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PANORAMA MUNDIAL. José Abu-Tarbush







Blog de Tendencias21 sobre los problemas del mundo actual a través de los libros

El naufragio de las civilizaciones
Amín Maalouf: El naufragio de las civilizaciones. Madrid: Alianza Editorial, 2019 (280 páginas). Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.
 
Más conocido (y reconocido) por su obra literaria que por la ensayística, Amín Maalouf retoma en este ensayo algunos de los temas abordados en los dos anteriores: Identidades asesinas (1999) y El desajuste del mundo   (2009), todos publicados por Alianza Editorial, al igual que sus textos literarios.
 
Narrado de una manera amena, en la que entremezcla la visión personal (e incluso familiar) y la colectiva (o generacional), el autor invita a la reflexión sobre el mundo árabe y musulmán para luego pasar, en los últimos capítulos, a extender sus reflexiones al conjunto de la sociedad mundial.
 
En concreto, contrapone la experiencia existencial de su cohorte generacional durante la década de los sesenta y setenta en Oriente Próximo con la situación actual. Entonces, afirma, la juventud árabe participaba de los mismos anhelos de libertad y progreso que la de otras partes del planeta y, en particular, del entonces denominado Tercer Mundo. Algo que, conviene recordar, no ha cambiado sustancialmente, como muestran las reiteradas manifestaciones antiautoritarias desde Magreb hasta Oriente Próximo: Marruecos, Argelia, Egipto, Líbano e Irak, entre otros países.
 
Mayor cambio advierte Maalouf en el ámbito ideológico marxista predominante entonces (combinado con fuertes dosis nacionalistas como en buena parte del mundo poscolonial), que fue gradualmente reemplazado por el ascenso del islamismo; y, en particular, contaminado por su corriente más radical, violenta, sectaria, fanática y oscurantista.
 
Sin embargo, convendría igualmente matizar que no cabe definir el todo por una de sus partes y, menos aún, por una minoritaria (aunque, eso sí, extremadamente ruidosa y destructiva). De hecho, esta minoría violenta ha cobrado un notable impacto mediático y político innegable, sobre todo en situaciones de conflicto armado y Estados fallidos como han mostrado, entre otros, los casos de Irak, Siria o Libia; o bien acaparando igual o incluso mayor atención si atentan fuera del espacio del mundo árabe como, por ejemplo, en Europa.
 
Pese a que esta imagen es la que prolifera en muchos medios de comunicación, flaco favor se hace a la comprensión de las sociedades árabes si no se advierte toda su variedad y complejidad; además de recordar que la violencia ha sido, por lo general, la respuesta otorgada desde el poder a las protestas pacíficas de la ciudadanía desde 2010-2011 hasta la actualidad.
 
Sin olvidar, por último, cómo se ha instrumentalizado el descontento y la radicalización por parte de diferentes poderes regionales y mundiales rivales, retroalimentando la violencia (sí, también la terrorista) al secundar la máxima de que “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo”.
 
Más preciso parece Maalouf al despejar cualquier tipo de duda sobre una supuesta excepcionalidad del mundo árabe a la hora de ser estudiado o comprendido; y reivindicar su “normalidad”, por cuanto dicho mundo también compartió “durante mucho tiempo los mismos sueños y las mismas ilusiones que el resto del planeta”.
 
Considera que el reemplazo del auge de las ideologías políticas seculares, modernizadoras e integradoras de la diversidad étnica y confesional de la región, por el posterior ascenso del islamismo (más excluyente y sectario) se ha debido en buena medida al fracaso de la modernización política y social. En su opinión, la responsabilidad de este fracaso descansa tanto en las experiencias autoritarias de gobierno como en las políticas de las grandes potencias occidentales, que han desvirtuado los valores que supuestamente defienden.
 
Maalouf advierte que el punto de inflexión de ese giro político e ideológico remite a la derrota árabe de 1967, que supuso un drama colectivo y se llevó por delante el atractivo de las ideologías políticas seculares y, también, del nacionalismo árabe que, a su vez, cedieron su espacio en favor de los islamismos. Tesis que, en buena parte, han sostenido previamente diferentes autores, entre otros, Fouad Ajami: Los árabes en el mundo moderno. Su política y sus problemas desde 1967 (FCE, 1983).  
 
