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ESPAÑA SIGLO XX: Santos Juliá
Blog de Tendencias21 sobre la historia reciente de España




A PROPÓSITO DE GREGORIO MARAÑÓN

TRIUNFO Y QUIEBRA DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA (I)

Recordaba Gregorio Marañón, en uno de sus artículos publicados durante la guerra civil, que cuando los hombres de su generación eran unos muchachos, su infancia se había visto entristecida por la guerra con Norteamérica: tristeza por aquel finis Hispaniae que tardaría mucho tiempo en desvanecerse hasta quedar rodeada por un halo de romanticismo. Cuatro años mayor que él, José Ortega había evocado también, en carta de juventud a Miguel de Unamuno, el estado mental de los muchachos de veinte años que abrieron “los ojos de la curiosidad razonadora al tiempo de la gran caída de las hojas de la leyenda patria”. Manuel Azaña, nacido tres años antes que Ortega, reflexionaba sobre la nueva generación a la que él mismo pertenecía destacando que había “recibido en su corazón el sello candente de la desgracia en una edad en que las impresiones son muy profundas y que una vez recibidas no se borran ya”. En fin, Fernando de los Ríos, un año mayor que Azaña, evocará en su madurez ante un público mexicano el dolor enorme que sintió el alma española en 1898 y la impresión que a ellos, niños recién ingresados en la universidad, les causó aquella enorme derrota.
Nacidos entre 1879 y 1987 vienen aquí los cuatro a colación porque, como tantos otros que fueron adolescentes o jóvenes en el 98, son ejemplo de una generación intelectual que, reaccionando contra esta experiencia formativa de su juventud, protagonizó el periodo más vivaz, más prometedor, más lleno de realidades y de posibilidades, de la historia de España desde la caída del Antiguo Régimen y sufrió la más cruel de todas las derrotas posibles. Vivieron a fondo una experiencia política rara vez concedida a una generación intelectual, contemplaron con admiración y euforia la pacífica caída de una monarquía y la proclamación festiva de una república, se aprestaron, unos, a servirla, otros, a gobernarla. Constituyeron, en el sentido que Marañón dio a esta palabra, una generación, esto es, “un conjunto de hombres que han oído a la vez el eco de su destino histórico”.
Exponentes, los cuatro, de esa generación que ha pasado a la historia, por muchas y buenas razones, con el número 14 como seña de identidad colectiva, sus biografías revelan algunas de las características de la España de principios de siglo, conmovida por el desastre del 98, alarmada por la semana trágica de 1909, dividida ante el estallido de la Gran Guerra en el verano de 1914 y favorecida por un crecimiento económico que vino acompañado de una transformación del paisaje urbano, de la aparición de conflictos sociales y políticos y del incremento muy notable de población joven. Fue un tiempo de grandes transformaciones en todos los terrenos, sobre todo, en el de las expectativas. Al fin, parecía como si los obstáculos tradicionales que tanto lamentaron sus mayores habían cedido y las cosas no iban a seguir como hasta entonces: el orden político y social de la Restauración, con sus oligarquías bien establecidas, sus caciques como empresarios de la política, su Estado sometido a la tutela militar y eclesiástica, su sociedad adormecida, experimentaron una fuerte sacudida que afectó a todo el sistema de la Monarquía española constituida en 1876.
Fue en esta sociedad en transformación donde hicieron acto de presencia los intelectuales de la nueva generación, la que irrumpía con el propósito de corregir la plana a sus mayores del 98. Un numeroso grupo de jóvenes españoles siguió estudios en el extranjero gracias a la política de pensiones establecida por el gobierno liberal desde 1901 y extendida años después con la Junta para Ampliación de Estudios, aprendió alemán, inglés o francés, y regresó a España para enseguida, sin haber cumplido los treinta años, ganar la cátedra u ocupar un puesto relevante en la vida profesional. Esta gente nueva no se creía degenerada ni disfrutaba tumbándose en los cementerios. Dueños de variados saberes, estos jóvenes hablaban, en ateneos y sociedades culturales, de mecánica, de geometría, de histología, de física, de relatividad, de pedagogía, de urbanismo, de arquitectura. A principios de los años veinte se había consolidado ya lo que Thomas Glick ha llamado una clase media científica, una "comunidad científica acostumbrada al encuentro relativamente frecuente con científicos extranjeros del calibre más elevado".
A este momento de creatividad científica y cultural se añadió una vocación de intervención pública: nacidos en una España recogida sobre sí misma, llegados a la juventud escuchando por doquier el llanto sobre la muerte de España, aquellos jóvenes universitarios regresaban cargados de un espíritu de misión: volvían, recordará Fernando de los Ríos “con un fervor, con un entusiasmo tales que cada uno de nosotros nos considerábamos como un romero del ideal que habíamos de realizar dentro de nuestro país”. Algo era preciso hacer para colmar el abismo abierto entre España y las naciones en las que tuvieron oportunidad de ampliar sus conocimientos. Debían, ante todo, mostrar su competencia en el ejercicio de sus respectivas profesiones y, luego, participar en las iniciativas de pedagogía social que ateneos, clubes, casas del pueblo, escuelas nuevas, ponían en marcha para elevar el nivel educativo de tantas gentes a las que sus predecesores habían contemplado, y despreciado, como masas amorfas e inertes, necesitadas de látigo, y a las que ellos veían como una nueva clase obrera, amenazante desde los extrarradios, pero que buscaba elevar su nivel de vida y de cultura en todos los órdenes y que portaba un proyecto de organización social: el socialismo.
