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Blog de Tendencias 21 sobre sostenibilidad

La Sostenibilidad no es solo una cuestión de Medio Ambiente. Por eso, en nuestro análisis sobre las diferentes dimensiones que encierra, reflexionamos sobre la dignidad en el trabajo. En este artículo de cierre al verano (descansamos en agosto) vamos a observar esta nueva arista y a encontrar su conexión con la Sostenibilidad.


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Cuando alguien contrata los servicios de otra persona como proveedora o trabajadora, ¿qué espera recibir, y qué ofrece a cambio a la otra persona? En la relación entre quien emplea y quien es empleada o entre un proveedor y su cliente existe una variable que determina la calidad de este vínculo: la dignidad

 

Pasamos muchas horas de nuestra vida en el entorno laboral. Y todo lo que ocurre en relación a él, influye en nuestra vida y afecta a nuestra persona. No es ningún descubrimiento.  

 

Desde la crisis económica que se desencadenó en 2008 las condiciones de trabajo por cuenta ajena se han ido degradando: contratos eventuales, menoscabo de la seguridad y salubridad, salarios bajos que convierten en pobres incluso a las personas que tienen trabajo y, la peor, desempleo.  

 

El trabajo por cuenta propia no vive mejores circunstancias tampoco. En un trabajo realizado por un proveedor para un cliente también se dan situaciones poco dignas, como el “regateo” en los presupuestos o en las prestaciones ofrecidas o las exigencias desmedidas hacia el proveedor.  

 

Nuestro punto de partida es que con unas condiciones precarias no se puede aportar valor ni abordar los retos que implica trabajar por la Sostenibilidad.  

 

 

Trabajo digno o decente, un concepto actual

 

La dignidad en el trabajo es un concepto que puede parecer “de otros tiempos”, incluso no deberíamos estar hablando de él a estas alturas, pero lo traemos al blog porque pensamos que es una de las dimensiones olvidadas en la Sostenibilidad. Y no solo lo pensamos nosotros.  

 

Encontramos numerosos ejemplos de entidades que defienden este principio para conseguir un desarrollo sostenible.  

 

Actualmente está recogido como uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible fijados por la Agenda 2030. Estos objetivos fueron el resultado de consultas realizadas a la población, quien señaló el trabajo decente, que es el término usado internacionalmente para referirse al trabajo digno, entre sus prioridades.  


 

Pero comencemos por la base. ¿Qué es la dignidad?

 

La dignidad es un derecho reconocido en el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos […]”.  

 

Además, en su artículo 23, dedicado al derecho al trabajo, la Declaración Universal reconoce: “Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure [...] una existencia conforme a la dignidad humana”.   

 

Es decir, la dignidad es algo innato e indica el respeto y la estima que todos los seres humanos merecen. Cuando esta no se da, significa que otra persona la está quitando o pisoteando. Sin embargo, la dignidad no es un bien que se pueda acumular, es decir, quitar la dignidad no nos hace más dignos. Más bien al contrario. Se trata de un binomio ganar-ganar. Trabajar por la dignidad de las personas es lo que nos hace más dignos.  


 

¿Cómo nos lleva la dignidad en el trabajo a la Sostenibilidad?

   

El trabajo digno está ligado al crecimiento económico y al desarrollo sostenible.  

 

Retomando la Agenda 2030, esta marca en su Objetivo número 8 la importancia del trabajo decente para alcanzar el desarrollo sostenible. La finalidad de este objetivo es “promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos”. 

 

Más aún. El trabajo decente no solo tiene que ver con la temática del Objetivo 8 sino que afecta a la consecución del Objetivo 1 —erradicación de la pobreza—, al Objetivo 5 —igualdad de género— y al 10 —reducir la desigualdad en los países y entre ellos—. 

 

Es decir, sin trabajo digno, no existe igualdad, ni inclusión, ni podemos lograr la Sostenibilidad porque un trabajo precario aumenta las desigualdades y agudiza las diferencias sociales. Dicho de otra manera, el trabajo decente ayuda a construir la paz social porque supone dignidad, esperanza y justicia social, como defiende el Director General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre el objetivo número 8 de la Agenda 2030.

 

Pero no es solo cuestión de que lo diga Naciones Unidas

 

Crear una sociedad más igualitaria, más inclusiva, más digna, no solo es una cuestión de ideología, de entender que la justicia social es un valor en sí mismo. Es, también, una cuestión de diseño cultural para la Sostenibilidad.

