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LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

27 de julio de 1915
Según han pasado los días desde mi anterior crónica, los crujidos del hielo se han multiplicado y las placas han comenzado a entrechocar a nuestro alrededor, cada más más cerca del barco. Nuestros largos meses de tranquilidad han terminado.


Las acumulaciones de hielos comienzan a aproximarse
Las acumulaciones de hielos comienzan a aproximarse
Durante días hemos sido testigos de cómo, con un chirrido aterrador, los trozos de hielo aplastados por unas fuerzas ciclópeas se elevaban amontonándose cada vez a más altura, hasta que, de pronto, las invisibles fuerzas cambiaban de dirección y desaparecían dejando tras de sí largas acumulaciones de hielo que seguían la línea por donde se había producido el choque.

Desafiando a la lógica, bloques que pesaban varias toneladas, y tenían metro y medio de espesor, se levantaban como si fuesen decorados de papel y cartón, mientras un sonido chirriante, como si un gigante estuviese frotando las vías del ferrocarril, penetraba en el cerebro y te hacía temblar el alma.

El barco se estremece
Hasta ahora todo esto había sucedido a distancia, pero desde hace unos días el peligro se ha acercado hasta casi rozarnos. Una grieta, de casi un metro de ancha y de más de tres kilómetros de longitud, se ha abierto a treinta metros de la borda.

La grieta en sí misma no era un problema, a no ser que se hubiera abierto justo debajo de las perreras y se hubiese tragado a nuestros perros. El problema estaba a menos de 300 metros de distancia donde enormes bloques de hielo se estaban apilando en salvaje y amenazadora confusión hasta una altura de cinco o seis metros.

Lógicamente, el barco se estremeció en varias ocasiones. Fue como si una mano poderosa agitase el tronco de un arbolillo para hacer caer sus frutos. Nunca he sentido en mi vida un terremoto, pero los marineros que sí lo han experimentado dijeron que esto era mucho peor.

En cuanto comenzaron las presiones contra el barco, Shackleton ordenó reforzar las guardias y que, durante la noche, siempre estuvo presente junto con el capitán Worsley o el primer oficial Wild. Y por las ojeras que les he visto, parece que ninguno de ellos ha podido dormir mucho esta semana.

El sol ha regresado
Dentro de este ambiente tenso, que parece preceder a un ataque generalizado del hielo contra el Endurance, hemos podido ver –en el sentido más literal de la palabra- un rayo de sol.
Ayer, 26 de julio, justo antes del mediodía, la parte superior del disco solar apareció por refracción sobre el horizonte durante un escaso minuto. Pero fue suficiente para alegrarnos a todos con la esperanza de que la largo noche invernal estaba tocando a su fin.

Curiosamente, el que más parecía alegrarse era Clark, el biólogo, dado que, según repetía una y otra vez, las diatomeas volverán a multiplicarse por efecto de la luz y sus redes volverán a verse teñidas de un débil color amarillo.

Pese a todos sus intentos por contagiarnos su entusiasmo, pocos son los que comparten sus puntos de vista de biólogo marino. Para todos ellos lo que importa es que pronto el calor de los rayos de sol nos ayudará a dejar esta prisión de hielo donde estamos encerrados.

Pero antes de que eso tenga lugar, me temo -mejor dicho- Shackleton y los veteranos del antártico se temen que el Endurance va a tener que librar una épica batalla contra el hielo. O varias, como he escuchado decirles.

21 de julio de 1915
Algo está empezando a suceder. El entrechocar de las placas de hielo, que hasta ahora se producían a gran distancia, se está acercando. Parece que el gigante que dormía bajo nosotros se está despertando. Y eso me asusta.


El Endurance rodeado de trozos de hielo
El Endurance rodeado de trozos de hielo
Desde que quedamos atrapados por el hielo sabíamos que la inmensa placa de helada en la que nos encontramos no es una masa única que ocupa todo el mar de Weddell.
Aparentemente puede parecer que es la misma, pero pronto nos dimos cuenta de que estaba subdividida en miles de trozos, cada uno de una dimensión considerable, que chocaban y arremetían entre ellos.

Aunque los científicos nos lo explicaron, no hicieron más que dar una justificación a algo que ya habíamos apreciado. Puesto que, afortunadamente, a gran distancia, todos habíamos podido ver cómo la presión entre dos de esas placas llenaba el aire de amenazadores sonidos, semejantes a truenos.

Poco después, en el lugar desde donde procedían esos estruendos, había aparecido, como por ensalmo, un amontonamiento de trozos de hielos que se extendía por centenares de metros y que podía alcanzar los 5 metros de altura. Lógicamente, estos cordones de hielo seguían la línea por donde se había producido el choque entre placas.

¿Por qué chocan las placas?
Como nos decían los científicos, puede no ser intuitivo el entender las razones por las que se producen esas embestidas entre las diferentes placas. Si bien el mar al congelarse produce una única superficie absolutamente plana e igual, ésta lleva incrustados los trozos de hielo, y especialmente los grandes icebergs, que flotaban en el mar y cuya distribución, forma y tamaño es absoluta aleatoria.

Por lo tanto al romperse esa gran masa, produciendo miles de placas, algo similar a las piezas desordenadas de un puzzle extendidas sobre una mesa, cada una será diferente en forma y contenido a las restantes.

En esta situación, aunque todas están guiadas por las mismas corrientes marinas y los mismos vientos, y por lo tanto todas seguirán la misma dirección, cada una responderá de manera ligeramente distinta a la de al lado, provocando rotaciones o desplazamientos que lleva a continúas colisiones sobre sus bordes exteriores.

¿Estamos seguros?
Por el momento el barco estaba protegido por la gigantesca placa de hielo que lo contenía, era en sus bordes externos donde se producían esta guerra de titanes.