En el ámbito internacional, el autor destaca el año 1979, primero, como inicio de la revolución conservadora liderada por Margaret Thatcher, junto a Ronald Reagan, aunque habrá que recordar que las primeras políticas neoliberales se implementaron en Chile a raíz del golpe de Estado de 1973 como apunta David Harvey: Breve historia del neoliberalismo (Akal, 2007); y, segundo, de vuelta al espacio regional de Oriente Medio, por la revolución iraní, que supuso el pistoletazo de salida de la emergencia de los movimientos islamistas.
 
Maalouf otorga cierta centralidad al mundo árabe y musulmán en los asuntos mundiales. Sin duda, resulta innegable su ubicación e importancia geoestratégica, pero quizás resulte algo forzado este argumento, sobre todo si se toma en consideración la dependencia externa de una buena parte de sus economías extractivas y rentistas; unida a la dependencia de los apoyos externos y las alianzas estratégicas con las grandes potencias.
 
Por último, el autor pasa por encima de algunos de los desafíos más importantes a los que se enfrenta el conjunto de la sociedad internacional, desde el cambio climático, la carrera de armamentos, la posibilidad o tentación de un mundo orwelliano que abre la progresiva implantación de la inteligencia artificial; y, en suma, la ausencia de un liderazgo político y ético en el mundo actual en el que, en su criterio, ni Estados Unidos ni la Unión Europea parecen estar a la altura de las exigencias.

Argelia en transición hacia una Segunda República
Aurèlia Mañé Estrada, Laurence Thieux y Miguel Hernando de Larramendi: Argelia en transición hacia una Segunda República. Barcelona: Icaria & IEMed, 2019 (136 páginas).
 
Durante las décadas de los sesenta y setenta Argelia fue un faro en el que se orientaban muchos movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo; y, en menor medida, también fue una referencia para muchas organizaciones de izquierda en un mundo bipolar en el que, a su vez, Argel se situaba al lado de las fuerzas progresistas frente a la reacción y el imperialismo, según la jerga de la época.
 
Sin embargo, esta imagen exterior de Argelia, elevada al “mito” de un Estado “moderno, socialista y laico”, terminaría resquebrajándose en las décadas siguientes. Según apuntan los autores, tres importantes puntos de inflexión han marcado desde entonces ese resquebrajamiento. Primero, la respuesta represiva a la oleada de protestas populares en 1988; segundo, el estado de excepción impuesto tras la victoria del Frente Islámico de Salvación (FIS) en las elecciones legislativas de 1991; y, por último, tercero, la represión gubernamental durante la denominada “década negra” o guerra civil larvada que dejó un saldo de unos 200.000 muertos.
 
El origen de esta situación, en tesis de Aurèlia Mañé Estrada, Laurence Thieux y Miguel Hernando de Larramendi, remite a la propia configuración del Estado argelino. Sin pasar por alto el largo pasado colonial, de exclusión de la población musulmana autóctona, árabe y bereber, que no contribuyó precisamente a la creación de una “estructura  política argelina propia”, ni tampoco a “un sujeto político argelino”,  los citados autores subrayan el beligerante proceso de independencia que dio lugar a la construcción del actual Estado argelino, con el creciente desplazamiento de la dirección política por la militar.
 
En concreto, partiendo de algunos trabajos ya clásicos como el de Muhammad Harbi, Le FLN, mirage et réalité des origines à la prise du pouvoir (1945-1962), y el posterior de Hugh Roberts, The Battlefield: Argeria 1988-2002: Studies in a Broken polity, los autores indagan y profundizan en esa línea de investigación, con sus correspondientes aportaciones y actualización.
 
Entienden que el centro de gravedad del poder argelino ha descansado, desde entonces, sobre el trípode del Estado Mayor del Ejército, los servicios de seguridad y, cara “civil” y “visible de ambos”, la Presidencia del Estado. A semejanza de lo que ocurre en otros países del entorno (véase el caso de Egipto recientemente analizado por Yezid Sayigh), el Ejército ha sido “la única institución argelina organizada y aparentemente cohesionada”.
 
No obstante, esta cúpula de poder no está exenta de contradicciones o intereses encontrados entre las diferentes “baronías territoriales” y, en suma, facciones o “clanes” configurados a lo largo del tiempo. O dicho en otros términos, la denominada “competición circular y permanente entre las propias elites del poder” (Ferrán Izquierdo y Athina Kemou), que ha sido también analizada en el caso argelino (Rafael Bustos y Aurèlia Mañé).

