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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Antonio Piñero




Pregunta:


¿Qué opina de la hipótesis de Renan de que Apocalipsis 2 y 3 contiene críticas a Pablo de Tarso o sus seguidores?



RESPUESTA:


Dificilísima pregunta. Opino que la hipótesis no es en sí descabellada, pues todo apunta a que en Éfeso hubo grupos de cristianos paulinos, subgrupo (¿?) de la comunidad que está detrás del Evangelio de Lucas; grupo que está detrás del Evangelio de Juan (en el que –en la redacción actual—se han señalado influencias notables del Evangelio de Lucas ya compuesto, o del ideario de Lucas--, y finalmente judeocristianos que están detrás del autor del Apocalipsis.


Que hubiera disputas entre ellos es muy probable a tenor de 3 Juan.


Que el autor de las cartas del Apocalipsis conociera estrictamente el corpus paulino, no hay pruebas. En todo caso, podría darse en la Epístola a la Iglesia de Laodicea, que conociera Colosenses, pero no el resto del epistolario paulino.

Así que en conjunto, veo posible la hipótesis de Renan, pero no estrictamente probable.



Pregunta:


En los evangelios(no se cual o cuales exactamente)hay unos versiculos que nos cuentan como Jesus le dice a Pilatos: "no podrias hacerme nada si el poder que tienes no se te fuera dado de lo alto(creo que mas o menos es asi)"...Bien,pues esto como cristiano cada vez que ne he parado a darle vueltas se me ha hecho muy dificil de creer y de "discernir",realmente me cuesta mucho entenderlo,me gustaria saber profesor si este hecho es considerado historico o no,y si es posible tambien si corresponde con la mentalidad y creencia(aproximadamente)que podria tener Jesus,muchisimas gracias por anticipado profesor.


RESPUESTA:



El texto al que Usted se refiere es del Evangelio de Juan 19,11. No conozco a ningún exegeta serio, incluidos los católicos, que defiendan que este texto sea histórico. No lo es, sino una reflexión teológica del Evangelista puesta luego en boca de Jesús. El contexto de esa respuesta está en el mismo evangelio, Juan 18,36: “Mi reino no es de este mundo”, frase tampoco histórica, que contradice todo lo que sabemos del reino de Dios según el resto de los evangelios.


Si le interesa la interpretación global del Evangelio de Juan, altamente místico, simbólico, teológico, pero en muchísimos casos no histórico, lea, si le es posible, el capítulo sobre ese evangelio en mi libro “Guía para entender el Nuevo Testamento” de Edit. Trotta, 4ª edición de 2011, que tiene también versión electrónica.



Preguntas:


¿Cómo se dio esto que usted decidiera dedicarse a estos estudios de cristianismo primitivo?


De los libros del nuevo testamento en griego koiné, ¿cuál es favorito (si lo tiene). Y de los evangelios, ¿cuál es su favorito?


Para quienes comenzamos a leer griego koiné, ¿cuál considera que es el libro del nuevo testamento con el que se debería empezar a practicar la lectura del griego?



RESPUESTA:


1. Al terminar mi segunda licenciatura en Filología Clásica en la Universidad de Salamanca, tuve la suerte de que concedieran el Premio Extraordinario Fin de Carrera. Eso supuso que recibiera varia ofertas de profesores para hacer la tesis doctoral. Entre todas elegí a D. Luis Gil, cuya carrera como humanista y de historia de las ideas, dentro de Clásicas, me parecía más interesante que la mera lingüística, por ejemplo, Me trasladé a Madrid, donde ya estaba de catedrático D. Luis, y le propuse hacer la tesis con él. Tras algunos tanteos (yo tenía otros planes) me propuso que continuara su libro sobre “Los antiguos y la inspiración poética” (Cristiandad, Madrid, hacia 1968) para investigar si las concepciones platónicas sobre la inspiración de vates y poetas habían influido también en el cristianismo a la hora de formar el canon del Nuevo Testamento.


Fue tan interesante introducirme en el mundo del cristianismo primitivo, y tan escasa la gente en España que quisiera estudiarlo desde el punto de vista aconfesional de la historia y de la filología, que continué por ese derrotero e hice también “Filología Bíblica Trilingüe”. Me pareció que las claves del hombre occidental no están solo en Grecia y Roma, sino también en Jerusalén. Y seguí hasta hoy.


2. Mi favorita es la Epístola a los Romanos de Pablo de Tarso. Entre los Evangelios, el de Marcos, que es el que ofrece más perspectivas sobre el Jesús histórico.



3. Para empezar el griego koiné, en una bella mezcla de griego más o menos clásico y semitizante (imita el lenguaje de la versión griego de los LXX) es el Evangelio de Lucas.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Martes, 19 de Enero 2016
Escribe Antonio Piñero

Quisiera saber en que momento histórico los primeros discípulos de Jesús pasan de ser conocidos como "nazarenos" a "cristianos". Sabemos que el título de "cristianos" no se origina en Judea o Jerusalén sino fuera de Israel en Antioquia. Epifanio en el siglo 4 en su obra contra las "herejías" nos habla de los nazarenos y los describe básicamente como "judíos completos". Quisiera saber como se llamaron los primeros jesuanos originalmente (según Hechos en cierta ocasión Pablo se refiere al movimiento jesuano como "el Camino") porque la transformación a cristianos y quienes son los nazarenos a los cuales se refiere Epifanio ya en el siglo 4?


RESPUESTA:



Los judíos de Jerusalén designaron a los primeros seguidores de Jesús como “galileos” (Hechos 1,11; 2,7). Otra designación hebrea de los cristianos fue la de “nazoreos” (nazoraioí), que aparece por primera vez en Hechos 24,25 y que quedó como denominación de los judeocristianos, que luego se amalgamó con la de «nazarenos».

Para el origen del nombre, según el libro de los Hechos, vea por favor, Hch 11,25-26. Pero ya que “cristiano” es un adjetivo latino, aunque tenga una primera parte griega (cristo = ungido), parece evidente que ese apelativo no proviene de un uso cristiano en el Mediterráneo orientes, cuya lengua era unánimemente el griego, sino de un ámbito latino, por tanto de la policía del Imperio. Este adjetivo tuvo, pues, al principio un significado muy negativo.

Debió de difundirse también en regiones de lengua latina porque los primeros usos externos a los seguidores de Jesús los encontramos en Suetonio (Vida de Nerón16,3), en Tácito (Anales XV 44,2), y en Plinio el Joven (Carta X 96).

