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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Antonio Piñero

En esta entrega abordamos el siguiente punto: “Duración del Reino de Dios sobre la tierra”

Este Reino de Dios, o reino mesiánico sobre la tierra, durará un cierto número de años o centurias, o milenios, sin precisar. Su descripción y duración no aparece estrictamente en los Evangelios, pero sí en el Apocalipsis. Suponemos que es lícito complementar la información de los escritos evangélicos con la obra canónica, sagrada, de un autor judeocristiano, afín –se supone- al espíritu de un Jesús judío. Este libro enseña que el reino del mesías en la tierra durará mil años, el denominado “quiliasmo” (del griego chiliasmós, derivado de chília, “mil”) o “milenio”:

Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años (Apocalipsis 20,6-8).

Otro escrito judío del siglo I, al que recurriremos varias veces, el Apocalipsis siríaco de Baruc, piensa igualmente en un reino terreno del mesías, en Israel, pero su duración es indeterminada. Pero algún otro, como el Libro IV de Esdras (7,28-30), señala que el reino mesiánico durará 400 años:

Pues se revelará mi Hijo [..] con todos los suyos, y alegrará durante cuatrocientos años a los que hayan quedado. Y sucederá que, tras estos años, morirá mi hijo, el ungido, y todos los que tienen aliento de hombre, y el mundo volverá al silencio de antes, siete días, como en los primeros comienzos de manera que nada quede.

Obsérvese cómo el mesías es un ser humano al fin y al cabo, y cómo le toca morir al final del reino mesiánico. Su vida, sin embargo, dura míticamente cuatro centurias.

Distinción entre una primera y segunda parte del Reino de Dios

Este Reino de Dios no es, sin embargo, el absoluto y definitivo; es sólo la primera parte o primera fase. Así se deduce del mismo texto del Apocalipsis que acabamos de leer, puesto que el visionario habla también de una “segunda muerte” (20,6) que tendrá lugar después del milenio y -como veremos ahora mismo- esta idea se deduce también del pensamiento de Jesús, tal como se recoge en algunas escenas de los Evangelios, ciertamente de no fácil interpretación tal como han sido transmitidas.

Después del Reino mesiánico terrenal vendrá un momento al que Jesús llama –al menos en la traducción al griego de sus palabras- “el eón o siglo futuro”, o el “mundo de la resurrección (definitiva)”. Hay al respecto un texto clave del Nazareno, recogido en la perícopa que cuenta la discusión de éste con los saduceos a propósito de la realidad de la resurrección:

Se le acercan unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer. Jesús les contestó: “¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error (Mc 12,18-27).

Según Jesús, cuando se consuma el tiempo del Reino de Dios en la tierra y venga este “mundo de la resurrección”, el matrimonio dejará de existir. Este dato nos da la pista de que debe estar hablando de una realidad distinta de la que acabamos de describir, pues en el Reino que hemos mencionado –recordemos: un Reino también de características materiales- tendría que existir el matrimonio, salvo que -en contra de todas las ideas judías del momento, pero con un parecer similar al autor del Apocalipsis sirio de Baruc- se piense que Jesús defendía que los que tuvieran la suerte de acceder a ese reino no habrían de envejecer en cuatrocientos o mil años.

Ahora bien, en el eón futuro en el que piensa Jesús, no tendrá ningún lugar el matrimonio; el mundo definitivo excluye el ejercicio del sexo. El evangelista Lucas afirma que Jesús se expresó concretamente así:

Los que alcancen a ser dignos de tener parte en el otro mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (Lc 20,34-36).


Creo que este pasaje lucano y el del Evangelio de Marcos citado antes no se refieren al estado del Reino de Dios en esta tierra del que hemos hablado hasta este momento –su primera fase-, sino a un segundo mundo futuro, al paraíso, el “mundo de la resurrección”, que tendrá lugar en el cielo, en un estado ultramundano después de la conclusión del tiempo del reino mesiánico de Dios aquí abajo en la tierra.

