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EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

Método tercero

Desde antiguo, el arte –toda forma artística y, de modo singular, la musical- despertó en el ser humano una especial emoción. Esto indica que afecta a lo más hondo de la persona humana.


LA BELLEZA Y LA EXPERIENCIA MUSICAL

En un reportaje televisivo pudimos ver cómo los miembros de una pequeña tribu del Alto Volta se alejaban de su aldea, en fila india, para mejorar su suerte. Caminaban, exhaustos, sobre una tierra resquebrajada por la sequía. De repente, el jefe empezó a musitar una melodía en una flauta de fabricación casera. Estas sencillas notas transformaron el abatimiento en buen ánimo, y todos prosiguieron la marcha con renovado brío. Consuela advertir que estos desventurados no estaban dispuestos a dejar de lado su capacidad creativa.

Artículo n°110
En la película La misión, un misionero se adentra en la espesura de un bosque. Al llegar a un claro, saca de su funda un oboe y toca una melodía. Súbitamente, de la profundidad de la selva salen grupos de hombres armados con lanzas. Pero no vienen en son de guerra, sino gozosos, pues el hechizo de la música los ha cautivado y ven al misionero como un portavoz de la belleza y un heraldo de alegría y de paz. Esta obra tiene como protagonista singular la música, vista como un medio privilegiado de comunicación entre los hombres.

Beethoven afirma en su testamento de Heiligenstadt que, gracias a la virtud y el amor a su arte musical, no recurrió al suicidio como salida a la desesperación (1). ¿Qué enigmático valor tiene el arte para elevar el ánimo de forma tan eficiente? La película Camino al paraíso nos muestra a un grupo de mujeres sensibles que, en el horror de un campo de concentración, forman clandestinamente un coro. Un día, a punto de iniciar un concierto no autorizado, los guardianes son alertados y acuden precipitadamente a la carpa en que se hallan las mujeres y sus compañeras de infortunio. Se teme una represión brutal. Pero, justo en el momento de irrumpir en la improvisada sala, suena el primer acorde del Adagio de la Sinfonía Novena («Del nuevo mundo») de Antolin Dvorak. El encanto de la armonía retiene a los guardianes y los adentra en un mundo de belleza, opuesto a la sordidez extrema de la vida carcelaria. Sobrecoge observar que la aparición de lo bello en estado puro pueda transformar la actitud de personas de corazón al parecer endurecido.

¿De dónde arranca este poder transfigurador de la música? Del poder que tiene para elevarnos al nivel de la creatividad (nivel 2). En la soledad del campo, un pastor construye una flauta y llena sus horas tocando sencillas melodías. No pocos piensan que esta simple actividad musical se reduce a pura distracción. Vista con hondura, la música distrae porque es un juego creador. Al serlo, supera inmensamente el carácter de mero pasatiempo. Por eso deberemos analizar, más adelante, el concepto de juego.

Sabemos, por experiencia, que somos creativos cuando recibimos activamente posibilidades para dar lugar a algo nuevo valioso. Esta recepción activa de posibilidades es la quintaesencia de la creatividad y del juego. Una partitura nos ofrece, en esbozo, diversas formas musicales que, debidamente asumidas e interpretadas, dan vida a una obra musical. De ahí que en diversas lenguas la acción de interpretar obras musicales se exprese con verbos que indican jugar (to play, jouer, spielen, yalaab...). Al jugar, asumiendo las posibilidades que nos ofrecen ciertas realidades, nos unimos estrechamente a éstas. Esa forma de unión da lugar al encuentro, acontecimiento decisivo que consiste en una interrelación (2).

El enigma de la belleza

La belleza es uno de esos conceptos que rehuyen ser definidos, es decir, descritos con contornos y límites bien determinados. Más que definirlos, hemos de procurar acotar su campo de significación y sugerir su sentido profundo mediante ejemplos en los que tal sentido resplandezca de forma patente e inequívoca, según criterio de personas avezadas en diversos países. Tanto en el aspecto investigador como en el pedagógico, el método más adecuado para clarificar la idea de la belleza es, sin duda, adentrarnos en el fenómeno estético.

Canto la antífona gregoriana Rorate coeli desuper y me parece bellísima; no me canso de repetirla, y cada vez me resulta más sugestiva por la expectativa de redención que sugiere, la paz que irradia, la luminosidad del mundo a que me remite.

