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LITERARIA: Yaiza Martínez


Bitácora

El pasado 20 de marzo de 2018, en la Biblioteca Manuel Alvar de Madrid, presentamos "Tratado de mariposas", un poemario bellamente editado por Ediciones Tigres de Papel. En el acto intervinieron los editores del libro, Mara Troublant y Paco Moral, y la autora. El poeta Juan Hermoso Durán, por su parte, presentó el poemario con un bellísimo texto que reproducimos a continuación.


Sobre "Tratado de las mariposas", por Juan Hermoso Durán
Tratado de las mariposas
Yaiza Martínez
Madrid: Tigres de Papel, 2018

1.

De Euterpe, que llevaba el nombre de la musa, solo sabemos que vivió en la colonia griega de Tralles, en Asia Menor, alrededor del primer siglo de nuestra era, y que su esposo Sícilo, o quizá su hijo Sícilo, hizo grabar a su muerte una estela con estas palabras: “Soy una imagen de piedra. Sícilo me pone aquí, donde he de ser por siempre signo de recuerdo inmortal”. La voz de la piedra, tras nombrarse a sí misma, entona un canto, ahora, parece, tomando la voz de la difunta Euterpe: “Mientras vivas, brilla, no sufras por nada. La vida dura poco y el tiempo exige su tributo”. De ethos levemente melancólico, compuesto en tono frigio en una octava justa, el conocido como epitafio de Sícilo –aunque es más bien, desde luego, el epitafio de Euterpe– es la partitura completa más antigua que conocemos.

Escuchar el epitafio de Sícilo es perturbador. Algo en su tenue melodía, en su inexorable armazón rítmica, evoca sin duda un lamento fúnebre, un treno como los que habían compuesto Píndaro o Simónides –o un epicedio, pues al quedar ligado a la piedra en que se graba, y ésta a la sepultura, parece destinado a cantarse en presencia del cuerpo cuya muerte se llora. Pero esas mismas propiedades –su encaje en una octava justa, el limpísimo ajuste entre la frase musical y el verso– lo dotan quizá de una rara paz, de una severidad o una mansedumbre que lo apartan del pathos de un planto o una endecha, como si fuera la obra de un discípulo de la Stoa.

La extraña sonoridad de la koiné para nuestros oídos, además, da al conjunto el aire de una ritualidad del todo ajena a nuestro mundo: escuchamos el canto sagrado de un pueblo extinguido, a cuya muerte acaso precediera la de sus dioses.

2.

Tratado de las mariposas, como cualquiera de los anteriores poemarios de Yaiza Martínez, es un ser de naturaleza proteica. Una de las encarnaciones que puede tomar en su lectura –hablo por mí–, es ésta: escuchamos el canto sagrado de un pueblo extinguido, a cuya muerte acaso precediera la de sus dioses.

En la arqueología del texto, por poco minuciosos que seamos, pronto creemos desvelar algunas claves, pequeñas reliquias maravillosamente conservadas que alumbran cierta idea de esta civilización aniquilada en una hecatombe que poco a poco vamos intuyendo. Pronto se revelan las personas del drama: son los Viajeros que parten “hacia la restauración de la Frondosa”, y entre ellos las niñas y sus madres –también, lejanamente, un padre cuyo regreso se espera (17), que “entrega a los hijos / un pan de extrañeza” (82) –, vírgenes y sacerdotisas acompañadas a veces de los espíritus de sus ancestros, que habitan la casa (41) o el alimento (25) y que ya, ominosamente, no acuden a la llamada: “Al final de la ruta una boca / llama a los muertos // La llamada hace la boca, la llamada hace a los espíritus // […] // Nuestros muertos ya no regresan”. Ante los Viajeros, vemos desplegarse a sus verdugos:

“Cazamariposas y colonos cultivan campos aritméticos // Han separado la tierra / y a las criaturas de la tierra / y a la tierra de sus criaturas // Han colgado en las vitrinas / a las madres / del altramuz dorado // y han reducido al salvaje lupino / que a las vírgenes daba de comer…” (19); cazamariposas y colonos, pero no solo ellos: militares que “buscan el festín / aunque la madre les muestre / su puñado de dientes romos / penetran en la niña / para masticarla desde el interior como inflados peces blancos” (20), pioneros cuyas llamas asomaron desde el mar cuando “Llegaron / quemando como avispas”, de quienes, dice la niña, “aprendí a temer // no al parásito de la hemolinfa / que se come por dentro a las orugas, // fue al fuego y las levadas de los hombres // me escondí para siempre” (21), taxonomistas que “hicieron un catálogo, / dijeron salón y lo abrieron / para el aristócrata que mira / la joya robada” (22), hombres, en suma, “violan / los bordes de las vías” y el esquisto (23).