Ésta nos parece una conclusión necesaria: si se tomara el final de los pasajes de Lucas/Marcos que acabamos de citar como una referencia al Reino de Dios en esta tierra (que hemos denominado “primera parte, o fase, del Reino de Dios”), serían de muy difícil interpretación, pues no encajarían en absoluto con lo que sabemos por los Evangelios mismos de las concep¬ciones de Jesús de un inmediato mundo futuro con abundantes bienes materiales que hemos apuntado en breves rasgos un poco más arriba.

El tema de la existencia o no del matrimonio en el “mundo futuro” nos ofrece –según creo- una de las pistas para distinguir entre los dos mundos futuros. En el primero habrá muy probablemente institución del matrimonio o una vida en pareja al menos; en el segundo, el del paraíso, ciertamente no. Por lo tanto, los pasajes de Marcos y Lucas que acabamos de citar deben referirse al ulterior reino divino, el segundo y definitivo, que tenemos que denominar el cielo o el paraíso.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


Aviso para residentes en MADRID y alrededores


El próximo miércoles día 11 de noviembre 2015, a las 20.00 horas

en la Gran Logia de España, c/ Juan Ramón Jiménez 6, bajo, de Madrid, presentaré mi libro:

"Guía para entender a Pablo. Una interpretación del pensamiento paulino". Consecuencias de una nueva interpretación de Pablo, de Editorial Trotta.

Os invito cordialmente a los que podáis y os interese el tema
La entrada es libre, hasta completar el aforo.
Lunes, 9 de Noviembre 2015
Escribe Antonio Piñero

Seguimos con nuestra síntesis del concepto “reino de Dios” en Jesús. Y nos afirmábamos en la conocida idea de que Jesús no explica nunca qué es el Reino, ni siquiera en sus parábolas, porque en ellas hablaba de algunas de sus características o maneras de éste sobre las que le interesaba insistir en algún momento.

En todo caso, puede decirse que Jesús explicita la idea del Reino más o menos indirectamente: en primer lugar por ejemplo, indicando que parece aceptar --en su entrada triunfal en Jerusalén (Mc 11)-- que él es el mesías, el Hijo de David, real o metafóricamente; que el Reino vendrá, por tanto, sobre la tierra de Israel, y que será el cumplimiento de las promesas anunciadas por los profetas (Lc 24,21 y Hch 1,6); que ese Reino exige un templo nuevo, restaurado y purificado, es decir, no simplemente eliminado, sino uno que cumpliera a la perfección su tarea de ser casa del Padre, lugar preferido de oración, etc.; que la norma y constitución de ese Reino habría de ser la ley de Moisés al decir: “No penséis que he venido a abrogar la Ley y los profetas. No he venido para abrogarla, sino para cumplirla…”, etc. Observemos entre paréntesis que la mayoría de los exegetas opina que estas palabras, tal cual están, no pudieron ser pronunciadas por el Jesús histórico. Pero, a la vez, están prácticamente todos de acuerdo, en que el espíritu que expresan es muy similar al que hubo de tener el Jesús histórico.

También afirmaba Jesús que en ese Reino futuro, los Doce, sus seguidores más íntimos, habrían de sentarse en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel…, por tanto explicaba que Israel sería restaurado, conforme a los oráculos de los profetas, y que las tribus perdidas desde hacía siglos –en concreto desde la destrucción del Reino del Norte en el 721 a.C. por obra de las tropas del monarca asirio Salmanasar-- serían de nuevo reunidas por Dios milagrosamente en la tierra de Israel, en los últimos días.

En ese Reino, el que hubiera dejado padre, madre o casa o hacienda por amor a él, recibirá el ciento por uno: “Cien veces más, ahora en este tiempo, casas, hermanos… y luego la vida eterna en el mundo futuro…” (Mc 10,30). En las Bienaventuranzas Jesús prometía también que, en ese Reino, los que hasta ese momento habían llorado serían consolados por Dios; que los mansos y pacíficos heredarían la tierra –no el cielo-, y que el que tuviera hambre y sed se vería harto de alimento (Lc 6,20-21). Jesús explicaba que él consideraba que los esponsales y las fiestas que rodeaban las nupcias eran los días más felices del ser humano; por ello empleaba el símil de las bodas y el banquete nupcial para dar cuerpo gráfico a la futura gloria de la época mesiánica, es decir, del Reino: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt 8,11). Igualmente una parábola de Jesús comenzaba: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda…” (Mt 22,2-3). Entonces no habrá hambre ni sed, como indica el dicho, probablemente auténtico, de Mc 2,19: “¿Acaso pueden ayunar los amigos del novio mientras duran las bodas?”.

