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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Sobre uno de los evangelios apócrifos más antiguos –el Evangelio de Tomás– y la reconstrucción del Jesús histórico (1030; 30-11-2108)
Escribe Antonio Piñero
 
 Sigo con el comentario al capítulo de “Fuentes” del libro de F. Bermejo, “La invención del Jesús histórico”, Editorial Siglo XXI, Madrid 2018.
 
 
Dijimos en una postal anterior que en teoría, y en la práctica, no existen argumentos lícitos que obliguen al estudioso de la vida del Jesús de la historia a restringir sus fuentes a los evangelios admitidos o canonizados por la Iglesia. Y afirmamos también que el “Evangelio de Tomás”, de Nag Hammadi podría ser un buen candidato para esta posible reconstrucción, en cuanto se refiere  sus palabras. Teóricamente es posible que el autor, o los autores, gnosticizantes del siglo II haya(n) utilizado un material de dichos de Jesús que pueda remontarse al primer o segundo tercio del siglo I.
 
 
Pero, de facto, y tras innumerables análisis, los estudiosos no se ponen de acuerdo en qué dichos de Jesús podrían ser antiguos entre los recogidos en el Evangelio de Tomás de Nag Hammadi. Se ha señalado que los logia 77 y 82 son posibles candidatos. He aquí el texto en traducción de F. Bermejo en “Todos los Evangelios” (Madrid, EDAF, 2008, pp. 448-449):
 
 
77. Jesús dijo: “Yo soy la luz que está sobre todas las cosas (“sobre todos”). Yo soy todo o “el Todo”). Todo vino de mí, y todo ha llegado hasta mí”. “Romped un madero: yo estoy allí. Levantad la piedra y me encontraréis allí”.
 
 
82. Jesús dijo: “Quien está cerca de mí está cerca del fuego. Y quien está lejos de mí está lejos del Reino”.
 
 
Me parece que el que tiene más visos de ser auténtico es el 82.
 
 
Bermejo critica luego con razón a J. D. Crossan (quien, en una monografía de 1991, traducida al español en 1994: “Jesús. Vida de un campesino judío”, Editorial Crítica, hace una estratigrafía de los dichos de Jesús, según la cual algunos de ello serían incluso anteriores o coetáneos con el Evangelio de Marcos) sosteniendo que tal estratigrafía es arbitraria, y que su defensa de un Jesús que había predicado un reino de Dios realizado solo en el interior de cada individuo (escatología realizada en contra de la escatología de futuro) se basa en textos que son muy probablemente adiciones posteriores a la escatología normal, de futuro, es decir,  apocalíptica, que se muestra en los dichos 10, 82 y 111, que parece la más antigua y atribuible a Jesús.
 
 
El más claro de los dichos de “escatología de presente” es el dicho 3:
 
 
“3. Jesús dijo: “Si los que os guían os dicen: ‘¡He aquí que el Reino está en el cielo!’, entonces los pájaros del cielo se os adelantarán. Si os dicen: ‘(Está) en el mar’, entonces los peces se os adelantarán. En cambio, el Reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros”. “Cuando os conozcáis, entonces seréis conocidos y comprenderéis que vosotros sois los hijos del Padre Viviente. Pero si no os conocéis, entonces estáis en la indigencia y sois la indigencia” (“Todos los Evangelios” (Madrid, EDAF, 2008, p. 441):
 
 
Ciertamente –en mi opinión– este dicho está en la línea de Lc 17,20-21 (“Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: “Vedlo aquí o allá”, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros»), y no es atribuible al Jesús histórico. Por tanto el dicho 3 del Evangelio de Tomás, tampoco. Lucas, en el pasaje/contexto completo de esta sección de su capítulo 17 habla claramente de un reino de Dios futuro; y es imposible que el reino de Dios esté en el corazón de los fariseos; y, por último, un reino de Dios presente en los corazones, es una ficción lucana sobre todo, en mi opinión, para justificar el retraso de la parusía.
 
 
He aquí los dichos 10 y 111 del Evangelio de Tomás de Nag Hammadi que Bermejo, con razón, piensa que tienen una escatología similar a la de los evangelios canonizados, y que tiene visos de ser la que correspondía al Jesús de la historia:
 
10. Jesús dijo: “He lanzado fuego sobre el mundo, y he aquí que aguardo hasta que prenda”.
 
111. Jesús dijo: “Los cielos y la tierra se enrollarán ante vosotros”. “Y quien vive gracias al Viviente no verá la muerte”. “¿(Acaso) no (es) que Jesús dijo (la fórmula introductoria de este logion es inusual. Puede que el escriba haya suprimido algo del texto): ‘Del que se encuentra a sí mismo, el mundo no es digno’?” (“Todos los Evangelios” (Madrid, EDAF, 2008, pp. 442 y 451 respectivamente).
 
 
Y la conclusión de Bermejo es: “Dado que solo un número limitado de dichos (del Evangelio de Tomás) tiene trazas de remontarse a Jesús, este evangelio será usado con reservas (en la reconstrucción del Jesús de la historia”) (p. 45).
 
 
Estoy de acuerdo.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
Viernes, 30 de Noviembre 2018
Flavio Josefo y Jesús de Nazaret, según F. Bermejo (26-11-2018, Nº 1029)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Continúo comentando el libro de F. Bermejo, “La invención de Jesús de Nazaret”, de Siglo XXI, Madrid 2018.
 
 
Transcribo de nuevo el conocido pasaje en el que Flavio Josefo menciona a Jesús, denominado “Testimonio flaviano” (Antigüedades XVIII 63-64), muy sujeto a discusión:
 
 
“Por esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si se le puede llamar hombre. Fue autor de obras sorprendentes y maestro de los hombres que acogen la verdad con placer y atrajo no solamente a muchos judíos, sino también a muchos griegos. Él era el Cristo. Y, aunque Pilato, instigado por las autoridades de nuestro pueblo, lo condenó a morir en cruz, sus anteriores adeptos no dejaron de amarlo. Al tercer día se les apareció vivo, como lo habían anunciado los profetas de Dios, así como habían anunciado estas y otras innumerables maravillas sobre él. Y hasta el día de hoy existe la estirpe de los cristianos, que se denomina así en referencia a él”.
 
 
 
El pasaje fue ciertamente interpolado, en favor de Jesús, por escribas cristianos, después del 250 d. C. (momento en el que el teólogo cristiano Orígenes lo cita de un modo diferente). Eliminados, por renombrados estudiosos judíos (véase Louis Feldman, en la p. 48 del volumen IV de las Obras de Josefo de la Loeb Classical Library, de 1965), las frases más que dudosas, diría que imposibles, quedaría el texto así:
 
 
“Por esta época vivió Jesús, un hombre [sabio]. Fue autor de obras sorprendentes y maestro de hombres que acogen la verdad con placer, y atrajo no solamente a muchos judíos, sino también a muchos griegos. Y, aunque Pilato, instigado por las autoridades de nuestro pueblo, lo condenó a morir en cruz, sus anteriores adeptos no dejaron de amarlo. Y hasta el día de hoy existe la tribu de los cristianos, que se denomina así en referencia a él”.
 
 
 
John P. Meier en el vol. I de su magna obra “Un judío marginal”, argumenta que este texto josefino es neutro/neutral respecto a Jesús, o que incluso se denota que veía su figura con simpatía. Pero F. Bermejo argumenta en contrario que esa interpretación es meramente apologética. El texto josefino recuperado no es neutro, sino en el fondo negativo para la imagen de Jesús.
 
 
Argumentos:
 
 
· El códice Parisinus Graecus del siglo XV recoge una interesantísima variante, que casi nadie señala, pero que es muy probablemente auténtica. No escribe “Jesús» en la primera línea, sino “un cierto Jesús”, lo cual es despectivo.
 
 
· Hay varias expresiones en el texto griego que son negativas:
 
 
-Así “la designación de Jesús como «maestro de hombres que acogen la verdad con placer» tiene el siguiente griego subyacente: tôn hedonéi t’alethé dechoménon, que parece positiva, pero el sintagma t’alethé déchesthai es usada en contextos muy negativos en las Antigüedades de Josefo, para referirse al comportamiento tumultuoso de la multitud (XVII 3289; XVIII 6)”.
 
 
-Igualmente el sintagma “atrajo… a muchos”, en donde se usa el verbo griego epágomai, que puede tener el sentido negativo de “descarriar”, o “seducir”.
 
 
-Dígase lo mismo del uso del vocablo christianus, que en latín (y griego oficial) tenía ya una connotación (a finales del siglo I) a menudo de carácter político y a veces sedicioso.
 
 
· En dos manuscritos de los siglo VIII y IX, de la traducción de Rufino de la Historia Eclesiástica de  Eusebio de Cesarea, que cita el Testimonio Flaviano (I 11,7), se lee “y se creía que este era el Cristo” (latín: et credebatur esse Christus), lo cual es muy distinto del “Este era el Cristo” que aparece en el texto normal. Y argumenta Bermejo que lo más verosímil es que lo original estuviera en la traducción de Rufino (“se creía que…”; que duda de la mesianidad de Jesús por parte de Josefo) y que luego se cambiara, por algún copista, en “Este era el Cristo”, atribuyendo esta contundente afirmación al historiador judío.
 
 
Por tanto, la expresión original de Josefo era muy probablemente “se creía que era el Cristo.
 
 
· El contexto en el que se encuentra. Bermejo comenta la opinión, ya añeja de Eduard Norden que el texto josefino se halla en Antigüedades en una secuencia de sucesos acontecidos bajo Pilato, cuyo mandato es descrito como una serie de disturbios. Y cada sección de la lista contiene términos como “alboroto” o desorden”. Es más que plausible que un término parecido hubiese sido eliminado por los escribas cristianos del texto acerca de Jesús, que es el único de la serie que carece de esos términos.
 
 
· Por último: un original josefino más bien negativo, no neutro, explica mucho mejor el que los escribas cristianos se decidieran a interpolarlo.
 
 
En el conjunto de su argumentación Bermejo omite un argumento mío, que es decisivo, y que le hubiera venido muy bien, y que creo conoce perfectamente, porque lo he publicado anteriormente en el epílogo del libro “Existió Jesús realmente. El Jesús de la historia a debate”, Madrid, Raíces, 2008, p. 340, en el que Bermejo participó con dos capítulos. Últimamente, en un libro que no ha podido conocer el autor, ni yo el suyo porque aún no había salido (“Aproximación al Jesús histórico”, Trotta, Madrid, septiembre 2018, p. 31) he aumentado el impacto del argumento del siguiente modo, que cito literalmente:
 
 
Casi todos los investigadores mencionan este famoso pasaje tal cual lo hemos transcrito al principio, aislándolo de su contexto y considerándolo en sí mismo, pero pocos hacen hincapié en el final del texto sobre Jesús que sirve de empalme con el siguiente y que me parece iluminador:
 
 
“Y por el mismo tiempo (de Jesús) ocurrió otra cosa terrible (héteron ti deinón) que causó gran perturbación entre los judíos (ethorýbei toùs ioudaíous)”.
 
 
Ciertamente el pasaje de Antigüedades XVIII 65 aclara mucho. De él se trasluce que el núcleo del testimonio de Flavio Josefo sobre Jesús estaba dentro de una lista de personajes y sucesos tristes y malos que impulsaron a los judíos a la desastrosa sublevación del 66 d.C. Por tanto, el historiador judío estaba dando unos breves toques sobre tipos dañinos para el judaísmo y en concreto menciona la vida de un personaje mesianista, Jesús de Nazaret, cuya existencia había causado daños al pueblo judío, pues había potenciado las expectativas mesiánicas; había contribuido notablemente al ambiente exaltado general que llevó al pueblo judío a la catástrofe del año 70 d.C.: destrucción de Jerusalén del pueblo, de gran parte del país, innúmeras gentes hechas prisioneras y esclavas, y muchos muertos.
 
 
Flavio Josefo no tenía ningún interés en inventarse la existencia de un Jesús nefasto y colocarla dentro de una lista de personajes para él desastrosos. Luego, si eliminamos los retoques cristianos, el pasaje es un testimonio directo de la existencia de Jesús. Por tanto, el texto no puede eliminarse alegre y desenvueltamente de la discusión, como si todo él fuera un añadido voluntario, con ánimo falsario, por obra de un escriba cristiano que apoyaba así la existencia de un personaje que en el fondo era un puro mito. El argumento ser revela insostenible. Lo único que hizo el escriba cristiano fue manipular el texto y presentar a Jesús a mejor luz. Así el retoque consistió en a) eliminar un posible principio del texto que ponía a Jesús dentro de una lista de personajes indeseables; b) añadir tres frases (las arriba destacadas); c) cambiar la más que probable palabra de Josefo sophistés, “sofista” (Jesús era un sofista más) por sophós = “sabio”. Teniendo todo esto en cuenta, no es extraño que el texto de Josefo reconstruido por R. Esissler en su obra de 1931 Jesús rey que nunca reinó sea bastante plausible y haya comenzado del siguiente modo:
 
 
“Por aquel tiempo ocurrió el inicio de nuevas perturbaciones: Jesús, varón sofista… (archè néon thorýbon)”.
 
Si algún lector quiere leer ampliamente los argumentos de Bermejo respecto al Testimonio flaviano, puede acudir a mis Blogs de Periodista Digital o Tendencias21, utilizando el siguiente buscador:
 
http://mynorte.com/cristoria   , con el lema Testimonium Flavianum, del 12 al 26 de junio del 2013.
 
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
 
 
P. D.   Mi página Web www.antoniopinero.com, que hizo y mantiene el muy famoso webmaster Guillermo León (el mismo que hace la página oficial de IV Milenio, y creo que otras de Iker Jiménez) está ya al día, y puede consultarse también mi currículum, igualmente actualizado.
 
