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ECONOMÍA: Joaquín Guzmán


En el fondo de la crisis económica que arrastramos, existe un grave problema de ignorancia, propiciado en gran medida por la obstinada tendencia a imitar y sobrevalorar los conocimientos y métodos económicos generados en los centros de investigación y think-tank norteamericanos.



Parece que hay un alto grado de consenso en que la actual crisis económica tiene un origen financiero, en particular en el mercado norteamericano con las hipotecas subprime, durante la última década. Muchos analistas se vienen preguntando ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo se ha permitido que los mercados y agentes financieros se comportaran durante años tan desaprensivamente?

Y yo me pregunto ¿dónde están los expertos económicos de la Reserva Federal, veladores del sistema? ¿Acaso no sabían que el sistema financiero constituye un pilar básico para el resto del sistema económico y que la falta de rigor en las actuaciones financieras puede provocar consecuencias catastróficas de enorme magnitud?

Esas consecuencias negativas las estamos ya sufriendo en Europa y Estados Unidos en términos de paro, asfixia de PYMES y recesión, pero mucho más graves son las consecuencias en el mundo hipodesarrollado, donde el hambre y la miseria se está acelerando y, por si fuera poco, la ayuda al desarrollo se está restringiendo notablemente. Ante esta situación el hombre de la calle pone el grito en el cielo cuando lee o escucha que con sólo el 1% del dinero destinado por los gobiernos norteamericano y europeos para sanear a los bancos, sería suficiente para acabar con la situación de extrema pobreza en el mundo.

Al margen de irresponsabilidades y falta de ética en algunos gestores financieros norteamericanos y en la tolerancia internacional con la existencia de paraísos fiscales (que han desempeñado un papel crucial en la transmisión de los activos tóxicos desde las entidades financieras norteamericanas a las europeas), creo que en el fondo de la crisis económica que arrastramos, existe un grave problema de ignorancia, propiciado en gran medida por la obstinada tendencia a imitar y sobrevalorar los conocimientos y métodos económicos generados en los centros de investigación y think-tank norteamericanos

El avance tecnológico posee sus motores impulsores en los países más desarrollados, especialmente en EE.UU., y el resto de los países casi se limitan a “importar” esos avances. En estos tiempos de globalización está ocurriendo algo parecido con la economía, no sólo en lo que se refiere a comportamientos de consumo y técnicas de producción y gestión, sino también en la asimilación, sin más, de las teorías que se elaboran en las universidades “de prestigio”, especialmente norteamericanas.

En el campo de las ciencias experimentales, fundamentalmente en el ámbito tecnológico, es natural que se “importen” las teorías y las nuevas técnicas diseñadas en los centros de investigación que gozan de mayor dotación material. Desde este punto de vista, está justificado que las universidades y los centros de investigación europeos y del resto del mundo se inspiren en gran medida en los nuevos planteamientos científicos desarrollados en las universidades norteamericanas. Sin embargo, esto no debería ser necesariamente el caso de la investigación científica en las ciencias sociales y especialmente en la Economía, puesto que en este tipo de conocimiento no existen la verdades absolutas y universales. El componente social, es decir, el contexto cultural, las condiciones históricas y geográficas, los factores sociopolíticos, etc., son fundamentales para el desarrollo de las investigaciones económicas.

Necesidad de otra economía

Los métodos para perpetuar esa hegemonía de la ortodoxia económica son muy sofisticados, pero en general adquiere una gran relevancia el mecanismo intelectual-académico que describió con gran nitidez el Premio Nobel Gunnar Myrdal hace ya bastantes años: “aquellos que se adhieren al cuerpo dominante forman la ortodoxia; sus obras tienen prestigio, se citan mutuamente y, en general, no mencionan a nadie que no forme parte de este grupo y menos a los rebeldes, cuando se da el caso de que algún economista se atreve a poner en tela de juicio los métodos y teorías que tienen en común los economistas ortodoxos”.

Esto lo señalaba Myrdal hace más de dos décadas, pero en la actualidad, este proceso empobrecedor de la Ciencia Económica se ha incluso reforzado a través de la propia valoración de la calidad en las investigaciones económicas. Como cualquier profesor universitario sabe, en toda Europa y en buena parte del resto del mundo, se ha impuesto el principio norteamericano de “publicas o morirás”; pero no todas la publicaciones tienen el mismo valor, no por su contenido, sino por su continente, es decir por la revista que da acogida al trabajo en cuestión.

Curiosamente, en Economía, se valoran más, con gran diferencia, las revistas anglosajonas y en especial las norteamericanas, con lo cual el investigador no ortodoxo se choca sin remedio con las condiciones señaladas por Myrdal. Naturalmente, este proceso debe contar con el colaboracionismo, un tanto provinciano, de los prebostes de la ortodoxia económica en las universidades autoconsideradas periféricas, lo que suele ocurrir sin grandes dificultades al menos hasta ahora. Con ello se cierra un círculo que es muy difícil de romper y que constituye un factor más para explicar la incapacidad de la Ciencia Económica para evitar problemas económicos tan graves y artificiales como los actuales.

Ante la nueva situación creada por la crisis, los expertos económicos sólo han sido capaces de volver al consabido debate “más estado o más mercado” y las medidas aconsejadas y aplicadas se han limitado a recordar a Keynes y a inyectar liquidez al sistema financiero, probablemente sin reparar que las repercusiones en términos de déficit y deuda pública van a ir a cargo de generaciones futuras, sin saber ni medir sus consecuencias. Y todo ello en un contexto intelectual que, como señalaba Galbraith con toda su experiencia poco antes de morir, está lleno de analistas que por lo general “no saben que no saben”.

Creo que se impone la necesidad de desembarazarse del colonialismo intelectual anglosajón en el ámbito económico, y quizás esta sea una buena oportunidad para plantearse otros paradigmas y otra forma de pensar en el funcionamiento de la economía.

Jueves, 8 de Enero 2009


Joaquin Guzman | Comentarios

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Editado por
Ardiel Martinez
Catedrático de Economía Aplicada (Universidad de Sevilla), Joaquín Guzmán Cuevas es autor y/o coautor de 15 libros sobre Sistema Financiero, Pymes, Economía Andaluza, Economía Española, Economía Mundial y Economía-Etica, así como autor de más de 30 artículos científicos en revistas nacionales e internacionales. Ha impartido docencia en las universidades de Sevilla, Huelva, Jaén, Nebrija (Madrid), Complutense (Madrid), Florencia (Italia), Nottingham (Reino Unido), Atenas (Grecia), Brno (Rep. Checa), Aquisgrán (Alemania), además de en otros foros académicos-empresarial y universidades de verano. Secretario General de la Sociedad de Economía Mundial (SEM), es Miembro del Comité Editor de la Revista de Economía Mundial, de la Revista de Estudios Andaluces y de la Internacional Entrepreneurship and Management Journal (Springer). Joaquin Guzmán murió debido a una cruel enfermedad el 25 de agosto de 2012. Con nuestra gratitud y respeto.


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