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Reseñas

Devotos y descreídos. Biología de la religiosidad Juan Antonio Martínez de la Fe , 27/12/2015
Devotos y descreídos. Biología de la religiosidad
Ficha Técnica

Título: Devotos y descreídos. Biología de la religiosidad
Autor: Adolf Tobeña
Edita: Publicacions de la Universitat de València, Valencia, 2014
Colección: Prismas
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 272
ISBN: 978-84-370-9187-7
Precio: 15 euros

¿Qué pretende Adolf Tobeña con este libro? Nos lo aclara en el Preámbulo, que subtitula Cerebros religiosos y descreídos: “Repaso […] los avances en las indagaciones anatómicas, fisiológicas, moleculares y cognitivas sobre los fundamentos de la querencia por las creencias trascendentes o las propensiones descreídas, y discuto los hallazgos más sólidos y prometedores, así como las vanguardias exploradoras más productivas.” Desde luego, algo más profundo y serio que un simple repaso, como modestamente define su trabajo el profesor Tobeña.

Considera el autor que, a estas alturas de los avances de la ciencia, se empieza a divisar que las propensiones a la espiritualidad, la trascendencia y la devoción religiosa se encuentran ancladas en circuitos y engranajes singulares del cerebro; se trata, en definitiva, de circuitos y engranajes al servicio de unos fenómenos de conciencia que constituyen el fermento de la religiosidad individual.

Aunque la escolástica no goza de buen predicamento, es bueno recurrir en ocasiones a su sistemática, comenzando por definir el término sobre el que se va a versar. Es lo que se hace aquí. ¿Qué se entiende por religión? Tobeña sigue a Boyer en describir los ingredientes básicos del concepto: 1) Representaciones mentales de agentes no físicos; 2) Artefactos vinculados a esas representaciones mentales (estatuas, …); 3) Prácticas rituales; 4) Vivencias o experiencias que invocan a los agentes sobrenaturales y permiten la comunicación interactiva con ellos; 5) Intuiciones morales y normas explícitas; y 6) Afiliación étnica y coaliciones montadas bajo la guía de los agentes sobrenaturales. A todos estos ingredientes añade el autor la propiedad que han de contener: que muestren atributos reconocidos en varias culturas.

Nostalgia de la divinidad

Hecho esto, ya se está en condiciones de superar el Preámbulo y comenzar el recorrido por los capítulos de la obra. Y habla Tobeña de la nostalgia de la divinidad, una nostalgia que se expresa principalmente en los ritos funerarios, ya que la muerte es la verdadera desazón nuclear, el enigma fundamental, la fuente inagotable de donde beben todas las religiones.

Constata varios hechos. En primer lugar, que la ciencia va arrinconando a la religión, aunque, pese a ello, las sociedades basadas en ella, en la religión, son mucho más estables que las instituciones seculares; lo que hace que las empresas políticas se acerquen a ella y la tienen como uno de sus pilares fundamentales.

Y, pese a que las religiones muestren signos de decrepitud, se mantienen, sin embargo, muy vivas y, desde luego, no hay signos de que esté próxima su definitiva desaparición, como se pronosticó. Aunque, eso sí, existe una tendencia actual hacia la religiosidad individual, ya que las estadísticas muestran cómo hay un progresivo abandono de las prácticas religiosas, con una profundización en las creencias de fondo por parte de los individuos. Es lo que se ha definido como la espiritualidad poscristiana que “se caracteriza por la idea de que el yo tiene un componente divino, y está impregnada por una concepción inmanente e inefable de lo sagrado”.

El autor ofrece seguidamente datos estadísticos sobre los científicos creyentes, no creyentes y agnósticos/dubitativos, recogidos en los Estados Unidos, que muestran una tendencia a la increencia entre los científicos, aunque hay que constatar la existencia de otros estudios con conclusiones contrarias, no recogidos en la obra; especial mención merece la contraposición entre ciencia y religión, ante la que los científicos mantienen posturas diversas.

