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EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

Método tercero

La Biología y la Antropología filosófica más cualificadas actualmente han llegado a un consenso mundial respecto a la afirmación de que el hombre es un “ser de encuentro”; vive como persona y se perfecciona como tal creando relaciones de encuentro con las demás personas, las instituciones, las obras culturales, los pueblos y paisajes, la tradición, los valores estéticos, éticos, religiosos (1).


LA BELLEZA, NEXO ENTRE EL HABITAR CREATIVO,
EL CONSTRUIR Y EL POETIZAR



Carácter relacional de la familia

El encuentro del ser humano con el entorno comienza en el trato amoroso del bebé con la madre, el padre, los hermanos. Sabemos, por la Biología y la Medicina actuales, que el ser humano nace prematuramente, con sus sistemas inmunológicos, enzimáticos y neurológicos inmaduros. Ese anticipo de un año tiene la finalidad básica de que el recién nacido acabe de troquelar su ser fisiológico y psicológico en relación al entorno. Por razones biológicas, el entorno por excelencia del bebé es la madre. Para realizar esa labor de troquelamiento debe tejerse entre el bebé y sus familiares –comenzando por la madre‒ un ámbito de acogimiento y tutela, es decir, una “urdimbre afectiva”, en expresión del médico y escritor Juan Rof Carballo.

Esta es la razón por la cual biólogos y pediatras instan a las madres a amamantar a sus hijos, pues, al hacerlo, los alimentan y los acogen. Con igual interés subrayan la necesidad de que el trato con los bebés y los niños esté inspirado en sentimientos de ternura, pues, al verse así acogidos, los pequeños sienten confianza en el entorno y se disponen para sostener una relación interpersonal equilibrada. La falta de tal confianza puede traducirse, en la juventud, en desajustes de conducta e incluso en fracasos escolares.

Conviene destacar que, desde el comienzo de la vida, el encuentro es nuestro “elemento vital”, nuestro ámbito natural de configuración y desarrollo. A ello alude Martin Buber al afirmar categóricamente que «toda vida verdadera es encuentro» (2). Hay una relación de encuentro siempre que se da una experiencia reversible, bidireccional, en la cual el ser humano se intercambia posibilidades creativas con una realidad abierta (3), y da lugar a una realidad nueva dotada de cierto valor. La declamación de un poema, la interpretación de una obra musical, un diálogo auténtico entre personas… son formas de encuentro. En ellas, las dos realidades protagonistas dejan de ser distantes, externas, extrañas y ajenas, aun permaneciendo distintas, para crear un campo de juego común, en el cual se supera la escisión entre el dentro y el fuera, lo interior y lo exterior, lo exclusivamente mío y lo crispadamente tuyo.

Nos asombra la posibilidad que tenemos de convertir en íntimas ciertas realidades que nos son distintas. Esta transformación es debida a nuestra participación activa en tales realidades abiertas. Tal modo de participación se halla en la base de la vida cultural auténtica y de toda configuración de la sociedad humana (4) .

De lo antedicho se induce que la relación del hombre con el entorno y la sociedad viene exigida por su propio ser desde el mismo nacimiento. Nada más importante que configurar debidamente esa tendencia humana a vincularse a la realidad exterior, a fin de conseguir que lo exterior se haga íntimo, el fuera se integre con el dentro, y nuestra realidad personal adquiera el relieve y el alcance a que está llamada. Así se supera de raíz la agostadora unilateralidad del relativismo subjetivista y del objetivismo no relacional. Tal superación es indispensable para que descubramos la grandeza que adquiere nuestra vida al cultivar los diversos modos de encuentro. Tal descubrimiento empezamos a vivirlo al ascender al nivel 2, el de la creatividad y el encuentro (5).

Amor personal y creación del hogar

Para crear un encuentro auténtico debemos cumplir diversas condiciones: generosidad, veracidad, fidelidad, comunicación cordial, participación común en tareas nobles… Si ha de ser verdadero, el amor entre personas ha de tener la condición de encuentro, acontecimiento en el cual dos realidades abiertas se ofrecen posibilidades creativas, con el fin de lograr un estado de enriquecimiento mutuo. Entonces se llega a amar a la persona en cuanto tal, no sólo a sus bellas cualidades. En cuanto el amor es personal, tiende por naturaleza a crecer comunitariamente, creando vínculos y tramas de vínculos que dan lugar a realidades sociales.