Los seguidores de Jesús, al ver que el adjetivo tenía éxito, lo incorporaron, pero dándole un sentido muy positivo e incluso glorioso. Así en las cartas de Ignacio de Antioquía, en las auténticas: Efesios 11,12; Magnesios 4; Romanos 3,2; Trallanos 6,1. Se cree que Ignacio el autor de la nueva palabra “cristianismo” a partir de este adjetivo injurioso (en Romanos 3,3). Igualmente el apelativo «cristiano» aparece luego en otros documentos del siglo II: Martirio de Policarpo 3; 10,1; 12,1-2; Didaché 12,4 Epístola a Diogneto: 1,1; 2,6 y 10; 4,6; 5,1; 6,1-9. La Primera carta de Pedro, recogida en el Nuevo Testamento, lo utiliza también y ya le otorga un matiz de título de gloria: “Pero si sufre por ser cristiano, no tiene por qué avergonzarse; que alabe a Dios por el nombre que lleva” (4,16).


Pregunta:


El otro día se suscitó una pequeña polémica entre catequistas sobre quién era el autor del evangelio de S. Juan. Recurro a su sabiduría para que, gracias a su amabilidad, pudiera enviarme información al respecto. Eternamente agradecido.



RESPUESTA:



Desde luego, hay un consenso, incluidos los críticos católicos, de que de ninguna manera fue su autor Juan hijo de Zebedeo, el apóstol.


Y hay otro consenso en que es el último de los evangelistas cronológicamente;


No hay consenso, pero es muy probable que el Evangelio de Juan conozca la tradición de los otros tres evangelistas (sinópticos) y que la relee, la reinterpreta y la reescribe.


Y hay consenso en que en este proceso intervinieron por lo menos tres o cuatro manos de gentes que pertenecían a un mismo grupo de interpretación místico-simbólico-histórica- protognóstica de Jesús


Pero como la cuestión es muy complicada y no puedo resolverla por este medio (miles de libros se han escrito sobre ello), le doy cuatro pistas en castellano:


Vea, si le es posible


1: Mi obra Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, Madrid 2006. 568 pp. ISBN: 84-8164-832-9. 2ª edición 2007. 3ª edic. 2008. 4ª edic. 2011.


2: El libro traducido por mí en Trotta: R. M. Brown, Introduction to the New Testament = Introducción al Nuevo Testamento. Madrid (Trotta), 2002. Pp. 1131. ISBN: 84-8164-537-0


3: Busque en Google Gonzalo Fontana Elboj, que ha escrito dos libros muy interesantes, súper, diría sobre el tema y que yo he comentado en el Blog, donde tiene también los datos de sus libros.


4: Busque también datos precisos en Internet, Senén Vidal (en Editorial “Mensajero”) “Evangelio y Cartas de Juan”. Yo he hecho igualmente una reseña en el Blog.



Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Domingo, 17 de Enero 2016
Escribe Gonzalo Fontana

Concluimos hoy con la solución al “enigma” propuesto ayer

A nuestro juicio, no otros que los que nosotros llamamos el Evangelio de Juan y el Evangelio de Lucas. Evidentemente, carecemos de pruebas que nos permitan considerar esta hipótesis una propuesta incontrovertible. Sin embargo, es muy de destacar que Papías solo menciona dos textos evangélicos: el de Marcos y el de Mateo. En cambio, nada parece saber de Lucas y Juan, textos, desde luego, ya existentes en su época. Ahora bien, esta ausencia no implica necesariamente que no tuviera noticia de ellos. Es posible que los conociera, pero que los denominara de otra manera, los libros de Aristión y Juan el Presbítero.

Así pues, según nuestra hipótesis, Papías conoce la existencia de cuatro textos evangélicos, los cuales, a diferencia de los autores posteriores, él no valora de la misma forma: hay dos (Mateo y Marcos) de origen antiguo y, por tanto, más fiables, en la medida en que remiten al testimonio oral; y otros dos (las obras de Aristión y Juan el Presbítero) que carecen de tal fiabilidad porque, amén de ser más recientes, no están basados en testimonios orales directos. Escritos acaso en un momento inmediatamente anterior a su propia generación, estos textos carecían, a sus ojos, de la antigüedad y venerabilidad para hacer de ellos documentos equiparables a los textos de Mateo y Marcos, sobre todo cuando en ellos no aparecían episodios y motivos que, transmitidos por los relatos de los predicadores ambulantes, le habían suscitado el más vivo interés. Mencionamos tan solo de pasada la parábola milenarista de las vides y las espigas (IRENEO DE LYON, Adversus Haereses V 33, 3).


En cualquier caso, con lo dicho consideramos que queda suficientemente apuntalada la hipótesis de que el texto que hoy denominamos Evangelio de Lucas es mencionado ya también por Papías —lo mismo podríamos decir del Evangelio de Juan—, y además que este circulaba en su ámbito atribuido no al Lucas neotestamentario, sino a un tal Aristión, del que nada más sabemos. De hecho, no vuelve a ser mencionado explícitamente por ninguna fuente de la Antigüedad. La única posible excepción sería el Aristón citado en las Constituciones Apostólicas, del siglo IV: “En Esmirna el primero [obispo] fue Aristón, después Estrataias, hijo de Loidos; y el tercero fue Aristón.” (VII 46, 8). Una simple lectura del pasaje completo demuestra que este no es sino una recopilación del conjunto de nombres que suministraban los antiguos textos cristianos para crear una serie ficticia de episcopados cuyo origen remontaría a épocas históricas remotas.


Pues bien, cinco o seis décadas después de la composición de la obra de Papías, Aristión y Juan el Presbítero ya habían sido olvidados por completo y la tradición eclesiástica, acaudillada por Ireneo, solo reconoce al apóstol Juan y al médico Lucas como autores de los evangelios. Nuestro desconocimiento de la historia del cristianismo en el s. II nos impide llegar a reconstruir con precisión las razones que llevaron a los dirigentes cristianos a arqueologizarlos y a atribuirlos a personajes de la primera época apostólica. Aunque, desde luego, no pudo ser ajeno el conjunto de controversias doctrinales que los rodearon. Cabe mencionar el caso del marcionismo, movimiento cuya dinámica particular involucró directamente al tercer evangelio. Quizás por ello, los dirigentes de las comunidades ortodoxas decidieran blindar su autoridad atribuyéndoselo a personajes de época apostólica (el médico Lucas; el apóstol Juan).