Esas experiencias comunes explican la rápida adhesión a un liberalismo social, que procedía de la Institución Libre de Enseñanza, que había arraigado en las instituciones promovidas por la Junta para Ampliación de Estudios y que llevó a los más destacados intelectuales de esta generación a abrazar, en lo que respecta a la política interior, la causa del reformismo y, respecto al exterior, la causa de los aliados. Cerca de dos mil “jóvenes y gente moderna que no rendían culto a la forma” se reunieron en el banquete ofrecido a Melquíades Álvarez un día de octubre de 1913 y, solo dos años después, volvieron a aparecer muchos de ellos como firmantes del “Manifiesto de adhesión a las Naciones aliadas”, que verá la luz en la revista España el 9 de julio de 1915: reformismo político y social en el interior, aliadofilia en el exterior, alimentaron la expectativa de cambio de la gran mayoría de esta generación liberal que, en noviembre de 1917, firmaba un manifiesto “Por la amnistía” y encabezaba la correspondiente manifestación en apoyo de los dirigentes obreros encarcelados a consecuencia de la huelga general revolucionaria de agosto de ese año. Y, una vez más, cuando la Gran Guerra llegaba a su fin, volveremos a encontrarlos incorporándose a una “Unión Democrática Española para la Liga de la Sociedad de Naciones Libres”, donde habría de caber “todo hombre que fuera liberal y demócrata, independientemente de que esté afiliado a cualquier partido o a ninguno”.
Todo hombre liberal y demócrata: si el primer liberalismo de esta generación apareció teñido de una dimensión social, a partir del fin de la Gran Guerra se afirmó nítidamente como democrático. Los aliados triunfan y tronos y coronas ruedan por los suelos. Pero en España, con todo lo que está ocurriendo en la vida económica y social, no pasa nada en el gobierno salvo el retorno a la más vieja política, incapaz de abrir un cauce a la representación de las nuevas clases surgidas al socaire del crecimiento económico y la transformación social. La protesta obrera se multiplica, mientras los “experimentos de nueva España” que Ortega había propuesto dentro de la monarquía languidecen hasta agotarse. No hay nada que hacer. La guerra de Marruecos será el pretexto para una nueva intervención militar en el curso de la política que liquida la Constitución y deja al descubierto los verdaderos fundamentos de un régimen incapaz de transitar, por medio de su propia reforma, desde el liberalismo a la democracia.
A partir del golpe de Estado de Primo de Ribera de septiembre de 1923 y del proyecto de rellenar el vacío constitucional provocado por la dictadura, los profesionales e intelectuales de la generación de 1914 se decantan crecientemente por la República como única forma de Estado que en España pueda identificarse con la democracia. El 11 de febrero de 1926, aniversario de la República de 1873, Gregorio Marañón, que había puesto su firma al pie de los manifiestos de adhesión a la Naciones Unidas, de petición de amnistía y de la Unión democrática, firma también, con una veintena de intelectuales y de los representantes de Alianza Republicana, un “Manifiesto al país” denunciando el régimen de excepción, fuera de la ley constitutiva del Estado a la que estaba sometida España y demandando la convocatoria de Cortes constituyentes en las que lucharían por el régimen republicano.
En España, la reivindicación de la República por las clases profesionales viene siempre acompañada de una llamada a la clase obrera para formar una conjunción o frente común. Tres años después del Manifiesto, los caminos vuelven a confluir: la táctica del liberal español, incluido el republicano, escribe Marañón en su prólogo a ¿Adónde va España?, de Marcelino Domingo, debe ser “de comprensión radical y entrañable para las aspiraciones proletarias”; el orden, añade, solo se engendra en la conjunción de dos padres insustituibles: la libertad y la justicia. Hasta Ortega se suma al clamor contra la Monarquía y funda, con el mismo Marañón y con Pérez de Ayala, una Agrupación al Servicio de la República. El entusiasmo no deja de crecer y en la tarde del 14 de abril de 1931, después de la histórica conversación entre Niceto Alcalá Zamora y el conde de Romanones, con el mismo Marañón como anfitrión y testigo mudo del encuentro, y con Ortega junto al doctor Pittaluga aguardando en una habitación contigua, se conviene que Alfonso XIII, antes del anochecer, tome el camino del exilio. La República ha venido y con ella parece haber sonado el triunfo de un liberalismo que es a la vez democrático y social.
Santos Juliá
24 de noviembre de 2009
Santos Juliá
Martes, 24 de Noviembre 2009 10:31