Las numerosas notas que nos salen al encuentro, como recordatorios de la condición de un texto que se describe como Tratado, nos remiten a los nombres linneanos de las mariposas, los Viajeros, de las flores de las que liban o los árboles en los que se refugian para criar. Su sola enumeración hace un cántico incomprensible, como la retahíla de un hechicero que recitara los ingredientes de su elixir: Lycaeides melissa samuelis, Lupinus perennis, Zizeeria maha, Oxalis corniculata, Asclepias syriaca, Danaus plexippus, Abies religiosa… Entendemos entonces quiénes son las madres y quiénes las niñas, y cada nombre es un hilo que nos lleva dócilmente a una historia –hábitat, amenazas…–, y esas historias van dibujando una geografía que es la de nuestro mundo: el sur de Canadá, el Japón, México, el macizo de Anaga, en Tenerife, Madeira, Provincia de Oro, en Papúa, las faldas de Sierra Nevada, los bosques que rodean las grandes urbes industriales del Reino Unido, como Manchester o Birmingham, Borneo, Tanzania, la Argentina.

huevos, larvas, después crisálidas y finalmente imagos son los tres capítulos en que el Tratado se divide, y en cada uno de ellos regresan, claro, los mismos animales: antes, durante y después de su prodigiosa metamorfosis. La alusión al holometabolismo de los lepidópteros es transparente, y alienta, junto con esos inesperados quehaceres cartográficos, junto con los retazos de las historias que entrevemos, una ilusión de comprensión: se diría que podemos dar con la cifra del canto, encontrar su piedra de Rosetta y traducir el lenguaje del poema a un lenguaje que conozcamos, inocuo, cotidiano, escuchar la terrible advertencia que late en su seno –“Hazlo saber / Por el montón de cadáveres / la sangre sube y baja susurrando / en cuerpo quedan / los muertos sin nombre” (37)–, quizá, por fin, entender a Casandra, atender a su vaticinio.

3.

Podemos, meticulosamente, hacer recuento: los Viajeros, por ejemplo, parten “hacia la restauración de la Frondosa / y tropiezan / con una flor de nácar inactiva” (31), “hallan pesado freno al desplazar por oriente / la piel del diamante” (35), “[…e]n el corazón / tocan […] / el bosque y la savia-cincel / de las algas primeras” (43), “[…l]legan al día” (48), “amasan” “el hombro” que “pesa” “y en el descanso / se arma hasta los dientes” (52), “palpan” (54), “[…t]ocan […] a la que cura” (57), “recitan […] en el jardín” –“Lamiendo a la madre / se cura el esqueje”, recitan–, “[…a]carician las quijadas salientes” (61), “empujan la muralla que al pájaro se cierra” (62), “[…a]carician […] la malla del alma / crecida sin madre” (64), […a]carician […] la torpeza y la luz / del que mide un planeta” (70), “[…t]ocan […] la música de la resignación” (72), “[…t]ocan […] la mitad del cuerpo que sobresale y / venera” (74), “[…s]e posan […] sobre el ente crudo / cuyos ojos aún confunden las dos riberas” (80), “[…t]ropiezan […] / con el quebramiento de la Ojosa” (83), “[…s]e posan […] sobre el río” (84), “[…p]alpan […] el deseo / de enseñar al desierto a ser agua” (85), “[…t]ocan […] el miedo a la casa huella / que a la Frondosa retuvo” (88). Atrapados en la quiescencia de la crisálida, solo el levísimo movimiento del tacto mantiene a los Viajeros en el mundo: tocan, palpan, acarician, amasan, empujan, tropiezan –recitan también, ¿pero no es el habla una forma del tacto?, ¿no alude precisamente al tacto de la lengua lo que recitan –“Lamiendo a la madre / se cura el esqueje”?

Al abrirse los imagos, esos exiguos gestos de la crisálida se despliegan en un cuerpo: “el calor de las alas la boca recuerda” es el verso que abre imagos, como “toca la costura entre mundo y cuerpo” abría crisálidas, y “de la tierra haciendo cascarón y templo” abría huevos, larvas. “El cuerpo es la ruta / de los ancestros”, aprendemos de la migración de las monarcas, que pasan el invierno en México como Perséfone, para regresar en primavera al Canadá como Kore. En realidad, la crisálida ya sabía que este cuerpo que ahora se abre es el cuerpo que “la civilización parte” (34), el cuerpo en el que “quedan / los muertos sin nombre” (38), que grita (41), que tiene bolsas en las que cargar el “saber ignorante / de la horda que aprieta / al insecto motivo” (44), el cuerpo que se reúne con el pensamiento en “el acuario circular // de las mujeres” (51) –de los varones, del arropamiento de los varones, más vale desconfiar, porque “seguirá su propio zumbido / y arañará la tierra” (45)–, el cuerpo sobre cuya herida “descansa el nido” y que “enseña a cuidar el coxis con salvia” (60), el “cuerpo destejido” (70), cuya mitad “sobresale y venera / orden fronda” (74), pero también el “cuerpo de Erinias” que forma el mar, “que de amor aprendió violencia” (61), cuerpo de agua que “alcanzará el mar” (80) –el mismo mar que era “ceniza anillada”, del que llega la nave de la que salen los militares (20), del que “asomaron / los brillos del astrolabio y las llamas de los pioneros” (21), y “la viruela de los españoles” (27)–, cuerpo, en fin que esconde “un largo laberinto abovedado, / una espina que brilla por la baba / que en hebra la transforma, / un monstruo del mar / que en el centro juega / a ser comido” (87).

