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Reseñas

El selfie de Galileo. Software social, político e intelectual del siglo XXI
Ficha Técnica

Título: El selfie de Galileo. Software social, político e intelectual del siglo XXI
Autor: Carlos Elías
Edita: Ediciones Península, Barcelona, 2015
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 345
ISBN: 978-84-9942-424-8
Precio: 22,90 euros

En este libro, tan necesario, se busca contextualizar los cambios sociales, culturales, políticos, mediáticos, etc. frutos de la evolución de la tecnología al tiempo que encontrar pautas de futuro para no vivir muy perdidos y atemorizados por ella, tal y como ocurrió con el efecto 2000.

El autor parte de la premisa de que la tecnología informática y telemática ha alterado de tal manera nuestras vidas, que ya no se puede hablar de realidad, sino de ciberreralidad. ¿Por qué? Pues, “porque la realidad física en la que evolucionó la especie humana durante millones de años está totalmente condicionada por la realidad cibernética que producen los algoritmos diseñados por ingenieros y matemáticos. Lo que nos hizo sobrevivir en la selva forestal no vale en la digital”.

En las postrimerías del siglo XX, se pensaba que la ingeniería informática era una simple tecnología. Pero resultó ser mucho más: se trata de una filosofía que está cambiando el mundo. Es el propio autor quien nos describe el contenido de su obra: “Lo que sigue es el relato de la fascinante evolución cultural humana, en algo más de una década, hacia la actual civilización digital, en la que las infinitas variables que ofrecen las nuevas tecnologías basadas en algoritmos matemáticos se han convertido en el mecanismo que mueve y explica el mundo”. Nos habla de un cambio de paradigma, que se aborda en el libro con creciente interés.

Ciencia, arte y tecnología

Y los capítulos de la obra se encaminan y nos proponen los argumentos de Carlos Elías para apoyar su proposición. El primero de ellos se dedica a exponernos la intersección entre Ciencia, arte y tecnología.

Nos explica los difíciles inicios de la aventura científica, haciendo hincapié en cómo los filósofos naturales atacaban al corazón de la religión, que hasta ese momento ostentaba la sede de todo saber. Y su ataque venía porque nos exponían un mundo sin Dios, que podía ser controlado a voluntad por el hombre si éste descubría y dominaba el lenguaje matemático que rige las leyes de la naturaleza. Y nos clarifica con un ejemplo: cuando Vesalio consideraba al organismo humano como una especie de fábrica con piezas mecánicas perfectamente ensambladas, proponía una idea revolucionaria que adquiere una riqueza extraordinaria en nuestro siglo XXI, puesto que si el hombre es una máquina, quizás se pueda construir otra máquina aún mejor, idea que lidera las actuales investigaciones sobre la inteligencia artificial.

Nos cita a una serie de perseguidos científicos, como Galileo o Giordano Bruno entre otros, concluyendo que “sus historias se repetirán cuatro siglos después, cuando otros matemáticos –reconvertidos algunos en físicos cuánticos, químicos de materiales, biólogos moleculares y, sobre todo, en ingenieros informáticos y telemáticos- también quisieron cambiar el orden establecido del ya lejano siglo XX”.

Refiriéndose al arte, nos explica que nuestra percepción de la realidad no tendría que depender de nuestros sentidos, sino del flujo de información que alimenta la esfera pública virtual, es decir, que la realidad no se determina por lo que experimentamos, sino por lo que publican los medios de comunicación de masas, dando entrada al término de ciberrealidad, es decir, esa realidad que procede de lo que aparece en internet, pero que debe tener conexiones con la realidad real.

Todo esto lo ilustra de forma muy amena y pedagógica con la pintura de las Bodas de Caná, de El Veronés, ubicada inicialmente en el convento de la iglesia de San Giorgio Magiore, en la isla homónima. El “original” se encuentra en París actualmente y ocupa su lugar en la ubicación inicial una excelente copia realizada por un sofisticado escáner. Y se pregunta, y nos pregunta, cuál es la obra “real”, si la que se encuentra en Francia, tras una lámina transparente antivandálica, rodeada de otros cuadros, a una altura diferente de la que el artista previó cuando la realizó, con una iluminación bien distinta, o, por el contrario, la excelente reproducción en su sede originaria. La tecnología digital ha dado otra vuelta de tuerca a lo que significa arte.

