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LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

29 de diciembre de 1915
Lo intentamos con todas nuestras fuerzas, pero caminábamos por un terreno horrible que nos obligaba a hacer un esfuerzo titánico. Por si fuera poco los canales de agua nos cortaban el paso. Aquello aumentó las tensiones entre todos nosotros hasta que sucedió lo inevitable.


El tirar de los trineos cargados era un trabajo agotador
El tirar de los trineos cargados era un trabajo agotador
Salimos el día 23 de diciembre a las 3 de la madrugada, pero como aquí estamos en pleno verano antártico era como si fuese de día. La noche anterior Shackleton había decidido que, como forma de celebrar la Navidad y puesto que tendríamos que dejar muchos alimentos atrás, cada cual comiese todo lo que quisiese.

No se pueden imaginar la alegría que aquellas palabras despertaron en todos nosotros sin excepción, bueno menos en Orden-Lees que es el que lleva el control de las provisiones. Para unas personas que llevan dos meses con la comida racionada aquello fue el mejor regalo que se les podía dar. Recuerdo a uno de los marineros comentar en voz alta “nos hemos puesto como cerdos.

Un trabajo inhumano
Por la mañana todos estaban dispuestos a tirar lo que hiciera falta. Se les veía con una felicidad que no les había visto yo en mucho tiempo. Ya me lo había comentado el Jefe que cuando los hombres tienen la tripa llena… todo va bien.

Pero no duro mucho. Aunque caminábamos de noche para que la superficie del hielo estuviese lo más dura posible, el reblandecimiento de la superficie era tal que nos hundíamos algo que más que los tobillos, a veces hasta rodillas.

Esto no era peligroso, porque por debajo seguía habiendo una capa de un par de metros de hielo sólido, y aunque no había problema de hundirse era cansado y molesto a partes iguales. La cosa era todavía peor, porque durante la noche se congelaba la primera capa y cuando la veías creías que era una superficie sólida que aguantaría tu peso, pero no era así. Y el ir hundiéndote es un esfuerzo doblemente cansado.

Por si esto fuera poco, con bastante frecuencia nos encontrábamos con un canal de agua lo suficiente ancho para no poder saltarlo. Entonces se planteaba el dilema de esperar a que se cerrara, cosa que podía ocurrir en unos minutos o en horas, o no ocurrir. O si decidíamos bordearlo, entonces podíamos recorrer un centenar de metros tirando como mulas para ver que, de repente, el canal se cierra por sí solo. De resultas el avance diario era de unos tres kilómetros.

Motín
Ya llevábamos varios días con este tormento que se hacía evidente que no nos llevaría a ninguna parte cuando McNIsh, el carpintero, se negó a seguir avanzando. Worsley le recordó que estaba obligado a obedecer la orden de un superior. Aquello era una clara amenaza que, de acuerdo con las leyes del mar, le podría llevar a la horca.

McNish no se amedrentó y le respondió con un tecnicismo legal, como el Endurance se había hundido la relación contractual había desaparecido y por lo tanto no podía obligarle a obedecer. En eso tenía razón porque en esa época los contratos estimulaban que si el barco se hundía, el contrato finalizaba y los marineros dejaban de recibir su paga.

La tensión entre los dos hombres fue creciendo y el resto comenzó a tomar partido por uno u otro. Afortunadamente, alguien, al ver que las cosas podrían ir a mayores, decidió ir a buscar a Shackleton.
Lo que pasó ya se los cuento en la siguiente crónica, pero tengo que decir que supo actuar con un temple admirable. Si no hubiera sido por él, aquello hubiera terminado en un desastre.
 
 

22 de diciembre de 1915
La Navidad es una de esas fechas invariables desde hace siglos, pero los supervivientes del Endurance lo vamos a celebrar hoy, 22 de diciembre, porque mañana nos vamos a volver a poner en marcha para -oficialmente- disminuir la distancia que nos separa de nuestra salvación. Pero yo creo que lo hacemos por otro motivo


Hoy 22 de diciembre celebraremos la Navidad
Hoy 22 de diciembre celebraremos la Navidad
Hace un par de días Shackleton nos ha informado que volveremos a intentarlo. Otra vez recogeremos lo indispensable, montaremos los botes en los trineos e intentaremos de nuevo avanzar algo más hacia el Norte.