Tras la metamorfosis, es la inabarcable pluralidad de los cuerpos, su exuberancia heterogénea y deslumbrante, lo que ve por fin la luz: cuerpos quizá con útero, al que abraza la mariposa búho (98), o sin boca, como el de la mariposa atlas, que sabe que “piedra del Toukbal sostiene el cielo” (101), cuerpo con cola que se agita “contra los murciélagos”, como la de la mariposa luna que “relumbra sus cuatro satélites” (102), con espalda que ofrecer a la sombra, como hace la mariposa cola de arrendajo (104), con dedos con los que la mariposa cobre de Hermes puede formar un bosque que “apunta el mensaje / tan alto” (105), cuerpo con ojos arrancados por “la perra negra de la codicia” (106), como los de la mormón azul, o a los que nombrar caballero “para cada pliegue // del mundo en los embriones” (112), como hace la mariposa luna azul del Índico.

Y, sobre todo, alas: en la “transparente geometría / de los instintos” (94) de la mariposa de cristal, en los “[…a]pretados pilares de cristal” que “parten los rayos” (93) en las alas de la morfo azul, en la intricada venación alar de los lepidópteros, en suma, se adivina el plano y el alzado de ciudades sin nombre: “[…n]o has visto ciudad tan densa” (93), ciudad que “abraza el útero” (98), “ciudad que liba en el orín / anhela celestial pavimento” (100), “en la que arden / los comensales de luz” (107), que se oculta tras una mancha “en la jaula candente de los alambres” (108), “ciudad de albero” que ríe (111), ciudad que simplemente “ya existe” (112). En el cuerpo de cada ser está inscrito el hogar de su pueblo.

4.

El pueblo que somos, cuyo hogar está inscrito en nuestros cuerpos, es otro de los ejes que atraviesan el Tratado de las mariposas, que no en vano comienza con unas palabras que Pablo de Tarso en la Epístola a los Romanos pone en boca de Yahvé: “Llamaré al que no era mi pueblo, pueblo mío. Y a la no amada, amada”. Los pueblos que viven a la sombra del oyamel, en la Sierra Madre, ven “monarcas en sus antepasados” (19), los que viven al pie del Kinabalu, al norte de Borneo, “comen los restos de la niña”, “siete partes en el espíritu del arroz” (24), el pueblo querandí, que habitaba las márgenes del Paraná y el Río de la Plata y se cubría con cueros de nutria, “bautizó como bandera” a la mariposa de alas albicelestes y larvas rojas que repiten “la tierra es sagrada” (27), el “pueblo muerto” de la mariposa azul de Karner, que toma su nombre del poblado ferroviario de Nueva York donde un entomólogo aficionado llamado Vladimir Nabokov la clasificara por primera vez, “genera tejido de observación, / susurro miel de aguarda” (54), “mi pueblo que vive / mi pueblo que muere” (83), canta, como si lo mirase desde las cámaras de Paris, la mariposa a la que da nombre Helena de Troya, y que sobrevive en la pluvisilva del Perú.

Nuestras ciudades son todavía hoy el hogar de los pueblos en los que a duras penas nos reconocemos, y en ellas también nos acompañan, o agonizan con nosotros, las mariposas. La variedad carbonaria de la polilla moteada, o mariposa de los abedules, cuya denominación alude a la oscuridad de sus alas, predomina en los bosques que cruzan el corazón de la Revolución Industrial, mientras que la variedad de alas blanquecinas es más abundante en la Inglaterra rural, donde los depredadores pueden confundirlas con la corteza del abedul sobre el que descansa, que no ha sido ennegrecida por la polución: el melanismo industrial de la polilla moteada, descrito por Bernard Kettlewell en 1973, tras veinte años de investigaciones, se considera una de las más nítidas demostraciones cuasi-experimentales de la selección natural: “El alquitrán del limbo / te pintará las alas / niña come / esta hoja de hollín […] // un ancestro despedazado es quien enseña la mímesis” (24).

¿No llevamos también nosotros la ciudad inscrita en nuestra carne? ¿No es el lenguaje que hablamos uno de los más afilados buriles con que se labra esa inscripción?

5.