Solo tenemos una década para generar la transformación radical de nuestro modo de vida a escala global. Como ya hemos comentado en alguna ocasión, esta transformación disruptiva en nuestro modo de vida solo es posible si ahondamos en las raíces de nuestro comportamiento, lo que nos lleva, necesariamente, a transformar los valores que priman en nuestra cultura global.


Como ha demostrado la evidencia científica, los seres humanos, la humanidad, compartimos un sistema de valores común y en ese sistema de valores, aquellos que son claves para lograr la Sostenibilidad, como la conexión con la Naturaleza y el cuidado del Medio Ambiente, están totalmente engarzados con los valores que priman el cuidado, la justicia social o la igualdad. No podemos apuntar a unos sin contar con los otros. De hecho, si anulamos el cuidado, la justicia social o la igualdad, automáticamente anulamos la conexión con la Naturaleza y el cuidado del Medio Ambiente.


En consecuencia, cuando directa o indirectamente generamos situaciones indignas, no asegurándonos que pagamos justamente el trabajo de las personas que satisfacen nuestras necesidades o, lo que es lo mismo, pretendiendo comprar al precio más barato, automáticamente contribuimos a generar una cultura contraria a la Sostenibilidad.


Si además esto se produce dentro del sector que trabaja por la Sostenibilidad, esta situación no puede ser más paradójica y de efectos más perversos.


La Agenda 2030 hace hincapié en poner en el centro a las personas y al planeta. En Genea defendemos un Planeta Humano. Por eso nos preguntamos: ¿lograremos humanizar el trabajo en los 11 años que quedan? Si tienes alguna respuesta te agradecemos que la compartas con la comunidad de lectores en los comentarios.



En cuestiones relacionadas con la Administración Pública normalmente se pone el foco en la relación entre ciudadanos y sector público. Sin embargo, existe otro actor implicado que necesita de la cooperación administrativa para desarrollar su trabajo: las empresas proveedoras de servicios a la administración. ¿Qué ocurre entre ambas partes? ¿Son las relaciones todo lo fluidas que deberían?


Diseñado por jannoon028 / Freepik
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Recientemente se publicó el resultado de una consulta pública lanzada desde la plataforma NovaGob para definir los 50 retos de las Administraciones Públicas en el 2019 desde la perspectiva ciudadana. Sabiendo que este frente está cubierto, nos planteamos otro reto importante para la administración pública: las relaciones con sus proveedores.
 
 
Uno de los públicos principales con los que nos relacionamos en Genea es la Administración Pública, en concreto la que se dedica a velar por el Medio Ambiente y la Sostenibilidad, que es la que mejor conocemos.
 

Sin embargo, como observadores externos, a veces vemos cómo en el desarrollo de trabajos adjudicados por la Administración a empresas privadas surgen problemas entre las empresas y la institución.
 

Desde nuestro punto de vista externo observamos:
  • Por un lado, una administración que necesita resolver un problema externalizándolo a un proveedor y que, simultáneamente, regula la relación entre ambas partes y vela por cumplir la normativa de contratación pública.
     
  •  Por otro lado, un proveedor que trata de realizar su trabajo en ocasiones en medio de fuertes trabas administrativas e interpretaciones jurídicas.
 
En estos contextos, frecuentemente encontramos dos voces contrapuestas:
  • El papel de la administración es difícil, debemos hacer cumplir la normativa y las reglas del juego son duras. Las empresas están para ganar dinero y han de adaptarse, es lo que hay.
 
  • La administración parece que quiere acabar conmigo, no deja de endurecer los requisitos para trabajar con ella.
 

Tenemos el conflicto servido, pero ¿dónde está su raíz?

Nos parece una paradoja descubrir que, si ambas partes necesitan a la otra, las relaciones se entorpezcan. ¿Qué podría hacer pensar a un empresario que la administración quiere acabar con él o a la administración creer que el empresario no es de fiar o que solo le muevan intereses económicos, al margen de prestar o no un buen servicio?
 
¿No están, también, las dos partes en el mismo barco? ¿Acaso no existe en el mapa de intereses de cada parte un espacio común?
 
Quizás sea este el quid de la cuestión.
 

El origen de la contradicción, es decir, de que a pesar de que se necesitan se entorpecen, puede ser justamente que no se ven remando en la misma dirección. No sienten que tienen un objetivo compartido por el que trabajar conjuntamente.
 
