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ESPAÑA SIGLO XX: Santos Juliá
Blog de Tendencias21 sobre la historia reciente de España




Por su crítica a la historia romántica y esencialista y por su concepción de la historia como ciencia de la totalidad del pasado de las comunidades sociales, Jaume Vicens ocupa un lugar central en la renovación de la historiografía catalana y española.


Para mejor entender la insustituible posición que Jaume Vicens Vives ocupa en la historia de la historiografía española y catalana, tendríamos que situarnos en el momento de la definitiva derrota de la República, cuando un joven que ha presentado una brillante tesis doctoral –que por cierto envió con una carta al presidente de la República, Manuel Azaña- no sabe muy bien qué hacer con su vida. Es la derrota total y el presumible destino de los derrotados, a poco que hubieran manifestado su adhesión a la causa republicana, es el exilio, la cárcel o el pelotón de fusilamiento. En el prospecto repartido esta mañana dice que Vicens optó por no exiliarse y es verdad: optó por permanecer en Barcelona; pero optó también por no vivir en esa otra forma de exilio a la que como tantos otros intelectuales y profesionales pudo haberse visto condenado, el exilio que hemos llamado interior. Da la impresión de que Vicens se enfrenta a su futuro de forma muy racional, intentado reconstruir su vida en la nueva situación creada por la derrota de la República y midiendo bien los recursos de que dispone para emprender esa reconstrucción.

Él no es ni quiere ser un exiliado, primero; y él no es ni quiere ser un exiliado interior, segundo. Quiere ser o seguir siendo un historiador con algo que decir no solo en relación con la historia de Cataluña, sino también en relación con la historia de España y de las mutuas relaciones establecidas a lo largo de los siglos. Por eso, regresa a Barcelona tras un periodo de depuración en forma de destierro, con una obligada estancia en Baeza y, después de crear una editorial, entra en contacto con el grupo que en Madrid está ascendiendo rápidamente al poder académico, con un propósito, unos objetivos, entre ellos el de triunfar –como entonces se decía cada vez que uno de los suyos ganaba una cátedra: ¡ha triunfado!- en unas oposiciones a catedrático de Universidad.

Para triunfar en oposiciones en el año 47, además de una presentable trayectoria académica ante el tribunal se necesitaba contar con apoyos, que Jaume Vicens va construyendo a partir de sus colaboraciones con la revista Destino y sus relaciones con el grupo del Opus Dei liderado por Rafael Calvo Serer, que controla el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y que ha establecido ya una sólida posición en las vías de acceso a cátedras universitarias con historiadores como Florentino Pérez Embid o Vicente Palacio Atard, que forman lo que Jaume Vicens, desde Destino, bautiza como generación de 1948. Con una editorial, una revista en la que escribir y una cátedra, Vicens comienza a ser una singular figura en la España de los años cuarenta. No se encuentran muchos tipos como él, capaces de burlar al destino a que estaba probablemente condenado y construirse una base económica y una posición institucional desde las que desarrollar un programa historiográfico autónomo, independiente de las presiones y servidumbres de grupo o de adscripción sin las que en la España de entonces era imposible salir adelante.

Ese programa partía de un evidente malestar con la historia que se escribía en su tiempo. Confiesa no sentirse a gusto con la techumbre que Menéndez Pidal ha pretendido imponer sobre la historia de España, pero a la vez recuerda la ocasión memorable en que arremetió contra otra especie de techumbre: la que Rovira i Virgili construyó sobre la historia de Cataluña. En múltiples ocasiones somete a dura crítica la identificación de historia y poesía, propia del romanticismo y propone, de una parte, librar a la historia catalana de lo que llamará coacción romántica y, de otra, barrer de la selva histórica española el follaje romántico y el oscurantismo barroco. En definitiva evadirse de la especulación histórico-metafísica y de las lucubraciones sobre el ser de las naciones para volver a la historia como un saber científico acerca del pasado.

Vicens afirma que es propio de cada generación plantear problemas y revisar las respuestas que generaciones anteriores han elaborado, teniendo en cuenta el ambiente científico internacional sin el que resulta imposible respirar. Si la palabra no estuviera tan degradada por sus recientes malos usos, diría que es la actitud propia de un revisionista que, conociendo bien lo que se ha realizado hasta la fecha, pretende introducir nuevos elementos de comprensión del pasado, libres por completo de las preocupaciones de las corrientes nacionalistas reinantes: “a mí, personalment, m’afalaga que em diguim revisionista historic”, escribió en una ocasión. Y de ahí, de ese revisionismo, su concepción de la historia no como tribuna para declamaciones patrióticas, sino como ciencia de la totalidad del pasado de las comunidades sociales.