La doble naturaleza del Reino/reinado de Dios

Da toda la impresión por la tanto de que, según Jesús de Nazaret, el Reino de Dios futuro –al menos en una primera parte, fase o primer momento, como enseguida aclararemos-, el inmediato, el que está a las puertas y que al parecer ha iniciado ya su andadura con la derrota de Satanás gracias a los exorcismos de Jesús, no va a tener lugar en el cielo, no es algo ultramundano, sino que acaecerá en esta tierra. Se trataba, pues, de un reino de Dios “aquí abajo”, en la tierra de Israel naturalmente. El fin de este mundo y la implantación del Reino de Dios en un “mundo futuro” no significaba, pues, la aniquilación total de la tierra presente, sino su “renovación o restauración”, como dice el apóstol Pedro en su segundo gran discurso después de los sucesos de Pascua (Hch 3,20: “A fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al mesías que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus santos profetas”. La mano cristiana se observa en que “Pedro” habla ya no se una restauración de sólo Israel, sino del mundo entero”).

Esta restauración sucede de acuerdo con lo “dicho por Dios desde antiguo por boca de sus santos profetas” (3,21). Y como los profetas jamás hablaron de un reino de Dios ultramundano, la conclusión es que la predicación primitiva cristiana pensaba que el Reino predicado por Jesús habría de tener lugar en un Israel restaurado, no aniquilado totalmente. Este Reino, por tanto tendría una doble naturaleza:

A. Ante todo espiritual: la tierra de Israel, libre de impíos e infieles, la mayoría de ellos extranjeros, se dedicaría en cuerpo y alma a cumplir la ley de Dios, pues todo el mundo se habría sinceramente convertido. Todos conocerán la Ley y todos la cumplirán. Instaurado, pues, el dominio de Dios, éste se traducirá también en un nuevo régimen religioso, teocrático, controlado en último término por la divinidad a través de sus agentes. La norma y guía, la “constitución” que gobernará esa nueva situación será la ley de Moisés, según deja a entender Mc 11,10: “Bendito el reino de nuestro padre David, que viene” y que Jesús defiende ante quienes le critican (Lc 19,39; de la entrada mesiánica en Jerusalén, escribe el evangelista: “Algunos de los fariseos que estaban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Respondió Jesús: “Os digo que si estos callan, hablarán las piedras”).

B. Pero también es un Reino de características y bienes materiales, de bienes terrenales. Dios, contento con la situación, hará que la vida sea dichosa, que la tierra dé sus frutos con inmensa abundancia y que los piadosos vivan en una suerte de Jauja feliz. Esta situación puede compararse con las delicias de un banquete. A esta parte material alude lo antes dicho sobre recibir el “ciento por uno” y las promesas de las Bienaventuranzas.

Ya con esta última afirmación hemos dicho algo sencillo pero que en términos generales jamás se oye decir en un posible sermón sobre el Reino de Dios. Y es que si también tiene bienes materiales, ese Reino tendrá lugar, sin duda alguna, sobre la tierra.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Viernes, 6 de Noviembre 2015
Hoy escribe Fernando Bermejo

Finalizamos hoy la reseña del libro de Franco Tommasi Non c’è Cristo che tenga (NCCCT). Silenzi, invenzioni e imbarazzi alle origini del cristianesimo: Qual è il Gesù storico più credibile?, Manni Editore, Lecce, 2014, una obra de un no-especialista que pretende ofrecer una panorámica de las posiciones sobre la figura histórica de Jesús.

El reconocimiento del interés del libro, que hemos puesto de relieve en anteriores postales, no quiere decir que el especialista no encontrará algunos aspectos que podrían haber sido más matizados. En lo que sigue ofreceré unos pocos ejemplos.