 
Vistas así las cosas, el titular que usamos en el primer post, que marcaba la frustración de los técnicos por no ser escuchados, podríamos aplicarlo también a las empresas colaboradoras: «A las empresas no nos escuchan».  
 

Lo cierto es que, bajo la corriente dominante del individualismo en nuestra cultura, es fácil que acabemos viéndonos en este callejón sin salida. Cada uno miramos para nuestro ombligo y desde ahí es normal que echemos en falta la escucha de los demás: los otros también están mirando el suyo.
 

Sin embargo, al final todas y todos compartimos el viaje en este planeta, ¿no es cierto?

 

¿Cómo cambiar esta dinámica por una más constructiva?

 
 
En un intento por arrojar algo de  luz a este tipo de situaciones, desde Genea queremos aportar nuestra visión sobre este y otro tipo de conflictos.
 

En el caso que hemos planteado, creemos que un punto de partida más adecuado sería tomar conciencia de que las dos partes se necesitan mutuamente y poner el foco en descubrir cómo hacer el camino de forma conjunta, es decir, escucharse, ver de qué manera se necesitan y qué puede hacer cada parte por alinearse y conseguir ese objetivo común.
 

Cuidando no solo «el ganar de uno mismo» en el proceso, sino, también, que «el ganar del otro» esté garantizado. Y no hacerlo desde la suposición de que sabemos lo que necesita la otra parte, sino, más bien, desde una conversación franca y directa en la que se hable sin tapujos y de forma objetiva: ¿estás logrando tú también lo que buscas? ¿qué me aportas objetivamente para evidenciarlo? ¿cómo podemos garantizarlo en el marco contractual que tenemos?
 

De lo que hablamos en realidad es de cuidar la relación entre las dos partes, algo fácil y difícil a la vez. Fácil porque todas las personas tenemos la capacidad de hacerlo, pero difícil por la inversión en tiempo y en los potenciales esfuerzos emocionales que también suele suponer.
 

Porque no va a ser fácil crear una relación así, porque necesariamente nos obliga a construir confianza y abrirnos a las diferencias. Sin embargo, al otro lado y como premio, tendremos una relación sólida a partir de la cual poder sustentar los éxitos compartidos.

 

¿Qué quiere decir cuidar la relación?

 
Para empezar, supone mirar más allá del corto plazo, cambiarlo por una visión de futuro inspiradora que lleve a avanzar juntos en la misma dirección.
 
 
Cuidar la relación también conlleva un ejercicio de autocontrol, de dejar al margen las diferencias, escuchar con apertura de miras, medir las palabras y respetar a la otra parte.
 
 
Cuidar la relación implica actuar desde la autenticidad, sin roles ni máscaras, dando lo mejor de uno mismo para compartirlo con la otra parte.
 
  

¿Cuál es el reto que debe abordar la Administración Pública en este siglo?

 

Las entidades no existen por sí mismas, sino que le dan vida las personas que las integran. Cuando hablamos de Administración no hablamos de un ente abstracto con personalidad propia, en realidad nos referimos a las y los trabajadores públicos. Son ellas y ellos quienes crean esas relaciones de las que hemos hablado.
 

A ellas y ellos se les pide que den lo mejor de sí mismas. Así lo refleja esa serie de 50 retos planteados al sector público desde NovaGob, justamente en el último de ellos:
 

«Que cada una de las personas que conforman el sector público se comprometan a dar lo mejor de sí mismas, trabajando siempre buscando la excelencia, atreviéndose a abandonar la queja y demostrando cada día que sienten pasión por lo público».
 
 
Una forma de aplicar este «dar lo mejor de sí mismas» pensamos que puede ser en su relación con los proveedores.
 

Las relaciones fructifican cuando se ven como una oportunidad para el aprendizaje y para dar servicio a las personas. En definitiva, las relaciones avanzan cuando olvidamos el individualismo, porque en ese «darnos» también recibimos de los demás.   

 

Y el tesoro escondido que no es baladí


Enfocar las relaciones con los proveedores desde esta perspectiva implica algo mucho más poderoso que lograr una relación productiva con ellos.
 

Evidentemente, unos proveedores eficaces nos van a permitir alcanzar mayores éxitos en la implantación de las políticas que se lleven a cabo a través de sus servicios. Lo cual no es poco.
 

Pero, además, enfocar la relación con ellos desde la colaboración, desde el cuidado de las relaciones, desde la autenticidad y la honestidad, son asimismo un ejercicio de liderazgo.
 