En conclusión: Papías conocía cuatro textos evangélicos, aunque no a todos les concedía el mismo valor; y de igual manera, el que nosotros conocemos atribuido al apóstol Juan, él se lo atribuía al presbítero Juan. El que nosotros conocemos atribuido al médico Lucas él se lo atribuía a un tal Aristión; y, finalmente, que, aunque este desconocido Aristión no sea el auténtico autor del texto, es, en rigor, un candidato muy verosímil a alcanzar tal condición.



Un cordial saludo a todos

Gonzalo FONTANA ELBOJ

Profesor Titular de Filología Latina
de la Universidad de Zaragoza
Viernes, 15 de Enero 2016
Escribe Gonzalo Fontana


Hoy quiero dedicar el espacio que tan amablemente me cede el Prof. Piñero a exponer alguna idea sobre la autoría de los evangelios de Lucas y de Juan; o, más bien, a tratar de reconstruir qué pensaba sobre esa cuestión un importante autor de la cristiandad primitiva: Papías de Hierápolis (¿hacia. 140?), escritor del que sólo han sobrevivido unos pocos fragmentos. El texto se puede encontrar completo en: G. Fontana, “La autoría del Evangelio de Lucas a la luz del fragmento 2 Lightfoot de Papías de Hierápolis”, en la obra colectiva, Otium cum dignitate, Universidad de Zaragoza, 2013, pp. 665-676.

No obstante, y antes de comenzar, deseo hacerle una pequeña precisión al prof. Piñero. Y quiero hacerla en público. En un par de ocasiones al reseñar mis trabajos, ha comentado que “está de acuerdo conmigo”. Pongamos las cosas en su sitio. Esa frase revela una modestia excesiva; pero sobre todo una gran generosidad. En realidad, soy yo quien está de acuerdo con él, que no es lo mismo. Mucho de cuanto he escrito evidencia una deuda indisimulable con el conjunto de su obra; y, sobre todo, con los principios metodológicos e intelectuales que la orientan. Y en ese mismo sentido, también he de reconocer pareja deuda con el prof. Montserrat Torrents. Quien no haya leído su Sinagoga Cristiana ha de hacerlo.

Dicho esto, volvamos, pues, a nuestro asunto. No es preciso insistir en que los textos evangélicos carecían de la más mínima indicación acerca de la identidad de sus autores. La primera referencia explícita a una autoría corresponde, en efecto, a Papías (EUSEBIO DE CESAREA, Historia Eclesiástica III 39, 16), quien alude a unos escritos de Mateo y a un texto de Marcos en el que éste habría redactado las enseñanzas de Pedro. En contraste, Papías no menciona a Lucas como autor de ningún texto evangélico; y, lo que es más, ni siquiera parece tener noticia de la existencia de un tercer —ni tampoco de un cuarto— evangelio. En cambio, unas décadas después, el canon Muratori y, por supuesto, Ireneo de Lyon, ya tienen establecidos los cuatro autores tradicionales, cuya autoría se mantuvo incólume durante largos siglos. Sin embargo, ya desde el s. XIX, la crítica ya desechó esas atribuciones. Eran textos anónimos sobre cuya autoría concreta era inútil indagar: “Es evidente que ninguno de los dos libros [Lc, Hchs], y todavía menos sus prólogos, pueden ser atribuidos a un escritor de época apostólica y, por tanto, a Lucas.” (A. Loisy, que dicho sea de paso, es uno de mis héroes intelectuales: por favor no se pierdan su maravillosa autobiografía Choses passées). Este sería, pues, el fin del proceso indagatorio. Sería imposible dar un paso más en busca de los autores de los evangelios. Ahora bien, una relectura de un fragmento de Papías puede contribuir a replantear de nuevo la cuestión:

“No vacilaré en ponerte ordenadamente con las interpretaciones todo cuanto un día aprendí muy bien de los presbíteros y que bien recuerdo, segurísimo como estoy de su verdad. Porque yo no me complacía (...) sino en los que enseñan la verdad; ni tampoco en los que recuerdan mandamientos ajenos, sino en los que traen a la memoria los que se han dado a la fe de parte del Señor y nacen de la verdad misma. Y si acaso llegaba alguno que había seguido también a los presbíteros, yo procuraba discernir las palabras de los presbíteros: qué dijo Andrés, o Pedro, o Felipe, o Tomás o Santiago o Juan, o Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor, y qué dicen Aristión y el Presbítero Juan, discípulos del Señor, porque yo pensaba que no me aprovecharía tanto lo que sacara de los libros como lo que proviene de una voz viva y perdurable.” (EUSEBIO DE CESAREA, Historia Eclesiástica III 39, 3-4)

Pues bien, antes de nada, es preciso señalar que el texto presenta, a mi juicio, una evidente corrupción, ya que no tiene sentido denominar “discípulos del Señor” al desconocido Aristión y al “presbítero Juan”. No tanto porque ninguno de ellos forme parte de las listas apostólicas, cuanto por el hecho de que, como veremos, la propia lógica interna del texto obliga a considerar que, en la mente de Papías, forman parte de una categoría distinta a la de los discípulos directos del Señor. Más aún, es esta falla textual la que nos permitirá adentrarnos en el análisis del texto. Examinemos la cuestión. Perteneciente seguramente al prólogo de su obra, el fragmento de Papías trata de justificar la solidez del mensaje que va a transmitir a su destinatario; y, para ello, decide apoyar sus enseñanzas en las que él mismo recibió de ciertos predicadores que, a su vez, las habían recibido de los presbíteros, la generación que pudo oír a los discípulos directos del Señor. Esta idea de transmisión oral directa es la garantía de la continuidad e integridad de un mensaje transmitido de generación en generación: 1. El Señor 2. Los discípulos del Señor 3. Los presbíteros 4. Alguno de los que había seguido a los presbíteros 5. yo (Papías) 6. tú (el destinatario de la obra).