Oigo en una iglesia la Tocata y fuga en re menor de Bach (BWV 565). Me sorprende la vibrante llamada del arranque, que parece venir de lo alto. Inmediatamente, el rugido de la disonancia formada por la conjunción del re y el do# me sitúa en la tierra y me causa zozobra. Luego, la música parece elevarse y perder pie. Pero, una vez y otra, el potente tutti vuelve a situarme en un mundo de precisión y vigor impresionantes. En la fuga, las diferentes voces que entran en juego parecen en principio luchar entre sí, contradecirse, bloquearse el camino, pero sucede lo contrario: se potencian mutuamente y acrecientan su potencia expresiva, su energía interior, su carácter contundente. Esa fuerza acrecentada dinamiza el conjunto hasta la explosión final de energía, que sólo puede aquietarse con unos severos acordes en re menor, que dejan el templo repleto, al mismo tiempo, de soberanía y de paz. Es una obra muy bella, pero con una modalidad de belleza distinta a la anterior. Ambas están unidas por su común dedicación al culto divino, pero, aun tomadas en sí mismas como puras estructuras musicales, muestran una gran afinidad por su notorio cultivo de la belleza. No sé todavía definir la belleza de estas obras, ni explicar por qué me parecen bellas, pero, cuando las oí por primera vez, me sentí implantado en el reino de la belleza.

Contemplo el poema dramático de Richard Wagner El holandés errante, y me sobrecoge la balada de Senta. El leitmotiv -motivo guía- de la redención por el amor me remite a un mundo de sentimientos muy hondos y depurados, que parecen tomar cuerpo en la transparencia de la música. Vuelvo a verme incorporado a un mundo de belleza, revestida de otro ropaje, pero igualmente atractiva y reconfortante.

En los tres casos citados, se trata de una experiencia de inmersión en una realidad expresiva. Tal experiencia es posible porque esta realidad no es un objeto, por excelente que lo supongamos, sino un «ámbito», una realidad abierta, una fuente de posibilidades. Para comprender esto a fondo, debemos recordar que las artes –así como la literatura de calidad- no tienen por meta expresar objetos sino ámbitos. Por ámbito entiendo una realidad que no está cerrada en sí sino abierta a otras realidades con las que intercambia ciertas posibilidades. Una partitura musical, como fajo de papel, presenta las características de un mero objeto: es delimitable, pesable, asible, manejable... Como expresión de una obra musical, es una fuente de posibilidades para conocer dicha obra y volver a crearla. Como tal, merece ser tratada con respeto y estima, e invita a la colaboración. Ha de ser considerada como un ámbito.


Artículo n°110
Las últimas escenas de la ópera Don Giovanni, de Mozart, plasman un ámbito de conflicto entre la actitud hedonista de Don Juan, por una parte, y, por otra, la actitud ética y religiosa de Don Gonzalo. No se trata de una lucha entre dos personas antagonistas (el verdugo y la víctima), sino de la confrontación de dos posiciones ante la vida. De modo semejante, Antígona de Sófocles no presenta sólo el enfrentamiento de dos personas (Creonte y Antígona) sino el de dos ámbitos de vida: el de la ley positiva (representado por el gobernador Creonte) y el de la piedad o ley natural (encarnado en Antígona, hermana de Polinice, acusado de traición y condenado al ultraje supremo de no ser enterrado y quedar expuesto a la voracidad de las alimañas).

La belleza se alumbra cuando respondemos a su apelación

No sólo es difícil sino imposible determinar lo que es la belleza si queremos hacerlo de forma dominadora, al modo como se procede con los objetos. La belleza, al igual que todo gran valor, es más una fuente de realidad y de vida que una realidad bien delimitada, situable en un lugar u otro, manejable a discreción. Por eso, más que intentar definirla, delimitarla, marcar sus contornos, hemos de estar atentos a los diversos modos como se nos revela cuando adoptamos una actitud acogedora de escucha y colaboración. Todo arte debe servir a la belleza, generando obras bellas. A pesar de su genialidad en la creación artística –o precisamente por ella-, los antiguos griegos no se arrogaron nunca el privilegio de ser creadores de la belleza; se consideraron capaces de descubrirla, a través de las obras, como principio de su excelencia estética.

