Recomendar este blog Notificar al moderador
EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

Cuaderno de Bitácora

La experiencia artística
y su poder transfigurador (1)
«A thing of beauty is a joy for ever»
(Una realidad bella es una alegría inextinguible).
John Keats: Eudimion (Bosch, Barcelona 1977) 66.


Cuando se aborda la cuestión de la capacidad formativa del arte, suelen destacarse las lecciones que se desprenden de los contenidos expresados en ciertas obras artísticas relevantes. Esto encierra, obviamente, un valor. Pero, según quedó patente en los análisis realizados anteriormente, el arte, por su interna contextura, puede ayudarnos no poco a dirigir certeramente nuestra vida por el camino del pleno desarrollo.

Crecer, desarrollarse es ley de vida. Crecen el vegetal y el animal, pero no lo saben, ni lo quieren; obedecen a leyes reguladas por su especie. El ser humano sabe que tiene que crecer, y debe saber cómo ha de hacerlo para desarrollarse cabalmente y no destruirse. Ello le exige conocer de cerca las leyes del desarrollo personal. Entre ellas resalta la siguiente: Si hemos de crecer como personas, necesitamos encontrarnos con otras realidades. Pero el encuentro, rigurosamente entendido, no se reduce a mera vecindad; implica un entreveramiento fecundo de dos o más realidades capaces de enriquecerse mutuamente.

¿Cómo han de ser estas realidades? ¿Puede uno encontrarse con cualquier modo de realidad? ¿Qué tipo de unión significa el encuentro? Estas y otras cuestiones decisivas para nuestro logro como personas podemos clarificarlas a fondo si vemos y vivimos con la debida hondura y penetración la experiencia estética en una u otra modalidad.

La formación de los artistas

Antonio Puerta: Quisiera hacerle una pregunta sobre lo que usted ha dicho acerca del poder formativo del arte. ¿Qué aspectos cree que deberían tratarse en la formación de los artistas, de la gente que se dedica al arte y lleva algún tiempo en este quehacer? ¿Qué habría que ofrecerles para su formación, teniendo en cuenta lo que usted ha dicho?

Alfonso López Quintás: Todo artista, igual que todo literato, necesita una formación humana lo más completa posible. No pocos artistas, literatos y gentes de teatro se contentan con "tener oficio", por así decir. En ciertos países se puede sostener con actores y actrices conversaciones de muy alto nivel, lo mismo sobre el Fausto de Goethe que sobre La Divina Comedia del Dante. En otras naciones, esos profesionales apenas saben decir nada profundo incluso del autor cuya obra están representando. Me quedé sorprendido un día cuando advertí que un compositor afamado y profesor de Historia de la Música desconocía que existe un libro de cartas de Mozart sumamente interesantes para comprender su figura. En ellas resalta la fresca vitalidad de este genio, su chispa y su gracia, a veces un tanto infantil para nuestro gusto actual. Cuando le hice ver mi sorpresa, me indicó que lo suyo es sobre todo interpretar y componer. Obviamente, esta persona reducía al máximo el horizonte intelectual y espiritual de su actividad artística.

A mi entender, un artista necesita vivir y conocer de cerca lo que es la vida humana, cuáles son las leyes de desarrollo de la persona en todos sus niveles: amoroso, profesional, religioso... Si un arquitecto, un músico, un pintor o un escultor quieren cultivar el arte sacro, han de preocuparse de conocer la vida religiosa e incluso vivirla por dentro. Esta vida y ese conocimiento son fuentes ineludibles de inspiración. Todo arte auténtico tiene por cometido elevarnos a cotas muy altas de vida espiritual, tanto en el aspecto humanista como en el religioso. Es una de sus características básicas. Sólo cuando vive profundamente la vida y lleva "vida interior", puede un artista crear obras que hagan vibrar a las personas sensibles. ¿Podría Cervantes haber escrito El Quijote si no hubiera vivido y sufrido intensamente la vida humana y, en concreto, la española, con sus dos vertientes: la quijotesca y la sanchopancesca? Indudablemente no. Si un arquitecto quiere diseñar un templo, debe esforzarse en comprender lo que significan los sacramentos y la función que ejercen en la vida de la comunidad cristiana. El artista debe estar abierto a todas las realidades de su entorno y verlas como fuentes de posibilidades, no como meros "objetos", por la razón profunda de que el arte no se limita a "producir o reproducir objetos"; tiende a "plasmar ámbitos de realidad", realidades que son "fuente de posibilidades para el ser humano". Si Alberto Durero no hubiera vivido una vez y otra el ámbito de súplica que forman dos manos humanas plegadas la una sobre la otra,



Artículo n°81
no hubiera grabado las sugestivas "Manos orantes".

