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LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

21 de octubre de 1915
Por unas pocas horas creímos que íbamos a escapar de nuestra prisión. Posiblemente lo hubiésemos logrado de no ser por una avería en las calderas. Luego el carcelero helado que nos aprisiona nos hizo pagar nuestra osadía. No sé qué va a ser de nosotros.


Un durante un tiempo que se nos hizo interminable el Endurance siguió inclinándose. Muchos pensamos que todo estaba ya perdido.
Un durante un tiempo que se nos hizo interminable el Endurance siguió inclinándose. Muchos pensamos que todo estaba ya perdido.
Han pasado muchas cosas desde mi última crónica. Hoy hace una semana que el tempano que había estado aplastando la borda de estribor desde hacía tres meses se distanció. Aliviado de la presión el Endurance volvió a flotar en una pequeña laguna de agua.

Hacía nueve meses que el barco había quedado anclado en el hielo y el sentirlo balancearse en el agua fue una sensación inolvidable. Muchos incluso llegaron a bromear con que había “roto aguas” después de un embarazo.

Durante un par de días, y pese a que la temperatura seguía rondando los diez grados bajo cero, la banquisa parecía disolverse a nuestro alrededor. No se pueden imaginar lo que eso suponía para nosotros. Era como si las cadenas que nos aprisionaban se fueran disolviendo.

¡ Enciendan las calderas !
Cuánto habíamos esperado escuchar esa orden de boca de Shackleton. No tuvo que repetirla dos veces. Durante varias horas la tripulación no escatimó esfuerzos, aunque era un trabajo agotador. Creo que más de uno ya se veía navegando de regreso a casa.

Entonces surgió una voz de alarma. Se perdía agua por uno de los ajustes. De mala gana hubo que descargar la mayor parte del agua para que los mecánicos arreglaran la fuga. Cuando lo terminaron ya era de noche y no tenía sentido tratar de encender la caldera para abrirse paso en la oscuridad. De mala gana nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente descubrimos que por la proa se había abierto un paso de agua. Había que aprovechar esa oportunidad, pero no había tiempo para encender la caldera y dar la suficiente presión para que las hélices propulsaran el barco, así que se izaron todas las velas.

Pero el barco, como si una fuerza invisible le tuviese anclado, no se movió.

Como si todos los elementos quisieran confabularse, una espesa niebla lo cubrió todo. Además, comenzó una copiosa nevada. Tendríamos que esperar un poco más. Bien pensado después de nueve meses, qué más daba un día más.

El hielo no perdona
Pero al día siguiente la abertura había desaparecido, y como si lo que hubiéramos visto fuera un espejismo volvíamos a estar rodeados. Todavía peor, los hielos comenzaban a presionar el casco de nuevo.

En pocos minutos la situación tomó un cariz preocupante. El barco se estremecía como nunca antes lo había hecho. Era como si una zarpa gigante quisiera castigarnos por aquel intento de escapada.

De repente el Endurance recibió un golpe terrible y se inclinó hacia babor. Fue tan brutal la sacudida que todo lo que no estaba fijado se cayó al suelo, o fue arrastrado hacia un lado. En unos segundos el barco se escoró 20 grados a babor.

La inclinación fue tal que lámparas encendidas cayeron al suelo y provocaron varios incendios. Entre los gritos alertando del fuego y las carreras para apagarlo, el barco siguió inclinándose. Ya parecía que íbamos a volcar sin remisión cuando el movimiento se paró a los 30 grados.

No sé si ustedes se hacen una idea de lo que es esa inclinación, pero yo les sugiero que piensen lo que sentirían si el suelo y las paredes de su habitación se hubiesen desplazado ese ángulo. Simplemente: horroroso.

Afortunadamente, poco después la presión cedió y el barco se enderezó lentamente. El hielo nos había recordado que estábamos en sus dominios y que podía estrujarnos cuando quisiera. Creo que muy pocos pudieron dormir esa noche.

Alexander V. O'Hara

7 de octubre de 1915
A veces nos pensamos que los seres que están bajo la superficie de las aguas del mar llevan una vida apacible y feliz, que tienen comida en abundancia y que pocos son los peligros que tienen que afrontar. Nos equivocamos. Esta semana, la caza de unas focas me ha hecho conocer, de primera mano, la filosofía de vida de Shackleton.


La captura de este par de focas ha supuesto un alivio para nuestra mermada despensa de carne para los perros
La captura de este par de focas ha supuesto un alivio para nuestra mermada despensa de carne para los perros
Después de la dura presión que los hielos ejercieron sobre el Endurance la semana ha transcurrido tranquila, incluso como si la Antártida hubiera querido rendir un homenaje a la tenacidad de nuestro barco, hasta se abrieron unos canales de agua a nuestro alrededor.

No eran lo suficientemente amplios como para que pudiéramos intentar escapar, pero sí por lo menos para atraer a algunas focas y que éstas salieran a tumbarse sobre la superficie helada.

Eso significó que se pusieron a tiro de nuestros cazadores, en especial de Wild que no suele fallar un disparo. Especialmente cuando eso significa comida.

Un pequeño cambio en nuestra dieta
El primer día mató dos focas cangrejeras de bastante buen tamaño. Todos nos alegramos, especialmente los perros que ese día volvieron a tener carne en abundancia. Nosotros también, puesto que el hígado de foca es un manjar. De sabor fuerte pero sabroso y nutritivo.

Para el Jefe también fueron buenas noticias, puesto que las reservas de comida de los perros se estaban terminando.

Eché una mano para despellejarlas. Aquello no me gustó tanto y terminé lleno de sangre, pero no quise parecer un pusilánime y traté de mantener el gesto de tipo duro. No sé si lo conseguí.

Una de las cosas que más me sorprendió fue las grandes cicatrices que cubrían el cuerpo de las focas. Ambas tenían dos grandes marcas separadas unos centímetros. No hacía falta ser muy listo para intuir que eran consecuencia de un encuentro con las orcas.

Hay que luchar hasta el final
Al día siguiente volvimos a cazar otra foca. Nuevamente me ofrecí a ayudar a descuartizarla. Esta vez Shackleton estaba con nosotros.

Como el día anterior, ésta también tenía unas profundas marcas de los dientes de una orca en su piel. En este caso eran cuatro cicatrices paralelas, de cuarenta centímetros de largo a cada lado del cuerpo que llegaban hasta una de las aletas.

-¿Te has fijado, Alex?-Escuché decir a Shackleton- Casi le arrancan la aleta. Se escapó de los dientes de esa condenada orca por muy poco. Hay que luchar hasta el final. No hay que darse nunca por vencido.

Aunque se estaba dirigiendo a mí, hablaba en voz muy alta para que todos le escucharan. Sus hombres, aparentaron que seguían concentrados en sus trabajos, pero noté cómo hubo un rápido intercambio de miradas entre ellos.

Todos se habían percatado del mensaje. Y yo, que tenía las manos chorreando sangre, nunca lo olvidaré. Espero que ustedes también lo recuerden.

Alexander V. O'Hara
Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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