Nos reitera su intención al acometer el presente estudio: “este es el mundo que pretende explorar a partir de aquí este ensayo: la creación de otras realidades, como las que pretendieron Palladio y Veronés, pero diseñadas ahora por los ingenieros informáticos”, concluyendo que la ingeniería informática no sería nada sin la disciplina que más ha intentado explicar la realidad: las matemáticas y su lógica.

Matemáticas y realidad

Es a las matemáticas a las que dedica el segundo apartado del libro: Las matemáticas y la construcción de la realidad. Y, para introducirnos en él, reitera el término ciberrealidad, un concepto que hace referencia a la realidad de los seres biológicos (humanos) condicionados por lo que sucede en el entorno virtual.

Expone cómo otra manera de explicar la realidad es cuantificándola, mediante ese lenguaje universal por el que la naturaleza desvela sus secretos, la matemática. Los ordenadores, nuevas herramientas que nos ayudan a profundizar en el conocimiento de la realidad, en el fondo, gobiernan nuestras vidas en función de algoritmos matemáticos que han introducido los ingenieros de computación.

Varias páginas dedica Carlos Elías a contarnos la historia de las matemáticas y, fiel a sus principios, sin rehuir fórmulas o ejemplos abstractos pero sin abandonar su amenidad. Y muchas también son las páginas que emplea para comentar la evolución y situación actual del concepto “realidad”. ¿Qué es la realidad?, se pregunta, advirtiéndonos, de entrada, que son cosas muy distintas la percepción que tenemos de la realidad y lo que es realmente. Desemboca en la mecánica cuántica, real y verificada en la experimentación, pero cargada de paradojas que demuestran que el concepto de realidad es muy difícil de explicar, tal y como ocurre con las matemáticas, donde abundan ejemplos lógicos pero que, a simple vista, no parecen tener realidad; cita, así, el número de decimales del número pi.

En un paso más, nos habla ya de la viabilidad de los ordenadores cuánticos que nos lleva a la cuestión que el autor nos plantea con la pregunta de si vivimos en realidad en la simulación de una computadora. Interesantísimo capítulo, provocador de ulteriores reflexiones. Por ejemplo, la posible existencia de otros universos, como reclaman otras ciencias: “Si esto fuera cierto y nuestro universo fuera solo una simulación informática de supercomputadores, entonces, obviamente, podría haber otras simulaciones ejecutándose al mismo tiempo”.

Los algoritmos

Todo son algoritmos, es decir, los pasos, la secuencia de instrucciones, que hay que dar para solucionar un problema. Y el capítulo tercero está dedicado a ellos: La civilización de los algoritmos. Arranca de la base de que el algoritmo es una creación absoluta, el resultado final de un proceso de innovación, una obra maestra de la inteligencia humana, que, en el fondo persigue transformar el mundo.

Advierte que, desde que nació la idea de una máquina capaz de pensar, más importante que el hardware es el software, más, incluso, que el propio lenguaje de programación. Y avisa de que, hoy día, la filosofía más potente o, al menos, la más transformadora puede que ya no se encuentre escrita en un lenguaje literario, sino en las entrañas de los algoritmos matemáticos, escritos a través de los diversos lenguajes de programación. Y aporta ejemplos.

Cita a Francisco Vico, creador de un algoritmo, aplicado a un ordenador, capaz de componer música clásica contemporánea; composiciones que han pasado el test de Turing, es decir, que los críticos musicales se encuentran incapaces de detectar cuándo la partitura ha sido escrita por un ser humano o un ordenador. Esto genera muchas preguntas: ¿de quién son los derechos de autor?, ¿quién crea las emociones, el compositor, el intérprete o el oyente?, ¿puede un algoritmo generar emociones intensas en los humanos pese a no haber vivido experiencias emotivas? Buenas cuestiones.

Algo similar ocurre con la escritura. Ya en medios de comunicación especializados, las noticias cortas sobre la actividad financiera o bursátil son redactadas por un ordenador, al que se le ha aplicado un algoritmo. También se trabaja ya en la capacidad de un ordenador para escribir un libro, con logros que aún no superan las 180 páginas. Así las cosas, ¿qué papel le queda al arte?, ¿dónde estará el mérito? Según Elías, en lo subjetivo, en las experiencias personales del investigador que son intransferibles a un algoritmo.