Piensa Tobeña que las religiones institucionales realizan maniobras de renovación doctrinal, para ir dando cabida a los avances de la ciencia que hacen retroceder el espacio de las creencias, aludiendo al caso de la Iglesia Católica, de la que refiere los cambios en la concepción del cielo y del infierno; como ocurre cuando se pasa de los datos contrastados a la interpretación personal, encontrará el autor quien no comparta las conclusiones a las que llega en su explicación.

Finalmente, en este primer capítulo, alude a los apóstoles del ateísmo, con referencia a Dawkins y, de manera muy especial y más extensa, a Dennet, mostrándose crítico con sus acciones de las que dice que “el problema es que esas vistosas piruetas continúan siendo inocuas como herramientas explicativas”.

Ensoñaciones y visiones

¿Y qué hay de la creencia en seres sobrenaturales, a los que recurrir o quienes nos proporcionan experiencias consideradas místicas? Sirvan como respuesta las primeras líneas del segundo capítulo de la obra: “Las nociones y las creencias trascendentes que nutren el caudal de la religiosidad son una de las secreciones más curiosas de la mente humana”. Es muy claro cuando afirma que las ideas religiosas combinan una enorme fuerza evocativa con una total ausencia de vinculaciones con la realidad objetivable. “Todas las religiones se caracterizan, en esencia, por postular unos agentes adicionales o añadidos que la naturaleza ni contiene, ni propone, por su cuenta”.

Para Tobeña, la ideación religiosa ha de ser catalogada como una ilusión o ensoñación sobre el poder supremo, el gobierno cósmico a gran escala y también para las minucias más ordinarias e insignificantes. No es la religiosidad sino un atributo o rasgo del temperamento humano que engloba otros componentes mayores: 1) La credulidad en agentes o fuerzas sobrenaturales; 2) La reverencia y sumisión ante ellos; 3) La invocación y demanda de su intervención; 4) La esperanza trascendente, la vida tras la muerte; 5) Las vivencias de perfección o armonía absolutas; 6) La proclividad a la congregación y la hermandad; y7) La dedicación sacrificada a los demás. Vectores que no agotan todas las posibilidades, pero que sí delimitan un marco de indagación.

La clave está en que con estos indicadores han podido detectarse tendencias que remiten a posibles vinculaciones con engranajes de la organización y funcionamiento del cerebro. Y, en apoyo de su propuesta, aporta el autor los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por Vassilis Saraglou. Seguidamente se detiene en las conclusiones obtenidas por el Cuestionario Tridimensional de Cloninger, exponiendo las diferencias sistémicas entre los dos sexos en la proclividad religiosa o en diferentes estadios de la vida, concluyendo que “es el temple de base, el modo de ser, el carácter de cada cual, lo que moldea la religiosidad y no al revés”.

En un paso más, nos indica cómo habría un poso para la religiosidad en la estructuración y el moldeamiento del cerebro humano que vendría dado hasta cierto punto por la vía génica.

También hay párrafos dedicados a ateos, agnósticos y descreídos en general, quienes, pese a su postura ideológica, entienden las ventajas que puede aportar una creencia en seres superiores, en ocasiones, recorriendo el camino de la fe hacia la increencia; aunque reconoce que se da también el proceso inverso, como en el caso del máximo protagonista del proyecto Genoma Humano, convertido al teísmo tras sus descubrimientos. El capítulo, como ocurriera en el precedente, contiene abundantes cuadros estadísticos, basados en experiencias norteamericanas, extrapolables sin embargo al resto de los seres humanos, aunque el autor suaviza con frecuencia sus afirmaciones, dejando un estrecho campo abierto a diferentes posibilidades.