Cuerpo, pueblo, lenguaje: ningún número de cuerpos hace un pueblo si no los une un lenguaje –porque un pueblo es lo que es llamado un pueblo, como nos revela Pablo;, pero también porque un pueblo es lo que llama, porque hay un pueblo cuya boca “llama a los muertos”, y sabemos que “La llamada hace la boca, la llamada hace a los espíritus” (19), porque un pueblo es lo que “dice / siete partes en el espíritu del arroz” (25), lo que “bautizó como bandera / el mensaje del querandí” (27), lo que “genera […] / susurro miel” (55). Susurra, recita, reza: poco más que mantener este rumor es lo que hace un pueblo, salvo vivir y morir bajo los ojos de Helena.

Cuerpo, pueblo, lenguaje: tampoco un cuerpo, en realidad, es del todo un cuerpo, lo que nosotros entendemos por un cuerpo, mientras no lo atraviesa un lenguaje que atraviese también otros cuerpos –los que forman su pueblo. Pero el lenguaje –decíamos– es una forma del tacto, y queda tallado en nuestros cuerpos como las ciudades en la venación alar de la mariposa. Dice bien Juan en Patmos (Apocalipsis 11: 13) cuando dice que “fueron muertos por el temblor de la tierra siete mil nombres de hombres”: sabe como sabía Homero que un cuerpo sin nombre no es ya un cuerpo –el poeta ciego, que no tiene nombre para el cuerpo y se refiere a él por el nombre propio del mortal, o por los nombres de los miembros en que muestra su vigor, llama en cambio soma al cadáver que ha sido abandonado por el hálito o la mariposa de la vida, pues hálito y mariposa significa psuché- También lo sabe la mariposa lechera: “en cuerpo quedan / los muertos sin nombre” (38), y “[…] el espíritu [...] / […] / susurra entre los huesos […]” (41). El lenguaje habita el cuerpo y hace el cuerpo: “El símbolo / que buscaba en un templo” la mariposa luna azul “ya está en la semilla, / en la cabeza” (64).

No puede ocultarse, claro, que el lenguaje es también instrumento del daño: “dijeron salón” los hermanos que “hicieron un catálogo” –katá logon– antes de abrirlo “para el aristócrata que mira / la joya robada” (22), y “[…e]n el nombre escrito / hallará la traición salas abiertas” (81) para la mariposa búho. También puede serlo el silencio: cuando Hipatia de Alejandría, como una mariposa luna, “[…a]bandona la biblioteca / a pesar de la alerta susurrada”, de las palabras que habrían podido salvarla, “[…f]uera, sin piel la arrastran pero no vocea / ninguno de sus hermanos” (44), y la ausencia de la palabra la condena. Entonces, como cuando la mariposa a la que Walter Rothschild bautizaría como Reina Alejandra en honor de la esposa de Eduardo VII recibió el disparo de su captor, que iba armado por miedo a los caníbales, “había misericordia por decir” (22).

Si en el silencio hay daño, como en la palabra que nos hace, ha de haber también reparación: porque saben que “[…l]amiendo a la madre / se cura el esqueje” (59), “[…t]ocan los Viajeros a la que cura, / […] // Cuando calla, / siembra de árbol su saliva, / […] // La reparación circula de la boca a la mano / y, en cada espacio entre las mordidas, / abre una cueva de luz” (57-58). Así, cuando “[…l]lega el invierno solo / el signo queda” (63), como una plegaria durmiente, aguardando el perdón, “la restauración de la Frondosa”.

6.

Es patente –qué os voy a decir que no sepáis– que no tarda en quebrarse la inocente expectativa de comprensión que abre todo aquello que en el Tratado de las mariposas evoca el ensayo de historia natural que tal vez fuera antes de su propia metamorfosis –notas, nombres linneanos, geografía, estructura. Para bien: el Tratado de las mariposas es tan inabarcable como las mariposas, tan esquivo como ellas, tan hermoso e incomprensible, pero se nos acerca, como a veces las mariposas, y revolotea alrededor de nuestros ojos haciéndonos pensar por un momento que atrapar a una palabra sería atrapar al poema. Como sucede en el epitafio de Euterpe, en el que, conforme a lo habitual en la música de la Grecia Antigua, texto y melodía son inseparables y cada oración casa exactamente con cada frase melódica, si el poema se va desenvolviendo, de huevo a larva, de pupa a crisálida, de crisálida a imago, es porque el lenguaje del poema es las mariposas: el Tratado es tanto un ser de lenguaje como un ser de naturaleza en el que, como nos recuerdan las alas de Morpho peleides o de Tatochila theodice, “el cómo y el qué son un circuito” (93, 114). Lo que debemos hacer con el Tratado de las mariposas es, entonces, echarlo a volar: leerlo, dejarlo que se pose en nuestra mano y vuelva a alzar el vuelo, leerlo de nuevo, dejarlo regresar.
Juan Hermoso Durán
Sábado, 24 de Marzo 2018



Bitácora

Presentación del poemario "Tratado de las mariposas", de Yaiza Martínez, en Madrid
El próximo martes, 20 de marzo de 2018, a las 19:00, se presenta en Madrid el poemario Tratado de las mariposas, de Yaiza Martínez. Será en el Salón de actos de la Biblioteca Manuel Alvar (c/Azcona, 42).

Editado por Ediciones Tigres de Papel, según su autora, "en este libro confluyen cuerpo, Tierra, una simbología. Una prueba de cura a través de la palabra "naturaleza" y de sus múltiples significados. Un ruego de perdón por el daño infligido al planeta. Por el lenguaje, un regreso a la casa común. En "Tratado de las mariposas" confluyen otros y otras por amistad, por sangre, por terrestres, por humanos. Todos ellos persisten como lo sutil, con su voz y su fuerza".

La obra ha sido ilustrada por los artistas Laura Giordani, Enrique Cabezón, Rafael Lucena, Esperanza Vives Frasés, Adriana Manuela Ruiz Gómez, Abel Dávila Sabina, Paula Soldevila, Eva Lí, Inmaculada Fernández, Mayte Sánchez Sempere, Adolfo, el embajador; Társila Jiménez, Gabriel Viñals, Elena Rodríguez Vives.

En el acto intervendrán, además de Yaiza Martínez, los editores Paco Moral y Mara Troublant y el poeta Juan Hermoso Durán.
Yaiza Martínez
Martes, 6 de Marzo 2018



Bitácora

El próximo jueves, 8 de febrero, a las 20:30 horas, se presenta en Amalavida Lounge Club (c/ Loreto y Chicote, 7, Gran Vía, Madrid) el poemario "Amor King Kong", de Fernando Barcia. Barcia fue finalista en el certamen Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid en 2007 y un año después recibió el premio La voz más joven de La Casa Encendida. Está especializado en cantos chamánicos mesoamericanos.


Presentación del poemario "Amor King Kong", de Fernando Barcia en Madrid
Un poema de Amor King Kong (Gravitaciones, 2017), de Fernando Barcia

El otoño desciende de las montañas y como cada año Nuestras manos se llenan de musgo.

Es la forma que tiene el bosque de recordarnos nuestro linaje.

Nos declaramos hijos del sol, Hacemos fuego chocando piedras, Dormimos mal.

Las leyes de la termodinámica afirman que

para dos estados macroscópicamente especificados de un sistema, hay una cantidad llamada diferencia de entropía de la información entre ellos.

Esta diferencia de entropía de la información define La forma en que te alejas del incendio

Y Ya no recuerdas cómo comenzó todo a arder.

Hace frío y el animal que habita en nosotros Ha desaparecido de nuevo.

Mamá dice que hay un hombre en Roma, muy blanco porque nunca ve la luz del sol,

Que lo atrae por las noches profiriendo extraños cantos.

Dice que se lo quiere comer. Santo Padre es su nombre. Y su canto dice así:

Dominus Vobiscum

Fa, fe, fi, fo, fú

Dirás

Es por eso que lavamos nuestro cuerpo con ortigas Juntamos las manos

Y rezamos sin parar:

Es la hora

Sal otoño

Es la hora

Sal sombra Es la hora Sal.
Yaiza Martínez
Martes, 6 de Febrero 2018



Bitácora

Poemas de "La dictadura de la perspectiva", de Pablo López Carballo
QUEMARÁN LA TIERRA, ENVENENARÁN LOS POZOS

Ya nadie dice Castilla sin amontonar piedras.
No saben nada de la niebla y el silencio
que hasta los pájaros atienden,
ni de Inés de Castro desatando urracas,
tejiendo espinas para regresar ungida
en duelo y tempestad. Hablaba con las manos,
el viento en la cabeza y el porvenir colgando del pelo.
Dos años escribiendo: entro en la edad
del desinterés, ni demasiado joven
ni todavía respetable
. Desigualdad.
Igual que las luces de cocinas
que iluminan donde nadie necesita ver.
Callejas donde la sombra del hielo
se muestra sin el hielo
y las previsibles paredes de ladrillo,
las que hacían perder la cordura,
son ahora firme anclaje.
Los límites toman forma, como la precisión
de tu indiferencia.
Sé de lo que hablo
porque en nada fui determinante,
ni todavía he perdido la vergüenza
que dan las cosas hechas y las no realizadas.
Insuficiente en grafías,
fallido en el convenio, profuso en los nervios
que preceden al sometimiento. He movido,
a diario, el proyecto que a nadie interesa.
Aquí sigue saliendo el sol desorientado,
no digas nada, te querrán helar los huesos,
no entienden de nostalgias, buscan el renombre
y siempre están dispuestos al precio.
Nosotros seguimos en lo mismo,
mirar no es suficiente, debemos devanar
con la ciencia del no tener.
Por algo estaremos vivos:
para mondar naranjas ante el reloj
—si duele no aniquila—
con la exactitud de los límites.
Nubes de huesos sobre el deseo
ignorante de azar. Todo esto pasará.
¿Y los viejos tiempos? Que nunca regresen,
que nadie nos congele el tuétano,
pronto estaremos solos.
En el fondo, la poesía perdura
por un continuo malentendido.