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Nacido en Granada, de donde son sus primeros recuerdos: un carmen, un jardín, una tapia, Francisco Ayala emigró, muy joven todavía, con su familia a Madrid, donde cursó la carrera de Derecho y devoró a los autores españoles que aún no habían entrado en su casa granadina. Un paraiso, lo ha llamado en sus recuerdos. Y eso era Madrid, como un paraiso, cuando tres generaciones de intelectuales, coincidiendo en una urbe de dimensiones familiares, protagonizaron un momento cultural que sorprende todavía hoy por su creatividad, la diversidad de sus campos y la riqueza de sus producciones. En los años diez y veinte, Madrid se llenó de científicos, médicos, investigadores, arquitectos, ingenieros, filósofos, novelistas, poetas, músicos, pintores. Madrid hierve, recordaba José Moreno Villa en el exilio, "mis amigos quieren superarse. Todos, todo un enjambre. Hay un rumor renacentista que los mantiene en vilo. ¡Qué maravilla! Durante veinte años he sentido ese ritmo emulatorio y he dicho: así vale la pena vivir".

Por ese enjambre comenzó a moverse muy pronto el joven Francisco Ayala, que entra en La Granja El Henar, va a Pombo, frecuenta Revista de Occidente y la redacción de El Sol. Como tantos lectores ávidos, será enseguida un escritor precoz: cuando aun no ha cumplido 20 años, tiene ya en los escaparates su primera novela, Tragicomedia de un hombre sin espíritu. Madrid era una ciudad, más que abierta, incitante; quien tuviera algo que decir podía estar seguro de encontrar un camino hasta el público. Ayala no tardó en encontrarlo: en 1930, había terminado sus estudios de derecho y ganado merecida reputación de escritor. Lo más apropiado habría sido presentarse a alguna oposición que le permitiera seguir el curso de un literato seguro de su estilo e integrado en el cogollo de la producción cultural madrileña. Pero precisamente en este momento se siente impulsado a cumplir una exigencia de aquella generación lectora de clásicos. Feliz y seguro en su paraiso, decide salir a Alemania, un "rito de iniciación" del que dejó espléndida huella en su último relato vanguardista, Erika ante el invierno, presagio de las tormentas que se cernían sobre Europa.