Tommasi se esfuerza por encontrar un cierto terreno común entre los distintos enfoques que analiza, pero en algunos casos hay más terreno común del que él reconoce. Por ejemplo, el capítulo dedicado al Jesús antirromano se ofrece yuxtapuesto con, por ejemplo, el denominado “Las posiciones dominantes”, orientaciones en las que se enfatiza la personalidad religiosa de Jesús. Ahora bien, todo estudio responsable del aspecto político del mensaje de Jesús reconoce con toda naturalidad la dimensión religiosa del personaje, hasta el punto de que es precisamente esta dimensión religiosa la que, en este caso, parece en buena medida explicar el compromiso “político” del galileo.

NCCCT dedica varias páginas al Testimonium Flavianum, el pasaje de Antigüedades Judías XVIII en el que Flavio Josefo se refiere a Jesús. Las páginas de Tommasi contienen inteligentes reflexiones sobre este debatido texto, y subrayan los problemas a los que se enfrenta la reconstrucción habitual, según la cual la eliminación de tres frases permitiría recuperar el texto original. Este procedimiento es acertado, pero Tommasi afirma que, además de las hipótesis al uso ( A. El texto es completamente auténtico; B. El texto es enteramente un falso. C. El texto ha sido manipulado por cristianos) debería ser añadida una cuarta, a saber, la de que el texto original escrito por Josefo fue muy diferente al texto conservado. Esta última es en efecto una buena hipótesis, pero es una hipótesis que ha sido ya propuesta en no pocas ocasiones en la historia de la investigación. De hecho, varios estudiosos de muy diferentes trasfondos ideológicos que no son citados por Tommasi en este contexto (Eisler, Bienert, Reinach, Pötscher, Twelftree, Bammel, Stanton, etc.) han sugerido la existencia de ecos negativos incluso en el texto tal como es generalmente reconstruido por la exégesis mayoritaria (Meier, Theissen y muchos otros). Este hecho ha sido detalladamente argumentado en los artículos que el autor de estas líneas ha dedicado al Testimonium.

Otro aspecto que podría haber mejorado el libro habría sido una mayor atención al debate contemporáneo sobre los criterios de historicidad. Tommasi dedica varias páginas valiosas a los criterios, pero no se refiere a los importantes debates metodológicos que sobre todo en el último lustro se están produciendo entre los especialistas. Aunque algunas de las discusiones pueden acabar revelándose como una tormenta en un vaso de agua, hay razones serias para pensar que otros aspectos representan mejoras metodológicas que merecen ser conocidas por los lectores.

Estas anotaciones críticas no tienen por objeto minimizar la relevancia de NCCCT, cuyo interés ha sido reconocido con claridad en las anteriores postales. Son solo puntos secundarios, del tipo que un especialista podría señalar. Lo revelador es que todo este material apuntalaría, si cabe, el enfoque adoptado por Franco Tommasi. Non c’è Cristo che tenga es una obra valiosa, llena de observaciones perspicaces, sentido común, amor por la verdad y hasta energía ética, que merece seria atención. Su apertura, sentido crítico e independencia de juicio lo hacen recomendable a todo aquel que esté interesado en este fascinante tema.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 4 de Noviembre 2015

Escribe Antonio Piñero

A partir del 5/12/2014 inicié una serie de comentarios en este Blog, de la mano del Prof. Dr. Raúl González Salinero acerca de las persecuciones a los cristianos y nos detuvimos especialmente a estudiar la “condena a la fieras”, tan jaleada, por ejemplo, por el cine, de modo que es un tema muy conocido. Vimos que un examen atento de los documentos antiguos nos iluminaba sobre lo que hay de mito y de historia en esta cuestión. Pero, cuando el Dr. G. Salinero, como yo mismo, comentábamos estas cosas, ya se estaba preparando, con interesantes adiciones y puestas al día, la segunda edición del libro que hace de título a esta postal, que lleva como subtítulo “Una aproximación crítica.