Porque, implícitamente, contratar a alguien para que resuelva un problema conlleva una asimetría. La administración encarga, y por tanto, lidera. Y una característica de las personas que lideran, por posición o por autoridad moral, es que, como dice S. Covey, «cada vez que abren la boca, crean cultura».
 

Y la cultura que emana de cuidar las relaciones desde esta perspectiva, se alinea plenamente con una cultura basada en valores intrínsecos, que como comentábamos en esta entrada, es la base para avanzar hacia la Sostenibilidad. Ahí es nada ;-).
 

Dinos, ¿has trabajado alguna vez como proveedor de la Administración? ¿sientes que las relaciones podrían haber sido más fluidas, más constructivas para ambas partes? Compártelo con nosotros y con las demás personas que nos acompañan en los comentarios.


Estando inmersos, como lo estamos, en plena campaña política, este mes nos hemos dejado llevar por la actualidad. Ya que las elecciones generales del este domingo 28 de abril son un proceso de participación, nos hemos detenido a observar la cita. Reflexionamos sobre el desafío que tenemos por delante como sociedad y cómo podemos transformar el voto en una herramienta para conectar con nuestra naturaleza.


¿Con qué actitud afrontas la cita electoral?

Por nuestro trabajo, en Planeta Humano hemos hablado hasta ahora de participación ciudadana, que es la forma bajo la cual las personas corrientes podemos formar parte de la toma de decisiones de los gobiernos.
 

Respecto a la convocatoria electoral, se trata de otra herramienta de participación, en este caso política, que consiste en la intervención de los ciudadanos para la designación de gobernantes.

 

Los procesos de participación contribuyen al desarrollo humano, sostenible y social. Sin participación, la democracia no es plena. Por eso tenemos el derecho y el deber de votar. Y los personas que ostentan los cargos políticos, el deber de representar a la ciudadanía y cumplir sus promesas. Ambos tenemos una responsabilidad.

 

Tratando de aportar una mirada positiva a la situación pre-electoral en la que nos encontramos, el equipo de Genea nos hemos reunido para reflexionar en torno a esta cuestión.

 

¿Qué podemos hacer las personas, políticas o ciudadanas, por sacar lo mejor de nosotras mismas y ejercer una influencia positiva ante los próximos desafíos electorales? ¿desde qué valores podemos afrontar la cita electoral?


 

De quién es la responsabilidad

 

Cuando hablamos de política solemos poner el foco del problema en la clase política. No nos ofrecen credibilidad. Les juzgamos como hambrientos de poder, de realizar acciones por los réditos políticos que obtienen, por salir en la foto y no por hacer lo que hay que hacer, es decir, poner el poder al servicio de las necesidades compartidas.

 

Ahora bien, ¿el problema es solo de la clase política o los ciudadanos también tenemos parte de responsabilidad en el espectáculo? ¿Nos conformamos con debates moderados o estamos deseando que haya insultos y peleas? ¿Queremos que los políticos se entiendan entre sí o que nuestro favorito venza y gane el poder suficiente para no tener que pactar con nadie?

 

Ambas partes tenemos una responsabilidad y nuestra participación en las urnas debiera demostrarlo.

 

No sabemos si tú eres de las personas escépticas que creen que la política —o más bien las personas que la ejercen— está alejadas del sentir ciudadano y creen que su voto no servirá de mucho, o si eres una persona entusiasta que cree en la democracia y confía en que su voto será útil para transformar la realidad en algo mejor.

 

Seas como seas, la realidad es que el cambio de escenario que hemos vivido en los últimos años, con la irrupción de nuevas formaciones que nos han sacado del monótono bipartidismo, nos ha hecho caer en la cuenta de que ya nadie va a poder gobernar por sí solo. Ningún partido tiene asegurada la mayoría suficiente como para no tener que dialogar y llegar a acuerdos.
 

Y es en esta situación entendemos que existe una gran oportunidad.
 

La Sostenibilidad requiere, como hemos comentado en entradas anteriores, una revisión profunda de nuestros valores para generar una nueva mirada sobre el mundo que, verdaderamente, transforme la realidad.
 

Hablamos de valores como el de integrar, como el de ejercer un poder no excluyente. ¿Qué mejor caldo de cultivo para normalizar esta nueva forma de gobernar que la de no poder hacerlo solo?
 