No puedo decir que la noticia me haya alegrado, tampoco ha levantado las manifestaciones de alegría entre el personal. El recuerdo de lo que sufrimos para movernos unos miserables kilómetros está todavía muy presente en nuestros ánimos. Pero el Jefe ha dado una orden y la cumpliremos.

Aproximarnos a isla Paulet
Desde que naufragamos en el hielo este es el objetivo a alcanzar: isla Paulet. No sé si ya lo he contado, en los albores de este siglo junto a la primera expedición de Scott a la Antártida, hubo otra sueca a esta zona. Las cosas no fueron bien y el barco que tenía que rescatarles fue apresado por los hielos, como el nuestro, y se hundió.

Al no regresar el barco con los expedicionarios, los argentinos mandaron un barco a socorrerlos. Al frente del barco estaba un marino, Irizar, que estaba de agregado naval en la embajada en Londres. Allí se entrevistó con expertos británicos en la Antártida y, por sugerencia de Shackleton, se decidió instalar un depósito de comida en la isla Paulet.

Así, si otro barco naufragaba, al menos los supervivientes sabían a dónde dirigirse a encontrar alimentos. Supongo que Shackleton nunca podría imaginar que, unos pocos años después, iba a ser él quien se dirigiese a esa tabla de salvación.

La verdad es que las corrientes y los vientos nos dirigen en esa dirección, pero el Jefe nos ha dicho que es mejor acelerar el proceso poniéndonos a caminar hacia isla Paulet.

Yo no me lo creo
Como todos ustedes saben, no soy marino y nada entiendo de vientos, marejadas, hielos o navegación, pero no me parece lógico que lo volvamos a intentar después del mínimo avance conseguido la otra vez que lo intentamos.

Tampoco entiendo esas prisas por comenzar mañana mismo. Lleva cuandomos aquí desde que tuvimos que abandonar el barco hace casi dos meses. No entiendo por comenzar precisamente mañana, cuando parece que estamos moviéndonos bastante bien –sin esfuerzos- en dirección Noroeste.

No voy a decir que soy la persona que más conoce a Shackleton, no soy más que un periodista que tiene poco de hombre de acción en las venas. Pero creo que he ido calando en la psicología de Shackleton.

Por eso, al rato de hacer el anuncio me hice el encontradizo. Estaba dando órdenes a sus muchachos, como les llama. Percibió que quería preguntarle algo y nos apartamos un poco del resto.

Empecé a preguntarle cosas, como si quisiese ampliar la información para mis lectores. Le pregunté por los motivos de este nuevo intento, sobre el ánimo de la gente y mil cosas más de esas que se nos ocurren a los periodistas. Le di la mano agradeciéndole su tiempo e hice además de marcharme.
Ya se disponía a volver junto a sus hombres cuando me giré y le pregunté, o más bien afirmé.

-Supongo que de esta manera, cuando llegue el auténtico día de Navidad, los muchachos no sentirán la añoranza de sus hogares. ¿Verdad?

Abrió los labios de forma espontánea. Creo que estaba a punto de decir que sí, cuando estalló en una sonora carcajada que prolongó lo suficiente para encontrar otra respuesta.

-Alex –dijo por fin- aunque, como buen periodista, te gusta trabajar en solitario, serías un magnífico jefe.

Y volvió a echarse a reír.

-Pero esto…-dijo guiñándome un ojo- que quedé entre nosotros.

Me parece que he acertado, ¿no les parece a ustedes?
Ahhhhh, FELIZ NAVIDAD desde el mar de Weddell

15 de diciembre de 1915
Nunca hubiera podido pensar que un banjo pudiese servir para elevar nuestra moral, para mantener nuestra esperanza en que lograremos salir de ésta, para ayudarnos a formar un equipo. Y no sé cómo se le ocurrió todo esto a Shackelton, este hombre tiene una visión genial.


