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LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

22 de marzo de 1915
Lo único que nos permitirá mantenernos vivos en este mundo helado es el calor. Es decir el carbón. ¿Tendremos suficiente con el tenemos? En cualquier Shackleton ya tiene alternativas. ¿Os imagináis cual puede ser?


Sin una fuente de calor...estaríamos perdidos
Sin una fuente de calor...estaríamos perdidos
En este entorno helado el calor es sinónimo de supervivencia. Necesitamos combustible para cocinar, para calentarnos y también para dar presión a las calderas y que el barco pueda navegar, cuando logremos salir de estos hielos que nos encierran.
Por eso era de vital importancia el conocer nuestras existencias de carbón. Máxime cuando la navegación entre los hielos, y más cuando tratamos de atravesarlos, consumió grandes cantidades.

Por eso Shackleton ordenó hace unos días que se hiciera un inventario de todo el carbón contenido en las carboneras del Endurance. El resultado fue relativamente optimista: nos quedan 52 toneladas de carbón. Es decir, 52.000 kilogramos, que parece que son más. Sin embargo, no es demasiado. Y Shackleton ha ordenado apagar las calderas y vaciar de agua el calderín, para que no se congele.

Ayer estuve hablando un largo rato con él de este tema. Apagar las calderas significa que si se abriese una vía de agua por donde pudiéramos escapar, necesitaríamos casi un día para tener la suficiente presión de vapor para movernos. Pero ya no espera que eso ocurra y lo mejor es economizar al máximo, dado que tenerlas encendidas, aunque a poca presión, supone un consumo de 100 kilogramos de carbón al día.

En cualquier caso, estamos consumiendo otro tanto para cocinar y alimentar las estufas que calientan las dependencias donde vivimos. Puesto que no parece posible que los hielos nos liberen antes de 9 meses, eso significa que vamos a consumir cerca de 30 toneladas.

Según me ha comentado Shackleton, con el restante no tendremos suficiente para regresar a puerto, pero ya me ha dicho que tiene pensado utilizar grasa de foca para alimentar las calderas cuando el carbón se termine.

Este hombre es una fuente constante de recursos. Se está tranquilo a su lado.

Alexander V. O'Hara

16 de marzo de 1915
A veces parece como si la naturaleza quisiera compensarnos por tener encerrados entre los hielos y nos regala unos espectáculos de ensueño. En esos momentos te sientes como transportado al cielo.


No podremos olvidar este regalo para nuestros ojos
No podremos olvidar este regalo para nuestros ojos
Desde que nos quedamos atrapados el Endurance ha seguido derivado en dirección Noroeste. Hace un par de días Worsley pudo realizar unas observaciones y fijar la posición del barco. Estábamos 76º 54’ de latitud Sur y 36º 10’ de longitud Oeste. El continente se encuentra a unos 60 kilómetros y, a esa distancia, prácticamente ya no podemos verla.

Bueno, eso creíamos nosotros porque lo que sucedió no podíamos ni imaginárnoslo.

Todo empezó con un vendaval moderado del noreste. Poco después, al atardecer, el tiempo aclaró y pudimos presenciar un maravilloso crepúsculo de color carmesí. Shackleton nos dijo que esas tonalidades no se dan más que en las regiones polares.

Pero eso no fue todo. Aunque ya casi no distinguíamos el continente, de repente pudimos observar con total nitidez los acantilados de hielo del continente suspendidos en el aire. Los científicos nos explicaron que se trataba de un espejismo producido por extensas regiones de agua libres de hielo próximas a tierra. Dado que la temperatura del agua es mayor que la del aire, se calientan las capas de aire más al agua y ascienden, provocando que la luz se refracte (igual que cuando metemos un palo recto en un vaso de cristal lleno de agua).

El fenómeno se repitió al día siguiente, pero en esta ocasión todavía con más intensidad. Ante nuestros ojos se irguieron s más caliente ahí no terminó  atardecer y ante nuestros asombrados ojos aparecieron sobre el horizonte dobles e incluso triples líneas de acantilados. Algunos de ellos incluso invertidos.

Creo que por muchos años que viva nunca podré olvidar semejante espectáculo.

12 de marzo de 1915
Cualquiera podría pensar que en un barco completamente rodeado de hielos los científicos no tendrían nada que hacer. Pues no es así: no paran de descubrir cosas sorprendentes como un agujero en el hielo de ocho metros de diámetro hecho por una ballena para respirar.


El impacto tuvo que ser tremendo para arrojar en todas direcciones bloques de hielo de varias toneladas de peso
El impacto tuvo que ser tremendo para arrojar en todas direcciones bloques de hielo de varias toneladas de peso
Cuando nos quedamos encerrados todos nos compadecimos de Wordie, el geólogo de la expedición. Lejos como estábamos del continente, y por lo tanto de las montañas y rocas que podrían asomar del hielo, creíamos que poco tendría que hacer. Sin embargo no ha parado de encontrar muestras geológicas y eso que estamos a más de 100 kilómetros de la costa. ¿A que no sabéis de dónde?

Pues unas de los estómagos de los pingüinos. Puesto que cazamos muchos por su carne y su grasa, al despiezarlos el cocinero se los entrega a Wordie que los observa amorosamente entre las manos como si fueran diamantes. Otras proceden del fondo marino y se los ha conseguido el biólogo Clark cuando hace sondeos con la red de arrastre.

