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LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

14 de enero de 1915
En esta ocasión no se trata de que hayamos encontrado otro polizón, como nos pasó al salir de Buenos Aires. Ahora todos se han alegrado del feliz acontecimiento en especial Tom Crean.


Durante dos días hemos seguido bordeando los gigantescos acantilados de hielo que lejos de prolongarse en línea recta, como los de Dover,  presentan multitud de ensenadas y salientes. Señal clara de los gigantescos procesos de ruptura que aquí se producen y cuyo producto son los colosales icebergs que hemos ido viendo a lo largo del último mes de navegación.

He pasado largos ratos con Worsley que, por indicación de Shackleton, ésta dedicando muchas horas a la realización de sondeos y en tomar direcciones y rumbos del litoral para hacer las primeras cartas de la zona. Su intención es, a su regreso, entregarlas al Almirantazgo, lo que permitirá que los siguientes exploradores puedan adentrarse en esta costa con mucha mayor seguridad que la que hemos tenido nosotros. Que, evidentemente, vamos a ciegas.

Y mientras navegamos el número de miembros de la expedición ha crecido. Esta vez no ha sido la aparición de un polizón, como ocurrió cuando a los pocos días de salir de Buenos Aires en dirección a Georgia del Sur descubrimos escondido a Perce Blackborow, que es otra historia que tengo que contaros.

Pues no, en este caso ha sido algo más natural: una de las perras, Sally, ha parido a varios cachorros. Pero aunque parezca mentira, todavía ni los hemos visto ni siquiera sabemos el número porque Tom Crean, el segundo oficial, un marino duro donde los haya, los ha tomado bajo su protección y no nos deja verlos.

Tom Crean ha participado en otras dos expediciones a la Antártida: la del Discovery, donde conoció a Shackleton, y la del Terra Nova en la que murió el capitán Scott y cuatro compañeros. Pues resulta que este explorador duro como el hielo ahora cuida a los cachorros como una auténtica comadrona y, por ahora, no nos deja ni verlos. Y cualquiera se atreve a llevarle la contraria.

Como si la naturaleza quisiera compensar, uno de los perros ha muerto. Realmente tuvieron que sacrificarlo los médicos, no tenía buen aspecto. El problema es que algunos otros también parecen estar enfermos. Esperemos que no sea nada porque los cachorros que acaban de nacer no estarán lo suficientemente fuertes para tirar de los trineos la próxima temporada.

12 de enero de 1915
Después de un par de días de navegar siguiendo los acantilados de hielo, hemos sobrepasado la costa conocida y nos hemos adentrado en lo desconocido. Ahora sí somos descubridores.


En los libros de viaje de los exploradores, había leído la emoción que se siente al contemplar por vez primera unos paisajes que nunca antes habían sido observados por otros seres humanos. Y eso es lo que nos ha pasado a nosotros. Hemos descubiertos nuevas tierras.

Aunque en un sentido estricto habría que decir que nuevos hielos dado que sólo la pendiente del hielo hace pensar que debajo de una capa, que algunos estiman en casi 300 metros, se encuentran el manto rocoso.

El paisaje impresiona por su belleza. Laderas de un azul borroso se perdían en la distancia, acentuando las bocas negras de las grietas que se entrecruzaban en todas direcciones. Pero también producía una cierta desolación interna, pues que los animales eludían el adentrarse en su interior, limitándose, incluso las aves, a poblar su costa.

Durante un par de días hemos tenido que soportar nieblas y tormentas de nieve, pero hemos seguido avanzando, entre trozos de hielo de distinto tamaño, junto a los acantilados de hielo de la costa.

Y después de recorrer unos doscientos kilómetros la posición del sextante nos situó más al Oeste que el último punto sobre el que William Bruce había navegado. Estábamos en una zona inexplorada de la costa antártica y Shackleton ha decidido bautizarla como “Costa de Caird ”, en honor de Sir James Cairn, el principal patrocinador de la expedición.

En el Endurance todos estamos felices, incluidos los dos cerdos que compramos en Georgia del Sur (a los que les hemos puesto de nombre: Sir Patrick y Brígida Dennis) y que, lógicamente, no saben cuál va a ser su siniestro destino.

10 de enero de 1915
Después de más de un mes de navegar hemos podido ver la costa antártica descubierta hace años por Bruce. Tenemos la sensación de estar tocando con los dedos nuestro objetivo.


