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ESPAÑA SIGLO XX: Santos Juliá
Blog de Tendencias21 sobre la historia reciente de España




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Libros



Jordi Amat, El llarg procés. Cultura i política a la Catalunya contemporania (1937-2014). Barcelona: Tusquets Editores, 2015. 384 pp.


No es casualidad que la primera palabra del prólogo de este largo proceso hacia el control social del catalanismo conquistado en los últimos años por el independentismo sea l’escena, seguida de un dato muy preciso: la tal escena comienza en el segundo once de un vídeo. Y es que más que etapas de un largo camino, El llarg procés de Jordi Amat gira en torno a escenas de una película, en la que el autor gusta de introducirse al modo en que Hitchcock aparecía en sus célebres cameos, sin que falten algunas tramas que funcionan como macguffins, sin aparente conexión con el argumento central aunque participen de su corriente profunda. Y en fin, también por aquí y por allá invitaciones a los lectores para que participen, a la manera hitchcockiana, de cierto suspense, en este caso cultural, una carta, un apunte que valen para recrear escenas en las que algunos protagonistas aparecen desnudos a la vista del público. Cómo se articula cada escena con el proceso que ha conducido a la hegemonía soberanista es cosa que queda también a la imaginación del lector.

Quiero decir con esto que El llarg procès es resultado, por una parte, de años de inmersión de Jordi Amat en los diferentes archivos en que han depositado correspondencia y escritos no publicados sus protagonistas, y en las conversaciones que, guiado por su curiosidad omnívora, ha mantenido con testigos de primera y segunda fila; y, por otra, de su dominio bien demostrado en el ámbito de un periodismo cultural de alto vuelo sobre el pasado. De lo primero resulta un libro de una erudición apabullante, de un dominio completo sobre la bibliografía y los archivos disponibles; de lo segundo, una trama articulada sobre la sucesión de escenas o de instantes más que sobre la progresión estructurada de un guión escrito de principio a fin. Todo ello al servicio de la cuestión que realmente le interesa: la relación de cultura y política en la Cataluña de la larga segunda mitad del siglo XX, comenzando por los años de la guerra civil hasta llegar a la muerte del Cobi, con algún salto importante en el camino: los años de Jordi Pujol en el poder, de 1980 a 2003, precisamente el tramo en que se consolida una manera de relación de la cultura con la política sin la que no es posible entender la escena del vídeo evocado a su comienzo: el recibimiento que, con caras rebosantes de satisfacción, un grupo de intelectuales tributó al presidente Artur Mas a su vuelta a Barcelona, el 20 de septiembre de 2012, con las manos vacías tras la frustrante visita al presidente Mariano Rajoy.

Las escenas que estructuran las diferentes tramas de esta película se organizan en tres periodos. El primero arranca en las postrimerías de la guerra civil y alcanza hasta 1947, cuando ha culminado la obra de destrucción de un sistema cultural abierto y democrático y no hay más estrategia posible que la de supervivencia hasta que se logra articular, a base de reuniones literarias, lo que Amat define como una “catacumbal resistencia parapolítica”. Si Guillermo Díaz-Plaja encarna al superviviente, Maurici Serrahima será paradigma del resistente, mientras la revista de los catalanes de Burgos, Destino, va transformándose de una cosa en otra a medida que el tiempo pasa, los fascismos sucumben y los aliados se emplean en la dura tarea de reconstrucción de Europa. Entre Díaz-Plaja y Serrahima, salen también a escena, entre otros, los Ignasi Agustí y Néstor Luján, los Vicens Vives y Ferran Soldevila, los Pla y Gaziel, cada cual sembrando en el erial hasta la encrucijada de 1947, cierre de esta primera etapa, instante en que Francesc Cambó ve frustrado por la muerte su propósito de volver a Cataluña.

