda respondiendo que… ¡cómo va a utilizar él obras de autores que consideran imposible la resurrección del galileo!
Debería resultar obvio que esto no tiene absolutamente nada que ver con la crítica de Piñero, que se refiere al estudio histórico de Jesús. El estudio histórico, cuando se hace de manera rigurosa, puede hacerse –y de hecho se hace– con total independencia de lo que uno crea sobre la “resurrección” –entre otras razones porque la “resurrección” nada tiene que ver con tal estudio. Por ello precisamente creyentes y no creyentes –al menos algunos– podemos ponernos de acuerdo sobre la capacidad de convicción o el valor de un argumento, independientemente de si quien lo ha presentado cree o no en Dios, la resurrección de Cristo, la virgen María, los gremlins o el Spaghetti Trascendental. Por tanto, que Puente Ojea o Fulano o Mengano sea un conocido no-cristiano que se chotea de todo lo trasmundano no tiene absolutamente nada que ver con su capacidad de análisis de la figura histórica de Jesús. Y viceversa: que uno crea en la resurrección de Jesús no le imposibilita por ello necesariamente a hacer un trabajo serio sobre la figura histórica de Jesús.

Esta es la razón por la que todos los autores independientes que yo conozco –empezando por Reimarus, Robert Eisler, Samuel Brandon, Hyam Maccoby, y terminando en España por Gonzalo Puente Ojea, Antonio Piñero, Josep Montserrat o un servidor– citan en sus obras también a autores confesionales con aprobación, siempre y cuando sus argumentos sean convincentes. Porque esto es lo que hace cualquier autor dotado de juicio crítico y sentido común que aspira a la verdad.

Javier Gomá no. Este autor, cuya unilateralidad se precipita directamente en el simplismo más atrozmente maniqueo, es incapaz de afrontar los argumentos que no sirven a sus mistificaciones, y por tanto no solo no cita la literatura no cristiana, sino que ni siquiera cita la bibliografía confesional más crítica, que desconoce por completo. El parroquialismo de Gomá es tan obvio y tan patético que no extraña que este tenga que recurrir a falacias para contestar a Antonio Piñero.

Sería muy instructivo poner pausadamente a prueba el disparate de Gomá de que a la “literatura confesional” debería llamársele más bien “literatura profesional”, caracterizada por una genuina parsimonia científica. Por el momento baste, como ejemplo de “literatura profesional”, decir un par de cosas sobre uno de los héroes exegéticos de Javier Gomá –y, para ser sinceros, de muchos otros–, a saber, Joachim Jeremias. Nadie niega que Jeremias supiera arameo, que conociera muy bien la ciudad de Jerusalén, y que haya escrito algunas cosas interesantes. Solo que Jeremias se ha distinguido también por escribir un buen número de disparates cuya falsedad ha sido evidenciada hasta la saciedad. Ya hemos tenido ocasión de ver la “credibilidad” que merecían las genialidades de este autor sobre el “Abba” de Jesús. Pero no son las únicas.

Aunque Joachim Jeremias se presentó en sociedad como gran especialista en literatura rabínica, consiguiendo que cientos de exegetas, teólogos y predicadores repitieran sus consignas, algunos autores que conocen o conocían las fuentes mejor que él ya se explayaron a gusto sobre las distorsiones y caricaturas que Jeremias efectuó. El propio Ed Sanders ha escrito páginas muy duras sobre ello, calificando las visiones del judaísmo (“judaísmo tardío”) propagadas por Jeremias como “wrong and malignant”; de hecho, Sanders escribió en uno de sus artículos que la distorsión de los testimonios operada por Jeremias “is so great that it must have been intentional” (“es tan grande que debe de haber sido intencionada”).

Jeremias es uno de los más claros y machacones exponentes de la posición, estándar en la exégesis confesional durante siglos, de que Jesús abolió determinados aspectos de la Ley mosaica, y que “hizo temblar los fundamentos del judaísmo”, lo que habría provocado su muerte. Y ello, a base de otorgar credibilidad a todos los relatos evangélicos de conflicto intrajudío y de atribuirle las dimensiones mortales que le atribuyen los evangelistas (por cierto, algo de lo que se ven no pocos ecos en el propio discurso de Gomá). Lástima que, como mostraron Sanders y otros, las lecturas erróneas y caricaturas del judaísmo sean moneda corriente en la obra de Jeremias.

Cambiando de tercio, fue también el gran Jeremias, por ejemplo, quien dijo de Von dem Zweck Jesu und seiner Jünger de Reimarus –una obra de la que alguien tan honrado y capaz como Albert Schweitzer afirmó con toda razón que constituye “uno de los mayores acontecimientos del espíritu crítico”– que era “un panfleto lleno de odio” (sic). Hay que haber leído a Reimarus y luego repetir la frase de Jeremias unas cuantas veces en voz alta para captar el grado de distorsión, prejuicio y hasta mala baba de la aserción de marras, que no calificaré de “rebuzno” solo porque Jeremias está muerto y no puede defenderse.

Para terminar con una anécdota insignificante, nuestro buen Jeremias fue uno de los editores literarios del Festschrift con el que varios teólogos alemanes honraron a Karl Georg Kuhn, un tipo que se había unido al partido nazi en 1932, que había sido miembro de las SA entre 1933 y 1945, y que pronunció numerosas conferencias antisemitas a grupos de propaganda nazi, habiendo sido miembro del Instituto para la erradicación del Judaísmo de la vida eclesial alemana (sic) junto con otras lumbreras profesionales como Walter Grundmann. Exonerado por un comité de desnazificación, en 1954, Kuhn fue nombrado profesor de Nuevo Testamento en Heidelberg. Cuando se retiró en 1971, se hizo el volumen de homenaje que Jeremias editó –un volumen, por cierto, que no incluía la habitual biografía y bibliografía de las publicaciones de Kuhn, obviamente para evitar mencionar su implicación en el período nazi. En fin, Jeremias, ese verdadero y ejemplar “profesional”…

Allá cada cual con sus estándares de calidad, fiabilidad y ejemplaridad. Una vez más hemos podido apreciar cuáles son los de Javier Gomá Lanzón.

Continuará. Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 1 de Julio 2015
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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