Por eso el que ama a otra persona en cuanto persona tiende a dar una proyección comunitaria a su amor. Esta proyección la realiza creando un hogar, no sólo mediante el simple recurso de habitar en una morada, sino habitándola, en el sentido transitivo de crear en ella vínculos permanentes de auténtico amor. Esta forma transitiva de habitar un campo de juego creado entre dos personas que se estiman es previa al hecho de habitar en un lugar. Con razón sostuvo Martin Heidegger ‒en la famosa conferencia de Darmstadt‒ que «primero es habitar, luego construir», pues se refería al modo transitivo, creador, de «habitar una casa», actividad propia del nivel 2. José Ortega y Gasset indicó que, obviamente, primero se construye un edificio y luego se habita en él. Esta observación resulta obvia en el nivel 1, que trata con realidades asibles, delimitables, mensurables, pero no se ajusta a lo que sucede en el nivel 2, el de la creatividad y el encuentro (6).

De aquí se deduce que, si una persona siente atracción hacia otra y crea una relación de amor hacia ella, como persona, siente la necesidad de albergar ese ámbito amoroso en un hogar. Un hogar no se reduce a una casa. Es, más bien, la plasmación concreta de la trama de vínculos creados por quienes han aprendido a amarse como personas. Un hogar es un edificio dinamizado interiormente por la voluntad de crear interrelaciones cordiales con la persona amada. Y, como amar de verdad es desear que la persona amada no perezca sino que viva de forma perenne (7), el amor personal inspira la tendencia a convertir el amor en fuente de nuevas vidas. El hogar es el lugar adecuado por excelencia para fomentar esa doble forma de creatividad: la que incrementa la unidad entre los cónyuges y la que da vida a nuevos seres. Por eso, el lugar perfecto para acoger la vida naciente del modo que exigen hoy la pediatría y la biología es el hogar, el focus de los latinos, lugar escogido donde arde el fuego del amor.

Observamos que basta ahondar en lo que es la vida humana, su origen, su modo de crecer, su ascenso a la plenitud de sentido para que resalte la vinculación originaria del ser humano a su entorno, desde el entorno reducido de la familia celular hasta el amplísimo de toda la sociedad, pasando por la llamada gran familia de parientes y amigos.

La vida hogareña, si es auténtica, constituye una escuela de vida social. Nos inspira actitudes de generosidad y confianza, fidelidad y cordialidad, comunicación veraz y participación comprometida… Por eso subrayó con razón Otto Friedrich Bollnow la importancia que tiene para toda persona saber que, en cualquier circunstancia, hay un lugar en la tierra en el que se le quiere y acoge por ser quien es, sin atender a lo que la vida le llevó a ser (8).

Esa proyección comunitaria del auténtico amor personal tiene una fuerza insospechada para superar la caída en la soledad. Entre las diversas formas de soledad, destacan estas dos: la soledad constructiva del recogimiento y el sobrecogimiento, y la soledad destructiva a la que aboca el hombre que ha roto vínculos, destruido amistades, vejado a los mismos familiares, y acaba –como el emperador Calígula– añorando la soledad del árbol.

«Los seres que hemos matado están con nosotros –exclama desolado el emperador en la obra de Albert Camus Calígula–. […] ¡Solo! ¡Ah! ¡Si por lo menos en lugar de esta soledad envenenada de presencias que es la mía, pudiera gustar la verdadera: el silencio y el temblor de un árbol! ¡La soledad! No, Escipión. Está poblada de un crujir de dientes y en toda ella resuenan ruidos y clamores perdidos» (9).

Descubrimiento del ideal

En nuestro proceso de crecimiento se cumple la admonición que nos hace San Agustín en su obra De trinitate (IX, c. 1): «Busquemos como quienes van a encontrar, y encontremos como quienes aun han de buscar, pues, cuando el hombre ha terminado algo, entonces es cuando empieza». Ya hemos descubierto el significado profundo del encuentro y su fecundidad para nuestra vida. Ahora realizaremos, a su luz, hallazgos sorprendentes y decisivos.

Cuando cumplimos las condiciones del encuentro, viviendo virtuosamente, experimentamos sus espléndidos frutos.

Nos otorga energía espiritual. Nos da buen ánimo para afrontar los avatares cotidianos y tenacidad para perseverar en la búsqueda de lo valioso.