*

DE CAMINO A OTRA PARTE

No se asemeja a nada en su retirarse
de vidriera. De rodillas, aún por delinear
esboza relaciones geométricas y se reclina
en la pared. Cierra los ojos
y aprovecha el daño desprendido,
los trozos pigmentados.

Regresará juntando las manos
a capturar lo que no se puede capturar,
tal vez lo que te digo,
quizá el ímpetu,
en el instante siempre previo,
ante el blanco que cede
a los futuros trazos de un pueblo
metafórico. Los huesos presentes, los huesos por venir.

Mi mano revolviendo en tu estómago. Mi mano dando vueltas en tu estómago. Conmueve no saber a dónde va ese espacio.

Indietro i passi
senza proteggere dalla tenerezza
. Comienza en lo siniestro,
materia lenta, temblor, no recordar cuándo,
yo estaba allí.

Las puntas, las hojas, los setos
se mueven al tiempo, soy la corriente,
el avance empático.

Alpacas
tres árboles amarillo verde marrón amarillo verde
surcos, el caudal remonta la pendiente
corneal.

Amarillo verde marrón
verde marrón.

Plano.
Los delineadores indican la perspectiva.


Creemos oír ecos de restos salinos.
Solo es ruido, momentos,
repeticiones simples de recuerdos perdidos.
Profundizo: allí no hay nada.

Todos enmudecen como frente al mar.

En el interior una polilla
sobrevuela la olla hacia la puerta
y retrocede. Calcáreas las decisiones,
rojizo el pomo.

De mañana toman el ferry.
Se arremolinan en las ventanas para reconocer su piel como superficie sofisticada, ¿por qué desplazarse entonces?, ¿para qué hacer lo que se puede hacer frente al desayuno, o de espaldas?
Inadvertidas pasan las relaciones, la carretera que estratifica, restos solares, peces que podrían saltar.

Revolver el bolso buscando las llaves.
El lenguaje de la piedad renovado ante la puerta.
Dejamos
las redes sobre el pantano,
postergando
la decisión de vivir en escenas
o en la contingencia.
Yaiza Martínez
Viernes, 6 de Octubre 2017



Bitácora

María Zambrano.
Conferencia de Yaiza Martínez dictada el 8/3/2017 en el IES Juan de Aréjula de Lucena (Córdoba) en el marco del programa "Conocer a los clásicos" del Ministerio de Educación y Cultura.


En 1957, exiliada en Roma, María Zambrano escribía en una carta al poeta español de la Generación del 27, Jorge Guillén:

“Cuando lo conocí [a Miguel Pizarro] yo era una niña y él un joven brillante y lleno de cualidades que yo admiraba, y él me llevó al mundo de la poesía y de la belleza. Mi Padre me había llevado siempre por el camino de la filosofía. Yo he buscado la unidad, la fuente escondida de donde salen las dos, pues a ninguna he podido renunciar”.

Abro la siguiente conferencia con este párrafo porque me parece clave para ilustrar cómo se conjugan, en el pensamiento filosófico de María Zambrano, poesía y filosofía, diríase que para llegar a la verdad sin agotarla, como siempre abriéndola más, en lugar de cerrarla en rígidos conceptos.

Tiene así Zambrano una actitud de indagación y conocimiento que podríamos describir como “amorosa”, porque se sitúa entre el asombro o devoción, y la cuidadosa atención hacia todo lo que se observa, hacia todo sobre lo que se habla.

En 1950, en el prólogo de su libro Hacia un saber sobre el alma [1], la propia Zambrano dirá que siempre se sintió más encadenada a las “razones de amor” como medio de conocimiento, suponemos que en contraposición a la razón racionalista o a la lógica de la filosofía moderna dentro de las que ella misma se había formado.

Pero en el amor empieza todo para Zambrano, como si el conocimiento no pudiera desligarse de él. Como ella misma explica en su carta a Guillén: por un lado, en la poesía la introduciría el hombre al que la propia Zambrano definió como su “gran amor”, su primo Miguel Pizarro. Y otro de sus seres queridos, su padre, el pedagogo y también filósofo Blas José Zambrano, la acercó a la filosofía, a la que la pensadora dedicaría toda su vida.

Dado que hoy es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, que por cierto se celebra desde 1911, haré un inciso aquí para decir que Zambrano no es la única mujer brillante de la historia que pudo desarrollar sus aptitudes gracias a un contexto propicio, amoroso, en el que su derecho a saber fue reconocido y cuidado.