De aquel malestar y de este punto de partida se derivará un programa de trabajo, que amplia el sujeto de la historia, pasando del pueblo a los burgueses y los obreros, los terratenientes y los remensas, los técnicos y los campesinos, los grupos de presión política y social, los hombres de cada día. Empujará, además, a esa historia concebida como ciencia del pasado al encuentro de otras ciencias sociales, como son la geografía humana, la economía, la demografía, la sociología y la estadística. Es lo que en Serra d’Or llamará, en enero de 1960, la “nova historia”, un equivalente a lo que en Francia constituye el programa de trabajo de la escuela de Annales, historia económica y social, a la par que científica, una historia situada, pues, en la corriente de lo que por entonces, en plena autarquía, se hace en Europa.

La referencia europea sitúa al proyecto historiográfico de Vicens Vives en el marco en que es posible repensar la historia de Cataluña y España con el objetivo de romper las barreras de la autarquía mental y devolverla a la corriente de la que nunca tendría que haberse desviado. Vicens lo explica con meridiana claridad: saber qué hemos sido y qué somos para construir un edificio aceptable en el gran marco de la sociedad occidental. España debe entenderse a partir de Europa y la historia, en cuanto narración que el historiador elabora acerca del pasado, habrá de construirse desde esa perspectiva y con esa finalidad. La de Vicens es, como escribe a Pérez Embid en 1950, forjar una interpretación de la historia de España en la que todos nos sintamos cómodos y satisfechos. No, claro está, cualquier interpretación, sino una que se atenga a los principios que guían la investigación de su tiempo en el conjunto europeo.

De ellos, y por lo que se refiere a la historia contemporánea, Vicens insiste en la necesidad de abandonar los debates metafísicos sobre el ser de España que tanto ocupaban a sus colegas de Madrid, enzarzados por entonces en la ardua empresa de definir si España era o no un problema y qué problema era el problema de España. Vicens, de quien siempre emana un aire fresco, una energía y un optimismo vital, se sacude de encima las especulaciones sobre España como enigma histórico, como un vivir desviviéndose y propone una interpretación de la historia reciente sostenida en cuatro puntos fundamentales: primero, poner en valor el siglo XIX, el siglo del liberalismo, que la ortodoxia reinante pretendía, siguiendo las instrucciones del general Franco, borrar como siglo no español, siglo de la decadencia y muerte de España; segundo, destacar en el proceso histórico español los elementos que sirvan de comparación con otros países del Mediterráneo en lugar de tener la mirada siempre clavada en Francia, Gran Bretaña o Alemania; tercero, identificar las dimensiones estrictamente españolas de la crisis general de Europa; y, cuarto, revisar, proyectando una nueva mirada hacia el más reciente pasado, los intentos de solución de esa crisis: una República sostenida en capas débiles y minada por terratenientes, católicos y obreros, en medio de una Europa que pretende resolver sus conflictos echándose sobre España. Y, en fin, como coronando todo ese edificio y quizá como trasunto de su propia actitud en la vida, la idea del pacto como elemento sin el que resultaría imposible comprender la secular historia de la relación entre Cataluña y España, a la que algún día sería preciso volver.

Era un programa ambicioso, llamado a renovar la historia española y catalana desde su misma raíz. La temprana muerte de Jaume Vicens, cuando a este proyecto todavía le quedaba mucho camino por recorrer, fue una pérdida irreparable, porque nos quedamos privados de su impulso, su fuerza, su poderosa inteligencia, su capacidad para superar las adversidades, su sentido empresarial y emprendedor para tender puentes y derruir barreras. Fue en verdad una pérdida para Cataluña y fue también una pérdida para España.

[Intervención en la mesa redonda celebrada en homenaje a Jaume Vicens Vives (1910-1960) con motivo del primer centenario de su nacimiento y del cincuenta aniversario de su muerte]
 

Santos Juliá
Sábado, 3 de Marzo 2012 12:39

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Editado por
Santos Juliá
Eduardo Martínez de la Fe
Santos Juliá es catedrático del Departamento de Historia social y del pensamiento politico en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Durante las últimas décadas ha publicado numerosos trabajos de historia política, social y cultural de España en el siglo XX: República y guerra civil, socialismo, Madrid, intelectuales, Azaña, franquismo, transición y cuestiones de historiografía han sido los principales campos de su trabajo. Premio Nacional de Historia de España 2005 por su libro Historias de las dos Españas, ha editado recientemente las Obras Completas de Manuel Azaña en siete volúmenes y ha publicado Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940. Escribe también, desde 1994, comentarios de política española en el diario El País.






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