El segundo momento es el de la “Modernitat cauta”, que comienza con un flashback destinado a presentarnos a Carles Riba como firmante de la invitación de un nutrido grupo de intelectuales catalanes a sus homólogos castellanos para celebrar en 1930 con un banquete la batalla por la lengua catalana que estos libraron contra los decretos de la Dictadura. Esta modernidad que arranca con “Una nova Renaixença”, se sitúa, como Cambó hubiera deseado, bajo el signo de la concordia (pero no aun de la reconciliación, pace Amat, pues este vocablo solo se incorporará a nuestro léxico político a partir de 1956, introducido por el Partido Comunista en una resolución que será célebre). Nada mejor, pues, que recordar la correspondencia de Unamuno y Maragall, y que dos poetas como Ridruejo y Riba logren entenderse a la hora de convocar y celebrar una reunión en Segovia. Superar el pasado –muy reciente aún: Ridruejo acababa de pronunciar en el Ateneo de Madrid, y ante la plana mayor del fascismo español, una conferencia en la que todavía expresaba su admiración por Mussolini- para avanzar hacia el futuro. Jordi Rubió lo expresará adelantándose unos años a lo que será lenguaje común de la siguiente generación: “La fórmula ni vencedores ni vencidos es engañosa, y nada estable se edifica sobre ella… No se trata de olvidar, sino de enmendar”. Imposible olvido: cada cual sabía muy bien de donde venía; lo importante era que saber de dónde venía el otro no impidiera caminar juntos.

Y si la década anterior fue la de Mentrestant, de Serrahima, esta de los 50 será la de Noticia de Catalunya de Vicens y culminará con La pell de brau, de Espriu. Dos años después de aquella conferencia en el Ateneo, Ridruejo había dicho en Barcelona que “el trozo de Europa que los españoles tenemos está entre el Ebro y el Pirineo”. No es aún, pero no queda mucho para que lo sea, el momento socialdemócrata, que llegará cuando los socialistas alemanes viajen a Bad Godesberg y, en España, cuando PCE y PSOE renuncien, uno al leninismo y el otro al marxismo. Pero ya se están echando sus fundamentos, que en España exigían un acuerdo como el de católicos y marxistas en Italia al final de la guerra mundial. No por azar, la última escena de este periodo lleva por título “La campanya Jordi Pujol”, con Josep Benet, que venía de impulsar la Campanya de la P, en el papel de guionista y director: los católicos, identificados como tales, bajaban también a la calle para protestar contra el régimen y, como en el caso de Pujol, para dar con sus huesos en la cárcel.

Y así, de la mano de Pujol y Benet, desembocamos en el tercer momento, el que va de 1962 a 1980 bajo la rúbrica de catalanismo progresista. Primavera de esperanza la de 1963, con Kennedy asomando su seductora faz por encima del Muro y Juan XXIII sacando a toda prisa su encíclica Pacem in Terris, antes de que desapareciera en algún cubo de basura del Vaticano, ese nudo de víboras. Pero entre nosotros, desde que los diferentes grupos de oposición tuvieron claro que tampoco Kennedy movería un dedo por inaugurar el después de Franco, la necesidad de diálogo se transformó en exigencia de algún acuerdo, de alguna especie de reconciliación, ahora sí, contra la dictadura. Y en este punto, los catalanes marcaron el camino, tal vez porque allí el PSUC no fue filial del PCE en una cuestión fundamental: su capacidad para incorporar als altres catalans en una misma reivindicación de nación. En este llarg procés de Amat, sin embargo, este momento, en comparación con los dos anteriores, pierde fuelle, quizá porque ahora las escenas elegidas no acaban de dar cuenta de la riqueza de la trama, aunque en ellas aparezcan gentes de tanta enjundia como Josep Ma. Castellet y Jordi Solé Tura y asistamos a lo que el autor define como despliegue del pujolismo: construir Cataluña con una Banca por medio, si se me permite la simplificación. Pero estos serán también los años de la Assemblea de Catalunya, que solo aparece de manera tangencial, y los del Congrés de Cultura Catalana, que no se menciona.

Así llegamos al epílogo, cuando se muere el Cobi. Su muerte me recuerda la cubierta de la revista satírica Gedeón, que el 29 de septiembre de 1898 representaba una España muerta rodeada de todos los políticos de la situación con, al fondo, un tricornio de la guardia civil y, al pie, Gedeón preguntando: Quen matou o Meco? Y los conspicuos respondiendo: Matámolo todos. Jordi Amat, para desvelar la muerte de Cobi, prefiere dar un rodeo partiendo de la querella de historiadores, cuando unos anónimos libelistas acusaron de Enric Ucelay da Cal y a Borja de Riquer de escribir “al servei del nacionalisme espanyol”, una acusación, por cierto, que el segundo de los mentados reparte ahora a voleo. Eran los tiempos –constata Amat- de hegemonía marxista, no ya en historia sino en el conjunto de las humanidades, de la que se derivó un catalanismo de izquierda ilustrada que dio el tono a Barcelona, capital cosmopolita. Lo fascinante del caso es que cuando, desde el Ayuntamiento, los artífices de este esplendor aterricen en la Generalitat comenzarán a cavar su propia tumba.