Hallamos esta misma circunstancia en otras mujeres que –con el viento en contra, por los usos y costumbres de su época- también lograron estudiar, publicar, investigar, desarrollarse intelectualmente y, en última instancia, brillar por méritos propios en sus campos.

Así, encontramos, por ejemplo, a la francesa medieval Christine de Pizan que, con ayuda de su padre, llegó a convertirse en la primera escritora profesional de la historia (en 1405 publicaría La ciudad de las damas, considerada la primera obra feminista) o a la filósofa, astrónoma y matemática del siglo III, Hipatia, que pudo formarse gracias a que su padre era director de la Biblioteca de Alejandría. Eso por nombrar solo a un par de ellas. Pero volvamos a Zambrano.

¿Quién fue María Zambrano?

El 22 de abril de 1904 nace en Vélez-Málaga la filósofa y ensayista María Zambrano. Fue hija y nieta de maestros. Ya a los cinco años comienza a moverse por la geografía española, allá donde su padre era destinado. Desde esa edad parece que cambiar de lugar de residencia sería uno de sus designios.

En 1908, la familia se traslada a Segovia y, posteriormente, a Madrid, donde Zambrano pasa su adolescencia y donde nace su hermana Araceli, según sus propias palabras, “la alegría más grande de su vida”. A Araceli dedicará Zambrano, muchos años más tarde, el libro Claros del bosque.

En 1913 comienza a estudiar bachillerato en Segovia, donde era, junto a otra compañera, la única chica del instituto (inciso: hace solo unos días ha sido declarada Hija Adoptiva y Predilecta de esta ciudad). En 1921, ya en Madrid, se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad.

En sus años universitarios, María Zambrano conoce al filósofo y ensayista Ortega y Gasset, profesor, amigo y creador del concepto de “razón vital”, que se contrapone al de la “razón abstracta” del racionalismo clásico.

Entiende Ortega que la razón ha de ser un instrumento al servicio de la vida y no algo ajeno al mundo vital, como propusiera primero Platón –que lleva la razón al mundo de las ideas- y después Descartes, que sitúa el pensamiento, y no la vida, como eje de la existencia con su célebre máxima “pienso luego existo”.

Así que aquí ya vamos viendo varias “razones” como métodos de acercamiento y comprensión de la realidad, y como antecedentes del pensamiento de María Zambrano.

Defensora de la República, cuando los franquistas ganan la guerra, Zambrano tiene que exiliarse. Sale con su familia de España hacia Francia el 28 de enero de 1939 y después, con su marido diplomático, Alfonso Rodríguez Aldave, viaja a París, México, Nueva York y La Habana. Durante este periplo sigue escribiendo, publicando, enseñando y dando conferencias.

Debido a la II guerra mundial, Zambrano no puede reunirse con su madre enferma y su hermana Araceli (el padre ya había muerto), en un París ocupado por los nazis. Cuando por fin lo consigue, llega tarde, su madre ya ha fallecido y su hermana Araceli está al borde de la locura.

A partir de 1947, las hermanas Zambrano vivirán juntas, hasta la muerte de Araceli, en 1972. Lo harán en diversos lugares del mundo: París, Cuba, México, Roma, etc. Finalmente, tras más de 50 años de exilio, María Zambrano regresará a España, ya sola. Corría el año 1984.

En los años ochenta llegan los reconocimientos oficiales: Zambrano fue Premio Príncipe de Asturias en 1981, fue nombrada Hija Predilecta de Andalucía en 1985; en 1987 se constituye en Vélez-Málaga la fundación que lleva su nombre y, en 1988, recibe el Premio Cervantes. Muere en Madrid el 6 de febrero de 1991.

Según los expertos, esta trayectoria vital se correspondería con tres periodos en la obra de Zambrano: una primera etapa de formación, en la que se gesta su “razón poética’, de la que voy a hablar a continuación; el tiempo del exilio, donde desarrolla un pensamiento vinculado a la problemática histórica del momento; y la última etapa, tras el regreso a España, caracterizada por una actividad intelectual “incansable” [2].

Razón poética para todas las zonas de la vida

Como hemos dicho, en el siglo XX la filosofía europea –en la que Zambrano se forma- está impregnada del racionalismo de origen cartesiano que, grosso modo, acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, en contra del papel de la experiencia y de los sentidos. Descartes aseguraba que solo por medio de la razón se podían descubrir ciertas verdades universales.

En este contexto, Zambrano busca otro tipo de razón. Lo hace porque se da cuenta de que, como escribe en Claros del bosque, “la vida del hombre, por muy consciente que (este) sea y por muy amante del conocer, no está empleada continuamente en la lógica” [3].

Para Zambrano, el ser humano no es un “sujeto cartesiano” sino un “hombre-organismo”, que se construye a partir de “la ruina del anhelo, de la avidez, de la esperanza originaria” [4], esto es, a partir de las emociones que nos unen a la vida y hacen que en ella perduremos, resistamos, busquemos la supervivencia.