Papías considera que el mensaje se ha mantenido inalterable hasta él, no solo debido a sus propias capacidades personales, sino, sobre todo, porque este ha sido transmitido de viva voz, lo cual garantiza un mensaje vivo y perdurable. En contraste con nuestro mundo, más proclive a conceder mayor autoridad y fundamento al texto escrito (documento, fuente, lo llamamos) que a la palabra oral (tildada de rumores, leyendas populares, etc…), Papías vive todavía en una realidad en la que esta última es el auténtico punto de partida de su experiencia religiosa. El relato de Jesús no le llegó a través de la meditación personal que le hubiera procurado una lectura solitaria e intelectualizada, sino a través de la predicación de unos misioneros que daban cuenta de cómo los acontecimientos que narraban habían transformado sus vidas. En ese contexto mental, los textos escritos serían, más bien, meros apoyos de la predicación oral. No es, pues, casual que Papías establezca una comparación entre libros y palabra viva. Los libros, al haber podido ser escritos por cualquiera, no son tan fidedignos como la propia predicación oral. Por ello, emprendió la tarea de tratar de discernir con la máxima exactitud quién había dicho qué. Y es que, al parecer, los relatos orales no coincidían del todo con lo transmitido por Aristión y Juan el Presbítero. Obsérvese que la estructura del párrafo está organizada en torno al “y” (“te” en gr.), que marca los dos miembros de la polaridad establecida por Papías:

“Decidí distinguir entre”

1: Las palabras de los presbíteros: que reproducían las de los apóstoles, Pedro, Juan etc…
[y] (te)
2. Los relatos de Aristión y Juan el Presbítero

Obsérvese que los tiempos verbales de cada uno de los dos miembros son distintos. De un lado, el aoristo eipen, «dijo» que se formula en relación con las palabras de los apóstoles (m. 1), denota que estas pertenecen a un tiempo que el autor da por pasado. En cambio, los relatos de Aristión y Juan el Presbítero (m. 2) están marcados por un presente légousin (“dicen”), lo cual evidencia que ambos segmentos están claramente separados en la percepción temporal del redactor del texto. De ahí que, a mi juicio, resulte imposible asumir que Papías hubiera denominado a estos dos personajes “discípulos del señor”. Por tanto, el sintagma ha de ser considerado, al menos a nuestro juicio, como una corrupción textual.


En definitiva, Papías tuvo acceso a dos tipos de fuentes doctrinales: de un lado, los predicadores ambulantes sucesores de los presbíteros; pero, de otro, también tuvo acceso a algunos libros: en concreto, a las obras de Juan el Presbítero y a las de Aristión. Y ante las discrepancias, se vio en la necesidad de elegir entre las versiones que le suministraba el recuerdo vivo de quienes habían convivido con él y las informaciones que le suministraban unos textos que se le antojaban fríos y carentes de contextura vital. Según esto, la estructura de la última frase del texto es de carácter quiástico (cruzado), en la medida en que el concepto “voz” va claramente asociado al ámbito de la predicación de los predicadores ambulantes y el de “libros” al de Aristión y Juan el Presbítero:

Los Presbíteros --------------------------------- la voz viva y perdurable
Aristión y el presbítero Juan ----------------- los libros

Ahora bien, ¿cuáles eran los perdidos libros de Juan el Presbítero y de Aristión?

Mañana, la solución.


Saludos cordiales de Gonzalo FONTANA ELBOJ

Profesor Titular de Filología Latina de la Universidad de Zaragoza



Jueves, 14 de Enero 2016
Hoy escribe Fernando Bermejo

El judaísmo es habitualmente comprendido, a nivel popular, como un monoteísmo estricto a lo largo de toda su historia (el lector recordará al respecto el desvelamiento de los errores y disparates del libro Necesario pero imposible de Javier Gomá Lanzón, efectuado en una serie previa de este blog algunos meses ha). En esta comprensión del judaísmo antiguo, los procesos de deificación que se producen en el contexto de esta religión permanecen, comprensiblemente, ininteligibles.

El caso más conspicuo es el del predicador galileo Jesús hijo de José, que en algunas corrientes de la secta judía de los nazoreos, más tarde evolucionada hasta convertirse en la religión autónoma del cristianismo, llegó a ser venerado en términos exaltados, hasta la divinización.

Ese proceso de inflación del personaje ha sido explicado de diversos modos en la historia de la investigación, produciendo diversas hipótesis en función de los principales contextos que se han tenido en cuenta (tradiciones judías, religiones grecorromanas).

Recientemente, y con el retraso que casi inexplicablemente caracteriza a ciertas publicaciones españolas, ha visto la luz un artículo del que suscribe que proporciona un panorama de la investigación en el último siglo (desde la obra de Wilhelm Bousset, Kyrios Christos, hasta la actualidad), identificando y examinando las principales explicaciones de la génesis del proceso de divinización de Jesus en los contextos judío y grecorromano. El artículo será accesible en mi página de academia.edu en los próximos días.

El artículo ha sido descargado. Aquí va el enlace:

https://uned.academia.edu/FernandoBermejoRubio

Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 13 de Enero 2016
Escribe Antonio Piñero




Pregunta:



¿Qué relación hay entre Trotta y la Masonería ? (pues lo he visto en videos junto a ellos y a su Director editorial). ¿Puede ser interés de Trotta publicar libros disolventes del cristianismo? Le aclaro que conozco poco de esa editorial, pero veo que publica bastante sobre temas cristianos, sobre todo a una parte del clero progresista de España. Hay acaso una guerra encubierta o un simple asunto comercial ? (o es que ahora la Masonería es parte de la Iglesia Romana ?)

Finalmente, le preguntaría a los Alvarez Valdes cómo hacen para mantener la fe después de haber pasado por tanta exégesis crítica ?


Respuesta:


Respecto a Trotta: ninguna relación estricta, más que trato cordial. Lo mismo me pasa a mí. La masonería hoy –y en gran parte también antes—es una asociación fraternal para el aumento de la vida espiritual y social. Como le he dicho a ellos varias veces, los masones me parecen hoy día tan inofensivos como un catedrático de universidad jubilado. Por lo menos en Gran Logia de Madrid hay entre los “hermanos” masones un afecto y camaradería que no he visto en ninguna otra asociación. Y difunden en sus templos, que utilizan como salas de conferencia cuando se tercia, mucha cultura “espiritual” aunque no sea exactamente de su signo. Ellos saben que yo soy un agnóstico respetuoso, pero me toleran y me han invitado a veces a disertar sobre temas que les interesa como la gnosis antigua y el gnosticismo. Y también, si tengo algún libro nuevo, me ofrecen su sala para hacer una presentación. ¿Qué más puedo pedir? Son muy buenos amigos de sus amigos.


Trotta no tiene el menor interés en disolver el cristianismo, por la sencilla razón que el director es cristiano cultural, conoce muy bien los valores sociales cristianos, y los aprecia. El cristianismo no le es indiferente, ni mucho menos Pero la Editorial sí tiene interés en promover libros científicos de historia del cristianismo –y de otras religiones-- que ayuden a liberarse de una perspectiva poco científica, inmovilista, demasiado tradicional, que se contenta con lo meramente recibido. Ante todo quiere promover la comprensión en hondura del fenómeno religioso.