Religiosidad y neurología

En el tercer capítulo de esta más que interesante obra, se aborda la Neurología de la religiosidad. Y advierte el autor desde las primeras líneas que “el ámbito que quiero diseccionar en detalle es el de los sustratos neurales de la religiosidad”. Analiza, primeramente, los cerebros hiperreligiosos y la epifanías psicodélicas, atribuyendo pensamientos trascendentes y obsesiones de tipo religioso a la epilepsia, ofreciéndonos una larga lista de figuras religiosas con historia personal de convulsiones o epilepsia, en la que figuran desde Amenhotep IV hasta santa Teresita de Lisieux, pasando por Buda, Julio César, san Pablo, Mahoma, santa Teresa, Joseph Smith o Soren Kierkegard. Sus experiencias místicas pueden ser estimuladas por algunos psicotrópicos, como la psilocibina, aportando datos estadísticos de experiencias realizadas en Estados Unidos. También nos habla de experimentos llevados a cabo con monjas carmelitas y con budistas, que vendrían a apoyar sus planteamientos, aunque no deja de reconocer que, pese a su abundancia y manifiesta tendencia, aún no son datos de certeza absoluta: “Habrá que recomprobar si este tipo de hallazgos se sostienen con firmeza en otros ensayos y condiciones, a pesar de que la veta exploradora es desafiante e incitadora y no parece un mal inicio detectar fenómenos vinculados con anomalías y singularidades en los estados de conciencia”.

Una nueva aportación la hacen científicos italianos de la universidad de Udine, quienes obtuvieron indicios que vinculaban una región particular de la corteza parietal del cerebro con variaciones en el grado de religiosidad; proponían que la reducción de la actividad a la corteza parietal puede que sea el mecanismo que hay detrás de las experiencias de dilución de los límites corporales o de percepción extracorpórea que algunas personas experimentan. Y se extiende Tobeña en profundizar en sus planteamientos basándose en estos experimentos y su incidencia en partes concretas del cerebro.

El capítulo finaliza con un epígrafe dedicado al marcaje genético de la religiosidad, a su carga hereditaria. Alude a Dean Hamer, el neurogenetista que abrió la senda más prometedora para adentrarse en la genética molecular de la espiritualidad y, cómo no, a su famoso y controvertido ensayo The God gene: how faith is hardwired in our genes. Eso sí, concluye que la espiritualidad no es, ni puede ser, cosa de un solo gen. Algunos gráficos con imágenes del cerebro captadas durante las experiencias que se explican, ilustran adecuadamente estas páginas.

Captar y predecir el mundo

“Desde un punto de vista cognitivo, cualquier creencia religiosa puede ser descrita como un modelo mental de la realidad, donde la causalidad es atribuida a fuerzas invisibles que existen en una esfera metafísica más allá de la experiencia cotidiana”. Con estas palabras de Fukuyama, nos introduce Tobeña en uno de los capítulos más interesantes de su obra, partiendo de la hipótesis de que contemplen y conciban el mundo de una manera peculiar y prototípica aquellos individuos con propensiones espirituales y devocionales. Aborda, primeramente, la capacidad balsámica, amortiguadora, que se atribuye a las creencias religiosas ante catástrofes o situaciones difíciles de la vida.

De la misma manera, explica cómo determinadas creencias condicionan la manera de ver el mundo, aportando el ejemplo de cómo unos calvinistas se concentraron en los detalles de un experimento, mientras que católicos y judíos se fijaban en aspectos más generales y de conjunto, según las conclusiones de un estudio llevado a cabo en Europa. Y, aunque advierte de lo prematuro que es deducir con certeza resultados fiables, apunta que “no se pierde nada en consignar diferencias en los procesos de captación de los objetos y eventos del mundo en función de creencias religiosas”.