A su vez, y en sintonía con otras experiencias similares, entre las fuentes de legitimidad de la dirección política argelina destacó la participación en la lucha por la liberación nacional. Pero tras alcanzar la independencia se imponían otros desafíos, como el desarrollo, que se centró en la nacionalización y explotación de los hidrocarburos. La distribución de los ingresos derivados de las fuentes energéticas otorgaban otra segunda fuente de legitimidad y apoyo, pero al mismo tiempo manifestaba las debilidades de una economía rentista y dependiente de los mercados internacionales.  Por último, la diplomática era una tercera base de legitimidad que descansaba en su labrada imagen y relaciones exteriores, en particular, entre muchos países de África y América Latina.
 
Sin embargo, estas fuentes de legitimidad se han ido agotando con el paso del tiempo. Difícilmente las rentas históricas y nacionalistas se podían prolongar tras  la sucesión de varias generaciones desde la independencia. Del mismo modo, las fluctuaciones de los precios de los hidrocarburos en los mercados internacionales han tenido serias repercusiones internas; además del fracaso para reformar y transformar una economía rentista en otra productiva. Sin olvidar la falta de oportunidades, la desigualdad y la injusticia social.
 
La única renta que se ha logrado renovar ha sido la diplomática, con especial énfasis en la seguridad, que permitió la vuelta de Argelia a la escena internacional a tenor de la nueva coyuntura internacional creada tras los atentados del 11-S, la acumulada experiencia del régimen argelino en el combate de la violencia yihadista y el entorno de inseguridad en Libia, Mali y en el Sahel.
 
Sin embargo, dos décadas después de la elección de Bouteflika como presidente de la República en 1999, con “el retorno a la estabilización después de una década de violencia”, esta salida de la crisis pareció cerrase en falso, pues no resolvió la “dualidad de Estado argelino” entre una aparente “arquitectura institucional del sistema (poderes  legislativos, ejecutivo y judicial)” y otra “con un poder en la sombra a modo de Estado profundo”.
 
Las movilizaciones de 2019 así lo pusieron de manifiesto. Si durante las revueltas antiautoritarias de 2010-2011 la sociedad argelina no protagonizó un papel significativo debido, según muchos análisis, a la losa de la violencia que pesaba sobre su historia más reciente, las actuales no dejan de sorprender. En particular, por su civismo, horizontalidad y, en suma, el aprendizaje que adquieren los movimientos sociales mediante experiencias propias y ajenas. 
 
Además de apuntar hacia la deseable fundación de una Segunda República sobre unas nuevas bases de consenso e inclusión, el escenario que se abre en Argelia es imprevisible. No menos importante en la gestión de este complejo panorama político es el económico y, en particular, el energético. Tema al que los autores dedican también buena parte de su análisis, unido al de las relaciones hispano-argelinas.
 
En síntesis,  cabe congratularse por contar con un texto, el de Aurèlia Mañé Estrada, Laurence Thieux y Miguel Hernando de Larramendi, que aporta importantes claves para comprender la realidad social argelina; y, además, en un tiempo record, cuando los procesos de cambio político siguen abiertos, facilitando así su seguimiento.

José Abu-Tarbush | Comentarios


17/10/2019
Kurdos
Manuel Martorell:  Kurdos. Madrid: Los Libros de La Catarata, 2016 (144 páginas).
 
Las Unidades de Protección Popular (YPG) han sido el aliado terrestre más eficaz con el que ha contado la coalición internacional liderada por Estados Unidos en la lucha contra el Daesh (el autoproclamado Estado Islámico) en buena parte de la franja noreste de Siria.
 
Pese al compromiso, lealtad y alto precio pagado en vidas humanas en esta imprescindible resistencia frente el avance del Daesh, los hombres y mujeres kurdos han vuelto a ser abandonados a su propia suerte: que no es otra que la de la voracidad de sus históricos enemigos.
 
El inesperado anuncio de retirada de las tropas estadounidenses del enclave kurdo en Siria, a golpe de tuit y después de que el presidente Donald Trump mantuviera una conversación telefónica con su homólogo turco Recep Tayyid Erdogan, ha sido interpretado como una auténtica señal de luz verde para la actual agresión del ejército turco contra los kurdos en esta región.
 