A los pocos meses de su regreso de Berlín, se proclama en España la República, y Ayala abre un paréntesis en su creación literaria para trabajar en la cátedra de Adolfo Posada. Gana dos oposiciones en tres años: letrado de las Cortes y catedrático de Derecho Político; publica su primer estudio jurídico-político y traduce y presenta al público español, en un lenguaje que conserva hoy toda su vigencia, Teoría de la Constitución, de Carl Schmitt. Parece definitivamente orientado hacia la ciencia política, pero su cercanía a Posada le lleva a descubrir la sociología, pariente pobre de la extraordinaria eclosión cultural del primer tercio de siglo. Con otros tres colegas de Universidad, Enrique Gómez Arboleya, Luis Recaséns Siches y José Medina Echavarría, se contará entre los padres fundadores de la nueva disciplina en España.

Nunca hombre de partido, aunque se afiliara al dirigido por Manuel Azaña, Ayala mantuvo siempre su lealtad a la República, a la que sirvió durante la guerra civil, junto a Luis Jiménez de Asúa, desde la embajada en Praga. Allí pudo percibir la dimensión internacional de la guerra que desgarraba a España y la indiferencia de las potencias democráticas hacia esta excéntrica nación. El problema de España se le habría de representar entonces de forma mucho más acuciante: la misma guerra demostraba que España ocupaba una situación marginal en el conjunto de la cultura moderna. Ese descubrimiento fue como una nueva luz que proyectará sobre "el problema que desde la Contrarreforma hubo de amargar a tantos españoles". Más cerca de Américo Castro que de Claudio Sánchez Albornoz, Ayala percibió que el esencialismo romántico, que Castro había expulsado por la puerta al afirmar que la nación no es la concreción de ninguna esencia, se le había vuelto a colar por la ventana con su concepto esencialista de morada vital.

Tachada por Sánchez Albornoz su intervención en la célebre polémica poco menos que como un documento de la Anti-España, tampoco Castro se mostró complaciente: molestaba a los dos grandes historiadores que un tercero en discordia, veintitantos años más joven que ellos, viniera desde la sociología a enmendarles la plana. Pero en esa disputa sobre el ser de España, era Ayala quien llevaba razón. Si una nación se define como una esencia intemporal –escribió- sólo caben dos actitudes: de aceptación, entusiasta o resignada; o de hostilidad dirigida a su exterminio. Y entonces, afirmaba, ya estamos otra vez en la lucha de España contra Anti-España, que era precisamente lo que se trataba de evitar. Desde su exilio, fue un adelantado en el análisis sociológico de la nación como una construcción histórica, temporal, desvinculando su significado de cualquier conexión con una esencia, un alma, un carácter, una identidad, un espíritu. Demasiado había sufrido en su propia vida y en su familia los estragos causados por el espíritu nacional y por la exaltación de la identidad colectiva como para sucumbir de nuevo a sus encantos.

Liberal en los oscuros tiempos de ascenso de los totalitarismos y humanista en tiempos de especialización, Francisco Ayala, escritor de inolvidables relatos, politólogo, autor de un Tratado de sociología, nos devuelve lo mejor de nuestra historia. La generación de españoles nacida cuando él y miles como él se vieron forzados a tomar el camino del exilio, creció en medio de aquel "silencio húmedo" bajo el que los muertos entablaron "su soterrado diálogo" del que dejó testimonio en su Elegía española. No había nada por ninguna parte, escribió en 1939, nada, sino silencio. "No había nada, nada sobre la tierra y, bajo ella, muertos infinitos yacían en confusión". Cuando los nacidos después de la guerra civil mirábamos hacia atrás, solo veíamos un gran hueco en nuestra reciente historia: los usurpadores nos incitaban a saltar hasta los Reyes Católicos y desechar todo lo demás, como desperdicio y basura liberal y extranjera. Así crecimos, cortados de nuestra historia. Luego, a trancas y barrancas, comenzamos a descubrir que venimos de un pasado no tan deleznable; que antes de la destrucción que fue la guerra civil valía la pena vivir en aquel enjambre de liberales y humanistas, entre los que encontró un sitio propio y una voz personal Francisco Ayala. Su centenaria vida nos devuelve aquella historia, nos entronca a nuestras raíces y nos permite recordar que si hoy nos enfrentamos con mirada menos metafísicamente dolorida a nuestro pasado lo debemos, en primer lugar, a que en él habitaron gentes como Francisco Ayala.
Santos Juliá
Jueves, 12 de Noviembre 2009 10:51