Un paso más en este capítulo lo constituye el hecho de que la devoción religiosa puede llegar a pretender compartir y armonizar creencias con la divinidad; es decir, que un creyente tiende a atribuir sus propias asunciones a la divinidad en la que cree. Por otro lado, considera la enorme facilidad que tenemos los humanos para elaborar representaciones de agentes suprahumanos con propiedades extraordinarias como una explicación para que sea tan común y contagiosa la noción de divinidad. En sus propias palabras: “Del mismo modo que venimos al mundo con sistemas neurocognitivos preparados para captar, atrapar y emitir flujos vocales ajustados al habla del entorno, de manera muy eficiente y veloz, vendríamos también facilitados para fabricar sistemas de creencias ayudadoras y confortadoras”.

En un paso ulterior, se fija en cómo las creencias que se implantan en las mentes infantiles se resisten a desaparecer en estadios posteriores del desarrollo, incluso en quienes se manejan en el mundo científico. Algo que se traduce, con frecuencia, en rituales practicados no solo por creyentes, sino incluso por quienes no lo son, citando, como ejemplos los gestos que practican deportistas, el uso de ornamentos corporales de prometida eficacia contra los males, etc. Y finaliza con un epígrafe donde pretende demostrar que, a mayor agudeza y velocidad cognitiva hay una menor propensión religiosa.

Todo el capítulo justifica sus presupuestos en estudios diferentes realizados en centros académicos, sobre todo americanos, aunque incluye algunos europeos.

Moralidad y religión

Una afirmación categórica del autor marca el inicio de este capítulo, el quinto de la obra: “No hay doctrinas religiosas sin asunciones morales o códigos normativos explícitos”. Esto es tan así que no es raro encontrar personas que confunden religiosidad con moralidad. Pese a ello, se hace también evidente que no son precisas las divinidades para que afloren conductas generosas, compasivas y respetuosas, aunque se constate que las religiones han sido marcos útiles para el fortalecimiento de la observancia moral, pero no para su nacimiento.

Cuestión diferente es el control de esa moralidad que se da de manera diferente en comunidades pequeñas, donde dicho control es ejercido por la propia sociedad sin necesidad de recurrir a agentes sobrenaturales, como ocurre en agrupaciones mayores. Es aquí donde se nota más la influencia de un dios vigilante que controla nuestros actos; y si ese dios es punitivo y justiciero, la propensión al rigorismo es mayor que si es benévolo y compasivo. Lo que no quita que haya sujetos que actúen de manera ética sin necesidad de una vigilancia supranatural. Detalle también importante que apunta el autor es que la sensación de anonimato mitiga el temor a la culpa, haciéndonos menos exigentes éticamente.

¿Qué ocurre cuando se incumple la norma? A la culpa y la contrición dedica el autor algunas páginas de este capítulo, centrándose en las zonas del cerebro vinculadas a estas actitudes humanas, según estudios realizados sobre el particular. A lo que se une su reflexión sobre la plegaria misericordiosa y la limpieza moral, donde observa que aquella, la plegaria, muestra sus efectos sobre las personas, bien mitigando reacciones agresivas o de violencia, bien, en ocasiones, alimentando la combatividad; y relaciona la necesidad de limpieza moral, tras una acción considerada no ética, con la limpieza física, según se desprende los experimentos realizados para analizar estas proposiciones.

Costes y beneficios de la religiosidad

En este capítulo de su estudio, Tobeña plantea que la religiosidad permanece porque nos aporta una serie de beneficios, pese al alto coste que a veces conlleva. Lo explicita desde el principio: “si los antecesores presapiens ya mostraban una proclividad religiosa que ha tendido a perdurar y a afianzarse en la arquitectura mental que nos caracteriza, este atributo debería conferir ventajas notorias como para quedar fijado en la carga genética”.

¿Qué beneficios aporta la religiosidad? Los hay personales y sociales; entre los primeros figura el confort íntimo (placidez, serenidad, calma), fortaleza ante las adversidades que define como placebo antiestrés, etc. En cuanto a los beneficios sociales, señala la congregación y cohesión grupal, sentido de pertenencia, compromiso y hermanamiento con la comunidad de correligionarios. Pero hay más: las religiones aportan una narración omnicomprensiva y completa del trayecto vital y del devenir cósmico.