Los diferentes métodos de conocimiento

Luis Aymá: Usted suele subrayar que en la vida nos encontramos con modos de realidad muy distintos y, para conocerlos, debemos adoptar métodos de conocimiento adecuados a los mismos. ¿Podría explicarnos un poco esta idea?

Alfonso López Quintás: A lo largo de una entrevista, una periodista le preguntó al gran científico español Severo Ochoa, Premio Nobel de Biología, si era creyente. El contestó: «Mucho me gustaría serlo, pues ello me daría la esperanza de reencontrarme con mi mujer, que era muy creyente. Pero yo no puedo creer, porque soy incapaz de aceptar algo que no pueda ser demostrado científicamente» (2). Es lástima que no le hayan explicado a Ochoa, de joven, que hay modos distintos de conocer, pues existen modos diferentes de realidad. El conocimiento poético es diferente del conocimiento prosaico, y ambos son distintos del conocimiento científico. Todos son absolutamente legítimos cuando son auténticos, es decir, cuando se ajustan a las exigencias de la vertiente de la realidad que consideran como su objeto propio. Si la ciencia tuvo tanto éxito fue precisamente porque supo acotar una vertiente de la realidad, la cuantificable. Todas las demás las deja de lado por principio. El conocimiento de las mismas es perseguido por otros caminos, es decir, con otros métodos.

La existencia de Dios no puede ser demostrada científicamente, y constituye una ingenuidad peligrosa querer sacar conclusiones de carácter religioso a base de los datos que nos facilita actualmente la ciencia. Mal favor le hacemos a la cuestión de la existencia de Dios si queremos resolverla con razonamientos propios del conocimiento científico. Debemos aplicar un método apropiado al tipo de realidad que muestra el Ser Supremo. Esto no indica que el conocimiento del universo que nos facilita la ciencia no pueda ayudarnos de alguna forma en la búsqueda del Creador. Lo que debe quedar muy claro es que tal búsqueda debe realizarse con el método adecuado.

Es necesario insistir en este punto, que no suele ser debidamente clarificado en los centros escolares. El arte nos enseña a distinguir modos diversos de realidad. Y a ellos hemos de acceder por "caminos" distintos. Camino se dice en griego "hodós", de donde procede el término "método". Todo método es en sí legítimo en cuanto abre una vía para llegar a una vertiente determinada de la realidad.

Toda innovación debe responder a una urgencia expresiva interna

Alfonso López Quintás: En el fondo, estoy a favor de toda innovación que se realice por una necesidad interna de expresarse. Mozart, por ejemplo, fue un gran revolucionario en cuanto a las formas, pero sus innovaciones procedían siempre de dentro afuera. Asumía la tradición fervientemente. No rechazaba a Bach, Haendel o Haydn; los admiraba profundamente. Si revolucionaba las formas, era porque tenía tanto que decir que el cauce establecido le resultaba estrecho. Lo mismo cabe decir de Beethoven, Wagner, Debussy... No alteraban las formas por el afán de hacer revolución. Resultaban revolucionarios porque su tensión expresiva reclamaba cauces mucho más amplios. Este es el concepto positivo y fecundo de revolución.

Lo que resulta dañino para el arte en general y, singularmente, para el arte sacro es ejercer función de revolucionario para hacerse valer como tal ante la sociedad. No raras veces se tropieza hoy con artistas de todo género que, al configurar una obra, están pensando en el puesto que van a ocupar en la Historia del Arte. Esta preocupación por adquirir una figura singular los lleva a ser artificiosos.

Si la revolución que un artista lleva a cabo no viene exigida por una necesidad interior de expresar algo valioso, el lenguaje empleado en sus obras no será entendido por el pueblo, aunque se movilicen todos los medios imaginables para rodear de un halo de prestigio ese tipo de producciones. Se dice, con frecuencia, que el pueblo necesita cierto tiempo para comprender los lenguajes novedosos. Si tales lenguajes resultan artificiosos, pues no responden a una necesidad expresiva de contenidos universalmente válidos, son crípticos, no tienen capacidad de darse a comprender. Carece de sentido decir que con el tiempo todo llega a comprenderse, incluso lo más nuevo en sentido de extravagante. Nueva y novedosa era para los vieneses la Novena Sinfonía de Beethoven, y en el estreno ‒celebrado el 7 de mayo de 1824‒ se rompieron las manos aplaudiendo. Al oír, en el Segundo Tiempo, los extraños golpes de timbal en solitario, se cuenta que el público se puso en pie para aplaudir. Sin duda se dijeron: «Esto desborda, actualmente, nuestra comprensión, pero es magnífico». Cuando una obra asume los mejores logros de la tradición y los desborda por necesidad expresiva, de modo que presenta una alta calidad, se hace comprender rápidamente. Puede resultar extraña en sentido de tierra no hollada, logro imprevisto, riqueza insospechada..., pero pronto el pueblo la acoge y hace suya, porque el ser humano es coterráneo de lo valioso, tiene un sexto sentido para captar dónde alienta lo bello.