 
 
Lunes, 26 de Noviembre 2018
Hoy escribe Antonio Piñero
 
 
 
Solo una breve nota para una, también breve, información:
 
 
Hace unos días la Editorial Trotta de Madrid, me hizo una entrevista breve, de –creo– unos diez minutos, como explicación/promoción del libro, recientemente publicado (10 septiembre 2018) por la Editorial y cuyo título es “Aproximación al Jesús histórico”. Esa entrevista inauguró el nuevo canal de YouTube de la Editorial.  Me escriben: “Estamos muy contentos con la buena acogida que ha tenido en nuestras redes sociales, y esperamos que el resultado sea también de tu agrado. Te facilito el enlace directo al vídeo: 

www.youtube.com/watch?v=zS9Gcapz7hU&t=0s.

Nos vemos pronto en la presentación de tu libro”.
 
 
Al recibir este correo, se me ha ocurrido informarles. De paso decirles también que esa futura presentación del libro será en Madrid, en el Centro del periódico ABC tiene en la calle Amaniel 29, a las 19.30 hombres, el día 11 de diciembre 2018. Habrá, según creo, una breve introducción a la  conferencia por parte del afamado historiador Fernando García de Cortázar.
 
 
Como se trata de un libro de introducción histórica a como trazar desde el punto de vista de la historia científica la figura y misión de Jesús de Nazaret es muy bueno que el presentador y el conferenciante tengan en parte ideas distintas sobre el personaje. Eso enriquece las perspectivas y la libertad de elección de los futuros lectores. Desde luego, el personaje Jesús no deja indiferente a casi nadie.
 
 
Cuando se acerque el día, volveré a anunciar la presentación.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Jueves, 22 de Noviembre 2018
¿Podemos fiarnos de los evangelios "canonizados"? La invención de Jesús (III) (1027 de 21-11-18)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Sigo comentando el libro de F. Bermejo, “La invención de Jesús” (Siglo XXI, Madrid 2018). Es muy interesante, me parece, dentro de la primera parte de la obra, en el primer capítulo, la breve pero sustanciosa sección dedicada por el autor a los “Evangelio canonizados” (sic, p. 34; n. 18. Bermejo sigue aquí –en una obra de 2008, citada en la bibliografía– a Enrico Norelli, conocido coautor, con Claudio Moreschini, de una historia de la literatura cristiana, griega y latina, primitiva (B.A.C., serie Maior, Madrid, números 83 y 86, 2007), porque la expresión indica con claridad que la canonización fue un proceso, no un decreto simple, y porque la expresión ayuda a considerar el valor histórico de estas obras. Resumo y valoro los argumentos de Bermejo.
 
 
Los evangelios tratan de la vida de Jesús y podrían ser clasificados literariamente como obras pertenecientes al género de la biografía antigua…; es cierto. Pero ante todo –argumenta– son “buenas noticias”, con lo que se constituyen como textos proclamadores de la obra de salvación realizada por Dios a través de Jesús. Y este sesgo es teología, ni historia. El Cuarto Evangelio lo afirma expresamente, pues fue redactado para fortalecer la fe en Jesús como mesías, de modo que el lector pudiera obtener la salvación, “la vida” (Jn 20,30-31). La biografía evangélica, además, carece del “refinamiento lingüístico y filosófico de las biografías grecorromanas” (n. 26; p. 36) y se parecen mucho más a historias populares judías de salvación.
 
 
La tendencia de los evangelios a mover el ánimo de los lectores, y a suscitar o confirmar la fe en Jesús, explica el abundante uso de material legendario en sus escritos, como las apariciones angélicas, la concepción virginal de Jesús, o material taumatúrgico, en especial los milagros contra la naturaleza. Este tipo de narraciones carece de fiabilidad histórica. Bermejo señala también los anacronismos del relato evangélico. Se refiere ante todo a la presentación de los sucesos no a la luz de lo que ocurrió realmente (sin duda pueden ser en parte así), sino de un modo “contaminado” por la perspectiva normal del momento en el que se escribieron, a saber, cuarenta a setenta años después de la muerte de Jesús. Un ejemplo: la presentación de todo el pueblo de Jerusalén y sus autoridades como absolutamente hostiles, a muerte, respecto a Jesús es propia, y pude entenderse muy bien, del último cuarto del siglo I, pero es inverosímil en torno al año 30 e.c. Sin embargo, es perfectamente comprensible que se presentara así a los judíos en aquellos años, tras la Guerra judía, en los que se recomponía el pueblo judío, y en los que sus jefes, fundamentalmente fariseos, se manifestaban muy hostiles contra los judeocristianos, ya que estos suponían una fractura importante de la vida espiritual judía, en momentos trágicos en los que convenía a toda costa la unanimidad. Por otro lado, señala nuestro autor que las biografías antiguas eran ante todo laudatorias, encomiásticas, y estaban interesadas más en resaltar los aspectos positivos de la vida y personalidad de los biografiados que la mera descripción histórica de dichos o hechos. El interés laudatorio conlleva la tendencia a la distorsión.
 
 
Bermejo rechaza con razón el argumento de que es casi imposible que los evangelios hubieran presentado una “versión muy distinta a Lucas realmente acontecido” (p. 37): sí es posible –razona– porque habían pasado ya muchos años después de la muerte del héroe de la historia, Jesús, porque los autores no eran “palestinos” (personalmente no me parece oportuno hablar de Palestina hasta la época de Adriano, después del 135 e.c., ya que los romanos llamaban  Judea o Galilea al territorio de Israel, y los judíos se referían a su tierra como Israel os la “tierra de Israel”), sino gente de la diáspora que no entendían bien a sus colegas israelitas. Además, los dichos de Jesús –y quizás el relato de algunas acciones, como exorcismos o curaciones, fueron redactados en arameo y luego traducidos al griego. Es evidente que el paso de una lengua a otra, de una óptica e ideología a otra, de una mentalidad campesina de Galilea a otra urbana, propia de los autores evangélicos, conlleva cambios serios a la hora de la transmisión. Además no tenemos noticias fiables de que hubiera una información sobre Jesús “formalmente controlada” como pretenden algunos estudiosos.
 
 
El autor argumenta que los autores evangélicos tenían una mentalidad muy distinta  a los discípulos de Jesús, una mentalidad ahormada por los acontecimientos traumáticos de la inesperada muerte de Jesús y sus consecuencias, y sobre todo por los catastróficos resultados de la gran Guerra, que se inició en el 66 e.c. Ejemplo: en los años 30, más o menos, fecha de la muerte de Jesús, hubiera sido imposible presentar a un prefecto, como Poncio Pilato, abogando por la inocencia de alguien al que podía tachar con toda razón de sedicioso contra el Imperio, y al que acabó crucificando. Pero a partir del año 70 sí era posible. Además a los judeocristianos y paganocristianos les interesaba muchísimo que no le confundieran con judíos sin más, herederos de aquellos que se habían levantado en armas contra el Imperio. Es posible, por otro lado, que los escritores evangélicos no estuvieran en condiciones de “verificar la historicidad” de lo que narraban, o que ni tuvieran demasiado interés en hacerlo. Su obras estaban destinadas para el “consumo interno” de las comunidades a las que iban dirigidas, y ante todo había que legitimar y “reivindicar la figura de Jesús… y demostrar la adhesión de este al Bien” (p. 38).
 
 
Es muy interesante en este capítulo, aunque haya sido señalado muchas veces, el amplio párrafo en el que nuestro autor hace una sinopsis de las concomitancias del relato de la pasión de Jesús en el  Evangelio de Marcos y sus múltiples contactos con las Escrituras hebreas. Son tantos y tan sólidas las pruebas de esa concomitancia (Salmos; Profetas; Proverbios, etc.) que surge inmediatamente en el lector la duda de si algunos hechos de la pasión –que muestran contactos verbales con pasajes de la Biblia hebrea o de los Setenta– no son un producto histórico, sino más bien que hayan sido construido para que ese hecho o dicho de Jesús concuerde con lo que previamente había sido “vaticinado”. Y esa falta de verosimilitud histórica, o las dudas del estudioso moderno suscitadas por tanta concomitancia con el texto sagrado, se acrecienta –en opinión razonada de Bermejo– cuando se cae en la cuenta de que el guion de la pasión de Marcos coincide con un mito literario judío firmemente asentado en la Biblia: el del justo injustamente perseguido a hasta la muerte y la vindicación por parte de Dios (pp. 39-40 con referencias a autores modernos).
 
 
El condicionamiento por lo legendario de posibles detalles históricos (por ejemplo, que Jesús tuvo discípulos), se muestra, también en las narraciones que relatan la vocación/llamada de esos discípulos por parte de Jesús y cómo estos le siguieron abandonando al instante riquezas y pingües negocios (Pedro/Andrés; hijos de Zebedeo; Mateo/Leví). El autor califica estas historias de absolutamente inverosímiles en sí, y refuerza su argumento con la idea de que el esquema “llamada divina y seguimiento/conformidad” es un mito literario bíblico, presente ya en el caso de Abrahán (Gn 12,1-5), o en el de Eliseo respecto a su maestro Elías (1 Re 19,19-21 = p. 40). Los relatos, pues, de seguimiento están condicionados, muy probablemente, por los textos bíblicos. Bermejo deduce en consecuencia que los autores evangélicos “editan” los dichos y hechos de Jesús por medio de un tratamiento del material que llegó a sus manos (oral o escrito) omitiendo información relevante, añadiendo otras cosas de su cosecha, lo que puede “generar anacronismos”, y cambiando la formulación de lo recibido/transmitido, de modo que el lector lo entienda en un sentido concreto y no en otro. Todo ello generó anacronismos, como se ha apuntado, y sobre todo inverosimilitudes en el relato evangélico, lo que mina su posible historicidad.
 
 
Por último, me parece razonable la posición del autor cuando afirma su postura contraria a un escepticismo radical respecto al contenido histórico del material evangélico y la posibilidad de no caer en un desánimo absoluto a la hora de obtener datos fiables de la tradición sobre Jesús. Sí se puede, pero –argumenta– con ayuda de una crítica extrema y de “un modo limitado y cauteloso”. El contenido de los evangelios “no es en rigor la figura histórica de Jesús, sino más bien lo que ciertas personas en el siglo i e.c. quisieron que pensáramos sobre Jesús” (p. 41).
 
Estoy de acuerdo con lo expresado en esta sección.
 
Seguiremos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
Miércoles, 21 de Noviembre 2018
Qué sabía Pablo de Tarso sobre Jesús de Nazaret (18-11-18) (1025)
Escribe Antonio Piñero
 
Foto: Cubierta del libro de F. Bermejo

 
Sigo, como escribí en la presentación del libro el día anterior, con mi comentario al excelente libro del Dr. D. Fernando Bermejo sobre la “Invención de Jesús de Nazaret”. Y seguiré comentando, dure lo que dure, que no lo sé, a menos que note –por medio de los contadores electrónicos de visitas, o por algún que otro comentario– que los lectores se aburren del tema en general. Espero que no sea así, porque cada postal tendrá una temática diferente, al menos parcialmente.
 
 
En el capítulo I, “Las Fuentes”, en la primera sección, argumenta el autor que, a la hora de investigar sobre el Jesús de la historia no disponemos de fuentes arqueológicas directas, sino solo textos. Es cierto; fuentes arqueológicas son solo indirectas, por supuesto, y sólo del entorno social, histórico, topográfico, etc.; tampoco numismática, que queda reservada para reyes y poderosos.
 
 
Añade Bermejo que la distinción entre fuentes canónicas y extracanónicas a la hora de investigar carece de razón lógica, puesto que en tiempos de Jesús y hasta bien entrado el siglo II no sentían judeocristianos y paganocristianos la necesidad de hacer distinción alguna. La distinción entre apócrifos y “canónicos” comienza a hacerla en la práctica Ireneo de Lyon en su obra “Contra las herejías” (170-180); se ve con toda claridad en el Canon de Muratori (si es que puede fecharse hacia el 200 y si su redacción tuvo lugar en Roma, la comunidad “cristiana” más importante en el 200); y se ve clarísimamente en los papiros, cuyos testimonios evangélicos más antiguos (menos el Papiro 52 del Evangelio de Juan, fechado paleográfico más o menos hacia el 150; y el P 46 que tiene solo fragmentos de cartas de Pablo) son el P 64, P66, P75, P90, P104, no traen ya ningún texto evangélico –que yo sepa– que más tarde fue considerado apócrifo.
 
 
Ahora bien, si se examinan los índices de la obra de Bermejo no se ven citas del Evangelio de Tomás de Nag Hammadi ni del Evangelio de Pedro, ni del Papiro Egerton, ni de los Evangelios apócrifos
 
 
Estoy por tanto de acuerdo con el autor: la eliminación sistemática de las fuentes extracanónicas (en concreto evangelios apócrifos) del panorama mental del investigador, carece de fundamentación lógica. En la práctica, sin embargo, la utilización de los diversos posibles evangelios (de Tomás de Nag Hammadi; de Pedro; Papiro Egerton) no aparece, como utilizados en el Índice analítico.
 
 
Es cierto que los judeocristianos y paganocristianos del siglo II, hasta la época más o menos, en la que se extendió el “Contra las herejías” de Ireneo de Lyon (compuesto hacia 170-180) y el Canon de Muratori (suponiendo que sea correcta la fecha más menos hacia el 200, y que su lugar de composición, discutido, fuera Roma, la comunidad, económica y socialmente más potente de la cristiandad). En realidad hay que esperar hasta el 320, más o menos con Eusebio de Cesarea Historia Eclesiástica 3, 25, 1-7, y al 367, con la Epístola festal de Atanasio de Alejandría, para tener listas de obras sagradas como hoy día. Es cierto además que tenemos que otra seguridad: en los primeros papiros del Nuevo Testamento, los que traen textos de los evangelios (el P46 solo tiene fragmentos de Pablo), como el P64, P66, P75, P104 al P111, son de finales del siglo II o de primeros del III.
 