Pero si su placa se fraccionaba por donde estaba el barco, nos encontraríamos en el lugar del enfrentamiento y sus consecuencias se dibujaban claramente en la mente de todos.

Y eso fue lo que nos ha pasado hoy. Los estruendos y el rechinar se han multiplicado y, peor que eso, se oyen mucho más próximos. El ruido parece el feroz rugido de un mar que se aproxima como una galerna.

He bajado a la placa de hielo con Shackleton, el capitán Worsley y Wild. Nos hemos quedado mirando al lugar del que procedía la perturbación. Bajo nuestros pies notábamos claramente un temblor que no podía pronosticar nada bueno.

Por un momento tuve la sensación de que era la poderosa respiración y los primeros movimientos de un gigante que se estaba despertando de un largo sueño. Y el pensamiento me provocó un escalofrío y, precisamente, no de frío.

Como si Shackleton hubiera sentido lo mismo hizo un gesto con la cabeza y todos volvimos al barco. Me pareció escuchar a Shackleton que le decía a Worsley: “vamos a ver, capitán, cómo se comporta su barco”.

Me temo que se lo contaré en la próxima crónica. O más bien… espero contárselo en la próxima crónica.

13 de julio 1915
Las dos primeras semanas de julio nos han regalado uno de los espectáculos más grandiosos que ofrece el invierno en estas latitudes: los largos amaneceres y uno de los colores propios de estas regiones que parecen condenadas al blanco y negro.


Un color poco común
Aunque todavía no vemos el Sol sabemos que ya se acerca al horizonte y que esta larga y oscura noche va a llegar a su fin dentro de poco. Así, en estas dos primeras semanas de julio la naturaleza nos está regalando unos maravillosos resplandores que anuncian el próximo amanecer que esperemos que nos traiga la liberación.

Y aunque pueda parecer increíble, como lo es casi todo lo que se relaciona con las regiones polares, hace unos días tuvimos, nada menos, que diez horas de crepúsculo. Pero sobre todo, durante la mayor parte de ese tiempo, el cielo estuvo teñido de un espectacular color rosado. Fue algo inolvidable.

Supongo que en mis crónicas anteriores no he comentado nada de mi familia. No sé si este es el momento más apropiado para hacerlo, pero llevo tanto tiempo contándoles lo que ocurre en este barco y lo que pasa en mi alma, que ya les considero unos viejos amigos ante los que no me avergüenzo de abrirles el corazón.

Recuerdos de familia
Una de las cosas que aprendí de mi madre es el placer por la contemplación de la naturaleza. Desde hace ya bastante tiempo sus manos tiemblan, pero cuando todavía tenía un pulso firme dedicaba muchas horas a pintar. Y puesto que vivíamos en las proximidades de la cordillera de los Andes, teníamos el privilegio de contemplar unos atardeceres de ensueño.

Desde pequeño la recuerdo preparando el caballete, sus pinturas y pinceles cuando se aproximaba el atardecer. “Hay que estar preparado para captar la belleza de este momento efímero” solía decirme.

A veces, el Sol se escondía a hurtadillas, como cansado de un día anodino. Entonces, suspiraba y comenzaba a recoger todo el equipo. Si yo estaba por ahí trataba de ocultar su decepción y me recordaba que “en la vida no todo sale como uno quiere”. La verdad es que esa frase me ha ayudado a superar muchos momentos amargos.

Pero otros días, el cielo se encendía en toda la gama de rojos que cubrían el horizonte. Ante nuestros ojos veíamos transformarse los colores pasando por una gama de matices que parecía no tener fin.

En aquellos momentos sus pinceles producían mezclas que trataban de reproducir los colores que veíamos. Pero no era posible, antes de que el lienzo hubiera copiado la tonalidad que se extendía por el cielo, una nueva coloración se ofrecía a nuestros ojos dejando obsoleta la mezcla de pinturas tan arduamente preparada.

Entonces, con una sonrisa de impotencia comenzaba una nueva mezcla, aun a sabiendas que tampoco tendría tiempo para  llegar a plasmarla en el lienzo. Y así una y otra vez.

Curiosamente, cuando las sombras de la noche ya pugnaban por ocultarlo todo, su pincel buscaba y rebuscaba entre aquellos volcanes de colores que ocupaban su paleta para dar vida a un atardecer nuevo y permanente que parecía contener la esencia de todos las coloraciones que habían contemplado sus pupilas.

Qué no hubiese dado mi madre por estar aquí, en este mundo helado, donde ese vertiginoso proceso de cambio de color se ha desacelerado y poder capturar, sin prisas ni frustraciones, las sutiles tonalidades que parecen congeladas en el horizonte que rodea al Endurance.

Pero sobre todo, qué no hubiera dado por tener delante de sus ojos esa coloración rosada que, como me comentó Shackleton, es propia de las regiones polares.

Tengo que reconocer que yo nunca, y les puedo asegurar por las circunstancias que antes les he comentado que he visto muchos atardeceres, había visto hasta que no he estado en la Antártida ese color rosáceo.

Cuando lo vi por primera vez, una emoción especial recorrió todo mi cuerpo. Podría parecer que tendría que ser al revés, que un color determinado me trajese recuerdos de aquellos primeros años de mi vida. Pero no fue así, tuvo que ser aquel color esquivo el que me hiciese recordar aquellos momentos felices de mi niñez en los que mi mundo no podía estar más limitado.

Estos días, esta prisión de hielos que rodea al Endurance y que, tantas veces me oprime el corazón, se ha aligerado y me ha hecho volar en el espacio y en el tiempo. Sólo por ver este cielo una vez, aunque sólo sea una vez, vale la pena afrontar todas las penalidades de una expedición polar.

Alexander V. O'Hara
Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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