Second Life: una vida virtual

Si existe la posibilidad de que vivamos en una realidad creada por un ordenador, no es imposible pensar en una vida virtual, una segunda vida. Así, Second Life, ludificación social y bitcoin es el título del cuarto capítulo.

Second Life es una realidad, una realidad alternativa más utilizada de lo que podríamos pensar y no solo con finalidad lúdica. Reuters, por ejemplo, tuvo su propio avatar en esta simulación virtual, lo que generó una cascada de preguntas: ¿puede un periodista contar realidades alternativas?, ¿existe traspaso informativo de una realidad a otra?, ¿debe hacerlo el periodista?, ¿es eso periodismo?, ¿debía informar a la comunidad de Second Life de lo que ocurría en ella o de lo que ocurría fuera de ella?, ¿debía informar a los ciudadanos de la realidad real de lo que sucede en la virtual? Cuestiones nada ociosas que merecen la reflexión.

De lo que no cabe duda es de que asistimos a una ludificación social, la sociedad entra en juegos que le permiten crear una segunda vida. Y lo más importante es que los juegos se erigen en un poderoso medio de comunicación de masas, una de las mejores maneras de aprender. Según afirma Elías, “la ludificación de la sociedad actual es una característica que cada vez será más importante para comprenderla”. Es más: llega a temer que muchos se enganchen a la realidad virtual y no pasen a la real.

En el fondo, la economía financiera, dominada por las transacciones informáticas que hacen los brókers e inversores, puede definirse, simplemente, como un multijuego multijugador on line, pero con repercusiones en la vida real. Y de ahí, en un sistema financiero que ha abandonado el patrón oro para basarse en un sistema fiduciario, a tener su propia moneda no hay sino un paso, que se ha dado, tras varios intentos fallidos, con el bitcoin, que no se basa en la fe (sistema fiduciario) sino en algo más seguro: las matemáticas. Una moneda especialmente activa en la emergente y misteriosa Silk Road, web operada por sitios ocultos, la internet profunda.

El bitcoin es, por tanto, una moneda deflacionaria e inconfiscable, capaz de hacer frente al sistema vigente. La pregunta que se plantea el autor no es baladí: “¿permitirán las instituciones políticas y bancarias que se pierda su poderío monetario?”

Mad Men y Math Men

Ahondando más en la influencia de la vida en la red sobre la realidad que vivimos, el quinto capítulo del libro nos lleva al campo de la política: De los Mad Men a los Math Men: las matemáticas de Obama
.
Se trata de un capítulo bastante extenso donde disecciona los triunfos electorales del presidente de los Estados Unidos, basados en haber sido el primero en saber utilizar todo el potencial de las redes sociales y de la realidad virtual; de esta manera, el vencedor en el mundo virtual, que disponía de su propio avatar en Second Life, resultó el ganador en el mundo real, pese a que en esta realidad no contaba con los suficientes apoyos. “Obama ganó para su causa a la generación que no se manifiesta en la calle sino que prefiere estar en casa con los videojuegos. Ese fue uno de sus éxitos”.

Ocurre que la ciberrealidad crea sus propios líderes, aquellos que arrastran más gente (blogs más enlazados, perfiles con más amigos, etc.); son ellos el nuevo objetivo de los cibercandidatos y no las asociaciones de vecinos reales. También, coherente con este principio, se decantó más por los medios de comunicación del mundo virtual que por los tradicionales. En el fondo, lo que hizo Obama fue sacar partido de las claves de la ciberrealidad: cultura participativa e inteligencia colectiva; no ganó porque fuera el mejor, sino porque fue el mejor en manejar el nuevo entorno ciberreal.

En la misma línea, el autor desarrolla el paso de los social data a los big data; es decir, de los datos que aportaban las disciplinas tradicionales, se ha pasado a los ingentes volúmenes de información procedentes de la red, los big data, algo que representa una nueva clase de activo económico como las divisas o el oro. Nos dice: “El intercambio de datos de todo tipo y su valoración entre la academia, los gobiernos y las empresas dará lugar a una nueva era en la que las matemáticas e informática se unirán para, igual que sucedió con las ciencias naturales en el siglo XVII, colonizar la interpretación de las ciencias sociales”.