Y respecto a sus otras preguntas: No hay guerra ni trato comercial., ni poderío de Roma, ni la masonería es parte de la iglesia de Roma… Puras fantasías…bulos y mitos, No creo necesario gastar ni un segundo en desmontarlas.


Y sobre los «Álvarez Valdés» que en el mundo haya: habrá que preguntarles uno a uno. Respecto a mí ya sabe: soy un (modesto) filólogo, racionalista, escéptico y agnóstico.
Áriel Álvarez Valdés es un hombre que sabe mucho y es muy accesible. Hay fácil posibilidad de contactar con él.



Pregunta:


Le ruego me aclare si el planteamiento que hace Daniel Quinn en su novela «La historia de B», es acertado o un invento novelesco; verá que dice que siendo los judíos anteriores a Jesús los mitologistas más poderosos de su tiempo, además del mito del mesías como paladín de Dios crearon también el mito del anti-mesías como paladín de Satán. Se lo pregunto porque a mí hasta ahora no me constaba que fueran los judíos anteriores a Jesús lo que crearon el mito del anti-mesías, sí que lo hicieron los cristianos llamándole «anticristo»; pero repito, un anti-mesías judío, no lo he leído nunca salvo en el susodicho libro.


Sé y usted efectivamente lo mantiene en su artículo, «El diablo en la historia», que «los escritores bíblicos dejan traslucir la existencia de un “anti-Dios” que se opone a los designios de él», como también tengo más o menos conocimiento de que solo en dos textos tardíos del A.T., el libro Primero de Crónicas, 21, 1 (s. IV a.C.) y Eclesiástico 21, 27 (s. III a.C.) “Satán” pasa a ser sinónimo del instigador del pecado o tentador anti-Dios; pero es la primera vez que me topo con eso de un “anti-mesías” en el judaísmo. De ahí que recurra a su autoridad, para que me aclare si eso es así o es pura invención de mister Quinn.



RESPUESTA:



No conozco ese libro, y creo, por lo que me dice, que no voy a perder el tiempo en leerlo. Estoy de acuerdo con Usted: no conozco texto alguno judío, precristiano, que hable de la figura humana del antimesías. Naturalmente, el enemigo del mesías es el mismo que el de Dios: Satanás y sus huestes. En un texto tan profundamente judío, por una parte, como el Apocalipsis (pero ya es cristiano también, por tanto no vale como respuesta) aparece claro que el antimesías no es más que –satanás y sus encarnaciones el Imperio Romano y Pseudo Profeta que hace propaganda de este Imperio.


Pregunta:


Quiero regalar su novela “Herodes el Grande” pero este libro (titulo) esta agotado. Creo que se publico tambien con otro nombre, pero no recuerdo cuál. ¿Seria vd. tan amable de decirmelo, para ver si lo encuentro con esa nueva denominacion?


RESPUESTA:


A veces ocurre que, aunque la edición no esté agotada de hecho, las librerías, al no encontrarlo
fácilmente, dicen que tal libro u otro está “agotado” o “descatalogado”. El otro título de (de la editorial desaparecida Bell Book, de Orense) era “La Puerta de Damasco”


Se me ocurren dos cosas: la primera ponerse en contacto con la Casa del Libro (Página Web), que creo que tiene algún ejemplar de “Herodes el Grande”.


Segundo, ponerse en contacto con la empresa de distribución “Logintegral” que distribuyó la tercera edición para la Editorial Esquilo (también desaparecida) y preguntarle si le queda algún ejemplar.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Martes, 12 de Enero 2016

Escribe Antonio Piñero

Pregunta:


Me gustaría pedirle su opinión, sin hacerle perder el tiempo, sobre dos publicaciones de la BAC que estoy leyendo y estudiando en estos momentos: una de las obras es la Biblia comentada por los profesores de Salamanca, de los años sesenta, y la otra es la edición bilingüe del Nuevo Testamento Griego de José O´Callaghan. Me gustaría que me diera usted una valoración general sobre qué le parecen ambas obras.


RESPUESTA:


1. Ese comentario fue bueno en su tiempo. Pero hoy está totalmente desfasado. Vea buenos comentarios (en español) en los catálogos de la Editorial Sígueme, buscando por obras concretas de la Biblia.


2. El Nuevo Testamento trilingüe de O’Callaghan está basado sobre todo en la edición ecléctica de J. Marcos Bover. Es cómodo tener el griego/ español/ latín. Pero si quiere estudiar algún texto en concreto en griego ha de ir necesariamente a Nestle-Aland 28: Novum Testamentum graece», publicado por la editorial Deutsche Bibelgesellschaft, de Stuttgart en 2012, elaborado por un equipo muy numeroso bajo la dirección de Holger Strutwolf. De hecho este es la edición que seguimos, aunque no esclavamente, a veces elegimos otras variantes (pero que están ofrecidas por la edición misma y por ello aparecen en el aparato crítico de variantes al final de cada página) para nuestra versión/edición y anotación-comentario de los “Los libros del Nuevo Testamento”, el vol. primero que parecerá en el 2017, deo favente, de la “Biblia de San Millán”.




Pregunta:


¿Qué otras cosas podrían haber leído los cristianos primitivos como Sagradas Escrituras?



RESPUESTA:



Muy probablemente libros de piedad o de teología que se creían, de verdad, escritos por los antiguos profetas o patriarcas, como el Libro de los Jubileos, Libro primero de Henoc, Libro de Adán y Eva, Oráculos Sibilinos falsificados, Salmos (espurios) de Salomón, etc. literatura que se conoce como “Apócrifos del Antiguo Testamento” (para informarse, vea mi Página Web, sección de “Libros”). El canon de Escrituras todavía no estaba formado del todo.



Pregunta:


¿Qué evangelio era más popular entre los cristianos primitivos, Pedro o Marcos?


RESPUESTA:


Ninguno de los dos. El Evangelio de Mateo y con gran diferencia (como de 8 a 1). Lo sabemos por el número de citas de los Santos Padres, y la razón es doble: se creía que era el primero que se había escrito e informaba más de la doctrina de Jesús.


Pregunta:


Si Ud. fuera tan amable. Tengo una duda si la ceremonia del pan y el vino ya existía antes del señor Jesucristo. De antemano, gracias por su atención.


RESPUESTA:



Como tal, con rasgos absolutamente parecidos, no existía en el mundo grecorromano o judío. Pero sí existían ceremonias análogas, que algunos podían confundir con la eucaristía cristiana, tanto que desde Justino Mártir (hacia el 150) se pensaba que el Diablo las había inventado previamente para que todos pensaran que la eucaristía era un mero plagio. Por ejemplo, se mostraban granos de trigo y a veces un pan bebía en los misterios de Deméter y Perséfone en Eleusis una bebida sagrada denominada “kykeón”, o ciceón, bebida compuesta de base agua, harina de cebada y poleo.


