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LITERARIA: Yaiza Martínez


Bitácora

El próximo sábado, 30 de junio de 2018, se presentará en la librería NAKAMA de Madrid la novela "Nadie duerme" de la escritora gallega Xina Vega. En el evento también participará la poeta Luz Pichel, que escribe estas palabras en relación al libro y la presentación.


Xina Vega presenta su novela "Nadie duerme" en Madrid
Estos versos de Lorca serían el mejor resumen argumental y temático de la novela:

“No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros”.


Así es: nadie duerme aquí. Aquí puede ser un lugar concreto, una cabaña, un hostal de carretera de un pueblo gallego, que de pronto se transforma en Elsinor, el castillo.

Pero más bien no, porque en realidad todo ocurre en un lugar muy común que se llama abismo o infinito o Universo. O bien, un poquito más cerca, la luna, firmamento-oscuridad-noche cruda. Cruda como carne cruda. Tampoco hay personajes. Perdón, sí que los hay pero no se llaman María o Pepe, sino mujer/es (hay más de una, creo que tres, creo), y hombre/s (hay por lo menos tres, también).

Desde otro lado: en realidad hay dos, el/la jóvenes y los/las cansadxs (cansadxs? No sé, no sé. Casi seguro que no es esa la palabra, ¿sería mejor decir oscuros/oscuras? ¿oscuros y lúcidas? A veces aquí la oscuridad tiene brillos). Hay otros puntos de mira posibles, pero no os lo voy a contar todo. Pasan muchísimas cosas en muy poco tiempo. Inexacto: pasan cosas muy importantes en muy poco tiempo.

Todo acaba fatal pero no estoy segura de que no sea eso lo mejor que podía haber pasado. Creo que yo haría lo mismo que la chica, si fuera capaz de sacar mi lado valiente. Hay lengua, más castellana que gallega, hay metáfora, hay símbolo. Hay relato, y hay pensamiento. Que no voy a decir nada más.


L.P.

Algunos fragmentos de la novela "Nadie duerme"


-I-

—Aquí estoy, intentando sacarle importancia.
—¿Importancia? ¿Qué es lo que te duele?
Le muestra el papel de la clínica.
—Trescientos cuarenta euros por una vida que no deseaba. Algo común, algo que sucede. Cada día, cada hora. Algo normal. Pero él no tiene palabras para responder y ella no sabe bien qué pensar.
—¿Sabes? Siempre imaginé esto como un mero trámite, algo que dar por sentado, nadie decidiría por mí. Sigo pensando lo mismo, pero esta noche mi útero todavía sangra. Vengo de la ciudad, no hay clínicas en el pueblo en donde vivo.
—¿Nadie te acompaña? —Mi marido está de viaje, mis hijas, al cuidado de mi madre. Prefiero hacer esto sola, un trámite en la sombra. Pero esta noche me siento rodeada de fantasmas. Con un pie en el más allá, con un pie en el más acá. Yo decido e intento reducir el problema a la dimensión biológica, un brote, apenas una yema. La quebré, me la tronzaron.
—¿Te arrepientes ahora?
—No, no es eso. No la deseé, no la quiero, pero tomar la decisión de hacerla desaparecer es algo muy grande, demasiado para mí, para cualquiera.
—¿Para qué traerla si todo está oscuro, si no hay alegría?
—Imaginaba que no dejaría marca, que podría arrinconarlo, encerrarlo en la carpeta de las contingencias, pero ahora sé que esto permanecerá, que va a quedar una cicatriz borrosa, un dolor suavísimo y tenaz, algo, alguien al que dije no, al que cerré la puerta de entrada en el mundo de los vivos.

Él retrocede de modo apenas perceptible, toma distancia y la mira de nuevo. La mujer de los ojos empañados muerde el cristal de su copa, desgarra con sus manos la madera de su mesa mientras él imagina la placenta deslizándose despacio, esa masa ensangrentada y brillante bordeando la bandeja metálica de las aceitunas, recorriendo los escasos centímetros de superficie hasta estallar contra el suelo de baldosas. Esa masa, esa sangre turbia, esa constelación de pólipos que nos nutren… Siente ganas de vomitar. Esa animalidad, esa parte que es cuerpo, que es materia lo fascinaba y, al mismo tiempo, le producía una verdadera repulsión. Hombres y mujeres, hombres saliendo de mujeres…

-II-

Porque ella es ahora carne fresca en el mercado, fruta de temporada que todos quieren consumir, bastaría con esperar, es este un estado huidizo, tránsito rápido, pero es ahora, justo ahora, cuando acaba de adquirir el máximo valor y no sabe qué hacer con esa atención que la borra, con esas bocas sin oídos prestas a devorarla. No le permiten sentarse, quedarse tranquilamente en su senda y contemplar la extrañeza del mundo. Tiene que correr, ella está corriendo para evitar ser comida, para no perderse en los turbios intestinos de los hombres que la acechan. Acaba de estrenar la condición de presa. En el corazón de la noche, dentro del confortable vehículo que la aleja del sumidero del que proviene busca desaparecer en las rayas blancas de la autopista. Cegada por el relámpago reflectante, hipnotizada, deja el cuerpo a merced del animal que resuella y que transpira a su lado y huye por las líneas blancas, corre disparada como un proyectil en campo raso. Corta sus trenzas, estira sus huesos, engorda su pecho, fatiga su carne, arruga sus manos, cubre de blanco su cabeza, es así como quiere llegar a su próximo destino. Con la vida cumplida, con el miedo pasado, con la esperanza flaca. Pero no, aquí todos tienen que cargar con sus penas o mear un chorro creador para que se los vea y se los tenga que querer, y ella, que no es nada, llega al hotel corroída por el pánico.

-III-

Viajar en el tiempo y perdonarnos, perdonar a la madre, perdonar al padre, comprenderlos, esa es, en realidad, la triste y necesaria lección de la madurez. ¡Que no duela, sobre todo que no duela!, matizar la cicatriz hasta volverla finísima línea, ese era el trabajo en el que había empleado la vida que lo alejaba de aquel adolescente de hace treinta años. Lo más seguro es que para aquel muchacho, el cómodo burgués que ahora era no fuese bastante. También la mujer siente ese efecto anverso, esa conmoción que la lleva a juzgarse a sí misma con los ojos de la adolescente que fue. Piensa en sus padres, en su dureza, en las equivocaciones y el desamor con el que tanto la habían dañado. ¿Cuándo comenzó a olvidar aquella herida?, ¿cuándo comenzó a borrarlos, a convertirlos en quienes no eran, a envolver el pasado en una pátina de mentira? Piensa en sus hijas; sí, había sido justo ahí cuando su odio había comenzado a quebrarse. Esa es la cadena que nos ata, que nos amordaza. No ser ya nunca más libres, nunca más únicos, viscerales y puros. Ese pacto que viene con el instinto del nido, con el arreglo de la cueva, con la tibieza y el silencio necesarios para hacer que crezca un ser humano.

-IV-

La brecha traficada y todavía sanguinolenta se abre para que el músculo erguido entre, tapone, suture. Cerrar la hendidura quiere este cuerpo femenino, llenarse para siempre, clausurarse, para que nada más sea expulsado, para no cargar con la responsabilidad del fluido menstrual, del feto, cumplido o sin cumplir, que periódicamente transita hacia afuera exponiéndolo a la vergüenza o a la culpa. Lleno de tejido cavernoso quisiera, para siempre. Cegado.


-V-

Sin la ansiedad del amor, sin ningún deseo de ser amparada por el macho, imagina el sabor de la bofetada, la sangre en las encías, el escozor caliente en las nalgas. Iluminada por la promesa del dolor comienza a refregar su clítoris contra el frío piso de baldosa. Así, como un gusano reptante, como un despojo miserable, sucia fábrica, charca hedionda de la que mana moco blanco. Liberada del amor, del puto amor con sus gilipolleces, con su mariconada excelsa de violines, desea ser tan solo un bloque de carne que gime, un muñón viscoso bailando, electrizado, como rabo de lagartija.

-VI-

La espiral brillante de Sirius continúa danzando en lo alto, Venus se desliza lentamente abandonando Ofiuco, llueven meteoros de las Cuadrántidas, los anillos de Saturno proyectan su sombra 300 sobre el horizonte Sur. La Luna amenaza con caer y anegarlo todo de fría lava blanca. El mundo está a la espera, inmóvil. Es la mecánica celeste con su lentísima deriva la que gobierna. Hipnotizadas, todas las formas de vida ondean ahora en medio del agua negra: un inmenso cardumen esperando instrucciones, una red infinita, un tejido resistente y basto. En los ojos abiertos de una liebre que agoniza se refleja la majestad del cielo. Las primeras hormigas gatean ya por las córneas de azabache. Todo lo que es comido come a su vez.


Más información:

Entrevista con la autora, por Cazarabet.
Reseña de la novela, por Teresa Moure.

Luz Pichel
Lunes, 25 de Junio 2018


Editado por
Yaiza Martínez
Yaiza Martínez
© Mamis & Mimos
www.mamisymimos.es

"Parten los Viajeros hacia la restauración de la Frondosa"


Cuaderno de campo vinculado al poemario "Tratado de las mariposas", de Yaiza Martínez. Imagen: Eva Lí.









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