Ahora bien, poder aprovechar esta oportunidad, requiere mirarnos hacia dentro y revisar desde dónde estamos mirando y actuando.

 

Revisar si estamos siendo guiados por nuestra integridad, por nuestra decencia, es decir, desde nuestra responsabilidad y compromiso con el bien común.
 

Es algo que podemos hacer los votantes y también que pueden hacer quienes se dedican a la política.


 

¿Qué podemos hacer como votantes?

 

Podemos preguntarnos ¿de qué forma contribuimos en nuestro entorno, en esta etapa de elecciones, a fomentar los valores adecuados? ¿Escuchamos sin prejuicios las opiniones de quienes piensan diferente? ¿Intentamos comprender el lugar desde dónde miran esas otras personas? ¿O bien refutamos y armamos nuestros discurso contrario para vencer en la  batalla dialéctica?
 

¿En base a qué votamos? ¿En base a quienes nos resultan más afines o en función de nuestros valores y lo que creemos que es importante para el bien común?
 

La sociedad la construimos entre todos. Y cada uno, por acción u omisión moldea su espacio de influencia.
 

También nos hemos cuestionado qué visión tenemos de las personas que se dedican a la política y cuánto de lo que son se debe a la imagen que de ellas tenemos.
 

En nuestra reflexión compartida, hemos conectado con el famoso experimento Pigmalión según el cual, las expectativas sobre un conjunto de personas —el caso más famoso es con el alumnado— acaba generando una respuesta de ese grupo de personas acorde a dichas expectativas. Algo así como que si la profesora piensa que su alumnado es capaz y brillante, logrará que esas niñas y niños logren mejores resultados que si piensa que no lo son.
 

En consecuencia, si tenemos contacto directo con personas que se dedican a la política, ¿qué esperamos de ellas, les damos un voto de confianza o directamente las damos por perdidas? ¿cuánto de lo que esperamos se debe a su forma de actuar y cuánto a nuestros prejuicios?
 

Nosotros concluimos que, en general, estamos predispuestos a esperar de la clase política que dé lo peor de sí misma. Sin embargo, detrás de cada político o política, hay una persona. Si elegimos creer en ellas y les otorgamos nuestra confianza, estas pueden cambiar lo que dan.


 

¿Qué pueden hacer los cargos políticos?

 

Pensamos que, como en todo grupo social, en la política hay personas de todo tipo. Y en consecuencia, y algún caso conocemos de primera mano, también hay personas dedicadas a la política muy conectadas con servir a la sociedad, con generar un cambio positivo que contribuya a mejorar la vida de las personas.
 

A ese tipo de personas les pedimos que, gane quien gane, sean capaces de entablar diálogo y construir acuerdos para integrar la diversidad de visiones.

 

Esto, al igual que en la parte que nos toca a la ciudadanía, es posible lograrlo si ejercen el poder con integridad y compromiso, si se conectan con su naturaleza.

 

Porque unas y otros somos personas habitando un Planeta Humano y podemos transformarlo desde nuestra actitud.

 

Habrás escuchado más de una vez que lo que crees es lo que creas. Este es nuestro poder como sociedad, creer para transformar, cada persona desde su lugar.

 
¿Crees en el poder de las creencias, valga la redundancia? ¿has experimentado alguna vez que lo que crees es lo que creas? Te animamos a revisar tu actitud antes de que llegue la cita electoral, conectarte con tu naturaleza y creer en tu poder para transformar la realidad.



El artículo de febrero quedó incompleto. Solo esbozamos la relación que existe entre procesos de participación ciudadana y liderazgo. En el post de marzo queremos profundizar para explicar de qué forma planteamos el liderazgo dentro de un proceso, cómo se ejerce y en qué pilares se sustenta. Desde la perspectiva que trazamos en Genea, el objetivo del liderazgo es liberar el potencial de las personas o potenciar la inteligencia colectiva para la acción, como nos gusta llamarlo. Hoy vamos a explicar cómo lo impulsamos.


Foto de personas creado por rawpixel.com - www.freepik.es
Foto de personas creado por rawpixel.com - www.freepik.es

Busquemos una situación de partida.
 

Nos encontramos en un proceso participativo auspiciado por una entidad que necesita resolver la gestión de un recurso natural, digamos por ejemplo el agua, un monte o un área protegida. Sin embargo, esta entidad tiene a la opinión pública en contra. El conflicto ha surgido porque la entidad pretende actuar desde una perspectiva muy técnica, mientras que la ciudadanía reclama sus derechos y su voz sobre lo que a ella le afecta esa gestión. La entidad se dispone entonces a desarrollar un proceso de participación ciudadana para tratar de acercar posturas y tener en cuenta a la ciudadanía.
 