Estos planteamientos con génesis en los Estados Unidos están implantándose en Europa, donde aparecen nuevos partidos surgidos de la comunicación en la red que menoscaban el poder de los partidos tradicionales. Así, analiza Elías el caso italiano, con el ejemplo del Movimiento Cinco Estrellas, que llegó a ofrecer en streaming sus conversaciones para los acuerdos con el Partido Democrático.

Aunque advierte: “En este momento, solo podemos predecir que este tipo de fenómenos de partidos que, de repente, emergen y pueden ganar elecciones serán más frecuentes.
Pero existe un peligro: son tiempos en los que la demagogia puede aumentar”. Lo que lleva, ha llevado, a que esa burbuja chispeante que creció apresuradamente termine por irse desinflando.

Ciberguerra fría

Ciberguerra fría: algortimos como armas de destrucción. Titula así Carlos Elías el capítulo sexto de su ensayo. Comienza con la descripción del Plan X de Alex Wissner-Gross, un proyecto que aúna el análisis de big data con la robótica, la física y la computación. Se presentó en el Pentágono estadounidense y permitirá al país integrar todas las capacidades, equivalentes a un “comando central”, en una guerra cibernética a gran escala; o, lo que es lo mismo, coordinará ataques o defensa de, por ejemplo, su red eléctrica, comunicaciones vía satélite y otras infraestructuras estratégicas, en una guerra de hackers a gran escala entre países. Algo de lo que estamos ya viviendo inquietantes ejemplos.

Pensemos, por ejemplo, en la capacidad de producir pánico en la red, como ocurrió, por ejemplo, cuando un pastor religioso en un diminuto lugar norteamericano anunció que quemaría ejemplares del Corán: reacciones inflamadas en todo el mundo musulmán e intervención del más alto nivel para evitar aquella quema. Trae, también, a colación el caso del virus Stuxnet, que afectó a instalaciones iraníes, capaz de hacer explotar tanto una planta nuclear como una industria bioquímica.

Para esta guerra no se necesita un ejército como soporte físico, tampoco un campo de batalla definido en tierra, mar, aire o espacio exterior. Y, como ocurre en los conflictos bélicos digamos tradicionales, existen también los daños colaterales.

Los hackers

El siguiente capítulo, el séptimo, constituye un paso más en la propuesta del autor, quien lo dedica a Épica y ética de los nuevos intelectuales: los hackers. Este mundo virtual que nos describe tiene también sus héroes, que son los disidentes intelectuales, que no son ahora los filósofos o los científicos, sino los programadores informáticos, sobre todo, los hackers.

Aduce que todos hacemos uso de la tecnología actual, pero pocos saben cómo funciona, con lo que aquella ha devenido en magia, una magia que carece de la imprescindible varita que es sustituida por un botón o una tecla. De tal manera, que el mundo, que anteriormente y de forma sucesiva estuvo dominado por la casta sacerdotal, luego la de los juristas y, finalmente, por la de los economistas, ahora lo está por la casta de los informáticos, de quienes saben responder a las preguntas que siempre se ha hecho la humanidad a través de un algoritmo y que quieren cambiar la sociedad también mediante sus algoritmos.

Y nos aporta variados ejemplos. Nos dice que la cultura científico-tecnológica no es menos demandante de interpretación de lo que es la cultura de humanidades, con una diferencia, que sus militantes generan entornos materiales que cambiarán a quienes los utilizan. La informática es una forma de ver e interpretar el mundo, como también lo es la astronomía, que se sirve de los ordenadores como un mero instrumento, como aquella utiliza los telescopios; ambas disciplinas tienen en común el lenguaje en que, según Galileo, se expresa el universo: las matemáticas.

Y la informática tiene también sus héroes, sus santos laicos, cuyo patrón es Alan Turing, quien intuyó que las máquinas pueden tener libre albedrío, idea que es germen de la inteligencia artificial y del futuro de la humanidad. Un héroe épico con trágico final. Y, en el fondo, ¿qué fue Turing? Un hacker, aunque sin el sentido peyorativo que hoy se aplica al término.