Nos permite ser creativos incluso en las circunstancias más sencillas. Al encontrarnos, entramos en juego con realidades que nos ofrecen posibilidades para dar lugar a algo nuevo dotado de valor. Al asumir activamente tales posibilidades, actuamos de modo creativo. Eso sucede cuando declamamos un poema, interpretamos una obra musical, conversamos cordialmente con una persona, rezamos una plegaria. Con razón afirma la Estética musical que un buen intérprete no repite las obras que toca; las vuelve a crear. Esta capacidad que nos da el encuentro de actuar creativamente revaloriza nuestra vida cotidiana, aunque nos parezca anodina.

Nos llena la vida de luz. Al ser una forma de juego creativo –por asumir activamente las posibilidades que nos ofrece una realidad abierta y dar lugar a una realidad nueva, originaria‒, el encuentro se realiza a la luz que él mismo irradia. En cuanto nos hace entrar en juego y participar de la vitalidad de otra realidad abierta, el encuentro ilumina nuestra existencia en cada momento. De ahí que para conocer este tipo de realidades, debamos encontrarnos con ellas, participar en su vida, comprometernos con su suerte (10).

Nos adentra en una relación de intimidad con las realidades encontradas: personas, instituciones, obras culturales, juegos, valores…

Suscita en nuestro interior un hondo sentimiento de alegría. Nos sentimos alegres cuando cobramos conciencia de estar desarrollándonos como personas. Y nuestro desarrollo lo conseguimos en medida directamente proporcional al valor de las realidades con que nos encontramos.

Nos llena de entusiasmo. El entusiasmo en un sentimiento de plenitud que experimentamos al encontrarnos con una realidad que se nos muestra como perfecta. A lo perfecto solían considerarlo los griegos como divino. Sumergirse en lo divino era para ellos la raíz del entusiasmo, que denominaban con un término prodigioso: enthousiasmós. Si me sumerjo en el coral de Bach O Haupt voll Blut und Wunden, con su expresiva melodía y sus rotundas armonías, siento entusiasmo, porque me eleva a una alta cota de plenitud estética y espiritual.

Nos inunda de felicidad, pues nos hace sentir que hemos realizado el sueño de unirnos estrechamente a una realidad valiosa y noble.

Si ahora nos recogemos y vemos en bloque que, en una vida tan probada como la nuestra, basta encontrarse de verdad para experimentar semejante transformación, advertimos de golpe, con singular lucidez, que el valor más grande de nuestra vida ‒el que más nos acerca a nuestra plenitud personal‒ es el encuentro, o ‒dicho en general‒ la creación de los modos más altos de unidad. Ese valor que corona a todos es el ideal de nuestra vida. Acabamos de descubrir el ideal de la unidad. Hemos ascendido, con ello, a la alta cota del nivel 3, que marca el punto más elevado de nuestra vida ética.

Conviene notar que el ideal no es sólo una idea brillante; es una idea motriz, que dinamiza nuestra vida y ‒si es auténtico‒ le da pleno sentido. Un ideal falso puede impulsar, también, de modo potente nuestra existencia, pero la devasta, al desorientarla y desquiciarla. Para un “ser de encuentro”, el quicio de la vida es la capacidad de crear unidad.

Poder transfigurador del ideal

El ideal, cuando lo asumimos como un principio interno de pensar, sentir, anhelar, actuar lo transforma todo en nuestra vida, la transfigura:

• La libertad de maniobra se transforma en libertad creativa.
• La vida anodina se colma de sentido.
• La vida pasiva se vuelve creativa.
• La vida cerrada se torna relacional.
• El lenguaje se convierte en vehículo viviente del encuentro
• La vida temeraria ‒entregada egoístamente al vértigo‒ actúa con prudencia, inspirada por el ideal de la unidad.
• La entrega al frenesí de la pasión se trueca en amor personal.

Estas siete transfiguraciones suponen el máximo logro de nuestra vida personal y nos elevan a un nivel de excelencia. Resulta, por ello, impresionante observar que, por difícil que sea realizarlas, las tenemos al alcance de la mano con sólo orientar nuestra mente, nuestra voluntad y nuestro sentimiento hacia el ideal de la unidad, que va unido de raíz a los ideales de la bondad, la verdad, la justicia, la belleza. Tenemos, pues, un canon para dar a nuestra vida una elevación máxima: orientarla hacia el ideal de la unidad.

Alfonso López Quintás
28/04/2016

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Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.



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