Después de indagar en el panorama, y por abreviar, descubrimos que existe una percepción distorsionada del tema. En parte, por la desinformación que tienen los ciudadanos y, en parte, por la falta de credibilidad de la entidad. En este punto, cualquier cosa que diga será utilizada en su contra.
 

Detectamos, pues, dos problemas:

  • la falta de conexión de la entidad con la ciudadanía

  • la falta de un relato o discurso que integre las diferentes visiones y las haga partícipes de encontrar esa solución para bien de todas las partes.

 

Después de los trabajos iniciales de escucha activa de los diferentes actores del proceso, nos planteamos el horizonte de construir relaciones de confianza que hagan a la entidad recuperar la credibilidad y al mismo tiempo, mantener el compromiso de las diferentes voces, ayudando a todas las partes a conectar con el propósito que las une.
 

Si leíste el artículo anterior, planteábamos el proceso participativo comparándolo con la metáfora de la construcción de un edificio. Siguiendo con esa analogía, el proceso y las fases del proceso participativo son la fachada del edificio, y por sí solo sería demasiado superficial, no se sustentaría. Para sostener una obra de semejante envergadura como es construir el viaje hacia la Sostenibilidad, necesitamos cimientos sólidos, necesitamos el liderazgo para sostenerlo.
 

Necesitamos cimientos sólidos, que los aporta el liderazgo.


 

Cómo se despliega el liderazgo en el proceso

 


La primera tarea que debemos fomentar es que las personas que forman la entidad, y particularmente quienes dirigen el proceso, conecten con su propia voz, con su propósito, con la contribución que hacen mediante su trabajo y su compromiso. Es el punto de partida más valioso para poder crear una visión compartida.
 

Cuando nos conectamos a lo que hacemos desde lo mejor que somos, fomentamos e invitamos a hacer lo propio a las demás personas. Este es el corazón de la influencia positiva que podemos tener en los demás, y por tanto, el corazón de nuestro liderazgo.
 

En segundo lugar es importante que tomemos conciencia que «las entidades» per se, no existen. Existen las personas que dan vida a esas entidades. De igual forma pasa con la ciudadanía. La ciudadanía no existe como tal, existen las personas que constituyen la ciudadanía y, particularmente, aquellas que, por su conexión personal, están motivadas a vincularse con el proceso en cuestión. Solo desde el trabajo sobre las relaciones entre las personas es como vamos a poder transformar la situación.
 

En tercer lugar, las personas de la entidad deben comprender en profundidad y conectar con los intereses de las otras partes, saber cómo están percibiendo ese problema común, para buscar el punto de interés común a partir del cual generar el entendimiento.
 

Por último, las personas de la entidad deben ser capaces de facilitar que se genere esa mirada integradora de las distintas sensibilidades. Cuando sumamos a todas las partes es cuando podemos generar r relaciones de confianza e influenciar positivamente en los demás. Quien no suma, no lidera.

 

Y para conseguir todo ello, el proceso participativo se apoya en el liderazgo. En concreto, el liderazgo se despliega bajo dos competencias muy necesarias para manejarse en un entorno de complejidad —y no de estabilidad—, como es el momento que vivimos. Nos referimos al pensamiento sistémico y al enfoque estratégico.

 
 

Las dos competencias para abordar la complejidad y liderar




Lo hemos dicho en más de una ocasión, pero insistimos: en un entorno de complejidad no cabe un pensamiento lineal que proporcione respuestas automáticas. Tampoco son válidas únicamente las soluciones técnicas.
 

Hay otros factores que hay que tener en cuenta y todos ellos forman un sistema en el que cada parte está interrelacionada con todo lo demás. Todo influye en todo y este todo es indivisible. Por tanto, hay que contemplar todas las variables y para ello, necesitamos un pensamiento sistémico.
 

El pensamiento sistémico ayuda a:

  • salir de la zona de confort

  • expandir la mirada y ver más allá

  • contemplar todos los elementos y sus inter-relaciones

 

La otra competencia necesaria en un entorno complejo es un enfoque estratégico, ya que facilita la comprensión del contexto a corto, medio y largo plazo. Esto permite una mayor flexibilidad y capacidad de adaptación.
 