No queda del todo claro por qué. Y mientras esperamos la continuación de esta película sin fin, nada de lo ocurrido expresa mejor la derrota de la izquierda catalanista y del catalanismo en su conjunto, que la escena que le sirvió de prólogo: un Salvador Giner, presidente en 1993 con Josep Ma Castellet y Encarna Roca, de la prestigiosa plataforma de apoyo a Maragall, Catalunya Segle XXI, formando ahora, veinte años después, el corro, como presidente del Institut d’Estudis Catalans, junto a Muriel Casals, presidenta de Omnium Cultural, y Jaume Sobrequés, director del Centre d’Història Contemporània de Catalunya, todos al frente de organismos financiados por la Generalitat; todos, en consecuencia, bailando las aguas a su president. La expresión de sus rostros prueba bien la razón que asistía a Azaña cuando, ya en el exilio, escribió: “el ardor de los neófitos es temible”. Y tal vez en eso consista la razón del triunfo del independentismo sobre el catalanismo: en que a sus profetas les sale por los ojos el ardor -¿temible?- de los neófitos.

Publicado en: Segle XX. Revista catalana d’història, 8 (2015), págs. 210-213.
Santos Juliá
Sábado, 5 de Marzo 2016 18:00

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Bitácora



Lejos de ser un acuerdo teatral, una claudicación o una fantochada, el pacto firmado entre PSOE y Ciudadanos ofrecía la única posibilidad de romper con la vieja política.


Se ha calificado de acuerdo teatral, de claudicación, de fantochada y, sin embargo, el pacto que han firmado socialistas y ciudadanos se sitúa en la única dirección posible para romper el bloqueo al que nos había empujado la alegre irresponsabilidad con la que partidos que están muy lejos de haber alcanzado la mayoría absoluta trazaban sus líneas rojas: un acuerdo entre una fuerza política de centro derecha y otra de centro izquierda, entre liberal/demócratas y social/demócratas si lo decimos con los términos de una tradición más que centenaria. Ni los socialdemócratas a estas alturas de su historia pueden dejar de ser también liberales, ni los liberaldemócratas pueden dejar de ser sociales. Es una cuestión de énfasis o de acentos en políticas sobre las que siempre es posible alcanzar pactos, de investidura, de legislatura o de coalición. Con lagunas y vaguedades, PSOE y Ciudadanos lo han conseguido y, dadas las circunstancias, es lo único digno de destacar y celebrar que ha ocurrido desde las pasadas elecciones en orden a limpiar de obstáculos la senda que puede llevar a la formación de un gobierno.

Y lo es –digno de celebrar- porque venimos de una reciente historia en la que dos grandes partidos se emplearon a fondo en su particular camino de perdición con aquella política llamada de crispación que era, en realidad, de exclusión, guiados ambos por el propósito de socavar la legitimidad del adversario. El deterioro de la política, la desafección y el hastío extendidos entre la ciudadanía exigían que alguien propinase un tajo profundo en el corazón de aquella viciada relación. Comenzaron la tarea los electores al convertir el bipartidismo, en el que había desembocado el sistema, en un pluripartidismo del que solo a través de una política de pactos podía derivarse la formación de un gobierno. Y la han continuado, gracias a las decisiones tomadas por una nueva generación de dirigentes políticos, los equipos negociadores de Ciudadanos y PSOE, de manera que han hecho posible un acuerdo entre campos antes enfrentados como bandos, mostrando así que entre centro izquierda y centro derecha un acuerdo de legislatura no solo es posible sino necesario.