El escenario donde todo comenzó es el MIT, instituto que Elías describe; es allí donde los matemáticos/informáticos hackean todo para subvertir lo que hasta ese momento eran principios sólidamente establecidos. Esto ha llevado a un nuevo comportamiento, una ética del hacker. Una de sus ideas básicas es el libre acceso a todo tipo de conocimiento. Ningún humano, ninguno, tiene derecho a acceder a más información que otro o a ocultar datos que puedan explicar cómo funciona el mundo. Debe existir total y libre acceso, siempre gratuito, a toda información generada por los seres humanos, así como a todos, sin excepción, todos los ordenadores para averiguar datos que puedan ayudar a comprender el mundo. Nadie tiene derecho a ocultar o filtrar información. Hay que desconfiar siempre de la autoridad. Y es deber ético del hacker compartir sus experiencias escribiendo código abierto para facilitar el acceso a todos los recursos de información. Además, romper sistemas informáticos por diversión y exploración es ético, siempre que no se cometa robo o un acto que vulnere la intimidad de alguien.

Es un código de conducta no aceptado, pero que quienes se someten a él son los ciberhéroes, como ocurrió con Zuckerberg y su facebook. Pero, evidentemente, no todas estas aventuras acaban bien y muchos idealistas perecen en la batalla, algunos de forma trágica. A lo que hay que añadir el nuevo fenómeno de hackers colectivos, como ocurre con el grupo Anonymous, cuyos principios de actuación se reproducen en el libro.

Evidentemente, los poderes establecidos plantan batalla, una batalla ideológica que también forma parte de la ciberguerra de la que se habló anteriormente. Cita como ejemplos el canon digital o la ley contra las páginas de descargas no autorizadas. Pero, según el autor, es la sociedad la que ha de decidir si debe regular estas protestas virtuales porque están teniendo consecuencias reales; pero no está claro si deben de ser los parlamentos reales, condicionados por los lobbies, o la esfera pública virtual en el espacio ciberreal. ¿Y qué decir del activismo político en las redes sociales?

Está claro que, sin legislación efectiva, sin territorio marcado, se declara una guerra en la red con huestes bien pertrechadas a cada lado. Los informáticos libres y los contratados por los grandes bufetes de abogados y los lobbies afectados, que son igualmente muy efectivos. Un capítulo con interesantes propuestas que, con toda seguridad, suscitará profundos debates.

Bandolerismo social

El siguiente apartado, capítulo octavo, lo dedica Elías a proponer un ejemplo práctico de lo que ha expuesto hasta ahora, con una especial dedicación a la profesión periodística, sobre la que reflexiona. WikiLeaks, Assange y el “bandolerismo social” es el título que lo encabeza.

Comienza con la afirmación de que WikiLeaks sigue la ética hacker de que toda la información debe ser libre y de ilimitado acceso y sus impactantes documentos expuestos a general disposición llevó como consecuencia que se le acusara a Assange, incluso, de amenazar la seguridad nacional. Y, en el caso concreto de la guerra de Irak, se vio claramente que las cadenas de información ofrecían imágenes, una narración de película, desvinculándose de los hechos periodísticos y su contexto, hechos que se conocen mejor a través de los documentos que se crearon en torno al conflicto bélico. Assange entendió que quien quisiera tenía derecho a conocer tal documentación, considerada secreta, y la diseminó, deviniendo en un bandolero social, un héroe para los oprimidos y un malvado para los opresores, estableciendo así una conexión entre el bandolerismo social y los hackers.

Para el autor, Assange es el prototipo del nuevo ciberperiodista del siglo XXI, que actúa como contrapoder, pues revela a la humanidad la radiografía de la realidad real del mundo, no de la realidad que aparece en los medios de comunicación. WikiLeaks tiene como meta profundizar en la libertad de expresión, lo que importa no son las ideas, sino la libertad para expresarlas. Es WikiLeaks quien define su misión: “Los amplios principios en los que se basa nuestro trabajo son la libertad de expresión y la libertad de prensa, la mejora de nuestros registros históricos y el apoyo al derecho de todas las personas a crear un nuevo futuro. Para nosotros, estos derechos provienen de la Declaración de los Derechos del Hombre”.