Todos estos beneficios no son gratuitos. Cita varios ejemplos, tales como las aportaciones económicas, los sacrificios de animales e incluso humanos, fastuosos monumentos funerarios como ofrenda al dios, dedicación a enfermos y moribundos y, el máximo precio, la propia vida en el martirio.

En apoyo de su tesis cita a Darwin, para quien los individuos religiosos deberían presentar un mejor bagaje y mayores recursos para la supervivencia y dejar más descendencia viable, como exigen los filtros de la selección natural. Esto lo subraya David S. Wilson, para quien la religión es una forma de adaptación grupal: “la religión sería, por consiguiente, un abrigo muy eficaz, un artefacto cultural al servicio del establecimiento de normas de inclusión y de cooperación que se diseminan mediante catequesis precoz dentro de cada comunidad”.

Alude también a la manera de protegerse mediante la colaboración de los miembros de un grupo religioso; comienzan con un régimen estricto de normas rígidas; luego, al ir creciendo, se relaja un tanto esa estructura inflexible, dando lugar a sectas que desean volver al rigor primitivo.

Reitera lo expuesto apoyándose en Dennett, quien propuso que dios o cualquier otra noción relacionada con lo sagrado son artefactos cognitivos, memes, de enorme invasividad y con una función muy específica: promover orden y estabilidad en los complejos escenarios, los naturales y los sociales, donde tienen que espabilarse y medrar los humanos. Tales memes de las religiones vehiculan una descripción simplificada pero coherente del mundo que facilita su comprensión y aceptación. Lo que es aprovechado por las jerarquías para esquivar toda responsabilidad, trasladando a esa entelequia superior la culpa de las negatividades que puedan surgir.

Vuelve nuevamente sobre los beneficios personales, trayendo a colación estudios realizados que confirman los aportes de la religiosidad en determinadas situaciones adversas, con resultados incluso físicos, tales como recuperaciones más sólidas y rápidas en enfermedades o tras intervenciones quirúrgicas. Y, tratándose de la meditación trascendental, como la de algunos yoguis, se alcanza, incluso, a anular las partes del cerebro que acusan el dolor. De aquí, pasa a la esperanza, movilizadora de los recursos personales ante lo incomprensible o ante la adversidad, y, en un paso más, al optimismo, por el que esperamos que ocurran acontecimientos positivos en el futuro aunque no tengamos indicios sólidos para confiar en ello. Aunque hay evidencias de que los senderos del optimismo y sus efectos salutíferos no pasan forzosamente por el cultivo de la religiosidad, pues pueden estimularse en el cerebro a través de otras vías.

Ritualidades y música

Teatro litúrgico y burocracias curiales es el título del séptimo capítulo de la obra. Se trata de un capítulo más especulativo que sustentado en estadísticas de estudios realizados, como ha hecho hasta ahora el autor, salvo cuando comenta la importancia de la música como estimuladora de determinados sentires.

Es la muerte la semilla y el crisol infalible de la religiosidad, “su compañera más fecunda y el ariete más incisivo del ansia de trascendencia”. Es en ella, en la muerte, cuando, según el autor, la religión actúa como un asidero para acompañarnos en el tránsito final y lo hace a través de determinados rituales; es el contacto con pensamientos sobre la muerte el que acentúa la creencia en agentes sobrenaturales.

También la música, presente con harta frecuencia en rituales religiosos, es uno de los mayores acompañantes para adentrarse en la experiencia de lo sagrado; es más: aventura el autor que no está nada claro que primero fuese la palabra, el verbo, antes que la música. Es en este apartado donde Tobeña se apoya en estudios realizados con músicos para proponer que la música tiene una invasividad emocional incontenible, trabaja activando los mismos circuitos cerebrales gratificantes que los inductores del placer sexual y otros gratificadores primarios.