El valor de un banjo
Una vez más tengo que reconocer que me equivoque y que juzgue mal a Shackleton. Les cuento detenidamente. Hace ya bastantes semanas que abandonamos el barco, a veces tengo la sensación  de que eso ocurrió hace un siglo. Al día siguiente el Jefe nos exhortó a dejar atrás todas las cosas que no fueran necesarios, y prohibió llevar más de medio kilógramo de objetos privados por persona.

En una crónica ya les conté que sólo hizo tres excepciones: los diarios que algunos estaban escribiendo, las medicinas que llevaban los médicos y el banjo de Hussey. No puse objeciones a los dos primeros, las medicinas por motivos obvios, los diarios porque, como buen periodista, sé la importancia de esos testimonios personales escritos en el momento en que los hechos tienen lugar. Pero no estuve muy de acuerdo en el tercero.

Qué envidiosos somos los humanos
No dije nada a nadie, bastantes problemas teníamos para empezar yo a pedir explicaciones, pero pronto supe que a otros compañeros tampoco les gustó la decisión. Incluso a muchos también les parecía una soberbia tontería el permitir que se llevasen los diarios. Algunos llegaron a decir que le había dejado el banjo porque Hussey era su amigo.

Tengo que reconocer que mi máquina de escribir pesaba mucho más que el banjo, pero me había costado muy cara, y aunque en un primer momento no me costó mucho dejarla atrás, luego empecé a dudar si Shackleton habría obrado correctamente. Sin embargo, pocos días después me di cuenta de que me había equivocado.

Mientras que por las mañanas todos tenemos nuestras obligaciones, por las tardes el tiempo es libre y cada cual lo dedica a hacer lo que quiere: leer, charlar, jugar a las cartas…o a todas esas cosas una tras otra. Es decir que el tiempo se nos hace eterno.

O debería decir que “el tiempo se nos hubiera hecho eterno”…sin ese banjo que tanto hemos criticado algunos.

Porque todos, todos los días sin excepción. Hussey se pasa las tardes tocando el banyo. Siempre se pone junto a la tienda donde está la cocina, porque dice que con el calor de la llama del hornillo de grasa de foca, que siempre está ardiendo, y allí, hora tras hora toca y canta.

Y junto a él siempre hay gente que corea sus canciones.

Qué tendrá la música
No sé qué extraño poder tiene la música pero todo parece cambiar cuando escuchas una canción. Parece como si te transportase a otro lugar, o como si los recuerdos de otros lugares, momentos y personas los volvieras a vivir.

Ese banjo nos mantiene la esperanza de que saldremos de aquí. Nos da fuerzas para aguantar lo que haga falta.

Además, no sé si se habrán dado cuenta que cuando varias personas cantan la misma canción, se crea un vínculo entre ellas. Puede parecer ridículo pero lo estoy experimentado todos los días.
Ese nos ayuda a ser un equipo unido. Y eso es lo que he escuchado a Shackleton, que tenemos que ser un equipo, que tenemos que permanecer unidos y si lo hacemos… saldremos de ésta.

Qué equivocado estaba. Un banjo es más valioso que los diarios, porque nos ayudará a salir de esta aventura. Un banjo tiene más valor que las medicinas, porque en sí mismo es una medicina.

Sí, tengo que reconocer que este banjo vale más que mi máquina de escribir. Mucho más. Aquí y ahora tiene un valor incalculable.

Alexander V. O'Hara

8 de diciembre de 1915
Aunque en mis crónicas haya podido dar la impresión de que somos un grupo compacto, la realidad es que hay muchas tensiones que subyacen. Somos más de dos docenas de personas muy diferentes entre sí. De ahí que el mérito de Shackleton sea evitar que se produzcan roces entre nosotros. Y para eso tiene un don natural. Hoy les voy a dar un “botón de muestra”


Fue un ejercicio de psicología el agrupar a hombres tan diferentes en las tiendas.
Fue un ejercicio de psicología el agrupar a hombres tan diferentes en las tiendas.
Reconozco que como periodista suelo dar a mis crónicas un tinte épico. Según me enseñaron es la forma de conseguir lectores y que estos permanezcan pendientes de mis frases hasta el final.