 
Respecto a Pablo de Tarso argumenta el Dr. Bermejo que “parece no haber conocido personalmente a Jesús” (p. 30). Es posible. A mi entender, y después de muchos años intentando “meterme en la piel” del Tarsiota, opino que es más probable que lo conociera (Pablo al fin y al cabo sería unos 10 años más joven que Jesús), o que hubiera oído hablar de él, pero ciertamente que no le interesó en absoluto (2 Cor 5,16: “Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así”)… “en adelante”; no anteriormente. Al Tarsiota no le interesó después de su “llamada” más que el Jesús crucificado-resucitado-entronizado. Y ciertamente también, como afirma Bermejo, es relativamente poco pero importante, lo que podemos obtener en orden a la reconstrucción del Jesús histórico de las cartas de Pablo.
 
 
El examen de las cartas paulinas “permite constatar que en ellas existe media docena de referencias explícitas a «palabras del Señor»” (p. 30). Y enumera 1 Tes 4,15-17 (parusía); 1 Cor 7,10-11 (divorcio); 7,25 (soltería); 9,14 (derecho a vivir del evangelio); 11,23-26 (cena del Señor); 14,37 (confirmación de su idea que en la profecía durante las reuniones litúrgicas debe reinar el orden). Y estoy también de acuerdo con el autor en que Pablo no hizo mucho caso al Nazareo/Nazareno porque en 1 Cor 9,14 (véase arriba) no sigue el consejo de Jesús. Es muy atinada la observación de que hay otros pasajes en los que se percibe claramente cómo Pablo conoce la tradición que subyace a la narración sinóptica (Marcos; Mateo y Lucas).
 
 
Cita así 1 Tes 5,2 = Mt 24,43; Rm 14,14 = Mc 7,14-15, y alusiones al Sermón de la Montaña. De ahí deduce con razón que “cuando el material implícito se añade (Bermejo escribe un tanto a la inglesa, cuando bebe de fuentes inglesas; escribe “es añadido”, cuando el español prefiere sin duda alguna la forma activa) a las citas explícitas, la probabilidad de que Pablo estuviese familiarizado con la tradición subyacen a los evangelios se incrementa” (p. 31). J. D. G. Dunn, que no es santo de su devoción ni mío tampoco, ha señalado en su obra The Theology of Paul the Apostle, Eerdmans, Grand Rapids, MI, 1998, pp. 190-195, que hay más o menos un centenar de alusiones a esta tradición).
 
 
Pablo conoce probablemente una historia de la pasión de Jesús (“que presenta semejanzas con el núcleo de lo narrado en los evangelios”, p. 32 de Bermejo), hace referencias al reino de Dios (aunque un reino espiritualizado; aquí nuestro autor cita en nota 15 a la p. 33 a J. K Elliott, “Questioning Christian Origins”, SCM Press, Londres 1982, p. 147; se trata en mi opinión de una cita muy poco apropiada, aunque no vaya en contra de la idea general de la p. 33 de la obra que estoy comentando. Sin embargo, a propósito del reino de Dios en Pablo, podría haber citado Bermejo en castellano la “Guía para entender a Pablo”, que conoce perfectamente, segunda edición, Trotta, 2018, pp. 98-100; más accesible y con mucha más información para el lector); llama a Jesús christós que es igual a mashiaj, mesías; y se vislumbra que Jesús muere como pretendiente regio (p. 32).
 
 
De acuerdo también en que esta escasez no es llamativa, porque Pablo no tenía intereses historicistas, sino puramente religiosos, y porque estaba convencido de que a priori no podría haber contradicciones entre el Jesús de la historia y la revelación sobre el como mesías, Hijo de Dios y salvador que había recibido del Padre (Gal 1,16), o bien de Jesús mismo (Gal 1,12). Por eso no fue a Jerusalén, a los tres años de su llamada (Gal 1,18) y luego catorce años más tarde (Gal 2,1) a recabar información sobre Jesús, sino para especialmente para recibir la confirmación por parte de las “columnas de la Iglesia” (Pedro, Juan y Santiago, el hermano del Señor” (Gal 2,9) de que el “evangelio” que el predicado era del todo punto correcto.
 
 
En conclusión: poco sabemos del Jesús histórico por parte de Pablo. Pero lo que hay no contradice en nada (excluida naturalmente la resurrección, que pertenece al ámbito de la fe y de la teología) a una reconstrucción plausible del Jesús histórico como un pretendiente mesiánico, al menos al final de su vida. La conclusión de Bermejo es acertada.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Lunes, 19 de Noviembre 2018
La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía (16-11-2018) (1025)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Comienzo hoy lo que supongo que será una serie larga de comentarios por mi parte al reciente libro del Dr. D. Fernando Bermejo Rubio, cuyo título encabeza esta postal, y cuya cubierta puede verse en la fotografía. Añado unos datos más: editado por una editorial de prestigio, Siglo XXI España, Madrid, 2018. 796 pp. ISBN: 978-84-323-1920-4. Bibliografía abundante y precisa. Índices de textos, bíblicos, autores antiguos, autores modernos citados, índice analítico, de materias. Precio: en torno a los 36 euros.
 
 
Puedo adelantar que el libro me parece excelente, muy oportuno y muy valiente. Espléndido, en una palabra y absolutamente necesario. Espero que pronto se traduzca al inglés y alcance la difusión que se merece, más allá de los lectores hispanos. Su lenguaje procura ser claro y ordenado. La argumentación en torno a cada tema es claramente lógica, rigurosa y apropiada. El autor pretende casi la exhaustividad en cuanto a los análisis que acompañan las razones para postular sus perspectivas o hipótesis.
 
 
No se trata de una suerte de “Vida de Jesús”, ni muchísimo menos, ni una exposición completa de todos los posibles rasgos históricos del personaje, sino de la exposición de una idea central: Jesús de Nazaret es personaje histórico de gran impacto en la humanidad, pero su figura y misión no ha sido expuesta –por lo general– a lo largo de los siglos desde la perspectiva de la historia científica, sino de la teología y de la fe. Esto ha llevado a una distorsión y magnificación de su realidad histórica, tal como puede reconstruirse con los instrumentos y métodos de la historia en general y de la historia antigua en particular. Ese proceso ha conducido a la divinización del personaje y a un culto y una adoración de os que él mismo se habría extrañado en extremo si hui era podido imaginarlo.
 
 
El libro tiene cuatro partes que, según el autor, podrían leerse por separado, pero que –arguye– es mejor leer secuencialmente, por orden, ya que cada parte sirve de apoyo para los desarrollos intelectuales de la parte siguiente.
 
 
La primera aborda la cuestión de cómo hay que impostar la investigación verdaderamente histórica de Jesús: las fuentes disponibles; la necesidad de plantearse la reiterada cuestión de si Jesús de Nazaret existió realmente o es un personaje de ficción, es decir, el mero producto de una tarea literaria de uno o varios autores que han construido un verdadero mito literario basándose en fuentes previas de muy diverso pelaje. La cuestión no es baladí ya que en 2014 se publicó el último ensayo serio, el de R. Carrer, que proporciona bases estadísticas para ordenar los argumentos de la existencia real de Jesús según sus probabilidades para concluir que lo más plausible es que Jesús no hubiese existido nunca.
 