Finalmente, aborda las instituciones y burocracias religiosas, constatando que es notoria la pérdida de importancia de las castas oficiantes en el estatus y en la presencia social. Aunque advierte de que ello no implica que las instituciones religiosas estén desapareciendo; muy al contrario, resisten desde la segunda o tercera fila apoyadas en dos pilares: en primer lugar, el bagaje de sabiduría y sutileza que atesoran para la liturgia de la exigencia; y, en segundo lugar, por su indiscutible capacidad para montar redes institucionales de asistencia, superior a la de gobiernos y ONGs.

¿Tiene futuro la religiosidad?

A responder a esta cuestión dedica el autor el octavo capítulo de la obra. Reconoce que aún queda mucho que estudiar, mucho que investigar incluso sobre lo ya trabajado y que ha sido expuesto en los capítulos precedentes: los condicionamientos de género, de cultura, el brote de espiritualidad que se vive, … Se ha llegado, incluso, a afirmar que la religión es una especie de clausura grupal para atajar infecciones y parasitismos procedentes de comunidades ajenas. Especial hincapié hace en el carisma de determinadas personas, capaces de persuadir a las masas, anulando aquella parte del cerebro que nos induce a analizar y filtrar la información que recibimos; y aporta el ejemplo de Obama, quien, a su juicio, arrastra a las audiencias con su carisma (sobre este ejemplo, hay que añadir que otros ponen el énfasis en el uso de las nuevas tecnologías y su presencia en el mundo virtual como génesis de su atractivo y de sus triunfos electorales).

Estima Tobeña que hay aún mucho que investigar en la frontera distintiva entre creyentes y descreídos y añade que “los ingenieros que construyen robots versátiles, espabilados y adaptativos quizá puedan llegar a aportar elementos útiles para la investigación de frontera en religiosidad”.

A la vista de todo lo expuesto, ¿tiene futuro la religiosidad? Es significativa la respuesta que recoge de una cita de Hitchens: “Las creencias religiosas son inexpugnables precisamente porque somos todavía criaturas que se afanan en evolucionar. No morirán o al menos no lo harán hasta que hayamos superado el miedo a la muerte, el miedo a la oscuridad, el miedo a lo desconocido y el miedo a los demás”. Pero estima que la neurociencia de la religiosidad lleva buen ritmo, aunque ve poco probable que esta, la religiosidad, desaparezca totalmente; y eso que tiene apóstoles activos del ateísmo cuyos éxitos, a la vista de la experiencia, resultan magros. “A pesar de las oscilaciones provocadas por la prédica antirreligiosa o por las grandes transformaciones tecnológicas y demográficas de la última centuria, la credulidad persiste intocada y todo indica que se mantendrá sana y fuerte”.

Piensa que la ciencia no representa ninguna amenaza para las religiones y que están desenfocados los ateos y escépticos que imaginan una victoria de sus postulados. Porque, en primer lugar, minusvaloran la potencia de la religiosidad popular, el hecho de que las nociones y vivencias espirituales surgen inevitablemente en la mayoría de los humanos. En segundo lugar, minusvaloran la flexibilidad del pensamiento teológico para adaptarse a lo que le llega desde la ciencia. Y finalmente, porque olvidan la dureza e impenetrabilidad de la ciencia; la ideación religiosa es automática, intuitiva y natural, mientras que la científica requiere una disciplina rigurosísima.

La obra se cierra con un Epílogo en Tarraco, pues fue allí, en Tarragona, donde pronunció una conferencia sobre “Cerebros religiosos y ateos”, cuyo contenido se ha expresado en estas páginas. Merece ser leído con suma atención pues aquí el autor, pese a haber manifestado su postura de no creyente, que se entrevé además en las expresiones que dedica a quienes lo son, reconoce que los sondeos y estudios realizados no aportan garantías suficientes, aunque sí dan indicios y apoyan planteamientos como los que expone en el libro. Y fundamenta su criterio en tres pilares que desarrolla sucintamente y que, resumidos, son: hay sustancias que permiten provocar las mismas sensaciones que producen los hechos religiosos, sin necesidad de estar conectados a ellos. En segundo lugar, “los sistemas neurales mediadores de las creencias y las experiencias espirituales con acotables y hay que subrayar, además, que no reclutan toda la maquinaria cerebral”. Y en tercer y último lugar, “los hallazgos que indican que puede modificarse el funcionamiento de algunos sistemas neurales de modo que operen mediante un registro o perfil distintivo cuando procesan ítems con contenidos religiosos explícitos o, mejor todavía, implícitos o enmascarados”.