Por lo tanto es posible que haya abusado de esta característica de mi forma de escribir y que haya sido demasiado homérico en mis consideraciones, en mi forma de transcribir para todos ustedes lo que aquí está pasando. Si es así…entono una “mea culpa”.

No sé si mi forma de contar las cosas les han dado la sensación de que todo aquí es sencillo, de que pese a las dificultades, hemos aprendido a sobrellevarlas sin rechistar. Si es así… puede que haya hecho un flaco servicio a mi narración.

También es posible que mi manera de hablar de hablar de Shackleton ha traslucido demasiado la admiración y el respeto que siento por él. Si es así…espero no haber caído en la adulación.

Por eso, hoy quería contarles que por aquí las cosas no son tan sencillas como yo he podido dar a entender. Somos muchos y muy diferentes en cultura, educación, estudios, comportamientos, aspiraciones vitales…

El reparto de tiendas
Por lo tanto, comprenderán que no es sencillo tratar de aunar voluntades y trabajar en equipo, máxime cuando las cosas están tan complicadas como lo están ahora. Y hasta la cosa más sencilla, como podría ser el reparto de tiendas, se convierte en un encaje de bolillos para juntar bajo la misma tela en condiciones durísimas a hombres tan dispares.

Y claro, pensarán que vuelvo a caer en lisonja si se les cuento cómo Shackleton decidió a quien poner cada tienda. Pero es que a mí, que me pidió que le ayudase para ir haciendo la lista, me ha parecido un ejercicio exquisito de inteligencia emocional y de conocimiento de las personalidades humanas.

En su tienda reunió al fotógrafo Hurley, un gran profesional con una mente extraordinariamente despierta, pero como persona de gran capacidad creativa, le gusta que le adulen y se sintió en la gloria por el hecho de compartir la tienda del Jefe.

También estaba James, el físico, un científico de gran valía, pero que es bastante desastroso para asuntos prácticos. Eso hace que con ese espíritu de lucha de clases, todos los marineros se rían de él, criticando su falta de preparación para el día a día. En este caso, lo que pretendía era protegerle de las bromas que podían ser hirientes y crueles.

Otra tienda la puso bajo el mando de su fiel lugarteniente Frank Wild y allí situó a McNeish, el carpintero, un gran trabajador, pero también una persona bastante conflictiva porque había viajado mucho y llevaba a gala que sabía tanto de las leyes del mar como el mejor de los abogados de Londres.

Puede que no fuera así, pero alardeaba de ello y siempre estaba buscando las vueltas a todo lo que se ordenaba. Era evidente que Wild neutralizaría cualquier actitud de crítica hacia las órdenes de Shackleton. Y en aquel ambiente ocioso y enclaustrado, las críticas son el peor de los venenos.

Así, uno a uno, fue eligiendo, con naturalidad, como si se le acabase de ocurrir, a todos y cada uno de los integrantes de las tiendas. En mi opinión el resultado fue magistral, ya que supo hacer que en cada tienda hubiera alguien chistoso para evitar que aquello se convirtiera en un velatorio.

Pero también a alguien de su total confianza para impedir que las conversaciones pudieran ir degenerando en actitudes críticas con sus propios compañeros o con el propio Shackleton, que pudieran terminar convirtiéndose en algún tipo de motín.

Supo ir entremezclando las diferentes personalidades para que el conjunto no produjese tiranteces  innecesarias. Bastante teníamos ya con lo que teníamos encima para que además se exacerbasen los ánimos.

