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EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

P. Ken Robison habla de que la escuela actual mata la creatividad. ¿Está de acuerdo con la afirmación de que la creatividad está reservada a los genios?

R. De ninguna manera. Esta fue una idea muy acariciada en los tiempos románticos, pero debemos superarla sin tardanza, porque frena la capacidad creativa de millones de personas. Es obvio que Mozart y Miguel Ángel fueron grandes genios y desarrollaron una ingente labor creativa. Pero eso no indica que sólo los genios puedan ser creativos.
La enseñanza escolar puede “matar la creatividad” si se limita a conseguir que los alumnos adquieran ciertos conocimientos y den cuenta de ellos en los exámenes. Urge fomentar un modo de enseñar por vía de descubrimiento. Esto ya se da en cuanto a las artes. ¿Por qué no en la ética, la literatura, la filosofía…? Es un método que exigerá más madurez a los profesores, pero será inmensamente más fecundo para los alumnos.

P. ¿Debería incentivarse la creatividad en la escuela? ¿Cómo hacerlo?

R. Sin duda hay muchas formas de promover la capacidad creativa. Por mi parte, dediqué mucho tiempo y esfuerzo a elaborar un método para conseguir que todas las personas puedan vivir creativamente en su vida cotidiana, aun no siendo genios. Este método revaloriza la vida cotidiana de cuantos, sin ser genios, queremos y podemos llevar una vida de alta dignidad y de gran fecundidad para otras personas.
El secreto de este método radica en dos actividades fundamentales: a) partir de la base de que crecer es ley de vida, y sólo lo podemos conseguir a través de la creatividad; b) descubrir que podemos vivir en ocho niveles de realidad y de conducta distintos, y de que sólo en los niveles 2, 3 y 4 podemos ejercitar la creatividad a través de “experiencias reversibles”. Declamar un poema, interpretar una obra musical, sostener un verdadero diálogo con otra persona… son experiencias reversibles. En ellas recibimos posibilidades para crear algo nuevo (por ejemplo, dar vida a una obra musical o a un poema). Esta forma activa de recibir posibilidades es la base de la creatividad humana; de las formas más sencillas de creatividad y de las más elevadas.
• Tú me invitas a dar un paseo contigo porque quieres desahogarte conmigo. Yo asumo activamente esa posibilidad que me brindas de colaborar contigo, y doy el paseo. He sido eminentemente creativo.
• El gran Beethoven solía pasear por el bosque vienés antes de componer. Decía que le inspiraba porque veía en cada árbol la huella del creador, y estimaba que un rayo de sol atravesando la copa de un árbol es lo más bello del mundo. Sentirse inspirado significa que recibía posibilidades expresivas, que él traducía inmediatamente al lenguaje musical; en concreto, a temas musicales, que se conectaban entre sí, luchaban, se complementaban y tejían el entramado de las distintas formas musicales, por ejemplo la sonata. Al componer, Beethoven era sumamente creativo.
• Una madre de familia, la más sencilla del mundo, crea con sus bebés la “urdimbre afectiva” que, según los mejores especialistas actuales, es indispensable para que se desarrollen normalmente como personas. Lo hace porque se esfuerza por fundar entre los suyos un clima de encuentro, con lo cual transforma la morada en hogar. Es eminentemente creativa.

P. Se tiende a identificar orden con seriedad y profesionalidad, y creatividad con desorden y caos. ¿No es una identificación demasiado simple?

R. Bien entendida, la creatividad nos ajusta a las exigencias más profundas del ser humano. Es posible que el ejercicio de ciertos modos de creatividad se coordinen difícilmente con las exigencias de una vida muy reglamentada. Pero muchas y muy valiosas formas de creatividad fomentan más bien el orden que el desorden. Eso sucede, por ejemplo, en todo lo relativo al desarrollo de la afectividad. Tal desarrollo es creativo cuando se entiende el amor como una forma de unión vinculada al encuentro y la amistad. El encuentro plantea unas exigencias: generosidad, fidelidad, cordialidad, comunicación amable… Cumplirlas es ajustarse al verdadero ordo amoris, que va vinculado al auténtico ordo rerum. El desorden en las relaciones afectivas no fomenta el amor; lo colapsa rápidamente.

P. ¿Es necesario incentivar el liderazgo en la educación? ¿Fomentar el liderazgo es lo mismo que incentivar el elitismo?

R. De ninguna manera. Ser líder es ser capaz de actuar como guía de uno mismo y de los demás; guía para lograr el encuentro y descubrir el ideal de la unidad y optar por él. Ésta es la forma más alta de creatividad que todos podemos y debemos alcanzar. Tal forma de creatividad nos procura excelencia personal, pero ésta no genera de por sí altanería alguna; al contrario, supone una actitud cordial, sencilla, colaboradora.

P. Cine, arte, música y literatura están considerados en la actualidad como los mejores transmisores de valores

R. La mejor forma de transmitir valores es ayudar a conocer por propia experiencia cómo debemos desarrollarnos como personas. Este desarrollo tiene dos hitos fundamentales: la realización del encuentro y la opción por el ideal de la unidad, unido al de la bondad, la justicia, la belleza. Al vivir ese desarrollo, advertimos enseguida que nuestro perfeccionamiento como personas nos exige transformar nuestra actitud ante la realidad: en vez de desear dominarlo todo y manejarlo para nuestros fines, debemos tender a respetar, estimar y colaborar. Entonces subimos al nivel 2, el de la creatividad y el encuentro, y con ello se nos abren inmensas posibilidades de desarrollo. Al advertirlo, recibimos un gran impulso interior, que nos permite alcanzar cotas más altas.
Si son de calidad, las obras culturales –literatura, cine, arte plástico y música– nos sirven para ver de cerca los niveles de realidad y de conducta en que podemos movernos, y descubrir que ciertas actitudes nos llevan al encuentro y a la felicidad, y otras destruyen la posibilidad del encuentro y abocan a la destrucción. Tal descubrimiento nos pone alerta. De ahí el efecto catártico, purificador, de tales obras. En la escuela deben aprender los alumnos a analizarlas con la debida perspectiva, para descubrir las claves de una vida bien orientada y, por tanto, llena de sentido y felicidad.

P. Todo esto que ha dicho ¿lo tiene desarrollado en algunas obras y cursos?

R. Por vía de orientación, destacaría los tres cursos online (www.epc-online.es) y tres obras: Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao), Cómo formarse en ética a través de la literatura (Rialp, Madrid), Poder formativo de la música. Estética musical (Rivera editores, Valencia). En esta última muestro que la música de calidad es infinitamente más que una noble diversión. Es una fuente inagotable de formación humana. Cuando lo observamos de cerca, vemos con toda lucidez que es un desperdicio injustificable dedicar tantas horas en las escuelas y en la vida privada a leer obras de literatura, oír música, visitar museos… sin reparar en el valor formativo de cuanto ahí acontece.

Alfonso López Quintás
22/10/2014

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Método segundo

La alta calidad técnica y artística de esta colosal obra fue refrendada por la concesión de once Oscars. Es admirable que la narración de un acontecimiento de tales dimensiones no se haya deslizado hacia la grandilocuencia vacía, antes nos haya permitido adentrarnos en la intimidad de una peripecia humana de múltiples dimensiones y sentir la emoción de vibrar con personas muy distintas pero unidas en un destino común.


Artículo n°77
TITANIC, de James Cameron (1)


Presentación

James Francis Cameron (Canadá, 1954) se sintió llamado a la dirección cinematográfica al ver la obra de Stanley Kubrick 2001. Una odisea del espacio. Durante un tiempo de penuria económica, sólo podía cultivar por las noches su afición a pintar y narrar historias. Después de escribir y dirigir varias películas, se sintió preparado para abordar el gigantesco empeñó de escribir, dirigir, montar y producir Titanic, una de las obras más galardonadas y mejor recibidas por el público de numerosos países. Recibió el Oscar a la dirección, al montaje y a la mejor película.

Con notable arrojo, el director entrelaza en esta obra tres historias: la investigación actual de los restos del buque en el fondo del océano; la tormentosa relación amorosa de dos pasajeros; la representación del viaje y el hundimiento del gigante de los mares. Lo hace con tal maestría que el relato se dinamiza y cobra una actualidad impresionante.

Para que nos sumerjamos nuevamente en la tragedia del hundimiento del Titanic, se nos invita a realizar una inmersión en las aguas del Atlántico Norte para contemplar, de cerca y en pormenor, los restos del inmenso navío, hundido el 15 de abril de 1912. Al ir descubriendo, en estado ruinoso, el gran salón de primera clase, el piano, unas botas, una muñeca, una caja fuerte, una puerta, una bañera, unas gafas..., nos parece palpar la tragedia en cada rincón de ese buque fantasma, que yace en el mar a dos millas y media de profundidad. Esta visión realista de los hechos que vamos a revivir es acrecentada por la proyección de las escenas históricas de la salida del gran buque.

Análisis de la obra

Instalados en el presente, asistimos al comienzo del viaje inaugural de ese colosal trasatlántico. Llama la atención el ajetreo de los pasajeros que se arremolinan en el muelle, el aire solemne de quienes suben la pasarela que lleva a los departamentos de primera clase, la impresión de grandeza que produce el navío y contagia a todos los viajeros. “Es insumergible. Ni Dios podría hundirlo”, exclama uno de ellos, que luego destacará por ser el potentado novio de la protagonista.

Al margen de tal bullicio, en un tugurio del puerto cuatro jóvenes de porte humilde se juegan a las cartas dos billetes de tercera clase para ese viaje. Los ganadores, dos jóvenes italianos, suben raudos la rampa de acceso al buque en el último instante, mientras lanzan vítores al aire por verse en camino hacia la ansiada América de forma tan inesperada y solemne.

Al zarpar y poner rumbo hacia alta mar, el capitán rebosa satisfacción y confianza. Siente legítimo orgullo por conducir esta maravilla de la técnica. Se mueve, por ello, con aire de soberanía, consciente del inmenso poder que alberga en sus manos de tripulante. Al ver ante sí el horizonte abierto del océano, ordena que pongan las máquinas casi a pleno rendimiento para suscitar el asombro de todos ante la velocidad que puede alcanzar el navío. Cuando, un poco más tarde, un marino le advierte que hay noticias de icebergs, no parece dispuesto a tomar precauciones. En la misma línea de despreocupación, el constructor del barco dirá, algo más tarde, que prescindieron de la mitad de los botes salvavidas porque ocupaban demasiado espacio en la cubierta, y el mejor salvavidas es, a su entender, la condición de “insumergible” que tiene este barco. Buena prueba de esta autosuficiencia es el hecho de que los vigías no disponían de prismáticos y avistaron el iceberg cuando ya estaban frente a él. Los directivos de la compañía se sienten triunfadores, y, para vencer a la competencia mediante la colosal energía del buque, fuerzan las máquinas para llegar a Nueva York un día antes de lo usual.

Es penoso el contraste entre la grandeza espectacular del navío y la estrechez de miras de ciertos viajeros adinerados. Marcan rígidamente las distancias respecto a los pasajeros de clases inferiores y se entregan a banales conversaciones y pasatiempos. Vistos desde fuera, no parecen superar la altura del nivel 1. Son personas refinadas, pero, con raras excepciones, de una hosca rudeza espiritual. Es llamativo que al pobre Jack –humilde pasajero de tercera clase– no le permitan entrar en la sala de primera clase donde están celebrando, con aire solemne, los oficios religiosos.

Una relación amorosa apasionada

La monotonía del viaje es rota por una relación amorosa que se establece entre dos jóvenes (Rose y Jack) y aparece tensionada por el hecho de pertenecer a clases sociales muy distintas y venir la joven acompañada de su novio. Éste es de buena presencia y goza de excelente posición social, pero muestra una actitud dominadora (nivel 1) y no suscita sino aversión en Rose (Kate Winslet). Ésta se veía cercada por los intereses de su madre, el afán posesivo del novio, el utilitarismo prosaico de esa sociedad opulenta que se mostraba tan rica de posesiones como escasa de sentimiento poético de la vida. Sentía angustia al pensar que ese viaje iba a marcar el final de su vida de soltera.

Presa de una grave depresión, parece dispuesta a arrojarse al agua (nivel -3), pero aparece un joven simpático y decidido que la ayuda a salir del trance. Se trata de Jack (Leonardo Di Caprio), uno de los dos italianos que embarcaron a última hora. Durante esa escena se oye la melodía melancólica que servirá de “Leitmotiv” de las escenas más emotivas de la obra.

A partir de ese momento se alternan dramáticamente los momentos en los que Rose descubre alguna faceta atractiva del carácter de Jack y las escenas en las que el novio la insta o, incluso, la fuerza a mantenerse unida a él, y su madre la angustia diciéndole que, si deja al novio, hundirá a la familia. Le reprocha su conducta egoísta y le pregunta con dureza: “¿Acaso te gustaría verme trabajando de costurera?”. Al observar que su hija se queda bloqueada ante la perspectiva de un matrimonio indeseado, la invita a la resignación con estas palabras: “Somos mujeres, y nuestras elecciones nunca son fáciles”. Rose se siente acosada, ya que presiente que la están llevando suavemente a la infelicidad. Cuando parece decidida a dejarse llevar, le dice a Jack: “Debo regresar. Tienes que olvidarme”. Y se va con los suyos, pero su mirada está ausente. Ve de nuevo a Jack, y se siente conmovida por la actitud abierta y espontánea que adopta ante la vida. Le encanta contemplar la gracia de sus dibujos, oírle hablar de los viajes con que sueña, captar el brillo de su ojos al contemplar el mar. Ello acrecienta su afán de verlo a escondidas. Le gustan sus modales toscos pero francos, y la enardece asistir con él a la vibrante fiesta popular que celebran espontáneamente los emigrantes hacinados en una humilde sala de tercera clase. Se desinhibe rápidamente y baila con desenfado y alegría, contagiada por la exuberancia y la peculiar creatividad de esos artistas populares.

Esta euforia se trueca rápidamente en angustia al encontrarse con la hosquedad casi hostil de los suyos, que le reprochan ásperamente su conducta. Para contrarrestar la violencia de estas escenas, el novio quiere atraerla con regalos deslumbrantes. “No hay nada que no pueda darte si no te alejas de mí”, le dice cuando le entrega un espectacular brillante, que había merecido el honor de tener un nombre propio: “El corazón del mar”.

En el momento de mayor zozobra interior, Rose y Jack se encuentran en la proa. Jack, cuando se viste elegantemente –gracias a los buenos oficios de una amable señora adinerada–, “podría pasar por un caballero”, en frase mordaz del novio de Rose. Pero no tiene nada que ofrecer a ésta, a no ser su carácter abierto y su sensibilidad poética. Guiado por ésta, al ver tan abatida a Rose, le sugiere que se acerque al borde del buque, cierre los ojos, confíe en él y avance todavía un poco más, al tiempo que abre los brazos hacia lo ancho como para abarcar el océano...; y luego le pide que abra los ojos. Ante ella apareció, entonces, el océano en toda su magnificencia, y tuvo la impresión de volar sobre él de forma ingrávida. “Estoy volando, Jack”, exclama entusiasmada. Toda la potencia del barco parece auparla sobre las olas y lanzarla con fuerza hacia el bello y sereno horizonte crepuscular. Jack le canta al oído: “¡Vuela conmigo, vuela alto, muy alto!”.

En ese momento, la melancólica melodía que creaba de cuando en cuando un clima enigmático en torno a ciertas escenas significativas se expandió en un bellísimo canto que elevó el ánimo de los protagonistas hacia lo alto. El encanto poético de esa experiencia los dejó fascinados. El beso con el que cierran la escena muestra claramente que la suerte de ambos estaba echada. La melancolía de ese canto podía haberles hecho presentir la tragedia, pero a ellos no hizo sino enardecerlos e invitarlos a escalar rápidamente la cima de la pasión erótica.

No hubo tiempo para comprobar si esa atracción primera (nivel 1) iba a florecer en un auténtico encuentro, una relación de amistad y compromiso creador (nivel 2), porque pronto –ya entrada la noche– colisiona el buque con un iceberg y se desencadena la tragedia.

Alfonso López Quintás
20/10/2014

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.



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