La ceremonia de pan y vino (en orden invertido) corresponde a todo banquete un tanto solemne en el ámbito judío (y se denominaba qiddush). Un ceremonia parecida (no sabemos si ha recibido influencia cristiana en el estado actual del texto) es la “Novela de José y Asenet”, que creemos del siglo I d.C. Vea en el Blog (busque Asenet) una serie dedicada a esta novela.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Lunes, 11 de Enero 2016
Escribe Antonio Piñero


Pregunta:


He tenido conocimiento de Ud. y de esta “página” al seguir en Youtube su conferencia sobre Cristianismo y Gnosticismo de, creo, 2014 y me dirijo a Ud en primer lugar porque, creo que sé apreciar su trabajo como historiador del Cristianismo y, por ello, porque \"me he quedado con las ganas\" de hacerme una opinión sobre su propia orientación espiritual. No quiero parecer indiscreto por esto y si lo pareciera, considere que acepto anticipadamente que, sin mas, no me responda este correo. Verá, yo (66 años) después de dar muchos tumbos buscando unas referencias que encajaran con mi experiancia (Tanto de lo que percibo con mis cinco sentidos como de lo que intuyo con mi mente - No con mi razón) he concluido que \"debo ser\" gnóstico. Fundamentalmente porque experimento (No porque crea) que mi contacto con la Realidad Infinita (Así llamo yo a lo que solemos llamar Dios) solo puedo relizarlo sin intermediaros de ningún tipo; He visto que solo lo que yo pueda conocer directamente de Ella me puede serme, mas o menos, suficiente. Incluso, porque no me parece posible que la percepción de la Realidad Infinita de dos cualesquiera seres humanos pueda ser idéntica. Y, una acotación sobre el Gnosticismo posterior al siglo IV-V. Sí hay gnosticismo hoy, probablemente tan abierto como el del siglo I. Carl Gustav Jung (El peculiar psicólogo) es una buena referencia de esto. Y esto es todo, sinceramente agradecido por la difusión de aspectos relevantes del contenido de una vida de trabajo en su conferencia.



RESPUESTA:

No, no soy gnóstico, que significa “conocedor” (de lo oculto). ¡Qué más quisiera! Me defino siempre como “Filólogo, racionalista, escéptico crítico y agnóstico respetuoso”. A-gnóstico es justamente lo contrario de gnóstico. Admito que tengo pocas certezas, o casi ninguna, en casi todo. Y lo principal, que me han preguntado muchas veces: no puedo probar que Dios exista, y no puedo probar que Dios no exista. Y casi estoy seguro, casi, que ese Dios –el Dios tradicional que me enseñaron en casa y en el colegio– no existe. Así que, sabiendo que no puedo resolver estos problemas, ¿qué puedo hacer? ¿Qué hace una persona sensata que sabe que tiene “en sus manos” un problema irresoluble? Pues lo mejor es no quebrarse la cabeza, “tomar” el problema, ponerlo en un “cajón” y cerrarlo.




Pregunta:


Mi consulta es simple: existen inmunerables pasajes bíblicos que hablan de la prosperidad para los hijos de Dios, dando a entender que la pobreza no es pecado pero que tampoco es la voluntad de dios que pasemos necesidades. Toda esta linda perspectiva se trunca con el ideal de pobreza que Jesús practicó. Ideal que propone mucho la iglesia Católica. Mi pregunta es si de verdad la visión global de la biblia es la pobreza como ideal para cada persona.


RESPUESTA:



En líneas generales, la pobreza en todo el conjunto de la Biblia no es ningún objetivo. Sí existe, sin embargo, en el judaísmo bíblico y en el de los Apócrifos del Antiguo Testamento el concepto de pobres de Yahvé, o anawim en hebreo (consulte un buen diccionario bíblico como el de Editorial Clíe, que no significa nunca un amor a la pobreza en sí, sino al desligamiento del alma de ataduras materiales para ligarse totalmente a la Torá, donde se expresa la voluntad de Dios.


En el Nuevo Testamento (Mateo 5,3) y en Qumrán (por ejemplo, Regla de la Guerra XIV 7) el pobre de espíritu tiene el mismo significado. Y eso es lo que exige Jesús: apertura de corazón absoluta para oír y poner en práctica con el arrepentimiento el mensaje de Jesús de la inminente llegada del reino de Dios. Por ello Jesús evita grandes aglomeraciones, es decir, ciudades populosas, porque el “espíritu de este siglo”, el amor por las riquezas ahogan la Palabra (parábola del sembrador).


Pero en el mundo futuro, simbolizado por el banquete mesiánico, Jesús promete a sus seguidores: “Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, 30 quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna (Marcos 10,29-30). Por tanto en el mundo futuro = reino de Dios habrá enorme cantidad de bienes materiales para los que entren = los declarados justos en el Juicio Final, y no solo espirituales.


Pregunta:


Le sigo desde hace un tiempo a traves de sus obras y de algunas de las conferencias y charlas que ha ofrecido en tan numerosas ocasiones. Me gustaría que me recomendara alguna obra en español o en ingles de caracter exegético ( de creyentes y no creyentes ) acerca de la autenticidad de las escrituras y también acerca de la resurrección de Jesucristo. Y otra pregunta, ¿ Que opinion le merecia el profesor F.F. Bruce ? ¿ Le parecia un escritor de referencia ?


RESPUESTA:


El tema la autenticidad de las Escrituras es tan amplio que está tratado en todas partes y creo que en ningún libro serio de exegetas serios que trate de este tema en sí. Hay que hablar de inspiración, canonicidad, recepción hoy día, etc. Busque en Internet a ver si encuentra algún tratado clásico sobre la inspiración de las Sagradas Escrituras en general, típico de los Seminarios de formación de sacerdotes o de Universidades Pontificias.


Sobre el tema de la resurrección: el libro más cáustico, desde el punto de vista de un profesor de teología (protestante), es el de Gerd Lüdemann (consulte detalles en Google).

F.F. Bruce sí es un autor de referencia.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Domingo, 10 de Enero 2016
Escribe Antonio Piñero

Pregunta:


Primero, cuál es la cronología más aceptada de los profetas según los académicos hoy día en relación con la redacción posterior de la Torá?