Hoy anuncio que ya ha visto a la luz. Se trata de una edición corregida, ampliada y actualizada. Después de diez años de la primera edición, el autor ha continuado trabajando sobre el tema, y ha prestado mucha atención a la investigación que se iba desarrollando. Por ello, no solo ha aumentado la bibliografía sino también el contenido del libro que responde nuevas perspectivas. Una interesante idea es que la bibliografía no va toda seguida, como una lista a veces imposible de manejar, sino dividida por temas. De este modo el interesado accede a lo que le atrae.

En el 2009 vio igualmente la luz la edición italiana de este trabajo y fue prologada por el Prof. Mauro Pesce, muy conocido en el ámbito científico y en el popular en Italia, autor, entre otras muchas obras de L’inchiesta su Gesù, que también comentamos alguna vez en el Blog. Me parece un interesante prólogo que reconoce la valía de la obra de G. Salinero, que se ha traducido en esta segunda edición española. En ella señala, por ejemplo, que la instigación de los judíos a las autoridades contra los cristiano como motivo de las persecuciones, aunque sea un tópico literario e historiográfico, tiene bien poca base. También me parece interesante el hincapié que M. Pesce hace sobre el examen de G. Salinero si entre las causas desencadenantes de las persecuciones –ciertamente en casos aislados— fue la propia sed exagerada del martirio, “casi una especie de vocación al suicidio”, o es este un tema igualmente exagerado.

Las novedades, añadidas a este libro son: la incorporación de un artículo del autor titulado “Las sinagogas de los judíos, ¿fuentes de las persecuciones?” También una buena parte del texto y de las conclusiones de otro artículo: “Miserantes eorum crudelius saeviebamus: la ‘compasión’ de los magistrados romanos ante el martirio cristiano”. El libro ha sido modificado y enriquecido con la reconstrucción del texto de los apartados sobre las Acta Martyrum y la “Condena a las fieras” con estudios del autor recientes, de 2013.

Por último quiero destacar en esta brevísima noticia que me parece muy interesante cómo el autor va presentando en todo momento las fuentes, de modo que el lector, al verlas citada ampliamente, se pone también en contacto directo con ellas, no solo con la opinión del investigador que las analiza.

El libro está editado por Signifer Libros, dentro de sus “Monografías y estudios sobre la antigüedad griego y romana”, nº 15, Madrid-Salamanca 2015, a la que personalmente agradezco su esfuerzo por la difusión de estudios, en este caso sobre la antigüedad tardo romana, muchísimas veces tan desconocida pues estamos ofuscados por la luz y el prestigio de la época imperial desde Augusto hasta finales del siglo II. Enhorabuena, pues.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Martes, 3 de Noviembre 2015
Escribe Antonio Piñero

Me preguntaron el otro día por correo electrónico sobre el concepto del reino de Dios de Jesús en los siguientes términos:


¿En qué consiste el Reino de Dios que predicó Jesús? ¿Cuáles son los signos que Jesús hizo para hacerle ver a los demás que ya estaba llegando el Reino? ¿En realidad llegó el Reino de Dios con la persona de Jesús? ¿Se instauró el Reino en la historia o no? y ¿Cuál era ese Reino que quería ver Jesús en el pueblo de Israel?

Y le contesté:


En verdad, creo que Usted no ha caído en la cuenta de la enormidad de su pregunta. Es un tema destacado de la investigación sobre Jesús, y de él se han escrito centenares de libros serios en los últimos veinte años. Por tanto, necesitaría un libro para contestarle.

Le recomiendo una cosa: vea mi artículo de la Revista “Ilu”, el Universidad Complutense, sobre “Notas críticas a la presentación usual hoy del Reino de Dios según Jesús de Nazaret”. Este artículo fue expuesto, un tanto arreglado en mi Blog. Utilice el Buscador y léalo, por favor.

Segundo: en el libro de varios autores editado por mí en EDAF, cuya ficha le paso, (El Juicio Final en el cristianismo primitivo y las religiones de su entorno, A. Piñero y E. Gómez Segura (eds.), Madrid, Edaf, 2010, 978-84-414-2505-7. tiene Usted un buen resumen. Vea, por favor, la Página Web de Editorial EDAF, porque es un libro muy accesible

Luego me puse a buscar pacientemente –todavía no está hecho el índice de temas tratados en el Blog— entre mis publicaciones aquí, en la Red, y encontré muchas cosas desperdigadas desde 2007, es decir, desde hace ocho años. Pensé igualmente que para lograr un relato ordenado utilizando el buscador del Blog, el lector podría tardar mucho tiempo y lograría quizás ponerse nervioso o volverse “tarumba”. Por ello me he decidido tomar como base la síntesis que realicé en ese libro de EDAF y exponer un resumen de lo que creo que se puede decir, hipotéticamente sobre este tema.

