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LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

27 de mayo de 1915
Desde hace tiempo una misteriosa enfermedad está provocando que uno tras otro, nuestros perros mueran. Aunque no sabemos cómo atajarla, tratamos de mantener a los sobrevivientes en las mejores condiciones posibles.


Esta es una de los perros todavía en cubierta
Esta es una de los perros todavía en cubierta
El 14 de julio de 1914, llegaron a Londres 99 perros procedentes de Manitoba, en Canadá. Todos eran grandes y robustos, escogidos por su resistencia y fuerza. Su peso rondaba los 50 kilogramos. De estos, se eligieron los 69 que estaban en mejor estado para la expedición, aunque durante la navegación hasta Buenos Aires uno murió.

En principio Shackleton había seleccionado para cuidarlos a un militar experto en perros, pero con el estallido de la Guerra en Europa tuvo que incorporarse a su regimiento. Entonces recurrió a un viejo amigo suyo, también experto en perros, que, pesé a haber recibido del Rey el título de Caballero, se enroló como un simple marinero. Pero también éste tuvo que abandonar la expedición por asuntos relacionados con la Guerra.

En cualquier caso, durante semanas y semanas no tuvimos ninguna preocupación con los perros. Su aspecto era saludable, y aquello era una garantía de que podríamos contar con ellos para tirar con energía de los trineos cuando llegase la ocasión.

La guadaña no descansa
Sin embargo, una vez que salimos de Georgia del Sur comenzaron los problemas. Primero uno, luego otro y más tarde otro más, empezaron a perder peso, vigor hasta que morían. Nuestros médicos se sentían impotentes para contener lo que parecía una lenta epidemia que amenazaba con terminar con todos ellos.

En los cuatro primeros meses ya habíamos perdido más de una docena. Y en el mes de abril perdimos otros cuatro perros más.

Cada vez que uno moría los médicos le practicaban la autopsia. Una tras otra confirmaban la presencia de unos parásitos alojados en el estómago e intestinos que, evidentemente, eran la causa de su muerte. Pero el saber la razón no contribuyó a tratar de evitar la enfermedad, dado que no teníamos remedio contra estos parásitos.

Shackleton me explicó un día porqué no disponíamos del tipo de medicinas apropiados. Al parecer, con las prisas de los momentos previos al embarque, y puesto que cada uno estaba preocupado por los temas de su competencia, nadie reparó en comprar polvos antiparasitarios para los perros. Por lo que ahora no podíamos hacer más que dejar que la epidemia siguiese su curso y que la naturaleza, por sí misma, consiguiese detener la epidemia.

Cuando escribo estas líneas todavía contamos con 50 perros adultos y 8 cachorros. Desde hace un par de semanas no se ha producido un nuevo brote, por lo que empezamos a abrigar la esperanza de que esta pesadilla haya pasado. Ojalá que así sea.
 

Alexander V. O'Hara

20 de mayo de 1915
Desde hace varias semanas nuestro fotógrafo, Frank Hurley, ha estado trabajando sin interrupción. Entre que no puede estar parado y que es extraordinariamente habilidoso, siempre está creando artilugios o arreglando todo lo que se estropea. Esta vez el reto era de categoría: producir electricidad.


Y se hizo la luz…pero eléctrica
Como ya he comentado alguna otra vez, nada más comenzar el viaje me convertí en el ayudante de fotografía de Hurley, pero según pasaban las semanas mi ayuda se ha ampliado a todo proyecto en el que decide meterse. El último… disponer de luz eléctrica en algunas partes del Endurance.

No ha sido sencillo, hemos buscado y rebuscado por todos los rincones del barco hasta encontrar la pieza, el cable o el trozo de metal, que Frank necesitaba para construir el equipo. Nuestros compañeros seguían nuestras búsquedas, o las largas horas de trabajo en los más insospechados lugares, con una bien estudiada indiferencia, que no podía evitar traslucir la curiosidad que tenían por saber qué estábamos haciendo. Curiosidad que se fue acrecentando según los equipos crecían en tamaño y cantidad, especialmente cuando empezamos a instalar cables que recorrían el Endurance.

Por fin todo estuvo listo, nuestra pequeña planta de producción de energía eléctrica comenzó a funcionar y, siguiendo las indicaciones de Shackleton, pudimos dotar luz a aquellos lugares donde podría ser más útil, como la estación meteorológica y el observatorio.

Luces para los perros
Hurley también se sirvió de dos postes para instalar dos potentes focos que podían iluminar el exterior del barco, tanto en el lado de babor como en el de estribor. Su objetivo era que iluminasen los iglúes de los perro s durante los días más oscuros del invierno.

Además, en caso de que la placa se rompiese durante esos días de completa oscuridad, estos focos nos permitirían bajar a por los perros y subirlos a bordo en caso de una emergencia en la placa de hielo.