Y segundo, he leído en alguna parte -me parece que de algún grupo cristiano ahora pretendido judío- que los primeros discípulos de Jesús no fueron llamados realmente Cristianos o Mesianistas como título distintivo en el siglo I E.C. pues ser mesianista era algo común dentro del ámbito de los judíos observantes, como entre los Esenios y los Fariseos, entre otros muchos, que eran también mesianistas. Estos han planteado que en los Códices griegos más antiguos, el Sinaítico y el Vaticano del siglo IV, se puede notar que el término Christianos (Cristiano, Mesiánico o Mesianista) no aparece, sino que en su lugar los Códices usan otros términos griegos como Chrestianos (en el Códice Sinaítico) y Xreistianos (en el Códice Vaticano) ambos términos provenientes de chrestós que significa básicamente 'Bondadoso' o 'Bueno', siendo llamados entonces "los bondadosos" o "piadosos". Me ha parecido risible esta hipótesis y sin fundamento histórico ninguno, pero en efecto me parece que Chreistianós y Christianós son dos palabras distintas. Con sus conocimientos en filología, por favor ilumíneme un poco en esto.



RESPUESTA:


1. Desde el siglo VIII a.C., partes de Isaías y Oseas, hasta el siglo II a.C. Daniel.


2. La hipótesis es ciertamente risible. Pero, a la vez también es posible que Chreistianós y Christianós no seann dos palabras distintas, pues ee trata de meras diferencias ortográficas entre los copistas. El problema para ellos es que desde el siglo III a.C. (sic) comenzaron a perderse las diferencias entre vocales breves y largas; se perdió también la diferencia entre /e larga/ e /i/; se diptongaron en /i/ los diptongos /oi/ y /ei/.


Por ello, los copistas se equivocan continuamente. Las diferencias de ortografía son tan numerosas entre los manuscritos que es posible que pasen de 300.000 entre los aproximadamente 5.000 manuscritos y leccionarios que tienen los evangelio, todo el Nuevo Testamento (muy pocos) o una obra, u obras varias del Nuevo Testamento.


Según Josep Montserrat, Tácito afirma que «La gente los llamaba chrestianos» (Anales XV 44,2), y luego rectifica el error: no son «chrestianos», sino «c(h)ristianos», puesto que su nombre viene de un tal «Cristo».


Pregunta:

Sucede que por internet está circulando mucho una supuesta traducción del Padre Nuestro en arameo. A mí me queda claro que es falsa la historia, como muchas cosas que se difunden en internet, y que mas parece una oración tipo"new age" que otra cosa, pero me gustaría estar mas informado y por eso recurro a un erudito en estos asuntos como Usted. Ojalá me pueda responder, sé que si tiempo es muy valioso pero estaría bien hacer un desmentido de esta historia que mucha gente se esta creyendo.


RESPUESTA:


No haga caso en absoluto de semejantes tonterías. Es evidente que la lengua materna de Jesús era el arameo, pero no se ha descubierto absolutamente nada respecto a ninguna fórmula del Padrenuestro. En todo caso podría ser algún resto de papiro procedente de Egipto. Sería algo tan sensacional que el mundo científico lo habrá ya valorado. Es un bulo carente de interés científico.



Pregunta:


Dónde puedo encontrar la tercera carta a los corintios para leerla y guardarla? Por favor.



RESPUESTA:


En la edición de los "Hechos Apócrifos de los Apóstoles", Hechos apócrifos de Pablo y Tecla", que es el volumen II de la edición. Editorial BAC, Madrid, 2005, nº 656.
Para mayor información, vea, por favor, mi Página Web (www.antoniopinero.com) y busque en “Obras” y tendrá probablemente lo que necesite.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Viernes, 8 de Enero 2016
Escribe Gonzalo Fontana

Universidad de Zaragoza



Hemos advertido de antemano de que sólo vamos a dar cuenta de una parte de la argumentación, podemos pasar a nuestro examen centrándonos sólo en los aspectos que podemos tratar sin recurrir a impertinentes tecnicismos. Y para ello nos vamos a dejar guiar por dos ilustres especialistas, A. N. Sherwin-White y R. Syme, quienes, orillando otras cuestiones, se detuvieron en la datación del famoso censo, problema respecto al cual ofrecieron dos soluciones muy distintas. Así, Syme, (1984), “The Titulus Tiburtinus”, en: A. R. Birley (ed.), Ronald Syme, Roman Papers III, Oxford, pp. 870-886, atribuyó el origen del yerro a la vaguedad con que se recordaban los acontecimientos de la historia del judaísmo palestinense. Se trataría, pues, de un mero error cronológico, fruto del simple desconocimiento; en cambio, según Sherwin-White (1963, “Quirinus, a note”, en: Roman Society and Roman Law in the New Testament, Oxford, pp. 162-171), la fecha lucana se debía a un intento consciente de rechazar “la tradición que sigue Mateo, la cual relacionaba el nacimiento de Jesús con Herodes y Arquelao” ( Mt 2, 22).


Y no es inverosímil que sea así: los textos cristianos primitivos constituyen la materialización de las creencias y las inquietudes de las comunidades que los produjeron; y no sería imposible que, en este punto, la comunidad lucana quisiera marcar su identidad respecto a la de Mateo, caracterizada por un indisimulado judaísmo. En efecto, el autor lucano y los destinatarios de su grupo constituían, a fines del siglo I, una facción excéntrica en el cristianismo de su época. En un movimiento que, inicialmente, había tenido una indudable impronta judía, ellos constituían la avanzada de lo que sería el cristianismo del futuro: una religión formada por gentiles, más sensibles al contexto romano al que pertenecían que al pasado judío de los grupos representados por un Jesús perseguido por Herodes, personaje que, de hecho, no tiene ningún papel en el tercer evangelio. De ahí que ubicaran a su mesías en unas coordenadas completamente distintas a las de los relatos judaicos de Mateo.


Y lo que es más, un mensaje interpretable en términos políticos acaso resultase peligroso, ya que podría despertar el inquisitivo interés de las autoridades romanas. Los fieles de su comunidad, desprotegidos de la protección jurídica de la sinagoga, tenían que transitar por su realidad con más precauciones que sus coetáneos judíos —los fieles del grupo antioqueno de Mateo todavía lo son y gozan de ciertas inmunidades— y tenían que ser más cautelosos en sus manifestaciones ante el poder romano. Así pues, y aunque seguía ostentando el título davídico, de indudables resonancias nacionalistas (p. ej. Lc 1, 32; 1, 69), el mesías de Lucas se manifestaba mucho más capaz de dialogar con Roma que en décadas anteriores.