Y digo “hipotéticamente” porque, aunque ese concepto es básico en el evangelio de Jesús y es el eje sustancia de su predicación, no lo explicó Jesús nunca, ni tuvo necesidad de ello, y los evangelistas lo presentan muy oscuramente y a retazos en sus obras. ¿Por qué? Sustancialmente, opino, porque escriben después de Pablo y todos ellos son de alguna manera dependientes de su pensamiento.

Ahora bien, al igual que el Apóstol había hecho una mutación sustancial en la naturaleza del mesías judío --totalmente judío e invendible a los paganos que quería convertir a la fe en ese mesías--, a saber lo había transformado en un salvador universal, de igual modo, el concepto del reino de Dios en Jesús –tan súper judío igualmente, como un reino que se iba a establecer en la tierra de Israel básicamente, y que era también “invendible” en una prédica a los paganos, hubo de hacer de ese concepto una mutación sustancial: de reino en Israel y terreno lo transformó en reino de Dios universal y ultraterreno.

Este cambio profundo afectó a la presentación de Jesús por parte de los evangelistas, quienes no supieron qué hacer verdaderamente con material procedente del Jesús histórico y que no era concorde con el pensamiento del maestro Pablo. Por eso –entre otras razones-- el concepto de reino de Dios no queda claro a menudo en los Evangelios.


El Reino/reinado de Dios

Debo insistir en primer lugar por qué Jesús no explica de hecho el concepto del reino de Dios y que sigue siendo materia controvertida por la razón clara que el Nazareno no explica en ninguna parte, al menos en lo que tenemos recogido en los Evangelios, qué es exactamente ese reino divino. Es éste un concepto que compartía plenamente con sus oyentes, las gentes que le seguían y escuchaban y que, por tanto, no necesitaba aclarar. Si me repito aquí, pido disculpas a los que esto se lo saben de memoria.

Ocurriría con Jesús algo similar con un político de hoy que hablara continuamente en sus discursos sobre la “democracia”. Todo el mundo sabe, o pretende saber, más o menos qué es, y su definición se da por supuesta por convención en la inmensa mayoría de las proclamas políticas. Ahora bien, el político imaginado sí podría explicar de vez en cuando cómo deben ser algunos rasgos precisos de la “democracia” aquí y ahora: en qué sentido ha de ser límpida y clara, que acciones son incompatibles con ella, qué actitudes son demócratas o no, etc. Pero, a la vez, un político podría estar un año entero hablando sobre la democracia a su público sin necesidad de precisar ni una sola vez qué entiende exactamente por el concepto “democracia”.

Igualmente ocurría con Jesús: en sus parábolas sobre el Reino no explicaba qué era el Reino en sí, sino algunas características o maneras de éste sobre las que le interesaba insistir en algún momento.

Por ejemplo: su pronta venida en un futuro muy cercano; sus mínimos inicios, ya incoados en el presente, pero su rápido crecimiento; que en él estarán juntos el trigo y la cizaña y que Dios no había ordenado eliminar rápidamente esta última; la obligación de uno de prepararse para tal llegada con el arrepentimiento y la vuelta a la ley de Moisés, bien entendida tal como él, Jesús, la explicaba; que tal preparación no consistía en guardar pequeñas minucias legales según la tradición, sino en ir a lo esencial de la Ley: mantener la pureza de corazón, no apegarse a los bienes presentes…; que si la familia carnal se oponía a la preparación y venida del Reino, debía ser dejada aparte, etc. Pero en realidad después de aclarar todos estos extremos, Jesús no había explicado qué es en sí el Reino.

Seguiremos el próximo día.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
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Lunes, 2 de Noviembre 2015
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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