El enfoque estratégico ayuda a:

  • comprender el contexto

  • tener una visión de futuro, un saber a dónde queremos ir

  • marcar una hoja de ruta para saber cómo lo lograremos

 

Ahora sí estamos preparados para resolver el conflicto



Cuando se trabaja desde esta perspectiva, comprendiendo el contexto, escuchando cada sensibilidad relacionada con el proyecto que nos ocupa y creando una nueva mirada compartida e inspiradora, somos capaces de avanzar hacia una solución orientada al bien común.
 

Esta metodología sistémica y estratégica, que ayuda a encontrar respuestas y a resolver conflictos, funciona porque las relaciones humanas son sistémicas — todo está interconectado —, pero también emocionales. Cuando somos capaces de crear un relato compartido que conecta con las necesidades de todas las partes y logra emocionar, o incluso entusiasmar, es cuando conseguimos avanzar hacia ese propósito común.
 

A diferencia de un trabajo de asesoría, donde se propone una solución, que más bien se percibe como algo impuesto desde fuera, el trabajo sistémico es un proceso que se hace en colaboración con las personas. Son ellas las que van descubriendo desde sí mismas qué se puede hacer o cambiar para encontrar la solución al problema o conflicto.
 

Y esa fuerza que encuentran dentro, ese potencial que existe en su propia naturaleza como seres humanos —ese es nuestro eslogan:  «Nuestra naturaleza es nuestro potencial»— hace que sean capaces de escucharse y de que les escuchemos. Es gracias a eso como consiguen empoderarse, porque las soluciones vienen desde dentro de ellos y les da el poder para liberar su inteligencia colectiva.

 

Nosotros ya te hemos contado cómo trabajamos el liderazgo. Ahora dinos tú: ¿sueles trabajar bajo esa visión de pensamiento sistémico?  ¿tus acciones se desarrollan bajo el paraguas de una estrategia que te ayude a comprender el contexto que te rodea y mirar hacia el futuro teniendo una hoja de ruta?

 


En Genea damos una importancia especial a los procesos de participación ciudadana. Nos gustan por lo que aportan como herramienta para trabajar a nivel social. Pero los procesos no solo son una herramienta en sí misma. Desde el enfoque que le damos, están vinculados de alguna manera al liderazgo, forman parte de algo más grande y profundo. Por eso, en este post nos gustaría aclarar la relación que existe entre ambos y contextualizar la manera como se desarrollan e interactúan liderazgo y participación.


¿Qué papel juega el liderazgo en los procesos participativos?

Empecemos por la base.
 

Sabemos que la Sostenibilidad es una realidad compleja y que para abordar la complejidad no basta solo la propia verdad, no basta con mirar desde el propio punto de vista. Necesitamos conocer y comprender la mirada de los demás, abrir espacios de diálogo y alcanzar un nuevo punto de vista juntos, colaborando. La herramienta que permite lograrlo son los procesos participativos.

 

Por lo que has leído hasta ahora en este Planeta Humano, sabes que para nosotros un proceso participativo implica mucho más que reunir a la sociedad, plantearles en un cuestionario qué opinan de tal o cual actuación en su entorno, recogerlo en un papel y extraer datos estadísticos.

 

Pensamos que un proceso es una oportunidad para lograr una solución mejor entre todas y todos, priorizando el bien común como eje de su desarrollo.  Rescatamos la definición que dimos de los procesos participativos en un artículo anterior : «la esencia de un proceso participativo es construir nuevas realidades colectivas a partir de las visiones personales».


 

Cómo conectamos procesos y liderazgo

 

Para abordar esta complejidad, nos referiremos a ella desde tres niveles de trabajo: superficial, intermedio y profundo. Lo que da consistencia a un proceso participativo, que estaría en la capa más superficial de una actuación, es el liderazgo, que estaría en el nivel profundo. Nos explicamos.

 

Imagina un edificio. No uno cualquiera. Piensa en un hospital. Esa construcción, como otras, tiene cimientos, paredes interiores y fachada. El propósito de esa edificación es servir como centro de consulta, atención, cura, alivio… Su planteamiento sería bastante diferente si la construcción se hubiera planteado con el objetivo de ser un cine. Tendría cimientos igualmente, pero la distribución de las paredes, la forma del edificio en sí e incluso la fachada serían completamente diferentes porque tendría en cuenta un propósito bien distinto.