No quiero ni imaginarme –me dijo Shackleton- lo que hubiera significado tener que subir a bordo a cincuenta perros sin ver dónde pisas, mientras las grietas se abren bajo tus pies, o los bloques de hielos saltan y se amontonan a tu alrededor. Algo que, en varias ocasiones, ya habíamos visto como ocurría, y que nos había sobrecogido por la rapidez y violencia con que se había manifestado, y por el peligro mortal que podía significar el poner el pie en el lugar equivocado o por no quitarlo a tiempo.

Finalmente, pudimos poner en marcha nuestra planta eléctrica y la blancura de la luz proyectada por los dos potentes focos rompió la negrura de la noche. Aquello subió aún más el prestigio de Hurley, aunque no el mío, ya que para todos se había hecho evidente que yo era un mero ayudante.

Incluso uno de los médicos, Macklin comentó admirado “las máquinas maravillosas que sabe hacer Hurley y que ninguno de nosotros es capaz de entender cómo funcionan”. Bueno, al menos yo sí, dado que me lo había explicado una y otra vez hasta que logré aprendérmelo. Esa es la ventaja de ser su ayudante.

13 de mayo 1915
Hace unos días participé en una partida de caza y todavía ahora, al escribir estas líneas, siento la misma sensación embriagadora que tuvieron que sentir nuestros ancestros cuando perseguían a sus presas para poder alimentar a su familia y a la tribu.


Nos costó varias horas localizar la foca y traerla al Endurance
Nos costó varias horas localizar la foca y traerla al Endurance
Según pasan los días la oscuridad se acrecienta a nuestro alrededor. Como recordarán, la refracción de la luz había hecho que el sol apareciese todavía sobre el horizonte unos cuantos días después de la fecha en que astronómicamente estaba fuera de nuestro campo visual. Pero ahora, desde hace días, ya ni eso ocurre y las horas de luz se han convertido en horas de una penumbra extraña que para muchos tiene algo de inquietante.

Con el aumento de esta oscuridad y con el descenso continuo de la temperatura los animales marinos (pingüinos y focas), tan numerosos semanas atrás, han desaparecido o casi. Por lo tanto, a falta de esa abundante despensa que hasta ahora nos rodeaba y donde no teníamos más que alargar la mano para abastecernos, ahora tenemos que salir en su busca y rogar que nos acompañe la suerte,

Precisamente hace un par de días escuché a Shackleton y Worsley que hacían un inventario de nuestras reservas de carne y grasa. Todavía teníamos algo más de 2.000 kilogramos, lo que permitiría alimentar a los perros durante unos tres meses, sin tener que recurrir a las raciones almacenadas para los viajes de los trineos sobre el continente antártico. Que, desgraciadamente, ya pensamos que nunca se van a llevar a cabo.

Lógicamente, y aunque la situación no es preocupante, no podemos desaprovechar la más mínima oportunidad para incrementar las reservas. Por lo tanto, Shackleton ha dispuesto que, cuando la visibilidad lo permita, y pese al frío, se aposte un vigía con un catalejo en lo alto del mástil y examine concienzudamente los hielos que nos rodean.

Foca  a la vista
Precisamente esta mañana, a la hora del almuerzo, el vigía ha avisado de la presencia de una foca a unos cinco kilómetros de distancia. No hace falta ni comentar que en pocos minutos, y aunque tuvimos que dejar la comida a medias, ya estaba organizada una partida de caza compuesta por cinco hombres, al mando de Worsley, y dos grupos de perros.

No quería perderme la oportunidad de poder narrar a mis lectores esta aventura y según me acercaba a Shackleton para pedirle autorización para acompañarles, me dijo adivinando mis pensamientos: Pero Alex, ¿qué haces que no estás ya preparado?

Poco tiempo después comenzaba un incómodo viaje. La luz débil y difusa no proyectaba sombras y no había posibilidad de advertir las irregularidades en aquella superficie blanca. Una y otra vez caíamos en un agujero invisible o tropezábamos contra un trozo de hielo que no había forma de distinguir.

Tengo que reconocer que tengo sensaciones encontradas de aquella marcha. Por una parte no quisiera tener que volver a experimentar la sensación tan frustrante de correr como a ciegas, pero por otra no puedo olvidar la excitación tan embriagadora que me producía formar parte de una partida de caza. Supongo que todos lo sentimos, con mayor o menor intensidad, quizás como un recuerdo atávico de las cacerías de caza nuestros antepasados en busca de su alimento.

Con un farol en la mano
Es difícil trasmitir la desilusión y el mal humor que se apoderó de todos nosotros cuando después de correr una hora larga, al máximo de nuestras fuerzas sobre aquel terreno erizado de sorpresas, no logramos encontrarla. Ya pensábamos que los ladridos de los perros, nuestras maldiciones al caer o las risas de los compañeros mientras nos ayudaban a levantarnos la habían hecho escaparse por el agujero en el hielo por donde había aparecido.