En esta misma franja septentrional las organizaciones kurdo-sirias mantenían hasta ahora una autonomía que, por provisional e improvisada que fuera, no ha dejado de ser reconocida como un ejemplo de orden y administración en medio del caos provocado por el prolongado e internacionalizado conflicto sirio.
 
Precisamente este ejemplo de autogobierno kurdo, pese a su fragilidad, es lo que trata de arrebatar ahora Ankara, máxime al ubicarse al otro lado de la frontera o zona limítrofe entre el Kurdistán sirio y turco. Sin olvidar que Turquía no es el único actor regional en impedir que prospere este precedente, otros pueden estar tácitamente de acuerdo en su fracaso.
 
En sintonía con su reiterada acusación de las fuerzas del YPG como una mera extensión del proscrito Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), Turquía ha disfrazado su operación como una “lucha contra el terrorismo”, metiendo deliberadamente en el mismo saco a las fuerzas kurdas y al Daesh.
 
No es la primera vez que Ankara esgrime un argumento semejante como cortina de humo para arremeter contra el movimiento kurdo. Manuel Martorell recuerda en su obra como tras la elecciones de 2015, en la que el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) obtuvo “siete millones de votos (el 13 por ciento de todos los votos emitidos)”, se llevó a cabo una operación militar que -en teoría-buscaba golpear “tanto al Estado Islámico como al PKK, pero en realidad el 99 por ciento de esas operaciones estaban dirigidas contra los kurdos”.
 
Tampoco es la primera vez que los kurdos son traicionados. Su trágica historia parte precisamente del incumplimiento de los compromisos contraídos por las grandes potencias (Tratado de Sèvres, 1920); y, en consecuencia, del consiguiente reparto del que fue objeto el Kurdistán, fragmentado entre Turquía, Siria, Irak e Irán (Tratado de Lausana, 1923).
 
A partir de esta frustración de expectativas, afirma Martorell, “La sucesión de sublevaciones reclamando la autonomía, el federalismo o la independencia terminaron haciendo de la cuestión kurda un asunto de primer orden en cada uno de esos cuatro países que dividía el Kurdistán”.
 
En este mismo contexto, de rivalidades regionales e internacionales, la instrumentalización de ese generalizado descontento kurdo y, por extensión, de algunas de sus milicias por parte de poderes regionales y mundiales ha sido una constante a lo largo de la historia más reciente, para luego terminar siendo  traicionados en el altar de intereses más espurios.
 
Es de temer que su actual y comprensible alianza con el gobierno sirio -alcanzada por medio de la intermediación de Rusia- sea meramente táctica o coyuntural, pues hasta la fecha Damasco se ha negado a reconocer y respetar la autonomía kurda. Por tanto, es sólo cuestión de tiempo que se desvele esa debilidad.
 
Como señala el autor, sin sistemas políticos de carácter federal y democráticos (“no necesariamente mimetizados de los occidentales”) no se podrá preservar el pluralismo y la diversidad de Oriente Medio.
 
Publicado en 2016 por la editorial La Catarata, el texto de Manuel Martorell mantiene toda su vigencia para comprender la cuestión kurda que, junto con la palestina, ha prolongado hasta la extenuación su irresolución en la región de Oriente Medio y, por ende, en la escena mundial.
 
El libro no se reduce sólo a la dimensión política kurda, también recoge otras dimensiones como su patrimonio histórico, cultural, literario; además de su diversidad confesional, tendencias sociales, demográficas y, en particular, la cuestión de género con un notable empoderamiento de las mujeres kurdas en la escena pública y colectiva.
 

José Abu-Tarbush | Comentarios


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Editado por
José Abu-Tarbush
Eduardo Martínez de la Fe
José Abu-Tarbush es profesor titular de Sociología en la Universidad de La Laguna, donde imparte la asignatura de Sociología de las relaciones internacionales. Desde el campo de las relaciones internacionales y la sociología política, su área de interés se ha centrado en el mundo árabe con especial seguimiento del conflicto israelí-palestino.

Los comentarios bibliográficos son fruto de la colaboración semanal en el programa radiofónico El análisis internacional, que dirige Javier Granados en la Radio Televisión Canaria





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