 
Una vez admitido que los razonamientos e hipótesis tos de los negacionistas, o “mitistas” no son válidos, de modo que puede considerarse que Jesús de Nazaret existió realmente (otra cosa es que fuera idealizado; que eso es harina de otro costal), pasa a examinar el autor los métodos, criterios o indicios que el historiador tiene a su disposición para reconstruir al menos los rasgos esenciales que puedan definir al personaje de un modo comprensible y situable en el contexto histórico en el que vivió, a saber el Israel  del siglo I de la era común.
 
 
La segunda parte es el plato fuerte del libro: la reconstrucción histórica de la personalidad de Jesús., partiendo de un bosquejo histórico de la situación política y religiosa en Galilea y Judea en la primera mitad del siglo I. Bermejo toma pie del hecho con más posibilidades de historicidad de entre los datos evangélicos: la muerte de Jesús por crucifixión. Una vez estudiado el hecho y aplicados los indicios de historicidad, reflexiona sobre el núcleo histórico de lo sucedido en el Gólgota; se trató de una crucifixión colectiva: Jesús murió muy probablemente entre dos insurgentes contra el Imperio. A continuación estudia el autor las causas posibles de ese acontecimiento; el posible proyecto nacionaliza de Jesús en un mundo en el que la religión y la política estaban inextricablemente unidos.
 
 
Sigue –en esta segunda parte– un análisis del prendimiento de Jesús en Getsemaní: causas y autores de ese arresto. Y de ahí analiza el trayecto que va desde el Monte de los Olivos hasta la cruz: análisis del proceso judío; del interrogatorio ante Pilato; la muerte de Jesús; el titulus crucis, para llegar a la conclusión de que tal muerte revela que Jesús era un judío perfectamente clasificable dentro del ámbito judío de la época, perfectamente situable dentro igualmente de un claro esquema en el ámbito de la historia de las religiones. Nada hay de enigmático ni de singular en este suceso, ni el personaje que lo padeció. No hay enigmas, sino en todo caso ignorancia por nuestra parte debido a la escasez de la fuentes. Pero estas ofrecen al menos la interpretación correcta del personaje.
 
 
La tercera parte del libro desarrolla el tema del paso de Jesús de Nazaret al Cristo celestial, de la historia a la “ficción teológica”. Es importante esta amplia sección porque ofrece al lector las condiciones de inteligibilidad del proceso de divinización de Jesús: las disonancias cognitivas entre los seguidores del Nazoreo debidas al fracaso, al menos aparente, de la muerte en cruz; los procesos gracias a los cuales la sociología y la moderna psicología y psiquiatría explican cómo se supera esa disonancia cognitiva; los procesos de deshistorización de Jesús y las estrategias que en el mundo antiguo había de divinización de muy diversos personajes, entre los que se halla Jesús. Por último, aborda Bermejo el tema de la “consolidación moderna de la ficción (teológica), que lleva incluso a la secularización el  mito del Cristo celeste.
 
 
La cuarta parte es una interesante historia de la investigación acerca de Jesús desde los inicios en la Antigüedad misma hasta hoy día. Señala el autor las endebleces del esquema historiográfico de las denominadas “Tres búsquedas del Jesús histórico”; la agenda teológica oculta que mueve ese pésimo esquema de periodización; la inflexión que supuso la publicación de parte de la obra de Reimarus por G. E. Lessing, y sus consecuencias, para terminar proponiendo un nuevo esquema, o paradigma historiográfico, en el que es posible, y conveniente, clasificar la investigación sobre Jesús. Se trata de un paradigma que no depende de meros factores cronológicos, sino de los puntos de partida, de las premisas de la investigación, de la crítica y los métodos empleados, etc., de modo que se puedan clasificar inteligiblemente los diversos autores –sobre todo desde 1770 hasta hoy– que han analizado la figura y misión de Jesús.
 
 
Hay al final del libro unos cuantos apéndices, que me han parecido muy interesantes, sobre temas importantes, pero que quedaban un tanto al margen del hilo de la investigación propuesta. Estos son, entre otros, la ficción de que los discípulos de Jesús no lo entendieron; sobre si el Galileo redefinió o no el concepto de la realeza mesiánica; sobre cómo entendió Jesús la paternidad divina; la historicidad de los relatos de milagro y el “Jesús ario”, increíble ficción producto de los siglos XIX y XX sobre todo en la Alemania prenazi y nazi.
 
 
La conclusión del libro es un tanto triste para el autor, pues este tiene el convencimiento de que su obra o bien será preterida (un espeso manto de silencio, diría yo) por la investigación confesional, o bien el autor será atacado ad hominem sin tener en cuenta que su libro es un estudio lleno de análisis y razonamientos, no una diatriba movida por un presunto odio teológico a la fe o la Iglesia. Nada, absolutamente nada hay de eso.
 
 
Personalmente entiendo muy bien el desánimo del autor, pero no creo que el proyecto, y su realización sean en vano. Ni mucho menos. Poco a poco se va logrando un consenso en torno a Jesús, al menos en la investigación independiente. Y para calibrar el proceso, bastaría pensar cómo hace cien años era casi impensable formular la idea de que Jesús de Nazaret era un judío cabal y que jamás abandonó su religión y cómo la afirmación moderna, incluidos casi todos los estudiosos confesionales, que sostiene que la figura de Jesús no se entiende si no se parte del judaísmo. Es cierto que pocos son los estudiosos que obtienen las consecuencias pertinentes…, pero el avance es positivo y perceptible.
 
 
Por mi parte, felicito al autor por este libro impresionante y a la Editorial que ha asumido la tarea de imprimirlo y difundirlo, a pesar de su buen tamaño
 
 
Seguiremos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Viernes, 16 de Noviembre 2018
El Evangelio de Marcos y la Odisea de Homero. “Compartir” (278) de 14 de noviembre 2018. Preguntas y respuestas.  (278)
Hoy escribe Antonio Piñero
 
Foto: Homero
 
 
PREGUNTA:
 
Profesor, me atrevo a hacerle dos preguntas:
 
1.- ¿Tiene fundamento la hipótesis formulada por el profesor Macdonald sobre la relación entre el Evangelio de Marcos y la Odisea?
 
 
RESPUESTA:
 
 
Le respondo con palabras del Prof. Dr. D. Fernando Bermejo en una Introducción a Hechos de apóstoles que está aún inédita, que yo sepa:
 
 
“El autor de Hechos parece haber dependido de la Ilíada y la Odisea en su elaboración de episodios tan distintos como el de la selección de Matías en sustitución de Judas, la visión de Cornelio y Pedro, la huida de Pedro de la prisión, el discurso de despedida de Pablo a los ancianos efesios en Mileto o el naufragio de Pablo; estos episodios presentan con la épica homérica paralelos llamativos, que a menudo no parecen poder ser desechados como triviales o puramente fortuitos. Ello podría significar que el autor no contó –al menos en muchos casos– con tradiciones previas, sino que transformó antiguas narraciones, creando sus historias como ficciones para emular relatos ya famosos en la enciclopedia cultural del mundo grecorromano. Esta práctica compositiva habría sido consistente con las expectativas de mímesis en la producción literaria del mundo antiguo y con la importancia en ella de Homero. Si el autor de Hechos usó su obra, su objetivo puede haber sido doble: por un lado, legitimar la historia fundacional de un nuevo movimiento religioso mediante el aura de autoridad de que gozaba la obra homérica como venerable referente cultural; por otro, proponer una alternativa religiosa, exaltando por comparación a los héroes de ese movimiento y a su Dios sobre los héroes y divinidades del mundo pagano”.
 