Pero, de repente, a Worsley le pareció ver algo en la distancia. Volvimos a retomar nuestra loca carrera y cuando habíamos recorrido más de un kilómetro la distinguimos perfectamente: seguía tumbada sobre el hielo, ajena a lo que se le venía encima.
Era una foca de Weddell bastante grande, de unos tres metros de largo.

Desgraciadamente, no pudimos evitar que Soldier, uno de nuestros perros, se nos escapase y se lanzase contra su cuello. Fue un momento de tensión, los otros perros querían seguir su ejemplo y Worsley no podía dispararla sin correr el riesgo de herir a alguno de ellos. Y en la confusión la foca podría alcanzar el agujero en el hielo y desaparecer en las heladas aguas para siempre.

Afortunadamente todo se resolvió como deseábamos y, pocos minutos después, extraíamos de su cuerpo inerte 20 litros de sangre. La mayor parte se la dimos a los perros, aunque también nosotros pudimos participar de aquel festín que tanto esfuerzo nos había costado.

Luego la troceamos, la subimos a los trineos y comenzamos el camino de vuelta al Endurance. Entre unas cosas y otras habían transcurrido bastantes horas y la penumbra del medio día había dado paso a una oscuridad donde todavía era más difícil avanzar y más cargados como íbamos por los 400 kilogramos de la carne y grasa de la foca.

Para nuestra sorpresa, según nos acercábamos al barco distinguimos una luz que se aproximaba hacia nosotros. Era Shackleton con un farol en la mano que imaginando las dificultades que estábamos teniendo para regresar, había decidido salir a buscarnos.

Aunque no hubo ampulosas frases de agradecimiento, creo que todos nosotros sentimos algo especial por ese gesto de preocupación de El Jefe.

6 de mayo de 1915
Desde hace unos días el sol está por debajo del horizonte o mejor dicho, debería de estar. Precisamente la refracción de la atmósfera ha hecho que la marinería le tomase el pelo de lo lindo a los científicos.


Aunque no lo parezca, el disco solar ya está por debajo del horizonte, pero...la física tiene la respuesta a esta aparente incoherencia
Aunque no lo parezca, el disco solar ya está por debajo del horizonte, pero...la física tiene la respuesta a esta aparente incoherencia
Ya hemos entrado en esa larga noche polar, que tanto asusta a los exploradores polares, y con la que tendremos que convivir durante varios meses. He leído la triste historia de la expedición del belga Adrian de Gerlache, en los últimos años del siglo XIX, y puedo asegurar que el ambiente en el Endurance no tiene nada que ver con el que había en el Bélgica, que así se llamaba el barco de esa expedición.

La teórica desaparición del sol fue recibida con una gran fiesta, incluso demasiado escandalosa para mi gusto, en el Ritz. Cantamos, reímos y alborotamos hasta bien entrada la noche, después de hacer disfrutado de una opípara cena. Y he escrito la “teórica desaparición del sol” porque al día siguiente los pobres científicos fueron objeto de todo tipo de bromas. Puesto que a la mañana siguiente, el sol volvió a elevarse sobre el horizonte.

De poco sirvió sus apasionados argumentos sobre la refracción de la luz solar en la atmósfera, los marineros no cesaron de convertirles en el blanco de sus mordaces comentarios. A mí me lo explicaron con todo detalle, para que pudiese informar con veracidad a mis lectores, es decir a todos ustedes.

Incluso hicieron el experimento de introducir en una copa de cristal, que contenía agua, un lapicero. Y efectivamente, el lápiz, al llegar al agua, parecía que se había quebrado y tomaba otra dirección. Pero ni con esas se acallaron las bromas de algunos de los marineros, más dispuestos a divertirse con lo que fuera que a admitir la verdad.
Así, durante unos días más, el sol volvió, hacia el mediodía, a elevarse sobre el hielo para ocultarse una hora después. Luego, el disco solar dejó de asomarse, pero todavía se mantenía una luz crepuscular que hace más llevadero esta entrada en esta nueva etapa de nuestra expedición y de nuestras vidas.

El diario de Shackleton
Hace unos días Shackleton, el Jefe, como todos le llamamos, me dejó que copiase unos párrafos de su diario que a continuación reproduzco: “Uno siente su impotencia a medida que la larga noche de invierno se cierne sobre nosotros. Para este momento, si la fortuna hubiese sonreído a la expedición estaríamos cómodamente instalados en nuestra base en la costa”.
Luego seguía con una reflexión sobre el futuro: “¿Dónde desembarcaremos ahora? El hielo puede abrirse en la primavera, pero para entonces, estaremos lejos. No creo que podamos regresar a bahía Vahsel”.

Me entristecí mientras copiaba estas líneas, había un dolor acumulado en cada una de las palabras. Por eso me sorprendió todavía más cuando, al levantar la mirada del cuaderno donde estaba anotándolo, me topé con un Shackleton sonriente que me decía con naturalidad: “Así es la vida, Alex, y no hay que darle más vueltas. Venga, vamos a cubierta, creo que Worsley quiere salir de caza”

Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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