Y el libro termina con un amplio registro bibliográfico.

En conclusión

Nos encontramos ante un libro que merece una lectura serena y objetiva. El autor va exponiendo sus propuestas, basándose en estudios llevados a cabo en diferentes centros académicos especializados en investigar nuestro cerebro; en su mayoría se trata de estudios realizados en América, aunque se aporta algún que otro ejemplo europeo o asiático. Es evidente que los resultados aportan datos estadísticos y que, en sus conclusiones, no se alcanza el cien por cien, sino que señalan una tendencia válida para respaldarlas.

En este sentido, el autor reconoce las limitaciones que se pueden deducir, pero su experiencia científica en el estudio del comportamiento de nuestros cerebros le induce a expresar sus convicciones. Cuando deja la senda de lo experimentado y se adentra en el campo de la especulación se llega al punto en que no todos, incluidos científicos, compartan su visión del asunto; lo que ocurre, principalmente, en los dos últimos capítulos del texto.

En cualquier caso, se trata de una obra muy recomendable y que pone nuevos mojones en ese camino de desentrañar los misterios que encierra la religiosidad.

Índice

Preámbulo: Cerebros religiosos y ateos

1. Nostalgia de la divinidad
Precariedad de las sociedades arreligiosas
Vigencia de la religiosidad: perfiles de la devoción y el secularismo en el mundo
¿Científicos descreídos?
Maniobras de renovación doctrinal
Buses ateos contra memes religiosos: futilidad de las campañas antidevotas

2. Poderosas ensoñaciones
Variedades de la experiencia religiosa
Vectores de los temperamentos religiosos
Religiosidad heredable
Semillas de credulidad e incredulidad: devotos y descreídos

3. Neurología de la religiosidad
Cerebros hiperreligiosos y epifanías psicodélicas
Carmelitas canadienses y monjes tibetanos
Neuropatología “religiosa”, trascendencia y mecanismos de la cognición social
De la neuroimagen a la neurogenética espiritual

4. Captar y predecir el mundo
Obviar ambigüedades y errores
Tareas atencionales, coherencias e incertidumbres
Las creencias propias y las divinas
Supersensaciones e ilusiones cognitivas
Adultos con sesgos cognitivos infantiles
Palomas supersticiosas
Inteligencia y religiosidad

5. Religiosidad e inclinaciones morales
Cumplimiento de normas, generosidad y caridad
El ojo vigilante del Todopoderoso
Culpa y contrición
Plegaria misericordiosa y limpieza moral

6. Funciones de la religiosidad: costes y beneficios
Las iglesias son más que un club
La religiosidad como señal valiosa de compromiso grupal
De los templos darwinianos a las mutualidades informales
El relato redondo: memes del orden para las santas alianzas
Placebo antiadversidades
Milagros fisiológicos
¿Optimismo oxitocínico?: el confort esperanzado de las almas

7. Teatro litúrgico y burocracias curiales
Servicios litúrgicos imbatibles
Danzas rituales y músicas transportadoras
Instituciones y burocracias religiosas

8. Futuro de la religiosidad
Investigación de frontera y el arrastre del carisma
Estudios en ateos y descreídos
Robots espirituales y santos
¿Dios en manos de la biología?: la espiritualidad indestructible

9. Epílogo en Tarraco

Referencias bibliográficas

Juan Antonio Martínez de la Fe
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27/12/2015 Comentarios






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