Y para ello, el autor del tercer evangelio recurrió —así lo he sostenido en algún trabajo reciente— a un argumento de corte histórico muy sutil, pero altamente significativo para sus contemporáneos: subrayar las diferencias entre Jesús y el resto de los mesías palestinenses; en particular, Judas el Galileo, el más importante de los levantiscos insurrectos judíos del siglo I, personaje al que él conoce muy bien, tal como evidencia su propia mención en los Hechos de los apóstoles:

Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Porque hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que le seguían se disgregaron y quedaron en nada. Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que le habían seguido se dispersaron. (Hechos 5, 35-37)


Más allá del craso error de ubicar a Teudas en una fecha anterior a Judas el Galileo —Josefo, mejor informado, lo data entre el 44 y el 46 d. C. (AJ XX 97-99)—, resulta muy significativo que el autor del texto conecte a este Judas con un censo que no puede ser otro que el de Quirino. En efecto, la enfática expresión “en los días del empadronamiento” da a entender que el autor y sus destinatarios no conocían ningún otro censo. Esto es, y según mi hipótesis, el evangelista estableció en su mente un triángulo formado por los siguientes elementos: el mesías Judas, el censo del año 6 (que él, poco escrupuloso con las cronologías, había situado en época de Herodes) y el mesías Jesús. Al fin y al cabo, si fue capaz de desplazar 45 años a Teudas, ¿por qué no iba a mudar 12 o 14 años el censo sirio?


La lectura de la obra de Flavio Josefo evidencia el efervescente estado de agitación política en el que vivía la Palestina del siglo I, agitación que, por supuesto, se canalizaba a través de la periódica actuación de líderes político-religiosos que incorporaban, de una manera u otra, indiscutibles rasgos mesiánicos. La lista de estos personajes es muy amplia y el interesado podrá hallar cumplida referencia sobre la cuestión en el minucioso trabajo de L. Miralles Maciá (“La figura del mesías según los historiadores judeo-helenísticos, Filón de Alejandría y Flavio Josefo”, Sefarad: Revista de Estudios Hebraicos y Sefardíes, 64.2, pp. 363-395). Por supuesto, Josefo jamás los denomina “mesías”; y, en cambio, multiplica contra ellos los calificativos de “salteador”, “embaucador” o “mago”. Sin embargo, lo cierto es que estos individuos asumían en sus manifestaciones y comportamiento las características que las sucesivas profecías del pasado judío habían ido atribuyendo a la misteriosa figura del Salvador, en particular la condición regia. Basten dos ejemplos: así, Manahem, uno de los líderes de la revuelta judía del a. 66, quien era hijo o nieto de Judas el Galileo, “… había subido a rezar [al Templo] con su actitud arrogante y vestimenta real.” (Guerra de los judíos II 444). Y de la misma manera, también es posible que se autoproclamara mesías Simón bar Giora, otro de los jefes de los sublevados en la Primera Guerra Judía, quien se entregó a los romanos en el Templo revestido de la púrpura real (Guerra de los judíos VII 29).


Pues bien, el más importante de estos rebeldes fue, como decimos, Judas el Galileo, hijo del jefe de una banda de insurrectos, que encabezó una revuelta contra Roma que tuvo en jaque a las autoridades durante largo tiempo. Y el motivo que desató su movimiento fue precisamente el censo tributario del año 6 (AJ XVIII 1, 4-5; asimismo, Guerra de los judíos II 56). Según Judas, los judíos no podían reconocer a otro rey que Yahvé, ni debían pagar sus impuestos a los romanos. No sabemos de su fin, pero sí que sus hijos continuaron su lucha y que dos de ellos, Simón y Jacobo, fueron crucificados en 46-48 por el procurador Tiberio Alejandro (Antigüedades de los judíos XX 5, 2). De igual manera, otro de sus descendientes, Eleazar ben Ya'ir, comandó la última y desesperada resistencia en Masada contra los romanos. A poco que meditemos sobre los datos que acabamos de presentar nos hallamos ante una familia que, al menos durante cuatro o cinco generaciones, se halló en el centro de las operaciones mesiánicas destinadas a emancipar Judea del yugo romano.


Así pues, el autor lucano no consideraba el censo augusteo un mero dato cronológico, ni tampoco una simple operación midrásica para dar cumplimento a las profecías veterotestamentarias. Su propósito era, sobre todo, establecer una inequívoca diferenciación entre Judas, el feroz enemigo de Roma, y Jesús, quien comienza su vida sometiéndose al censo, justo al contrario que el maléfico y violento cabecilla galileo. La alusión, pues, está destinada a caracterizar a su mesías, haciendo de él una figura más asumible por sus destinatarios gentiles, poco sensibles a las inquietudes nacionalistas judías; y, sobre todo, menos conspicua ante las autoridades romanas. Así, el tercer evangelio da cuenta de un Jesús mucho más espiritual, humanitario y desligado de los conflictos terrenos y políticos, lo cual no es incompatible con la innegociable radicalidad de su propuesta ética.


Éste es el argumento fundamental que justifica la existencia del extraño, y nunca emitido, decreto de Augusto del tercer evangelio. Cuestión secundaria es si su autor decidió datar el nacimiento de Jesús a sabiendas del piadoso enredo literario que estaba propiciando, o si, como mantiene Syme, su yerro fue fruto de la simple ignorancia, disyuntiva que, en el fondo, es poco relevante. Lo importante es que, con su escueta referencia al príncipe, lograba enviar al “muy poderoso Teófilo” (krátiste Theóphile), esa misteriosa figura que personaliza el poder romano en su obra, un mensaje inequívoco sobre las pacíficas intenciones de su grupo; y, para ello, no dio con mejor expediente que conectar a su mesías con un personaje de cuya voluntad tenemos hoy la constancia más tangible: dos décadas antes de que aquel lejano e ignoto faccioso galileo hiciera frente al poder imperial, al otro extremo del mediterráneo, Gaius Iulius Caesar Octavianus Augustus había fundado —y esta vez sí había mediado aquí un edicto auténtico— la colonia Caesaraugusta, la ya vieja ciudad de Zaragoza.


A este propósito he escrito otro pequeño trabajo que cito por i a alguien le interesa:

FONTANA ELBOJ, G. (2014), “Falsificación histórica y apología mesiánica en el cristianismo primitivo”, en F. Marco, F. Pina, J. Remesal (eds.), Fraude, mentira y engaño en el mundo antiguo, Universidad de Barcelona, pp. 9-37.

Saludos cordiales de

Gonzalo Fontana
Jueves, 7 de Enero 2016
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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