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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
El Jesús recordado tiene muchas caras.   “Jesús y la resistencia antirromana” (LXX)
 Foto: Claude G. Montefiore. Este autor, judío inglés, inicia desde el siglo XIX una cadena de estudiosos judíos que recuperan la figura de Jesús para el judaísmo, que hasta ese momento lo consideraba como un proscrito absoluto.
 
Escribe Antonio Piñero
 
Escribíamos ayer que no hay razones contundentes para rechazar la hipótesis de un Jesús sedicioso. Hoy añadimos otra idea: es cierto que la tradición, o la denominada “memoria social” del pueblo judío de la época de Jesús nos ha transmitido también otra faceta suya: un personaje que exhortó a no practicar la violencia, un “Jesús pacifista”. La pregunta es: ¿No será posible que las dos facetas correspondan al mismo personaje y que las dos sean auténticas? ¿No parece metodológicamente sano, si aparecen con fuerza las dos perspectivas en la historia de la tradición, intentar dar explicaciones de las dos (el Jesús pacifista y el Jesús llamémosle violento)?
 
F. Bermejo en la parte conclusiva de su largo artículo/ensayo concluye que la vida de Jesús pudo reflejar dos “trayectorias divergentes”, pero las dos verdaderas. Y en ese caso, la tarea del historiador sería dar razón de ambas, no de una sola:
 
“En vez de escoger una de esas trayectorias y rechazar la otra totalmente (el  caso “normal” consiste en admitir solo los textos que apuntan a un Jesús pacifista y rechazar la cadena de textos que señalan la existencia de un Jesús sedicioso), ¿sería posible proponer un Jesús que haya sido capaz de producir “refracciones divergentes” de una misma trayectoria? En estas circunstancias, es decir, dado que la tradición nos proporciona textos de una y otra trayectoria, la tarea histórica general consiste en considerar lo que podría haber sucedido en el pasado para producir las diferentes trayectorias que existen, en lugar de elegir una corriente de la tradición como fuente confiable de información histórica y rechazar la otra” (p. 98).
 
El historiador puede pensar, por ejemplo, que las diversas circunstancias de la vida pública de Jesús le llevaron en unos momentos a adoptar una actitud, pacifista, y en otros a manifestar otra actitud propensa a la violencia y al rechazo de los enemigos, que no solo lo eran de la nación, sino también de la religión nacional. También podemos pensar que –dependiendo de las circunstancias, o de los posibles adversarios que tuviera delante– una u otra actitud podría ser percibida por su público como no contradictoria, o bien que una u otra actitud podía presentarse según el tipo de público que lo estuviera oyendo.
 
En este lugar cita F. Bermejo algunos autores modernos que han ensayado este método de explicar las dos actitudes posibles de Jesús. Entre ellos hay uno, Larry Hurtado, que quizás conozcan bien los lectores porque obras suyas han sido publicadas en español por la editorial “Sígueme” de Salamanca (por ejemplo, ¿Cómo llegó Jesús  ser Dios? Cuestiones históricas sobre la primitiva devoción a Jesús, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2013,), editorial a quien nadie puede acusar de “no católica”. O bien, A. Le Donne, Historical Jesus: What Can We Know and How Can We Know it? (Grand Rapids, mi: Eerdmans, 2011); o su otro libro, The Historiographical Jesus: Memory, Typology, and the Son of David (Waco, Tx: Baylor University Press, 2009).
 
Así pues, en lugar de dedicarse a eliminar de una manera arbitraria, o no considerar, o interpretar forzadamente, material de los Evangelios que apuntan al Jesús sedicioso, lo que se debe hacer es aceptar ese material e interpretarlo de la manera más sencilla y directa. Y, a la vez, aclarar que uno y un mismo personaje tuvo en unos momentos una postura pacifista, y en otros, una violenta. No se trata, pues, de que el aspecto pacifista de Jesús elimine por completo el aspecto sedicioso, o al revés, sino aceptar que un mismo y único personaje tuvo durante su vida pública los dos aspectos… y que eso no es contradictorio.
 
Hemos indicado repetidas veces que el aspecto “violento” o sedicioso de Jesús aparece especialmente en los instantes finales de su vida pública, o solo cuando la gente obtenía las consecuencias prácticas de su predicación de un reino de Dios en la tierra de Israel, un Reino que no podía admitir en su seno a los romanos, sin más. Pero en otros momentos, lo que se veía en Jesús era la actitud del sanador, del exorcista, que intentaba reconducir de nuevo a la sociedad al individuo excluido de ella porque estaba poseído por el demonio, una actitud de amor al prójimo dentro de la comunidad, o grupo,  de quienes no eran enemigos declarados del Dios de Israel, una actitud de ayuda mutua, de perdón, de amor y de paz. ¡Las dos actitudes!
 
Pero en los momentos finales de su vida, cuando creía absolutamente cercana la instauración de reino de Dios, cuando hizo su entrada triunfal en Jerusalén, cuando purificó el Templo…, cuando sibilinamente indicó que no se debía pagar el tributo de la capitación al Imperio Romano ¿qué actitud iba a mostrar ante su público…? ¿La de un pacifista a ultranza? En absoluto. El haberlo hecho así..., ¡hubiese sido verdaderamente contradictorio e incomprensible para cualquier judío de su época que fuera medianamente religioso!
 
En conclusión: expliquemos las dos actitudes de Jesús, la pacifista y la violenta. No rechacemos una de ellas para quedarnos solo con la mitad de Jesús, que como todo personaje grande en la historia tuvo más de una faceta.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Lunes, 10 de Abril 2017
No hay objeciones contundentes y definitivas contra la hipótesis de un Jesús sedicioso.   “Jesús y la resistencia antirromana” (LXIX)
Escribe Antonio Piñero
 
Foto: Un libro de Joel Carmichael. Este defensor de la hipótesis del Jesús sedicioso es poco conocido. Solo este libro ha conseguido ver varias ediciones.
 
Antes de pasar a las conclusiones, F. Bermejo hace unas reflexiones finales sobre la ausencia real de objeciones que puedan considerarse definitivas contra la hipótesis de un Jesús sedicioso. En realidad –opina– no se ha propinado un golpe definitivo y fatal contra esta hipótesis.
 
Hay que afirmar claramente: la suma total de objeciones puede parecer impresionante, pero una vez examinada una a una con tranquilidad tales dificultades puede decirse que han sido desmontadas, igualmente una a una, en cuanto a su peligrosidad. No es que la hipótesis sea débil, sino que muchos estudiosos que parten de una posición a priori (“Está bien asentada la imagen tradicional de un Jesús pacifista”) se esfuerzan por convencerse a sí mismos de que la hipótesis contraria –el Jesús sedicioso–es muy frágil.
 
Ahora bien, la estrategia utilizada para defender esta idea no es correcta porque no se consideran todos los textos que proporcionan los Evangelios, sino que se escogen los que conviene omitiendo todos los demás. Lo que se achaca a los partidarios de defender la hipótesis del Jesús sedicioso (no citar los textos que no convienen) es lo que suele hacerse para defender la idea contraria.
 
Después de esta larga serie de postales puede concluirse que no hay ni un solo texto decisivo contrario radicalmente a la hipótesis del Jesús sedicioso. Y aceptamos totalmente la propuesta de que no se debe fragmentar la tradición evangélica, a menos que haya razones poderosísimas para hacerlo.
 
Si esta tradición presenta a) a un Jesús pacifista, pero b) también ofrece la imagen de un Jesús sedicioso a los ojos del Imperio y que está implicado en algunas acciones que suponen violencia, hay que explicar a) y b). No es un  bien sistema científico aceptar solo a) y rechazar b) sin sólidas razones. Y la defensa de la hipótesis del Jesús sedicioso ha intentado aceptar tanto el Jesús pacifista (a) como el Jesús violento (b).
 
Recordemos que hemos propuesto que el Jesús violento se muestra preferentemente al final de su existencia, cuando se precipitan los acontecimientos en los que Jesús empieza a sospechar que su vida está en grave peligro. Tenemos que recordar que en postales anteriores sostuvimos que  
 
1.  Hubo una evolución espiritual en Jesús. Y esto los sabemos por dos razones
 
a) Los matices sediciosos aparecen con mayor claridad en las etapas finales de su vida. Son ante todo los últimos días en Jerusalén
b) El pasaje de Lc 22,36 (“El que no tenga espada que venda su manto y compre una espada”) es el testigo de un cambio en la actitud de Jesús. Hay varios pasajes del Evangelio que indican que, como el momento decisivo en Jerusalén se acercaba, Jesús se tomó algunas situaciones críticas y adoptó algunas graves decisiones. Así, consúltense los pasajes ya citados: Mc 14,33-35; Mt 26,37-39; Lc 22,43-44. Jesús estaba en realidad angustiado y hubo de tomar decisiones que antes, en su vida pública, no había adoptado porque no se había presentado una situación de angustia y acoso como el de sus últimos días en Jerusalén.
 
2. Y refiriéndonos sobre todo a la cuestión clave del amor a los enemigos proclamado en Mt 5,38-48 hemos afirmado que entre el texto de Mt 5,38 – 48 y una postura sediciosa de Jesús no hay en el fondo contradicción alguna si se examina todo el texto del Evangelio de Mateo.
 
“De hecho” –escribe Bermejo– “las dos antítesis finales del Sermón de la Montaña solo tienen sentido pleno no en el ámbito político (o al menos no primaria y específicamente en este terreno, ya que Mt 5,44 no se refiere a oponentes políticos),  sino más bien en un contexto de interacción social y local, y más probablemente en conflictos que estarían relacionados con las dificultades económicas de ciertos grupos que se estaban deteriorando debido precisamente a la imposición rigurosa de tributos por parte de los gobernantes clientes del poder romano (Herodes Antipas en Galilea)”.
 
“Si esta lectura es correcta, el dicho ‘Amad a vuestros enemigos’ no estaba dirigido a los enemigos políticos, sino que, paradójicamente, expresaba una forma de resistencia a la dominación extranjera opresora a través de las relaciones sociales constructivas que se caracterizaban por la asistencia mutua y un espíritu de solidaridad dentro del grupo oprimido” (pp. 91-92).
 
Con otras palabras: no hay que romper en pedazos, no se puede compartimentar lo que la tradición mantiene unido (las dos imágenes: un Jesús pacifista y un Jesús sedicioso, a no ser que tengamos muy buenas razones para hacerlo. A menos que podamos estar absolutamente seguros de que hay una contradicción insuperable entre declaraciones solo contradictorias a primera vista, el procedimiento habitual que consiste en rechazar la hipótesis de un Jesús sedicioso es simplista y arbitraria porque no tiene en cuenta toda la información que proporcionan los Evangelios.
 
Estos razonamientos conclusivos me parecen muy interesantes. El próximo día concluiremos con esta reflexión que anima a intentar explicar todos los textos y  nos solo una parte. Nos zambulliremos luego en el ámbito de las concusiones finales.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Sábado, 8 de Abril 2017
“Amigo de publicanos y pecadores”.  ​“Jesús y la resistencia antirromana” (LXVIII)
Escribe Antonio Piñero
 
Foto: Martin Hengel ha sido uno de los estudiosos alemanes que más se ha opuesto a la hipótesis de un “Jesús sedicioso” en el libro  War Jesus Revolutionär? (“Era Jesús un revolucionario?”).
 
Esta es la última de las objeciones serias  a las que se enfrenta F. Bermejo en al largo y denso artículo sobre Jesús sedicioso que estamos comentando. La cuestión puede formularse así:
 
a) Hay prácticamente un consenso entre los investigadores acerca de que Jesús tuvo un notable contacto con los recaudadores de impuestos; es claro que este hecho era un aspecto decisivo en su ministerio público.
b) Ahora bien, como los publicanos/recaudadores de impuestos eran activos colaboradores del Imperio Romano, es imposible que sea verdadera la imagen de un Jesús sedicioso. Ningún antirromano en la Judea de la época habría tratado amistosamente a colaboracionistas con el Imperio.
 
Luego Jesús no podía ser un sedicioso antirromano.
 
La objeción es importante y hay que examinarla cuidadosamente. Veamos en primer lugar los textos completos y observaremos en seguida que esos textos distan mucho de ser absolutamente claros como base para una objeción seria
 
A. Jesús como amigo de publicanos y pecadores:
 
· Mc 2,15: “Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían”.
 
· Mt 11,19: “Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: «Demonio tiene». Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores». Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras”.
 
 
· Lc 7,34: “Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Es el paralelo de Lucas y procede muy probablemente de la Fuente  Q.
 
 
B. Jesús critica el oficio en sí de los publicanos:
 
 
· Lc 18,9-14:
 
 
“Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: 10 «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. 11 El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. 12 Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.” 13 En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” 14 Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»”.
 
 
· Lc 19,1-9:
 
 
“Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. 2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.  3 Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura.  4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.  5 Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.»  6 Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.  7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.»  8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.»  9 Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán,  10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido»”.
 
 
Estos textos son suficientes, aunque tampoco demasiado numerosos para fundamentar las dos actitudes de Jesús. Además, son solo dos los que afirman de Jesús que come (o se hospeda) con publicanos, contra otros dos que critican su oficio.
 
 
Respuesta a la objeción:
 
 
1. Se trataba probablemente de judíos, de recaudadores de impuestos de segunda clase, no de los funcionarios romanos que cobraban el impuesto principal, la “capitación”  a todo judío a vivía en Israel. Eran ciertamente colaboradores de Herodes Antipas, en Galilea, o indirectamente de Poncio Pilato, en Judea que cobraban las tasas a productos del campo o industriales o a productos que pasaban de una ciudad a otra (el “fielato” antiguo español). Estos recaudadores eran o bien judíos o sirios, raramente con ciudadanía romana.
 
 
Jesús trataba, pues, prácticamente siempre con recaudadores judíos y esperaba de ellos que se convirtieran, que dejaran su vida pecadora. No los admitía en cuanto colaboracionistas, sino como potenciales conversos para que pudieran entrar en el reino de Dios. Y unos conversos que parten de una vida llamativamente pecadora, llena de impurezas rituales, que eran judíos pero por su modo de ganarse la vida no podían observar las normas prescritas por los fariseos y que, por tanto, pertenecían al “pueblo de la tierra”, inculto en cuanto a la Ley y poco observantes, aptos, si no cambiaban de vida, para ir al infierno por toda la eternidad.
 
 
Pero Jesús los  buscaba porque su misión era convertir a todo Israel: “Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?»  Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores»” (Mc 2,16-17).
 
 
Por tanto, Jesús no los consideraba especialmente como colaboracionistas con el Imperio, ni como amigos suyos, sino como pecadores que pueden convertirse. No se ve de ningún modo que desde esta perspectiva la actitud de Jesús sea un grave impedimento contra la hipótesis que lo ve como sedicioso, ciertamente pero que deja en manos de Dios el establecimiento del Reino. No está a gusto Jesús con los publicanos porque sean “amigos del Imperio”, sino solo como potenciales conversos. De hecho, si hacemos caso a los Evangelios, los dos grandes pecadores/publicanos que aparecen en ellos, Mateo/Leví y Zaqueo, se convierten, dejan su trabajo, siguen a Jesús o bien reparten una gran porción de su riqueza (Zaqueo) entre las gentes a los que han defraudados y en adelante llevan una vida piadosa. ¿Qué más se puede pedir?
 
 
El otro caso, que no es de la vida real, sino una parábola, dibuja a un publicano que se comporta de modo muy distinto al fariseo (Lc 18,9-14: transcrito arriba)…, y que es justificado (declarado justo) por Dios cuando se declara pecador y se arrepiente. Por tanto “La parábola del fariseo/publicano, el caso de Zaqueo (e incluso el de Leví/Mateo) no pueden utilizarse como argumentos de que Jesús mostraba una actitud amable y comprensiva con los recaudadores de impuestos (como colaboradores con Roma)” (O. W. Walker, “Jesus and the Tax Collectors”: Journal of Biblical Literature 97 (1978) p. 229.
 
 
B. Hay un par de textos de los Evangelios que muestran que Jesús no estaba para nada de acuerdo con la vida que llevaban los publicanos y que los criticaba duramente. Los siguientes:
 
 
1. Mt 5,45-47: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?”.
 
 
2. Lc 18,13 (parábola transcrita). Me fijo en la crítica del publicano a sí mismo, con la que Jesús está de acuerdo: “En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”. Jesús lo presenta, pues, como pecador, no como alguien cuya vida le guste. Un pecador como tal no es amigo de Jesús, sino un posible “cliente” de la conversión. Por tanto, la vida de Jesús no mostraba ninguna actitud receptiva respecto a esos personajes. Del mismo modo que Jesús tampoco estaba de acuerdo con la vida de las prostitutas, sino que veía que algunas estaban dispuestas al arrepentimiento. Eran clientas potenciales para entrar en el Reino.
 