 
 
2.- ¿Hasta qué punto se puede decir que "nuestro" Nuevo Testamento es fiable si usted mismo asegura que se remonta al año 200? ¿No habría sufrido ya añadiduras que favorecieran a la Iglesia Paulina tanto en interpolaciones a textos existentes como la adición de nuevo material que favoreciera a esta variante teológica?
 
 
RESPUESTA:
 
 
Ciertamente es plausible que haya sufrido añadiduras o interpolaciones a lo largo de la historia del texto durante todo el siglo II. Pero no podemos estar seguros de ello en casi ningún caso, ya que los manuscritos de inicios del siglo III (hacia el 200) son papiros, y no tenemos constancia alguna de que el escriba fuera un propaulino fanático, tanto como para interpolar. Segundo: esos manuscritos proceden de distintas regiones geográficas…, y es muy raro que hubiera ya una clara ortodoxia paulina, tanto como para atreverse a alterar un texto que ya se consideraba sacro.
 
 
Así pues, no hay argumentos suficientes como negar rotundamente su hipótesis; pero en mi opinión la considero poco plausible, si se refiere a interpolaciones largas. De hecho Bart D. Ehrman, en su estudio sobre la corrupción ortodoxa de la Escritura, no contempla la hipótesis de largas interpolaciones o alteraciones. Añádase que diversas opiniones del propio Pablo (por ejemplo la del fin del mundo próximo en 1 Tes 4,13-17) que claramente había fallado en el siglo III, no fue corregida. Y sus seguidores inmediatos (por ejemplo, 2 Tesalonicenses, Colosenses y Efesios, mudan en muchos casos el pensamiento de Pablo).
 
 
Por tanto, salvo en un caso raro -–como 2 Cor 6,14-7,1—  las interpolaciones largas no parecen ser abundantes. Interpolaciones largas podrían ser, por ejemplo, 1 Tes 2,14-16. La edición del Nuevo Testamento de Senén Vidal, y sus obras sobre Pablo, apuntan, sin embargo, a bastantes interpolaciones. Para detectarlas utiliza el criterio de la incongruencia de un pasaje con otro dentro del mismo autor. Y es en Pablo donde señala la mayoría.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Miércoles, 14 de Noviembre 2018
¿Por qué los evangélicos / protestantes no admiten al Papa? (8-8-18) “Compartir (278) de 8 noviembre 2018.
Hoy escribe Antonio Piñero
 
Foto: Vaticano
 
Pregunta:
 
Perdone que le moleste, pero soy un católico centroamericano rodeado de evangélicos que me dicen, a veces burlándose, que eso del Papa no tiene fundamento alguno. Pero yo creo que está muy claro en San Mateo y en el Evangelio  de Juan. Y ¿Usted qué opina?
 
Respuesta:
 
Ya he escrito sobre el tema varias veces. Debería consultar el índice electrónico de Blogs y Facebook, que le paso a continuación: http://mynorte.com/cristoria   http://mynorte.com/cristoria/pyr.htlm
 
Brevemente, le respondo: el argumento de Mt 16,16-18 indica en primer lugar que lo que Jesús otorga a Pedro es un poder de perdonar… Pero resulta luego , en el mismo Evangelio, que Jesús concede ese mismo poder a toda la comunidad. No tiene nada más que contrastar Mt 16,16 con Mt 18,15-18.
 
Mt 16,16: “Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»”.
Mt 18, 15-18: “«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que = todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.  Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.  «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo»”.
 
Me parece evidente, aun considerando auténtico, es decir, que proceda del Jesús histórico, el pasaje de Mateo, se ve claro que lo Pedro, en todo caso solo es un “primus inter pares”: el “primero entre iguales”, lo cual no autoriza que a pensar que –incluso por una evolución histórica—Pedro puede llegar a tener las prerrogativas temporales y espirituales que han tenido los papas a lo largo de la historia. Y modernamente menos: el catolicismo ha deducido de ahí el dogma de la infalibilidad papal cuando habla sobre cuestiones de moral y dogma… Naturalmente es demasiado deducir.
 
Y en segundo lugar, porque hay razones de peso para pensar que lo que transmite Mateo en 16,16-18 no procede del Jesús histórico. ES más que probable que se trate de un dicho de un profeta cristiano de la comunidad de Mateo, que habla pretendidamente en nombre de Jesús, y que se salvaguarda bajo el nombre de Pedro contra la preponderancia de las comunidades que se amparan bajo el nombre de Pablo. El texto no es más que el reflejo de una disputa sobre la preponderancia de los grupos posteriores a la muerte de Jesús sobre el mando de los cristiano divididos grosso modo entre el judeocristianismo y la el paulinismo.
 
Estas razones son:
 
1. Las presuntas palabras de Jesús  dirigidas a Pedro en el primer texto carecen de sentido en un Jesús que esperaba el fin del mundo de inmediato (trasfondo de Mc 9,1, por ejemplo). Y menos esta iglesia. Su idea del grupo era constituir un cuerpo de Doce seguidores que representara a las doce tribus de Israel; no otra cosa.
 
2. El apelativo “mi Iglesia” es impropio en labios de Jesús, puesto que Jesús es el mesías de Israel, según acaba de reconocer Pedro un momento antes Mt 16,15-16: “Les dijo: «Y vosotros ¿quién decís yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»”.
 
3. Porque el pasaje no está en el resto de los evangelistas. Parece imposible que una declaración de este calibre, nada menos que fundar una iglesia “semieterna” por parte de Jesús esté ausente del todo en los otros evangelios.
 
4. Porque el pasaje del Evangelio de Juan que se presenta como apoyo, indica sólo una respuesta a la triple negación de Pedro. Ciertamente lo constituye como un líder del grupo, sí, pero de nuevo un “primus inter pares”; de ningún modo como un papa, con sus enormes prerrogativas. El texto dice así:
“Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.»  Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.».  Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas»”.
 
Además de este argumento, hay que decir que este pasaje del cap. 21 pertenece al Apéndice del Evangelio de Juan. Como se trata de una aparición del Jesús resucitado, no entra dentro del ámbito del Jesús de la historia. No pueden atribuirse las palabras dirigidas a Pedro como un mandato del Jesús histórico acerca de este discípulo como primado de los demás apóstoles.
 
Siento, pues decepcionarle, pero me temo que sus “amigos” evangélicos /protestantes, tienen razón, en cuanto a la iglesia. Pero que no se les ocurra tampoco argumentar que Mt 16,16-18 pertenece al Jesús histórico, aunque tenga otro significado.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero

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Jueves, 8 de Noviembre 2018
“Sobre el estudio del Nuevo Testamento con los métodos de hoy”. “Compartir” (277) de 6 de noviembre 2018. Preguntas y respuestas  (6-11-18)
Hoy escribe Antonio Piñero
 
 Foto:  “Aproximación al Jesús histórico”
 
 
 PREGUNTA:
 
 
¿Qué me aconseja para aprender griego koiné, que es la lengua en la se escribió el Nuevo Testamento?
 