Por tanto, este hombre-organismo, que es mucho más que únicamente lógica o razón, podrá alcanzar conocimiento solo con un método distinto al de la razón racionalista; con un método que se haga cargo “de esta vida, al fin desamparada de la lógica (…)”; un método que abarque, en definitiva, “todas las zonas de la vida”.

¿Cómo sería ese método? ¿Con qué medio cuenta el ser humano para acercarse a la vida, a su complejidad? ¿Cómo se puede nombrar la vida para conocerla (puesto que el lenguaje es conceptualizar para conocer) y, al mismo tiempo, no traicionarla reduciéndola a conceptos?
Cree Zambrano que nombrar sin reducir es posible gracias a la palabra poética, modo del lenguaje más cercano a la revelación de las verdades que a la conceptualización de las verdades, por lo tanto, más capaz de mostrar las verdades sin someterlas a la rigidez o a la congelación ideológicas.

Así, para Zambrano, el poeta o la poeta es aquella que “ama la verdad no excluyente” [5], es decir, que nombra lo que observa, lo que se aparece, sin la propensión a limitarlo “violentamente”, de manera definitoria, sino más bien abierta, polisémica; mostrando verdades mientras las menciona.

A continuación, como si bebiera de ese venero, de ese contenido simbólico que el lenguaje poético despliega, la razón podría desentrañar esas verdades para mostrarlas sin cerrarlas, y así seguir fiel a la vida y su “discontinuidad” [6]; esa discontinuidad que Zambrano describe en Claros del bosque como:

“(…) imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aún más de toda acción”.

De esta forma, trata Zambrano de crear una metodología de aproximación a las cosas para conocerlas –el método de la razón poética-, que describirá –breve y poéticamente- en Claros del bosque [7]. Dicha metodología de la razón poética exigiría lo siguiente:

“Hay que dormirse arriba en la luz. Hay que estar despierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal, de los diversos campos que el hombre terrestre habita: el de la tierra, el del universo, el suyo propio”.

Sería este un método que, por tanto, incluiría la claridad (razón) en la que debemos dormir, puesto que pareciera que la luz tiene dos caras. Una de ellas, ciertamente, puede generar conocimiento sobre un objeto específico, sobre el cual se enfoca. Pero la otra cara dejaría en la sombra al resto de las cosas. Por tanto, es importante conocer con la razón, sin olvidar que el resto de lo conocido también espera, existe y, sobre todo, convive con eso que estamos conociendo.

Asimismo, sería necesario dormirse arriba en la luz para dejar que la revelación se produzca, no solo ir en busca del saber haciendo un esfuerzo racional, sino ser capaces de esperar a que ese saber venga de abajo, de los “ínferos del alma”, de la discontinuidad, de lo vivo.

Por eso, propone la filósofa, estar despiertos en la oscuridad del cuerpo propio, del de la Tierra, del cosmos, porque es en ellos donde habitamos, de donde verdaderamente podemos aprender, tal vez porque el verdadero aprendizaje radique solo en la vivencia.

Así, este “método de la razón poética” reuniría razón y experiencia, y sería una fuente fidedigna de sabiduría y de conocimiento. El lenguaje poético cobraría en él una especial relevancia porque permitiría exceder la “lógica”; expresar la manera en que la “inteligencia y el corazón unidos forman un solo ser que late” [8], y conoce. No olvidemos que, etimológicamente, el término griego poiesis, origen del término “poesía”, significaba a un tiempo intuición reveladora y creación a través de la palabra.

En definitiva, la “razón poética” sería un modo de acercamiento racional a la realidad para conocerla, no excluyente de las zonas “no lógicas” de la vida; que tendría el lenguaje poético como medio de expresión y de comprensión, pues este lenguaje permite acercarse al fluido propio de la vida, y conservarlo además en el discurso.

Según Zambrano, el ser humano podría recuperar, gracias a esta razón poética, “otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos mismos reclaman por haberlos poseído alguna vez poéticamente” [9]; podría retomar formas de conocimiento que ya existían antes de que Platón señalase en La República que la poesía va en contra de la verdad [10].

En coherencia con estas ideas, en la investigación y expresión de María Zambrano, en sus libros –especialmente, en Claros del bosque y De la aurora-, a menudo encontramos un lenguaje metafórico para expresar la indagación filosófica. También encontramos la musicalidad y el ritmo propios de la imaginación “poética”.

De esta forma, en la obra de Zambrano: “la palabra se encarna en la imagen y la razón fertiliza en el símbolo para lograr la finalidad anhelada: engendrar los ínferos y dar luz en la conciencia”, advierte la también filósofa Chantal Maillard [11].
Yaiza Martínez
Jueves, 8 de Junio 2017


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