Alexander V. O'Hara

30 de noviembre de 1915
Con aquellas sencillas palabras se cerraba una etapa de la expedición y de nuestras propias vidas. Todos supimos que se refería a nuestro barco y muchos no lograron impedir que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Ahora sí que nos habíamos quedado solos en medio de la nada


Esto quedaba de unos barco hace unos pocos días
Esto quedaba de unos barco hace unos pocos días
Ocurrió al poco de haber enviado mi anterior crónica. Fue por la tarde, todos nos encontrábamos en nuestras tiendas jugando a las cartas, leyendo, charlando, pensando o dormitando, cuando escuchamos la inconfundible voz del Jefe “Se nos va, muchachos. Se nos va”.

En un instante todos estábamos fuera y sin necesidad de que nadie nos lo dijera mirábamos en la dirección donde estaba el Endurance. Allí, a unos tres kilómetros de distancia, nuestro barco vivía su agonía final.

Lo primero en desaparecer fue la proa, entonces el barco basculó y la popa se elevó en el aire, como si quisiera vernos por última vez. Luego se zambulló decidida, sin miedo, y desapareció. Un instante después, el hielo, como si fuera un sudario, se cerraba sobre el lugar donde había permanecido orgullosa pese a sus mortales heridas.

Fue un trago amargo
La distancia amortiguó los sonidos de aquella despedida. Pero quizás por eso la visión nos caló más hondo. Todos sabíamos que su fin estaba próximo. Poco quedaba ya de la gallarda figura que vi hace un año en el puerto de Buenos Aires.

Los mástiles rotos, el maderamente estallado, los cabos enmarañados… la destrucción se había apoderado de aquel barco que había sido construido años atrás para llevar turistas al Ártico, y que luego la inestabilidad económica previa a la guerra había permitido que Shackleton lo comprara a buen precio para la expedición.

En las últimas semanas su visión –objetivamente- podría resultar triste, deplorable, siniestra… pero seguía siendo nuestro barco. Sabíamos que el proceso destructivo era irreversible, pero seguía allí, a nuestro lado, recordándonos de dónde veníamos y hacia dónde tendríamos que luchar para volver.

Hoy todo eso ha desaparecido, engullido por las aguas heladas que un día atravesó con determinación.
La mala suerte se cebó sobre el Endurance y nosotros, pobres mortales, poco podíamos hacer para corregir la voluntad de un destino insidioso y cruel.

Me infundió esperanza
No sé si éste será el peor momento de mi vida, supongo que todavía me quedan muchas tristezas que contemplar. Pero si puedo decir que tenía un nudo en la garganta y que no pude evitar, como muchos compañeros más curtidos que yo por las adversidades, que las lágrimas corrieran por mis mejillas.

De alguna manera, aquel amasijo de maderas nos unía a la civilización y ahora había desaparecido para siempre. Hace unos días, pocos, tan pocos que hasta me da miedo contarlos, vivíamos de una forma ordenada, con ropa limpia, cama caliente y entorno confortable. Hoy parece que una mano cruel nos ha arrojado de un mandoble a una existencia de huérfanos, de náufragos que no saben qué será de ellos.

No tuve valor para entrar en la tienda y mirar las caras de mis compañeros o que ellos vieran la mía. Caminé sobre el hielo alejándome unos pocos metros que se me hicieron kilómetros. Allí permanecí un rato, no sé si largo o corto. Hasta que una voz me sacó de mi estado.

-Hola Alex –era la voz de Shackleton.

Creo que no le respondí. Se quedó a mi lado un rato, también en silencio. Al final comentó, como si hablase para sí mismo.

-Llegaremos. Llegaremos todos.

Por un momento me quedé desconcertado. No sabía a qué se refería. Hasta que volví la cabeza hacia él y lo comprendí. Tenía la mirada fija en la misma dirección en que la había tenido yo todo ese tiempo. En ese momento me di cuenta de que era el Norte, era mi hogar, mi país, nuestra civilización.

Le veía mover la cabeza en suaves movimientos afirmativos, como para convencerse a sí mismo. No sé si lo logró, pero al menos a mí me convenció.

Llegaríamos. 


Alexander V. O'Hara
Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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