Durante toda la noche y la mañana el Endurance ha seguido avanzando con relativa facilidad entre hielo suelto. A mediodía las mediciones de Worsley con el sextante nos ha permitido saber que estábamos a 72º 02’ de latitud Sur y 16º 07’ de longitud Oeste.

El capitán no podía estar más feliz cuando comunicó esta información a Shackleton y que, por lo tanto, en las últimas 24 horas habíamos avanzado prácticamente 250 kilómetros en dirección Sur.

A partir de ese momento Shackleton no se separó ni del puente ni de sus prismáticos. Creo que incluso estaba mirando por ellos cuando me contó con todo lujo de detalles que debíamos estar a punto de descubrir la costa antártica que había descubierto el explorador y científico escocés William Bruce en 1904 cuando se adentró en el mar de Weddell a bordo del Scotia.

Shackleton ha sido durante años Secretario de la Real Sociedad Geográfica Escocesa y fue allí donde conoció a Bruce, con el que entablo, según me ha comentado, una buena amistad. Precisamente antes de emprender el viaje estuvieron comentando los peligros de este mar, que por unos días dejó encerrado entre los hielos al Scotia.

Durante la tarde hemos seguido la línea de costa, que Bruce llamó Tierra de Coast, en honor de James y Andrew Coast, las dos personas que patrocinaron la mayor parte de su expedición. En realidad la línea de costa son unos acantilados de hielo de más de 30 metros de altura.

En las últimas horas, hemos pasado entre varias ballenas, cientos de focas cangrejeras descansando sobre los hielos y entre ellos las siempre atemorizantes aletas dorsales de algunas orcas buscando presas.

9 de enero de 1915
Después de navegar entre placas de hielo, por fin hemos salido de la banquisa y avanzamos veloces hacia el Sur. El día no ha podido ser mejor.


Durante toda la mañana hemos seguido atravesando placas de hielo tras un cielo de color azul oscuro que veíamos en el horizonte. Es lo que Shackleton llamaba “water-sky” (literalmente “cielo de agua”) y tenía razón puesto que a mediodía, Worsley que estaba en el nido de cuervo ha gritado lo que tanto ansiábamos oír: “aguas libres”.

Efectivamente, poco después el laberinto de placas de hielo a través del cual serpenteábamos ha quedado atrás.
Inmediatamente, Worsley se bajaba del nido de cuervo. Estaba transfigurado, le brillaba la cara de felicidad, aunque cuando se lo he señalado le ha quitado importancia diciendo que “era de frío”.

Sin embargo, cuando se ha acercado a un grupo que estaba en cubierta no ha podido evitar decir con una emoción especial que se sentía “tan contento como Balboa cuando avistó por primera vez el océano Pacífico, después de explorar la selva del istmo de Darién, lo que ahora es Panamá”, ha terminado diciendo con un tono de erudición que parecía dirigido a impresionar a los marineros que le rodeaban.

A partir de ese momento hemos avanzado a toda máquina en dirección Sureste, recorriendo casi 200 kilómetros en unas horas. El día no ha podido ser mejor.
 

8 de enero de 1915
La banquisa no presenta vías para penetrarla por lo que Shackleton ha decidido seguir el color del cielo. Eso nos ha obligado a dar un buen rodeo, pero confiamos en lo que hace.


Esta es la filosofía que estamos siguiendo en las últimas 24 horas y que nos ha llevado a hacer más de cien kilómetros hacia el noreste, es decir aparentemente alejándonos de nuestro objetivo.

Ayer mismo me decía Shackleton que las placas de hielo son “como un gigantesco e interminable rompecabezas inventado por la naturaleza”, por lo que decidió modificar su estrategia y tratar de rodearlas en lugar de enfrentarte con ellas en una lucha desigual que cansa a los hombres y agota las reservas de carbón.

Así que, puesto que hacia el Este el cielo tiene un color oscuro, señal de que por debajo las aguas están libres de hielo (en todas las otras direcciones el cielo es mucho más pálido, dado que refleja el color blanco de la banquisa) ha decidido dirigirse en esa dirección.

Aunque la idea parece descabellada, todos confiamos en su intuición y conocimientos, puesto que no es la primera vez que se enfrenta a la banquisa. Lo hizo en 1901 como tercer oficial de la expedición del Discovery, dirigida por Sott y luego unos años después en la suya del Nimrod. Y aunque ambas se desarrollaron en el mar de Ross, el efecto óptico que cambia el color de cielo es el mismo. Luego, bien sabe lo que se hace.
 

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Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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