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Es cierto que venimos de una historia plagada de enfrentamientos civiles, pero buscar su razón en alguna cualidad de la sangre de los españoles o en un fracaso cuyas raíces se hundirían más allá del tiempo, en la configuración misma de un supuesto ser de España, es el mejor camino para extraviarse.



Veintitrés años de monarquía constitucional aunque no democrática, más otros siete de monarquía con dictadura y sin Constitución; ocho años de república, de los que tres en guerra civil con parte sustancial del territorio bajo otra dictadura militar; treinta y seis años de dictadura, tres de transición y veintitrés de democracia: en conjunto, una elocuente secuencia de lo muy complicado que ha sido establecer en España una forma de Estado basada en un amplio consenso social. La monarquía dictatorial se hundió en 1931 empujada por una fiesta popular que tomó el aire de una revolución; la República fue derrotada en 1939 después de una larga guerra civil; la dictadura quebró entre 1975 y 1977 tras una larga crisis interna y la democracia sólo se instauró en 1978, como punto de llegada de un proceso con más conflictos y sobresaltos de los que la memoria hoy hegemónica, con su relato de transición como pasividad, renuncia y amnesia, está dispuesta a reconocer. Tanto vaivén, con los antecedentes de rebeliones, insurrecciones y revoluciones y consiguientes cambios de Constitución, en que tan pródigo fue el siglo XIX, ha extendido la convicción de una especial dificultad española para encontrar un sistema político y una forma de Estado acorde con los cambios de la sociedad.

Pues la otra cara del postulado de una dificultad política específicamente española en la construcción de un Estado homologable a los designados como de “nuestro entorno”, es que la sociedad siguió, a pesar de tantas rupturas políticas, el curso de unos cambios similares a los que habían recorrido con unas décadas de adelanto las más prósperas sociedades europeas. La sociedad española, en efecto, comenzó su gran transformación hacia la segunda década del siglo XX, cuando se hizo manifiesto un rápido cambio demográfico acompañado de las típicas variables del proceso de modernización: crecimiento de las ciudades, industrialización, alfabetización, auge de la clase media y de la sociedad profesional, secularización, densidad cultural, investigación científica. Pero si el proceso social siguió más o menos, con retrasos y bloqueos, el curso emprendido antes por nuestros vecinos, el político estuvo sometido a fortísimas tensiones que impidieron su correlativa transformación. Se diría que mientras la sociedad se transformaba en el sentido de la modernización, la política se alejaba de la democratización y reculaba hacia formas anacrónicas, impuestas a aquella sociedad por sus tutores tradicionales, el Ejército y la Iglesia católica, como un corsé que durante décadas le impidió respirar a su aire.

Quizá podría verse en esa distancia entre sociedad y Estado la razón de ese continuo tejer y destejer, de esas quiebras de continuidad, que caracterizan a la marcha de nuestra historia en los dos últimos siglos y que tuvo un punto de quiebra radical en la Guerra Civil de 1936 a 1939. Esa guerra fue el acontecimiento central de la historia de España del siglo XX: no puede entenderse nada de lo ocurrido desde 1936 en España prescindiendo de la guerra civil. Guerras y revoluciones hubo también en el siglo XIX: contra el invasor francés, entre absolutistas y liberales, guerras coloniales, interminables, y hasta una guerra relámpago contra Estados Unidos en 1898, además de las diversas algaradas, levantamientos e insurrecciones que esmaltaron la historia política desde la revolución liberal de los años treinta hasta la de 1868. El recurso a la violencia fue habitual en las luchas políticas del siglo XIX, acostumbrado a contemplar caídas de gobiernos y hasta de regímenes empujados por la fuerza de las armas. Pero, a pesar de las muchas guerras y del intermitente retumbar de los cañones, ninguna guerra civil agota la explicación del siglo XIX, ninguna se ha convertido en razón de ese siglo. No ocurre lo mismo en el XX, radicalmente impensable sin la guerra civil.