He hecho en mi vida reiteradas experiencias de habitar ámbitos sacros acordes a las directrices más avanzadas. Fue un tipo de habitar transitivo. No sólo habitaba en la iglesia; procuraba habitar la iglesia, crear en ella los vínculos de fraternidad, de súplica y alabanza que constituyen un templo, visto en sentido riguroso. Cuando un templo ha sido construido en virtud del espíritu que inspiró el movimiento de arte sacro actual –retorno a la piedad litúrgica, renovación del espíritu de los primeros cristianos, afán de autenticidad religiosa... ‒, los fieles, tras el primer movimiento de sorpresa, nos acomodamos rápida y gustosamente al nuevo canon estético que se nos presenta.

La Iglesia no sólo ha admitido y acogido los nuevos movimientos de arte sacro; los ha fomentado decididamente. Piénsese en la multitud de documentos eclesiásticos que realzan la importancia extraordinaria del arte sacro bien entendido, y en la labor que realizaron algunas órdenes religiosas ‒los benedictinos y los dominicos, singularmente‒ en cuanto al encargo de nuevas obras, la publicación de revistas especializadas, la investigación del sentido de esta orientación artística y de sus posibilidades de aplicación litúrgica. No puede, en verdad, tacharse a la Iglesia de retrógrada en cuestión de arte. En todo tiempo fue, más bien, avanzada, pero siempre procuró que las innovaciones se acomodasen a las necesidades pastorales. En ocasiones, son los mismos arquitectos los que buscan tal acomodación. La iglesia del Padre Damián, en Madrid, exhibe obras de grandes artistas contemporáneos. Pero su arquitecto, Rodolfo García Pablos, recorrió los campos de Huesca hasta que encontró un Cristo del siglo XV, adecuado para figurar en el altar mayor como objeto de culto. Según confesión propia, no había encontrado una imagen contemporánea que fuera, además de “imagen de museo”, una “imagen de culto”, según la distinción realizada por Romano Guardini.

A veces se afirma que el hombre de hoy se halla interiormente desgarrado, descentrado, aislado, radicalmente inseguro, y el arte sacro debe expresar esa condición desvalida. Lo cierto es que no todas las personas que frecuentan las iglesias se hallan en tal situación, pero incluso las que sufren ese desgarramiento interior no suelen ir al templo con la intención de ver reflejado su desamparo espiritual, sino, más bien, de encontrar un clima de serenidad, armonía y equilibrio. Más de un creyente, buen conocedor de la música actual, me hizo esta confesión: «Cuando me retiro a una iglesia, busco un ámbito de recogimiento, y, si se ofrece música, deseo oír obras que me serenen el ánimo y me eleven».

Si analizamos a fondo la esencia del arte, su razón de ser y su cometido, descubrimos que «el arte o es consolador o no es arte» (3). El arte está llamado por su propia naturaleza a consolar nuestro ánimo en cuanto lo eleva, porque lo abre a horizontes nuevos y valiosos, transfigura las realidades y las situaciones y supera su posible sordidez. Para Juan Sebastián Bach, hombre dotado de una sensibilidad religiosa extraordinaria, nada podía haber en el mundo más deleznable que la actitud de las personas hostiles a Jesús. Sin embargo, las intervenciones de la llamada “turba” ‒los grupos opuestos al Señor‒ en las dos Pasiones aparecen rodeadas de un halo de belleza que las redime de todo envilecimiento. El arte auténtico realiza el prodigio de introducirnos en un mundo superior, desbordante de esa belleza en cuyo ámbito tuvo Beethoven ‒según propio testimonio‒ el privilegio de vivir.

NOTAS

(1) Coloquio celebrado en la Fundación Félix Granda (Madrid) en Octubre de 1999.
(2) Cf. Pilar Urbano: “La solidaridad mundial: una revolución pendiente”, en Época 142 (1987).
(3) Cf. Denis Huisman: L'esthétique (PUF, Paris 1971) 76-78.

Alfonso López Quintás
18/01/2015

Facebook Twitter LinkedIn Google Meneame Pinterest

Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.



Últimos apuntes
Artículo n°116 04/07/2019
Artículo n°115 28/05/2019
Artículo n°114 12/04/2019
Artículo n°113 07/03/2019
Artículo n°112 20/02/2019
Artículo n°111 10/01/2019
Artículo n°110 26/11/2018
Artículo n°109 10/10/2018
Artículo n°108 11/07/2018
Artículo n°107 23/05/2018


Tendencias de las Religiones


RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile