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EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

Método tercero

Si sólo consideramos como auténticamente reales las entidades propias del nivel 1 ‒una tabla, el rumor del río, el peso de una roca… ‒, tendemos a considerar las entidades propias de la literatura y el arte como irreales. Este malentendido nos impide adivinar el valioso poder transformador que albergan ambas actividades culturales.


El realismo peculiar del arte

El tipo singular de realidad que presentan las realidades abiertas o ámbitos sólo podemos captarlo y valorarlo debidamente si los vemos desde la perspectiva del nivel 2, que presenta una lógica propia, mucho más flexible y creativa que la del nivel 1 (1). Las indecisiones y ambigüedades que advertimos en diversos autores responden a la falta de una teoría precisa de los niveles de realidad y de conducta.

En su conocida obra La intuición creadora en el arte y la poesía, Jacques Maritain afirma que «el poema significa sólo la transrealidad, aprehendida por la intuición poética» (2). Lo decisivo es precisar bien qué se entiende por tal intuición. No basta indicar que esa intuición implica una transfiguración, y que ésta es sencillamente lo que hacen los poetas. Como expuse al comentar el libro de Pedro Salinas La realidad y el poeta, transfigurar la realidad poéticamente implica verla desde el nivel 2, en su condición de ámbito.

Max Bense, en su Estética, habla de la correalidad de este tipo de realidades.

«La belleza de un verso será perceptible sólo cuando este verso exista y esté presente con su ritmo, su métrica, sus sílabas, palabras, metáforas, resonancias, etc. La belleza, empero, no coincide con esta realidad, sino que va más allá de ella. La belleza supera la realidad. Sin embargo, únicamente puede subsistir en la medida en que la realidad, que es el sostén de ella, exista y esté presente» (3).

El autor toma el concepto de realidad del nivel 1, y se limita a denominar «co–reales» las formas de realidad que presentan un rango superior. Da la impresión de que considera la realidad de los objetos –seres delimitables, asibles, situables, analizables…– como el canon de realidad, y sugiere que las realidades estéticas existen por su vecindad con ellos. No advierte que las realidades estéticamente valiosas surgen merced a un acto de transfiguración, que tiene el poder de generar realidades originarias. Lo que es y significa este tipo originario de realidad no alcanza a descubrirlo y precisarlo.

Una vez más advertimos que para plantear debidamente los temas relativos a la creatividad estética y ética necesitamos tener el sentido de lo ambital. Darse cuenta de que una persona determinada es algo real resulta fácil, y el profesor de Antropología filosófica puede dar por hecho que sus alumnos convendrán en ello. Pero tal vez sea demasiado optimista si espera que consideren toda relación de amistad entre dos personas como un modo de realidad muy sólido. Cuando Buber afirma que lo importante no eres tú, lo importante no soy yo, sino lo que acontece entre tú y yo, indica que para él este entre tiene una gran eficiencia y presenta, en consecuencia, un modo elevado de realidad; realidad que es fruto de la transfiguración que experimenta cada persona al crear relaciones de encuentro con otras.

A menudo se consideran como «irreales» las entidades estéticas porque se carece de la categoría de lo ambital o superobjetivo. En su Antropología metafísica, escribe Julián Marías: «Esto quiere decir que no se ve naturalmente sino desde la irrealidad, la imaginación y el deseo, desde las posibilidades y no desde la realidad percibida». La naturaleza humana «se ha dilatado, vectorialmente, con enorme intensidad y en todas direcciones; es naturaleza en expansión, instalado en la cual el hombre se proyecta hacia ilimitados horizontes irreales» (4). Es cómodo, sin duda, calificar de «irreal» todo aquello cuya forma de realidad resulta difícil precisar. Pero valdría la pena molestarse en hacerlo, poniendo en juego una forma de imaginación abierta a distintos modos de realidad. Ello nos exige afinar la sensibilidad para lo ambital.

Hay pensadores especialmente dotados para descubrir y valorar las realidades ambitales. Pienso, entre otros, en Adolf Reinach. Recordemos, por ejemplo, cómo – a su entender– prometer algo crea un vínculo entre quien promete y quien recibe la promesa. Una promesa significa algo nuevo, originario, en el mundo. Se da en el tiempo, pero sobre el tiempo. Funda un campo de juego o interacción. No se reduce a un acto psicológico, un acto de la voluntad de la persona que promete algo a otra. Al prometer algo a alguien, se crea un vínculo real entre ambas personas. Constituye, por ello, una entidad jurídica. Se trata de una realidad ambital, que es subjetiva y objetiva a la vez, por cuanto, de una parte, compromete al sujeto que hizo la promesa, y, de otra, no se reduce a un sentimiento meramente subjetivo, una decisión fugaz que desaparece sin dejar rastro. Si el término «objetivo» se utiliza para indicar el carácter real –en sentido de no meramente subjetivo– de algo, cabe decir que la realidad de dicha entidad jurídica es objetiva a la par que subjetiva.

Si no reconocemos la existencia de este tipo complejo de realidad, podemos abocar al constructivismo subjetivista, orientación según la cual somos los sujetos quienes construimos el pensamiento y las estructuras de la vida. Lo cierto es que colaboramos a ello, pero lo hacemos siempre en relación. La lógica del nivel 2 tiene por cometido destacar la densidad peculiar de este tipo de realidades, que no presentan la solidez típica de la roca ‒ejemplo y canon de auténtica realidad al menos desde los estoicos‒, pero muestran otro tipo de realidad muy superior en cuanto a eficiencia y fecundidad.

Si queremos devolver a la vida humana toda su densidad axiológica y su poder creativo, debemos descubrir la firmeza, riqueza y solidez propias de tales realidades ambitales, abiertas, relacionales (5). Para captarlas, debemos ejercitar una forma de pensamiento analéctico, que nos permita integrar diversos niveles de realidad y de conducta. Esta visión integradora requiere de nuestra parte una actitud creativa. No puede haber capacidad de integración si no adoptamos una actitud creativa, pues integrar no se reduce a sumar; significa crear modos de realidad originarios.

Esta decisiva labor de integración creativa tiene lugar sobre todo en las experiencias reversibles, que, como hemos visto, tienen un notable poder transfigurador. El conocido esteta francés Mikel Dufrenne se esfuerza por conceder a las obras artísticas ‒que él denomina «objeto estético»‒ todo su alcance y profundidad. Advierte que no se reducen a meros objetos y presentan rasgos afines a los de la persona, sujeto de la experiencia estética. Intuye que sólo en las experiencias de participación estética ‒inspiradas por el sentimiento estético‒ podemos dar a las realidades estéticas el rango debido. Sin embargo, no plantea la cuestión del estatuto ontológico ‒es decir, el tipo de realidad‒ de las obras artísticas en los niveles de realidad adecuados ‒los niveles 2 y 3‒ y con las categorías propias de los mismos, que son las ambitales. Por eso insiste en el uso del término objeto y del esquema sujeto-objeto. Este inadecuado utillaje metodológico no le permite determinar con precisión el modo de realidad que presenta una obra artística. Si una obra artística ‒el «objeto estético»‒ nos presenta una intimidad en la que podemos participar mediante la energía creativa de nuestro sentimiento estético es debido a que la obra artística no es un objeto sino un ámbito, una realidad abierta. De modo que la experiencia estética no es una relación de un sujeto con un objeto sino un entreveramiento de ámbitos. Analicemos, a esta luz, los textos siguientes:

«El objeto estético es profundo a la vez por la perfección de su forma, la finalidad interna que persigue como un ser viviente, y por el aura de sentido que difunde y que se irradia en un mundo: su interioridad es la de una cosa que segrega un sentido por el cual se ilimita. Parece, pues, que la conciencia presta al objeto estético algo de su ser, sin duda porque él apela a la conciencia para existir plenamente».
«El sentimiento es comunión en la que aporto todo mi ser; la necesidad de esta participación en el objeto estético la hemos visto en todos los planos; pero no se trata únicamente de esta participación imaginativa por la que otorgamos una cuasi–realidad al objeto representado precisamente para tener una representación viva de él; se trata de acceder a la intimidad con lo que expresa el objeto. No se trata de fingir que Hamlet es real para interesarnos en sus aventuras; se trata de hacernos presentes al mundo de Hamlet, dejarnos afectar e invadir por él».
«La experiencia estética culmina, pues, en el sentimiento sin poder prescindir de la reflexión, se sitúa en la intersección de ambos. Pero ¿cómo es posible el paso de lo uno a lo otro, de una percepción refleja y metódica a una percepción asintiente y emocionada? Sin duda, hay que apelar […] a la llamada del objeto estético mismo, que solicita a la vez la reflexión ‒porque es suficientemente coherente y autónomo para reivindicar un conocimiento objetivo‒ y el sentimiento, porque no se deja agotar por este conocimiento y provoca una relación más íntima» (6).

W. Kandinsky, afanoso por destacar la «vida interior» de cada obra de arte y su capacidad de poner en vibración a toda persona sensible, subraya el carácter real de la misma.

«La obra de arte nace del “artista” mediante una creación misteriosa, enigmática y mística. Luego se aparta de él, adquiere una vida autónoma, se convierte en una personalidad, en un sujeto independiente, animado de un soplo espiritual; es el sujeto viviente de una existencia real, un ser. No es un fenómeno fortuito que aparece indiferentemente aquí o allá, en el mundo espiritual» (7).



Alfonso López Quintás
15/06/2015

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Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.



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