 
RESPUESTA:
 
 
 
Para empezar creo que lo mejor es  introducirse en el griego del Nuevo Testamento  con el libro de David Allan Black, "Aprenda a leer el griego del Nuevo Testamento", en español, traducción revisada por mí, y conseguible en Amazon. Luego, se puede leer una gramática más avanzada (hay varias que pueden rastrearse en Internet).
 
 
 
PREGUNTA:
 
 
Quisiera saber, a veces ha mencionado que el enfoque de la crítica histórica aplicado en la Biblia que usted comparte nació a mitad del siglo pasado, quienes son los autores que comenzaron y continúan con esta corriente? Ya yo buscaría sus publicaciones.
 
 
 
RESPUESTA:
 
 
 
Tiene Usted un libro mío, en el colabora el Dr. Jesús Peláez, en español (también está en inglés “The Study of the New Testament. A Comprehensive Introduction”, Deo Publishing, Leiden, 2001) que responde exactamente a su pregunta, y además hace un resumen amplio de las ideas de cada autor: “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, Edit. El Almendro Córdoba (hoy distribuido por Herder, Barcelona), 1996.
 
 
En el último libro que he publicado, “Aproximación al Jesús histórico” Madrid, Trotta, 2018,, hay algunos capítulos en los que he resumido lo más importante de la historia de la investigación, y de los métodos de la “Historia de las formas”, “Historia de la redacción”, “Crítica textual”, “Estudio sociológico del Nuevo Testamento”.
 
 
 
PREGUNTA:
 
 
Sr. Antonio adquirí su libro “Los cristianismos derrotados” por supuesto un excelente libro, mi pregunta de qué documentos se basó para sacar todas esas sectas cristianas primitivas.
 
 
 
RESPUESTA:
 
 
En el Nuevo Testamento sobre todo. Las colecciones de textos llamadas “Padres Apostólicos”, “Padres apologetas”. Hechos apócrifos de los Apóstoles; Evangelios apócrifos (todos editados por la B.AC.; y mi edición “Todos los Evangelios” (EDAF, Madrid), Textos gnósticos (colección de José Montserrat, en Biblioteca Clásica “Gredos” de 1998). Textos gnósticos de Nag Hammadi; obras de Clemente de Alejandría, Ireneo de Lyón y Tertuliano (en diversas editoriales). Comentarios hay en la “Patrística” de Johannes Quasten (B.A.C.), en las Historias de la literatura cristiana, como las de Philip. Vielhauer (Sígueme)  y otras, por ejemplo, la editada también por la Editorial B.A.C. “Historia de la literatura cristiana primitiva” de C. Moreschini y E. Norelli.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Martes, 6 de Noviembre 2018
¿Existe el original del primer evangelio (el de Marcos del año 60-70)? O, ¿de qué año es la primera copia de dicho evangelio y dónde se encuentra? (4-11-18)
 Hoy escribe Antonio Piñero
 
 Foto: Papiro Rylands 52
 
 
PREGUNTA:
 
 
Hola, tengo una duda que quizás usted me pueda resolver pues mis consultas en la red no han sido del todo exitosas.  ¿Dónde se encuentran las primeras copias o los "originales" de los evangelios? ¿De qué año datan?
Por ejemplo: ¿existe el original del primer evangelio (el de Marcos del año 60-70)? O, ¿de qué año es la primera copia de dicho evangelio y dónde se encuentra? ¿Cuál es el documento más antiguo que se conserva del Nuevo Testamento, independientemente de cuando haya sido escrito?
 
¡Muchas gracias!
 
 
RESPUESTA:
 
 
Todos los escritos del Nuevo Testamento tal cómo se imprimen hoy son copias de originales perdidos. No se han conservado los originales (denominados “autógrafos”) de los diversos libros del Nuevo Testamento, sólo copias. Si se hubiese conservado la primera edición de alguno de ellos en alguna iglesia o depósito eclesiástico o bibliotecario en general, bastaría consultarla para ver en qué se había separado cada copia de su modelo. Pero esto no es posible. Nuestro único acceso a ellos es a través de copias de copias más o menos cercanas a lo que salió de manos del autor.
 
Y de tales copias de copias de copias conservamos en su conjunto más de 5.000, sobre todo en pergamino, y entre ellas hay 129 papiros, algunos muy antiguos. El más antiguo es el Papiro 52, que contiene Evangelio de Juan 18,31-33.37-38, conservado en la John Rylands University Library de Manchester, que se cree del más menos 150 e.c. Y la obra datada con mucha verosimilitud, más antigua del Nuevo Testamento es la Primera carta a los tesalonicenses de Pablo de Tarso, fechada en el 51 e.c. Por tanto uno 20 o 25 años anterior a la composición el Evangelio de Marcos, el primero de todos.
 
 
A partir del estudio de este inmenso número de manuscritos, es decir, de los textos que presentan y sus variantes principales entre sí, los estudiosos reconstruyen el texto que se considera más cercano a los originales. El más prestigioso se designa como «Nestle-Aland, Novum Testamentum graece», publicado por la Deutsche Bibelgesellschaft, de Stuttgart en 2012, edición vigésimo octava.
 
 
Respecto a este texto hay que hacer varias observaciones:
 
 
Primero: el texto de N-A se retrotrae al estado textual que cada una de las obras del Nuevo Testamento podría tener en torno al año 200, como mucho. Así que entre la fecha de la 1 Tesalonicenses, y el texto que poseemos hoy median 150 años; y ese lapso de tiempo no puede acortarse.
 
 
Segundo: entre esta fecha de composición de 1 Tesalonicenses y el texto del Evangelio de Marcos y el momento en el que fue declarado más o menos sagrado, o canónico (la historia de este acto es oscurísima) hacia el año 200, todos los textos del Nuevo Testamento de hoy fueron manipulados o editados de alguna manera.  Fue cambiado, por tanto.
 
 
Tercero: este texto del Nuevo Testamento, tal cual ha sido reconstruido por N-A, no se encuentra estrictamente así en ningún manuscrito que haya llegado a nuestras manos hasta hoy, sino que es una reconstrucción teórica del posible original.
 
En cuarto lugar: los manuscritos que poseemos son el resultado del azar histórico, pues sin duda hubo otros, a priori también buenos, que resultaron destruidos en guerras, incendios u otros percances más o menos fortuitos.
                                
 
A pesar de estas advertencias, sin embargo, podemos estar relativamente seguros de que se ha reconstruido un texto bastante parecido al de los originales. Y ello por la razón de que poseemos textos de autores cristianos primitivos cuyas obras, que citan partes del Nuevo Testamento, no entraron en el canon de libros sagrados, pero que escribieron antes de esa fecha y esas son bastante parecidas al texto que se ha reconstruido científicamente hoy día.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
Domingo, 4 de Noviembre 2018
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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