Y por último, el otro día Wordie y Worsley, que estaban dando un paseo, encontraron unos guijarros, un trozo de musgo, una concha de bivalvo perfecta en uno de los témpanos de los alrededores del Endurance. Ése día llegaron al barco orgullosos con su tesoro que no dejaron de enseñar a todo el que se ponía en su camino.

Ese tipo de paseos, a los que el capitán Worsley es muy aficionado, siempre dan motivos de conversación. Hace unos días encontraron un agujero en el hielo de unos ocho metros de diámetros. Todo parecía indicar que lo había hecho una ballena para poder sacar la cabeza y respirar.

El impacto tuvo que ser tremendo puesto que el hielo tenía un metro de espesor, y había lanzado en todas direcciones bloques de hielo que podrían pesar varias toneladas.
Un cabezazo memorable.

9 de marzo de 1915
Desde que salimos de Buenos Aires el Endurance ha tenido una especie de “overbooking”. Pero incluso en un barco en la Antártida se puede aumentar la capacidad, aunque para eso hay que contar con un buen carpintero. Y nosotros lo tenemos.


El fotógrafo Hurley y uno de los médicos Macklin saboreando su nuevo hogar
El fotógrafo Hurley y uno de los médicos Macklin saboreando su nuevo hogar
Puesto que el barco sólo pretendía llevar al equipo de la expedición Transantártica hasta el continente, llevaba un número de personas superior al que cabía en los camarotes, lo que obligaba a que, durante el viaje, los expedicionarios tuvieran que dormir en la cámara de oficiales, que situada en el castillo de proa es bastante fría.

Sin embargo, como ahora vamos a tener que pasar todos juntos en el barco un buen número de meses, Shackleton ha decidido aumentar la superficie aprovechable del barco, dotándole de más camarotes. Para eso, después de consultar con el capitán y con el carpintero del barco, McNish, se ha decidido utilizar la antigua zona de almacenaje entre la cubierta, que es mucho más cálida, para aumentar la superficie de habitabilidad.

Durante un par de semanas, McNish, al que todos conocemos como Chippy, ha estado trabajando duro en la ampliación. El resultado son seis camarotes de distinto tamaño. La mayor parte sólo tienen un par de metros largo por metro y medio de ancho, que se cierran con cortinas para dar un poco de intimidad, donde se alojarán dos personas.

Sin embargo, uno de ellos es mucho mayor, aunque en este caso servirá para cuatro.
La inauguración va a ser mañana, pero los futuros inquilinos se han apresurado a bautizarles con nombres bastante irónicos: Unos los llaman “El charco”, otros “El fondeadero”,  Cheetham y McNish le han llamado “El  descanso de los marineros”… y al conjunto -nada más, y nada menos- que “El Ritz”.

Como se ve, buen humor no nos falta.

Alexander V. O'Hara

5 de marzo de 1915
Todos los lectores de mi periódico Diario Crítica saben que los iglúes son las viviendas semiesféricas construidas de bloques de hielo en que, durante el invierno, habitan los esquimales. Por eso, seguro que se preguntarán que hacemos rodeados de iglúes.


Con unos trozos de hielo y buena voluntad enseguida construimos iglúes para los perros
Con unos trozos de hielo y buena voluntad enseguida construimos iglúes para los perros
Como mis lectores saben, cuando se descubrió la Antártida los exploradores esperaban encontrar pueblos autóctonos acostumbrados a vivir en este frío. Al igual que en el Ártico se habían encontrado poblaciones de esquimales. Hoy ya nadie espera hallar gente en la Antártida, y los iglúes que nos rodean los hemos construido nosotros… para los perros.

Pues sí, hasta ahora hemos tenido a los perros en cubierta, pero con vistas a los largos meses de invierno que tenemos por delante, es mejor disponer del mayor espacio posible. Por lo que Worsley decidió construir para ellos casas individuales, dado que el pasatiempos favorito de estos animales es enzarzarse en peleas lo más sangrientas posibles.

Estos pequeños edificios se construyeron con trozos de hielo y algunos trozos de madera o pieles de foca congeladas. Luego se restregó nieve por las junturas para que sellasen y, finalmente, se tiró agua por encima, que inmediatamente se congeló, y que hizo que la estructura quedase firme y sólida.

Como habíamos observado que algunos perros sufrían al dormir sobre la nieve, dado que el calor de sus cuerpos se fundía la nieve, y ésta se congelaba transformándose en hielo. En un alarde de sofisticación les pusimos colchones en el interior, hechos con bolsas llenas de paja.

Curiosamente, pese a estas “comodidades”, los perros prefieren dormir fuera a meterse dentro de su iglú, cosa que sólo hace cuando el tiempo es realmente infernal.

Todavía quedaba un detalle. Dado que tenemos que tener a los perros continuamente encadenados para que no alcancen al que tienen más próximo ¿dónde fijar la cadena? En el barco era muy sencillo, habíamos puesto argollas a la estructura, pero qué podíamos hacer aquí.

La solución no ha podido ser más sencilla: se entierra el extremo de la cadena unos 20 centímetros en la nieve, se presiona con algunos trozos de hielo y, a continuación, se le echa agua que en unos minutos se congela y queda un agarre que no hay perro que lo suelte. ¿Ingenioso, no? 

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Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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