Esto es así porque, a diferencia de las guerras del siglo XIX que unas veces acabaron sin un claro vencedor y otras dieron lugar a paces de diverso signo, la guerra civil del siglo XX logró plenamente su propósito: un vencedor que exterminó al perdedor y que configuró una sociedad e implantó un Estado con pretensiones de eternidad porque respondía, en la concepción de los vencedores, al auténtico ser de España. La guerra civil redujo la complejidad y diversidad de la sociedad española del primer tercio del siglo XX a dos bandos enfrentados a muerte, con el resultado de que el vencedor nunca accedió a ningún tipo de reconciliación que volviera a integrar a los vencidos en la vida nacional. Desde 1939, España quedó brutalmente amputada de una parte muy notable de sus gentes y de su historia; hasta 1975, España vivió de la guerra o de las consecuencias de la guerra, que aun habrían de extender su sombra durante todo el periodo de transición a la democracia.

De ahí que esta guerra, por la radicalidad de un enfrentamiento que escindió en dos a la sociedad española, haya proyectado su ominosa luz sobre el periodo anterior convirtiendo en clave metahistórica la imagen inventada por las generaciones intelectuales de principios de siglo para interpretar su propio tiempo como una pugna entre dos Españas. La metáfora de las dos Españas se convirtió durante la guerra en la base de una nueva versión del gran relato de la historia de España como una tragedia, no al modo liberal, como nación decaída que habría de levantarse cuando el pueblo recuperara su libertad, sino al modo metafísico y religioso, como destino inexorable de un enfrentamiento a muerte entre dos principios eternos y excluyentes. Lo que en su origen fue una figura retórica para invitar a las nuevas generaciones que llegaron a la escena pública en torno a 1914 a romper con la vieja política, se convirtió con la guerra civil en una muestra ejemplar del principio hermético post hoc ergo ante hoc por el que la consecuencia pasa a ser causa de la propia causa: como la guerra civil escindió inevitablemente a España en dos, la escisión de España en dos fue la causa inevitable de la guerra civil.

Es cierto que venimos de una historia plagada de enfrentamientos civiles, pero buscar su razón en alguna cualidad de la sangre de los españoles o en un fracaso cuyas raíces se hundirían más allá del tiempo, en la configuración misma de un supuesto ser de España, es el mejor camino para extraviarse. Aquí, en estos apuntes, trataremos de huir de este tipo de consideraciones, que convierten en destino inexorable, inevitable, un pasado abierto a múltiples posibilidades, para proyectar una mirada simplemente humana y, por tanto, provisional, apuntando hipótesis y probabilidades más que enunciando axiomas y certidumbres, hacia algunas de las cuestiones relacionadas con la sociedad, la política, la cultura y la economía españolas del siglo XX, sin perjuicio de realizar alguna incursión por este primer tramo del XXI que nos ha tocado en suerte vivir.
Santos Juliá
Lunes, 2 de Noviembre 2009 12:38

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Editado por
Santos Juliá
Eduardo Martínez de la Fe
Santos Juliá es catedrático del Departamento de Historia social y del pensamiento politico en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Durante las últimas décadas ha publicado numerosos trabajos de historia política, social y cultural de España en el siglo XX: República y guerra civil, socialismo, Madrid, intelectuales, Azaña, franquismo, transición y cuestiones de historiografía han sido los principales campos de su trabajo. Premio Nacional de Historia de España 2005 por su libro Historias de las dos Españas, ha editado recientemente las Obras Completas de Manuel Azaña en siete volúmenes y ha publicado Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940. Escribe también, desde 1994, comentarios de política española en el diario El País.






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