Y algo de hacer de la necesidad virtud hay en el acuerdo firmado por Sánchez y Rivera. Necesidad porque Rajoy e Iglesias se habían situado en posiciones que reduplicaban la vieja política de la crispación, edificada sobre el eje excluyente izquierda/derecha: habían decidido no pactar y cargar toda la culpa en el partido más cercano. Podemos lo mostró desde el primer momento, al presentarse como parte hegemónica de un gobierno de coalición, antes incluso de discutir de políticas. Lo que importaba a sus dirigentes no era tanto un programa de gobierno como una buena porción del pastel a repartir: tan obsesionados por la ocupación del poder se sentían que se les pasó aclarar para qué lo querían. Y luego cuando no tuvieron más remedio que explicarlo, olvidaron todas las cautelas y envidaron a lo grande, reproduciendo el peor vicio de la vieja política: lo querían para invadir desde el ejecutivo al resto de poderes del Estado y de sus burocracias: jueces, policías, administradores civiles, nombramientos de altos cargos, todo, en fin, quedaba bajo el control de la vicepresidencia, encargada de seleccionar nombres entre los “comprometidos con el programa del Gobierno” o, dicho como en los tiempos de la Restauración, entre los amigos políticos.

Los dirigentes del Partido Popular han actuado, por su parte, como lo que han llegado a ser: un grupo humano noqueado por la corrupción, balbuciente, sin discurso, trastabillando palabras, manoteando como náufragos por el fango de la corrupción sistémica en su centro y en sus dos principales baluartes, el madrileño y el valenciano. No han caído en la cuenta de que ninguno de los dirigentes de su vieja guardia podrá negociar más que la forma y los términos de su abstención: Rajoy, Cospedal, Arenas, Barberá y tutti quanti ya habrían tenido que dimitir, a estas altura de la función, de todos sus cargos y salir de la política no porque ellos y ellas sean o dejen de ser penalmente culpables sino porque son políticamente responsables de que en sus organizaciones haya florecido la corrupción como en campo abonado. La única opción política que en una democracia normal les habría quedado sería la de negociar los términos de su salida de la política, no los de una imposible permanencia en el poder, menos aún de presidirlo.

Pero el pacto entre PSOE y Ciudadanos no responde solo a una necesidad exigida por el resultado electoral y las políticas o falta de políticas del PP y de Podemos. Hay también en él una buena dosis de virtud, en el sentido de que solo un gobierno que sea capaz de quebrar la divisoria excluyente izquierda/derecha, propia de la vieja política bipartidista, y presente en la política española como una especie de tabú desde hace tres décadas, estará en condiciones de emprender el puñado de reformas necesarias para sacar a la democracia de la trampa de confianza a la que se arrojó alegremente desde los años noventa del siglo pasado. Desde 2004 era ya evidente la necesidad de una reforma constitucional. Pasados más de diez años de aquella evidencia, lo que hoy se precisa supera, con mucho, la reforma de la Constitución, pues se refiere a todo el sistema de la política, a la estructura territorial del Estado y a las políticas económicas y sociales que es menester poner en práctica para frenar, primero, y revertir después la devastación de los bienes públicos y de los derechos sociales que ha sido el resultado de esta crisis de nunca acabar.

Todo esto necesita un gobierno de amplia concentración democrática, como decían los comunistas en los años setenta del siglo pasado. Y un esbozo de plan para un gobierno de ese tipo es lo que han propuesto PSOE y Ciudadanos, Sánchez y Rivera con sus respectivos equipos. No suman entre los dos más que 130 diputados. Podrían gobernar, al menos durante dos años, con la abstención del PP o la de Podemos, ambos con fuerza suficiente para poner un límite a la legislatura, si así lo decidieran. Lo que importa, sobre todo, es que el pacto se consolide, aun en el caso de sea necesario repetir la convocatoria electoral, pues solo en un pacto inclusivo, que liquide la vieja política, radica la posibilidad de formar un gobierno de concentración democrática capaz de acometer las reformas que tenemos pendientes desde comienzos del siglo.

Publicado en Ahora, 24, 4-10 de marzo de 2016
Santos Juliá
Sábado, 5 de Marzo 2016 14:01

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Editado por
Santos Juliá
Eduardo Martínez de la Fe
Santos Juliá es catedrático del Departamento de Historia social y del pensamiento politico en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Durante las últimas décadas ha publicado numerosos trabajos de historia política, social y cultural de España en el siglo XX: República y guerra civil, socialismo, Madrid, intelectuales, Azaña, franquismo, transición y cuestiones de historiografía han sido los principales campos de su trabajo. Premio Nacional de Historia de España 2005 por su libro Historias de las dos Españas, ha editado recientemente las Obras Completas de Manuel Azaña en siete volúmenes y ha publicado Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940. Escribe también, desde 1994, comentarios de política española en el diario El País.






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