Resulta sumamente instructivo advertir, al hilo de la Historia de la Música, con cuánto talento y esfuerzo se fueron descubriendo modos distintos de cultivar la belleza, y se configuraron formas, se inventaron nuevos instrumentos y se perfeccionaron los ya existentes, se crearon estilos a base de otros anteriores que habían llegado a su máximo logro, se compusieron toda suerte de obras excelsas, lugares privilegiados de revelación de la belleza... De este recuerdo histórico se desprende que los seres humanos no engendramos la belleza; la descubrimos gradualmente a medida que la cultivamos como fieles servidores suyos, mediadores en la tarea de mostrar todas sus posibilidades. Mozart y Beethoven –entre otros muchos genios- eran conscientes de que ellos no creaban la belleza; vivían y actuaban en su reino y generaban obras en las que ese principio de elevación espiritual resplandecía de forma sorprendente. La belleza no la creamos; estamos dinámicamente en su campo de actuación, como nos hallamos, sin advertirlo, en un campo gravitorio.

La belleza no se halla en las obras artísticas -y en todas las realidades que juzgamos bellas-, al modo como un objeto se halla en un determinado lugar; surge entre ellos y el contemplador capaz de recibir activamente las posibilidades que le ofrecen. Al recibirlas, se siente inmediatamente en presencia de la belleza, nutrido espiritualmente por ella, elevado a un estado de gozo. Para descubrir que una obra es bella, estéticamente valiosa, no hace falta confrontarla con otra que sea considerada como tal. Es una impresión originaria. Cuando oí por primera vez la ya citada Tocata y fuga en re menor de Bach, me sentí invadido de belleza, de orden, de energía creadora, de una especie de ganas arrolladoras de vivir. La fuerza vibrante de la tocata, el pulso sereno e ininterrumpido de la fuga se convirtieron, de por sí, en un referente, y ampliaron notablemente mis espacios interiores. Algo semejante me sucedió con los Motetes de Victoria, Palestrina y Bach, que me revelaron un mundo de una calidad sobrehumana.

La belleza artística la encontramos cuando respondemos a su apelación. Esta respuesta implica una disposición adecuada del ánimo: cierta sensibilidad natural y alguna preparación estética. Cierto es que hay formas sencillas de experiencia estética que podemos realizar espontáneamente si estamos dotados de un mínimo de gusto. Cuando, de niño, abría la ventana por la mañana y veía el mar en calma, con su azul profundo, solía decir: «¡Qué día tan bello!». Si me preguntaran –como Sócrates a Hipias- qué es la belleza, no hubiera sabido contestar, pero estaba bien seguro de que mi afirmación era cierta. La belleza es una de esas realidades -como la bondad, la simpatía, la afabilidad...- que se nos revelan por vía de presencia, sin necesidad de llegar a ellas a través de razonamientos. Puedo progresar inmensamente en el conocimiento de lo que es la belleza -la natural y la artística-, pero apenas añadiré un ápice al encanto que me producía, en mis despertares infantiles, el paisaje marino de la ría de Ferrol. Tenía buena vista, cierta sensibilidad estética, afán de vivir plenamente, y, cuando veía un paisaje así, la belleza se me revelaba espontáneamente. ¿Cómo llegó Beethoven a sentir que “lo más bello de la tierra es un rayo de sol atravesando la copa de un árbol”? No necesitó seguir ningún curso o leer sesudos tratados de Estética. Le bastó pasear por el campo en primavera, con los ojos bien abiertos.

La belleza se nos da en una especie de campo espiritual en el que nos hallamos instalados desde antes de nacer. Todo descubrimiento estético es un acceso a la belleza, a ese espacio de luz y armonía en el que participamos como en un tesoro común. Para comprender la valía de este tesoro compartido, basta imaginar por un momento que en el mundo no existiera la armonía, el orden, la medida..., y que todo presentara la fealdad de lo caótico.

El acceso a la belleza se da por vía de elevación; nos vemos atraídos hacia ella, pero no arrebatados de modo que perdamos la libertad creativa y, con ella, la personalidad. El gran artista se ve, a menudo, llevado en volandas, pero conserva la serenidad suficiente para mantener las riendas de la inspiración. En el Andante del Concierto para piano y orquesta en re menor (K 466), Mozart es sorprendido por una forma de inspiración genial, pero embrida ese torrente inspirador y mantiene el discurso dentro de unos cauces perfectos, que, lejos de arrollarnos, nos invitan a seguir por dentro la marcha equilibrada de la obra.

NOTAS
(1) Una traducción completa de este Testamento puede verse en las páginas 301-303, de mi obra Poder formativo de la música. Estética musical, Rivera Editores, Valencia 2010, 2ª ed.
(2) El concepto de juego como actividad creativa lo expongo ampliamente en la obra Estética de la creatividad. Juego. Arte. Literatura, Rialp, Madrid 1998, 3ª ed., págs. 33-183.

Alfonso López Quintás
26/11/2018

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.



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