 

Ahora que tienes esta imagen en mente, vamos a relacionarla con los procesos y el liderazgo.

Nuestra forma de trabajar en Genea tiene 3 estadios, igual que los edificios. Usando esta metáfora arquitectónica, los procesos serían la fachada del edificio, el liderazgo se correspondería con los cimientos y las paredes interiores, con un elemento intermedio que hasta ahora no hemos mencionado: la estrategia.

 
 

Lo que no es un proceso participativo

 

Pero para eliminar la confusión que pueda surgir con esta metáfora, un proceso de participación para nosotros no es una mera fachada porque no se sostendría sin cimientos, es decir, sin propósito ni liderazgo, y sin paredes, es decir, sin una estrategia. De ser así, sería un decorado de cartón-piedra.
 
 

Lo que sí es un proceso participativo


¿Si el proceso no es una mera fachada? ¿Qué es?

 

Desde el enfoque con el que lo trabajamos en Genea, los procesos son impulsados por el propósito de una entidad, forman parte de una estrategia de esa organización e involucra a la sociedad.

Por eso, suponen:

  • apertura a la diversidad
  • colaboración para alcanzar nuevas realidades
  • escucha sincera y comprometida
  • creación de relaciones de confianza
  • compromiso

 

La palabra que lo cambia todo: compromiso


Hemos hablado de que hay una capa intermedia entre el liderazgo y los procesos, que es la estrategia. Esta es la pauta que nos guía para desplegar el liderazgo desde cada organización. Pero más que el “qué hacer” nos indica el desde dónde hacerlo. Es decir, la estrategia nos habla de cómo aportar valor a un proceso para que las personas se conecten con él y, conectándose, se comprometan.

 

Y esta es la palabra más importante a la que queríamos llegar: compromiso. Tenemos comprobado que solo desde el compromiso se puede avanzar en el proceso y liberar el potencial de las personas, que es la misión fundamental con la que trabajamos en Genea el liderazgo para la Sostenibilidad.

 

Cuando una persona está comprometida con el proceso, su nivel de creatividad aumenta. Ahí es donde empieza a dar lo mejor de sí misma y a «producir» resultados sorprendentes. Porque la productividad sin compromiso no existe, es mera producción o un hacer desconectado del ser.

 

La verdadera capacidad de ejercer el liderazgo por medio de un proceso participativo consiste en generar ese compromiso, conectar a las personas con un propósito significativo para ellas y sumar voces y visiones diversas a partir de las que alumbrar una nueva realidad integradora y orientada al bien común.

 

 

Aunque la punta del iceberg es el proceso, en Genea siempre trabajamos por anclarlo a lo más profundo del hielo, por crear un edificio consistente donde las fachadas se correspondan con los cimientos y sean un despliegue de ellos.

 

Ahora bien, no solo consiste en tener un propósito sino en ser capaces de sacar todo el potencial a la herramienta de participación que es el proceso. Y eso ya es misión del liderazgo, por lo que le dedicaremos el próximo post.

 

Hasta entonces, te emplazamos a leer y releer los artículos que hemos ido publicando porque cada vez te resultará más fácil seguir el hilo de este relato que compartimos contigo para realizar juntos el viaje colectivo a la Sostenibilidad.  
 

Como ocurre en los procesos, si tienes otra mirada sobre el tema, compártela en los comentarios. Te escuchamos.

 


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Editor
Yeray Martínez Montesdeoca
Eduardo Martínez de la Fe
Equipo: Ana Mayor Terrel, Gema Cruz Cañadas, Káhina Santana Miranda, Pepe Martín.

Compartimos, queramos o no, seamos conscientes o no, el viaje de la vida en este planeta Tierra. Somos un equipo de expertos de diferentes ámbitos que nos hemos unido para hablar de sostenibilidad, comprometidos con aportar nuestras experiencias y hallazgos para que consigamos una relación más saludable con la naturaleza y con nosotras mismas.

Yeray Martínez Montesdeoca (editor) es director de Genea Consultores, ingeniero de montes, emprendedor, experto en liderazgo y restauración de paisajes. Le acompañan en la co-creación de esta bitácora Ana Mayor Terrel (periodista y copywriter), Gema Cruz Cañadas (pedagoga forestal), Káhina Santana Miranda (experta en procesos participativos transformadores) y Pepe Martín (tecnologías de educación, marketing digital, creatividad, diseño y artes escénicas y visuales).