 
C.  Los textos de Mt 11,19/Lc 7,34 (véase arriba) son acusaciones de los adversarios, exageradas y diríamos que falsas, como los textos en sí mismos apuntan. Pues si  aceptamos esas acusaciones como verdaderas, tendríamos que admitir que era verdad también que Juan Bautista “tenía un demonio”, lo cual era evidentemente falso para Jesús. Por tanto, también era falso para Jesús que él fuera un comilón, un borracho, o un amigo de los publicanos por sí mismos, y que estuviera de acuerdo con su oficio.
 
 
Lo que sí era cierto es que un judío galileo, como Jesús, tenía menos cuidado con las cuestiones de la pureza ritual (lo he explicado muchas veces) que los fariseos de Judea, porque vivía lejos del Templo y necesitaba tratar por su oficio con paganos. Y porque el banquete era para Jesús el  signo maravilloso del reino de Dios que viene. Hemos dicho también que es posible que Jesús no ayunara tan puntillosamente y con tanta regularidad como los fariseos de Judea, pero sí que  era un personaje totalmente ascético en su vida de pobre, itinerante, austero.
 
 
D. Abundando en el argumento expuesto en C.: siendo posible que la comida y el trato de Jesús con publicanos y pecadores en cuanto arrepentidos fuera una muestra pública de cuán abierto estaba Jesús para animarlos a la conversión, quedaba evidente y claro cuán malvados eran los que así mismos se consideraban justos y no seguían el mensaje de Jesús (escribas, doctores de la Ley, ancianos, jefes de los sacerdotes, etc.) El ejemplo de un súper pecador arrepentido era en realidad un argumento en boca de Jesús contra sus adversarios que se consideraban cumplidores observantes de la Ley, pero no lo admitían como profeta o agente de Dios para proclamar el advenimiento del Reino.
 
 
En síntesis: no vale el argumento de que Jesús era amigo de publicanos contra la hipótesis de Jesús sedicioso respecto al Imperio Romano, porque él no era amigo de ellos, ni mucho menos, en cuanto colaboradores de los romanos… gentiles y pecadores…, ¡sino todo lo contrario!
 
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Jueves, 6 de Abril 2017
“Vuelve a envainar tu espada”.   “Jesús y la resistencia antirromana” (LXVII)
 
Foto: Charles C. Hennel es otro de los exegetas olvidados que han defendido la postura mantenida en esta serie en su obra An Inquiry Concerning the Origin of Christianity, London: T. Allman, 2ª edición de 1841.
 
Escribe Antonio Piñero
 
Escribíamos el día pasado que es posible que “aun aceptando que la sentencia de Mt 26,52-54 («Vuelve a envainar tu espada, pues todos los que empuñen espada, a espada morirán. 53 ¿Crees acaso que no puedo hacer una petición a mi Padre, y me enviaría al punto más de doce legiones de ángeles? 54 Sino, ¿cómo se cumplirían las escrituras que anunciaron que así tenía que suceder?» pudiera provenir del Jesús histórico, un análisis sereno de ella puede demostrar que quizás no sea tan claro que fuera una sentencia totalmente pacifista”.  
 
En primer lugar la frase “Vuelve a envainar tu espada, pues todos los que empuñen espada, a espada morirán” o era un  proverbio popular de la época o bien una frase acuñada por el propio Jesús. En cualquiera de los dos casos puede interpretarse como un juicio de Jesús, muy oportuno, para evitar en aquel caso males mayores. Jesús no era tonto en absoluto, y pudo caer en la cuenta de que había sido sorprendido (si hacemos caso al evangelista Juan) por una fuerza organizada, muy numerosa, compuesta en su núcleo más poderoso de romanos bien entrenados, ante los que un puñado de galileos, escasísimamente armados y sin entrenamiento militar ninguno, nada tenían que hacer. Si ofrecían resistencia, se empeoraría la situación (no quizás para él, Jesús, que como jefe estaba irremisiblemente perdido), sino para la mayoría de sus seguidores. Jesús debió de ver con claridad que deponer las armas era lo más oportuno para salvar la vida a la mayoría de sus discípulos, mientras que hacer lo contrario era la muerte segura para la mayoría de ellos. Por tanto, interpreto –junto con F. Bermejo– que esa frase (“Vuelve a envainar tu espada…”) no significa, o puede no significar, una condena de la violencia en sí, absoluta, sino una adaptación a las circunstancias.
 
En segundo lugar, supongamos que es auténtico el rechazo –por parte de Jesús en ese momento– de la intervención de doce legiones de ángeles que podía enviar el Padre en auxilio del Hijo.  Hay posibilidad de interpretarlo del modo siguiente:
 
1. Significa que Jesús cuenta con la posible ayuda del Padre en un momento dado de esas legiones, aunque de momento no lo vea oportuno. Pero eso supone una mentalidad muy parecida a la de 2 Macabeos 11,6-9:
 
«En cuanto los hombres de Judas Macabeo supieron que Lisias estaba sitiando las fortalezas, comenzaron a implorar al Señor con gemidos y lágrimas, junto con la multitud, que enviase un ángel bueno para salvar a Israel.  Macabeo en persona tomó el primero las armas…Cuando estaban cerca de Jerusalén, apareció poniéndose al frente de ellos, un jinete vestido de blanco, blandiendo armas de oro. Todos a una bendijeron entonces a Dios misericordioso y sintieron enardecerse sus ánimos, dispuestos a atravesar no sólo a hombres, sino aun a las fieras más salvajes murallas de hierro».
 
 
Es de suponer que Jesús podía esperar lo mismo.
 
2. El motivo del rechazo por parte de Jesús es absolutamente sospechoso, desde el punto de vista de la crítica, ya que la razón dada es totalmente cristiana, es decir, posterior, Mt 23,54: “¿Cómo se cumplirían las Escrituras que anunciaron que así tenía que suceder?”
 
Esta frase supone la teología/cristología de finales del siglo I  que ve en Jesús el deseo de ir a Jerusalén para morir (no para triunfar = entrada triunfal y Purificación del Templo), que  sabe y acepta de buen grado que su muerte es voluntad del Padre que manifiesta un designio eterno de enviar a la muerte a su hijo para la remisión de los pecados de toda la humanidad. En mi opinión, ningún exegeta reconocido e independiente atribuye al Jesús histórico este pensamiento, sino a la teología posterior. Este rechazo de la ayuda angélica y el absoluto repudio de la violencia incluso por parte de Dios no son históricos en Jesús de ningún modo. Aparte de que el rechazo por parte de Jesús de la ayuda angélica  en este momento no supone un rechazo absoluto y total de la violencia. Por lo menos, no lo veo claro.
 
Bermejo cita a G. Puente Ojea a este respecto:
 
“Jesús está manifiestamente formulando aquí no una condena incondicionada de la violencia (que aparece como entrevista y no excluida a priori mediante el envío de legiones guerreras angélicas, al modo esenio) sino más bien la exigencia de que se cumplan las previsiones proféticas” (El Evangelio de Marcos, Madrid, Siglo XXI, 1994, 83).
 
Estas previsiones fueron el producto de la revisión de las Escritura por parte de los primeros teólogos cristianos que sirvieron para legitimar a posteriori (ex eventu) el desastre inesperado del fracaso de Jesús en Jerusalén.
 
3. Es posible incluso, y muy realista dada la mentalidad de Jesús, que él esperara más bien la ayuda angélica en ese momento. Pero los Evangelios, escritos mucho más tarde y sabiendo que eso no ocurrió, pusieran en boca de Jesús el rechazo de la ayuda angélica.
 
Esta posibilidad sería algo parecido al caso de las profecías ex eventu (“a toro pasado”) a las que está acostumbrada la crítica evangélica. El ejemplo más claro son las tres predicciones de la pasión, muerte y resurrección puestas en boca de Jesús. a base se halla en Mc 8,31; 9,31; 10,32-34: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días”, que según Lucas 9,44-45 los discípulos no entendieron:
 
“«Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».  Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto”.
 
El argumento es: hay diversos casos en los Evangelio en los que se presentan escenas y dichos de Jesús para corregir algo que se ha manifestado anteriormente como que iba a suceder, pero que de hecho no había ocurrido cuando se escribieron los Evangelios. Son escenas que intentan justificar el retraso, por ejemplo, de la llegada del Reino. Ejemplos:
 
A) Lc 19,11: “Estando la gente escuchando estas cosas, añadió una parábola, pues estaba él cerca de Jerusalén, y creían ellos que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro”. Se trata de un comentario de Lucas para demostrar que los discípulos estaban equivocados, y que no habían entendido bien que Jesús no había dicho eso (a saber, que el reino de Dios vendría de modo inmediato). Ciertamente la crítica está de acuerdo en lo contrario: Lo que Jesús dijo fue exactamente que el reino de Dios aparecería enseguida y los  discípulos lo entendieron muy bien. Pero sucedió que el Reino no llegó… Entonces el evangelista sostiene que Jesús nunca dijo con claridad que el Reino vendría enseguida.
 
B) Jn 21,23 (referido a la muerte de Juan el hermano de Santiago/Jacobo, hijo de Zebedeo:
 
“Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme».  Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: « No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga»”.
 
Esta escena corrige a Mc 9,1:
 
“Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios»”.
 
Arguye Bermejo que lo mismo podía haber ocurrido con Mt 26,53, a saber: Jesús esperaba que en el momento crítico Dios enviaría doce legiones de ángeles, que vencerían a los enemigos de Israel y que se instauraría el reino de Dios. Pero eso, evidentemente no ocurrió. Entonces la tradición evangélica puso en boca de Jesús una frase exactamente en contrario: Jesús habría dicho: “Podría pedir ahora mismo a mi Padre que me enviara doce legones de ángeles. Pero no es posible; no lo quiero… porque tienen que cumplirse las Escrituras que dicen que debo morir…, etc.”
 
En conclusión: La escena y dichos de Mt 26,52-54 no son una prueba de la postura pacifista de Jesús, porque todo el conjunto depende la teología posterior cristiana que ha construido la escena, le ha dado ese sentido pacifista y dentro de ella ha puesta en boca de Jesús un rechazo de algo que en realidad Jesús habría deseado que ocurriera. Que este pudo ser así, parece bastante posible, porque en el momento de la composición de los Evangelios ya se había producido el desastre del final de la Gran Guerra judía, y la destrucción de Jerusalén y su templo. Habían pasado muchos años y el reino de Dios no había sido instaurado. Había que presentar la historia de un  modo que justificara ese retraso, y presentar a un Jesús que nada tuviera que ver con los revoltosos que condujeron a la Guerra. Así pues, Mt 26,52-54 sería exactamente el producto de una mentalidad que buscaba justificar ex eventu (“a toro pasado”) lo que pudo haber ocurrido y no ocurrió con el recurso a la Escritura profética, un recurso puesto en labios de Jesús.
 
Naturalmente, puede ocurrir también, y los hay, que diversos exegetas repliquen: “Es posible que la escena de Mt 26,52-54 sea secundaria, pero refleja muy bien cuál era la mentalidad de fondo de Jesús”. A esto respondo, con F. Bermejo: “Esa postura radical de no violencia por parte de Jesús no tiene en cuenta ningún argumento en contra, ni la multitud de textos presentados y analizado. Parte de una posición a priori: de ningún modo hay que prestar atención a los 35 textos e indicios del patrón de recurrencia presentado”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
Martes, 4 de Abril 2017
“¿Es Mt 26,50-54 la prueba definitiva de que Jesús rechazó en principio la violencia?” “Jesús y la resistencia antirromana” (LXVI)
Foto: Charles Guignebert, uno de los más lúcidos  intérpretes de los Evangelios del siglo XX, injustamente preterido por los estudiosos de lengua inglesa.
 
Escribe Antonio Piñero
 
Llegamos hoy a uno de los apartados clave en la respuesta a las objeciones a la hipótesis propuesta: Jesús fue un sedicioso desde el punto de vista romano; al final de su vida, al menos, no condenó expresamente la violencia y se vio inmerso en acciones que al menos pueden calificarse como “ruido de sables”: el análisis del texto de Mt 26,50-54, que parece un expresión clara de todo lo contrario: Jesús era pacifista. He aquí el pasaje:
 
«Se adelantaron entonces, echaron mano a Jesús y lo prendieron. 51 Y sucedió que uno de los que estaban con Jesús alargó la mano, desenvainó su espada, asestó un mandoble al servidor del sumo sacerdote y le cortó la oreja. 52 Entonces le dijo Jesús:  
            –Vuelve a envainar tu espada, pues todos los que empuñen espada, a espada morirán. 53 ¿Crees acaso que no puedo hacer una petición a mi Padre, y me enviaría al punto más de doce legiones de ángeles? 54 Sino, ¿cómo se cumplirían las escrituras que anunciaron que así tenía que suceder?».
 
 
Exegetas de reconocido prestigio en el ámbito confesional, como Oscar Cullmann o Martin Hengel, han calificado el episodio como prueba definitiva de que la hipótesis del Jesús sedicioso es errónea; que Jesús no tuvo espíritu celota de ningún modo; que se apartó voluntaria y decididamente de la resistencia contra Roma. O bien (y esto es importante por la confesión que supone) que –aunque el texto sea decididamente secundario; es decir, no provenga del Jesús histórico–revela con claridad, sin embargo, cuál era el espíritu general, pacifista, que lo animaba.
 
Respuesta (hoy debe seguir casi al pie de la letra el texto inglés de F. Bermejo, porque su argumentación es ajustada):
 
1. No estamos seguros de que el contenido de los vv. 52-54, la sentencia básica, proceda del Jesús histórico. Es posible que Jesús hubiese pronunciado un dicho proverbial parecido al español “El que a espada hiere a espada muere”. Pero lo curioso es que la formulación tal cual aparece en el Evangelio es exactamente igual a la que se lee en el Targum (traducción parafrástica del texto hebreo al arameo popular con, pero no siempre literal, sino con añadidos y omisiones que reflejan la teología de quien lo compuso) a Isaías 50,11. Es posible, pues, que Mateo –que conocía ese targum– la haya puesto en boca de Jesús.
 
2 Lo dicho es una mera hipótesis, pero indica una posibilidad seria. Pero más contundente es que esa sentencia de Jesús no aparece de ningún modo en el Evangelio de Marcos ni en la versión de Lucas. Si ese texto estuviese bien apoyado en la tradición oral, es prácticamente seguro que no lo habrían omitido ni Marcos ni Lucas, porque les venía muy bien para su teología sobre Jesús. Por tanto, esas frases de Jesús son un añadido de Mateo. No goza de atestiguación múltiple.
 
Además, encaja perfectamente con la teología cristiana posterior que presenta a un Jesús pacífico y apolítico, desinteresado de cualquier tipo de violencia, cosa que es cuanto menos más que discutible después del patrón de recurrencia presentado, es decir, de la unión de 36 textos e indicios que apuntan a lo contrario. Metodológicamente no es correcto admitir este texto de Mateo como prueba. Sencillamente: no vale.
 
Otros estudiosos de signo más independiente, como Charles Guignebert, han calificado el añadido de Mateo como de mera “retórica edificante”. Y el presbiteriano Dale C. Allison, hombre sensato y equilibrado, ha calificado la sentencia como un añadido, un intento de los primeros cristianos para resolver el escándalo de ver cómo el hijo de Dios era impotente para escapar de la injusticia. La razón se encontró enseguida basándose en la interpretación del “Justo sufriente de Isaías” (caps. 52-53), y de una interpretación benigna de la oración triste y desesperada –en principio– de Jesús en el huerto de Getsemaní: “Jesús vio que era voluntad divina que él sufriera la muerte y lo aceptó”. “Encaró decidida y voluntariamente su triste sino, en apariencia”. Allison sostiene que estos intentos van destinados a presentar y reforzar el modelo cristiano del nuevo mesianismo de Jesús: un mesías pacífico que “rechaza el concepto de la guerra sagrada”.
 
3. Pero, aun aceptando que la sentencia pudiera provenir del Jesús histórico, un análisis sereno de ella puede demostrar que quizás no sea tan claro que fuera una sentencia totalmente pacifista.
 
Discutiremos esta tercera razón el próximo día.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Domingo, 2 de Abril 2017
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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