Carlos Elías afirma que la red puede acabar con la industria periodística tradicional. ¿Por qué? Pues porque, desde la ética hacker, no se acepta que sean los periodistas los custodios de lo que debe saberse en público y lo que debe ocultarse. La generación emergente no entiende que haya información que solo saben los jefes y otra, filtrada y tamizada, es decir, prácticamente falsa, que es la que se difunde a través de los medios tradicionales. Afirmaciones todas ellas que llevan a reflexionar sobre el mundo de la información tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

Batallas ideológicas en la red

Y de WikiLeaks a Wikipedia, contraconocimiento y epidemias de credulidad, que es como se titula el capítulo noveno. Elías arranca comentando el nacimiento y expansión de wikipedia, que surgió como un apéndice de Nupedia. ¿Qué las diferencia? Que los contenidos de la segunda estaban redactados y supervisados por expertos, mientras que a la primera puede subir contenidos quien lo desee, cualquiera puede escribir y publicar; es wiki, en el sentido de que es colectiva y sin jerarquías.

Wikipedia se basa en la economía colaborativa, que no se guía por las leyes del mercado o por la jerarquía de una organización, sino por la gratificación personal de realizar una labor útil. Con esto ya se deducen los problemas que puede plantear. No es de extrañar que se dude de la fiabilidad de sus contenidos, pues, como dijera Lady Gaga en su momento, no es la verdad lo que importa. Surge así el superbulo como un quinto poder; dice el autor: “Esta manera de condicionar a la opinión pública, no a partir de la información contrastada, como hacían los medios tradicionales, sino por medio del rumor difundido desde el anonimato, puede considerarse un quinto poder diferente al cuarto poder con que se identificaba el papel del periodismo del pasado”.

Lo que está ocurriendo es que podemos acceder a muchas páginas, es cierto, pero no queda tan claro que podamos informarnos adecuadamente, porque la realidad es que la inteligencia colectiva es un concepto interesante desde el punto de vista de la teoría, pero, en la práctica, deja a la opinión pública sin una efectiva tutela de los expertos acreditados en el conocimiento. Y, ante una información, quizás falsa, que se presenta con visos de certeza, se erige una contrainformación que pretende anularla, con lo que Wikipedia y, en general, el mundo virtual se convierte en campo de batalla ideológico, abandonando la palestra que hasta ahora ocupaban los medios de comunicación tradicionales. En definitiva, hay libertad de expresión, pero no de opinión, concluyendo Elías: “La paradoja de internet es que acumula y ordena mucha información, pero hay que ser un gran experto para buscarla y también para desechar lo erróneo”.

El autor justifica sus argumentos con algunos ejemplos de gran actualidad, tomando valientemente postura ante ellos; lo que, indudablemente, suscitará controversia, pues, si bien no es difícil coincidir con su planteamiento, habrá, y hay, quien no coincida con él en las conclusiones que extrae de los ejemplos expuestos. Desde luego, un interesante capítulo.

¿Existo si estoy desconectado?

Capítulo que da paso al penúltimo de la obra, La generación digital: estoy conectado, luego existo. En él, Carlos Elías nos habla de cómo los dispositivos tecnológicos, como, por ejemplo, los móviles, no solo cambian lo que hacemos, sino, también lo que somos. Huimos de la conversación, del contacto personal, y lo sustituimos por los mensajes de móvil; vivimos conectados a través del ciberespacio, aislados del resto, y únicamente somos alguien si compartimos: comparto, luego existo.

Nuestros jóvenes se atrincheran en sus habitaciones, se alejan de sus familias y amigos reales y pasan la fase de sus vidas en la que deben conocer y reconocer la realidad real en una realidad virtual. Es una nueva droga, la ciberdroga.

Y da un paso más, advirtiendo de que “la exposición a internet no solo afecta a las nuevas generaciones, sino que puede estar alterando físicamente el cerebro de todos los que estamos en contacto con el ciberespacio”. Porque, en definitiva, nuestro sistema neuronal evoluciona para adaptarse a las exigencias de la ciberrealidad.

Esta situación está trayendo serias consecuencias, como, por ejemplo, restar capacidad de concentración. Así, el autor se revuelve contra el uso excesivo que se hace del PowerPoint, tanto en conferencias y presentaciones como por parte de los profesores en las aulas, sustituyendo el discurso bien trabado y argumentado, con imágenes que no facilitan la concentración y el seguir la ilación de lo que se expone en la pantalla. Es categórico: “Los desgraciados alumnos actuales sufren la peor combinación posible: mucho tiempo entre ordenadores e ineptos profesores que creen que puede enseñarse algo en PowerPoint”. Y atribuye el descenso de nivel de conocimientos científicos de los estudiantes en Occidente al hecho de que no son capaces de mantener la atención necesaria y, sobre todo, mantenerla el tiempo preciso para aprender conceptos complejos y abstractos como los científicos.

Aboga también Elías por la necesidad, no solo de saber utilizar las herramientas informáticas, sino, también, de aprender programación, que propone se enseñe junto al aprendizaje de las primeras letras. Finaliza el capítulo con una reflexión sobre el mal uso de la tecnología, para torturar y coaccionar a nuestros semejantes, aportando ejemplo concreto de un estudiante llevado al suicidio por sufrir ciberacoso.

15-M y Podemos

Llegamos así al undécimo y último capítulo de la obra: Movimientos sociales de la era digital: del 15-M a Podemos. Se puede considerar casi como un ensayo que, vinculado a las páginas que le preceden, tiene entidad por sí mismo. En él, Carlos Elías nos ofrece una muy interesante reflexión sobre los recientes movimientos sociales y revolucionarios tanto en Oriente como en Occidente, con una especial atención al movimiento 15-M, su génesis, desarrollo hasta culminar en el partido Podemos.

Lo inicia basándose en los cinco principios que, según Tapscott, son los pilares del nuevo modelo social, político y económico: 1) Colaboración, modelo opuesto al de jerarquía; 2) Apertura y transparencia; 3) Interdependencia; 4) Compartición y 5) Integridad. A partir de aquí, su estudio recorre los epígrafes siguientes: La tecnología es lo que define la forma de protesta social; Cronología del 15-M y la tecnología digital; ¿Cómo se protesta en la ciberrealidad?; Los nativos digitales que parlotean hasta deshincharse; La wiki-revolución en los países árabes; El activismo sin internet: los afroamericanos y la segregación racial; La ciberrealidad de Puerta del Sol y la Spanish Revolution; Economía digital que destruye empleos; Estamos indignados. ¿Qué hacemos?; El gran optimismo que viene de Oriente; Narrativa occidental pesimista; El modelo Singapur: apostar por las matemáticas; El método científico, clave del avance de Occidente; ¿Por qué Occidente?; Primavera árabe y otoño europeo; Movimientos enamorados de sí mismos: Occupy Wall Street y 15-M; El 15-M, los partidos tradicionales de izquierda, Podemos y “la Casta”. Como se puede apreciar, un largo y denso capítulo, difícil de sintetizar en un comentario como este, pero cuya lectura es necesaria y recomendable.

Como se ve por los epígrafes enunciados, nos ofrece una extensa reflexión, aderezada de ejemplos sacados de la vida real, que amenizan mucho la lectura e ilustran el pensamiento de Carlos Elías. Finaliza prácticamente este capítulo con un párrafo de la declaración de independencia del ciberespacio: “Crearemos una civilización de la mente en el ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que vuestros gobiernos han creado antes”. Que así sea.

Concluyendo

Nos encontramos ante un libro del mayor interés, tanto por sus planteamientos y propuestas como por la manera de exponerlos, con un discurso coherente, bien cohesionado, con una redacción impecable y de gran amenidad. Desde luego, muy recomendable. Y, como todo proyecto novedoso, no estará exento de opiniones contrarias, lo que dará pie a debates que enriquezcan el contenido.

Índice

Introducción
1. Ciencia, arte y tecnología
2. Las matemáticas y la construcción de la realidad
3. La civilización de los algoritmos
4. Second Life, ludificación social y bitcoin
5. De los Mad Men a los Math Men: Las matemáticas de Obama
6. Ciberguerra fría: algoritmos como armas de destrucción
7. Épica y ética de los nuevos intelectuales: los hackers
8. WikiLeaks, Assange y el “bandolerismo social”
9. Wikipedia, contraconocimiento y epidemias de credulidad
10. La generación digital: estoy conectado, luego existo
11. Movimientos sociales de la era digital: del 15-M a Podemos
Agradecimientos

Juan Antonio Martínez de la Fe
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13/11/2015 Comentarios






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