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FILOSOFÍA SOCIAL: A. Montesdeoca

Blog de Tendencias21 sobre pensamiento social

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Jueves, 29 de Noviembre 2018
Fuente: pxhere.com
Fuente: pxhere.com

 
La diversidad es el don principal de La Tierra. Diversidad que caracteriza a todo su paisaje. A todas sus especies, a todos sus materiales, a todos sus orígenes.
 
Nada es por casualidad. Tantas manifestaciones de las riquezas del universo han de tener un sentido, un fin, un objetivo. El privilegio está en descubrir la naturaleza de lo que somos y contemplar cómo, a lo largo de miles de millones de años, todos los ingredientes de este tesoro se han ido confabulando para producir una intensa interacción y poner de manifiesto la complejidad que encierra el mundo que se ha concretado, el cual los humanos han de comprender para que siga su evolución en un contexto dimensional que se pierde a nuestra capacidad actual de comprensión.
 
El ser humano, pequeño y en proceso de crecimiento como todo lo que le rodea, se ha encontrado, sin saber por qué, con mayores capacidades de entender y de nombrar esta realidad, de la que él es un elemento más. Su “niñez” le ha hecho “jugar” con todo en la medida que ese todo era abarcable. En ese juego, no ha comprendido la importancia de la relación que cada elemento tenía con la vida en su conjunto y, constantemente, ha puesto en riesgo de destrucción lo que tocaba y también a su  existencia.
 
Cuando el objeto de su juego queda destruido entre sus “manos infantiles”, busca otros para seguir con la misma rutina, hasta que sufre en sus propias carnes los efectos de sus acciones. Entonces aprende a cuidar y a valorar su importancia y corrige aquellas conductas que le llevan hacia su propia desaparición.
 
La supervivencia es el instinto más poderoso con el que ha dotado la vida a todas las especies. Este instinto se manifiesta de dos formas: una adaptativa –todos los seres vivos la poseen- y otra transformadora, característica propia de la especie humana.
 
Para que la vida crezca, en toda su potencialidad, es preciso que el ser humano profundice y dimensione sus capacidades creadoras en paralelo con las leyes de la vida, colaborando así en la generación de más vida y más que vida, hasta comprender las grandes leyes que rigen el cosmos y que se manifiestan en lo pequeño y en lo inabarcable. Para ello ha de tomar consciencia de la responsabilidad que tiene y de la dignidad que ha de reconocerle a todo lo que es.
 
Alicia Montesdeoca

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Martes, 20 de Noviembre 2018
Elevemos la mirada. Fuente: pixabay.com
Elevemos la mirada. Fuente: pixabay.com
 
El dolor no es un fin en sí mismo, es un medio que estimula el despertar. Es la manifestación consecuente de nuestro estadio evolutivo y es en este aspecto en donde hemos de ahondar si queremos que el dolor deje de ser la condición necesaria para tomar consciencia de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos como especie.

Aceptar el dolor de esa manera, como algo que tiene que ver con el estadio de conciencia alcanzado –paso a paso- hasta hoy por la humanidad, da serenidad para emprender aquellas sendas que nos conducen a la superación de cada circunstancia; sabiduría para comprender y comprendernos como actores participando en la búsqueda de soluciones a los retos; nos induce a la espera, a sabiendas que la complejidad del reto requiere la cooperación de todos; la aceptación de que nuestra temporalidad individual colabora con los objetivos globales, aunque no terminemos de ver la meta a alcanzar. Todos somos necesarios para este fin evolutivo: la superación del dolor como estímulo para nuevas acciones creadoras.

Hoy, quizás más que ayer, buscamos en la huida, en los estímulos exteriores, en el tener… la forma de encarar el riesgo del dolor, creyendo que de esta manera desaparece o se aleja de nuestras vidas individuales. Ahora bien, si negamos que el dolor exista olvidamos, también, nuestra capacidad de sentir, nuestra sensibilidad para captar el mundo que nos rodea y los retos o riesgos que tenemos como especie, convirtiéndonos en seres incapaces de transformar y de superar  los problemas y las causas que los originan.

Al dolor hay que encararlo para superarlo. El dolor nos habla de nosotros y de nuestra manera de interaccionar con los otros y con el entorno, por eso hay que aceptarlo, para oír lo que nos indica. No es preciso hacer de él una mística que nos lleva a reproducirlo constantemente y hacer de su presencia una razón para vivir y para eternizarnos.

En las sociedades Judeo-cristianas el dolor ha sido interpretado por las culturas que regían las sociedades de hace más de 2.000 años, culpabilizando al ser humano de ser el origen del sufrimiento. Somos humanos, no culpables y atravesamos una etapa histórica donde el sufrimiento es cada día más atroz, pues todo el saber humano racional nos lleva a la “eficacia de las acciones” sin tener en cuenta los graves efectos que generan, debido  a una visión unilateral o parcial de los hechos que se tratan de corregir, tanto si hablamos de enfermedades físicas, de objetivos económicos, de creencias religiosas, de ideologías políticas, de problemas sociales, en circunstancias personales o colectivas.  

Por ello, sólo encarando el nivel actual del dolor en este planeta, en cada una de sus manifestaciones y de sus causas, con el ánimo puesto en la superación del mismo, podremos dar con una clave importante para superar los conceptos caducos de una cultura humana que ya está superada. Una cultura cargada de dogmas, de tradiciones, de creencias, de privilegios y de estamentos privilegiados.
 
Nuestra responsabilidad está en buscar el conocimiento para resolver los desequilibrios, poniendo amor en todo y en todos; empatizando con la naturaleza de los seres y de las cosas; con sentido de respeto y de dignidad hacia el otro y lo otro que nos demandan y nos induce a interactuar. Es preciso que esta búsqueda nos genere sabiduría creadora, que respete los procesos y revitalice la capacidad de manifestación de todo lo existente, como fiel reflejo del Universo vital que nos contiene, al que todo pertenece y cuyas leyes hemos de reconocer y respetar.

En ello nos va la vida presente y la futura de nuestros descendientes. El paso que demos hoy en este sentido servirá para que los que han de venir se encuentren con un horizonte más despejado de la bruma mental que acompañó a sus antecesores.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Martes, 13 de Noviembre 2018
Juguemos. Fuente: pixabay.com
Juguemos. Fuente: pixabay.com

Quitar gravedad a lo que hacemos es comenzar a aligerar el peso que nos hemos echado encima, aumentando la importancia y la trascendencia de una actividad como si fuese un absoluto.

Lo importante no está en ese horizonte, lo realmente importante es descubrir los secretos que  guarda el existir; los cuales se destapan poco a poco, cuando menos te lo esperas, cuando estamos distraídos y relajados, cuando dejamos a un lado la creencia de que somos imprescindibles y jugamos a inventar fórmulas para entretenernos. El entretenimiento es la disculpa para sorprender el secreto que se esconde como si también jugase con nosotros.

Cuánto menos importancia nos damos más sabiduría adquirimos, porque no estamos tratando de defender ninguna causa, ni dogmatizamos sobre ningún saber, ni nos enredamos en ningún  conflicto que lleve a pelear contra ningún adversario.

Si sabemos que toda realidad aceptada es para mientras tanto, estaremos a la espera de que se despliegue la próxima o se destape una nueva parcela de conocimientos y aprendizajes. Para crear condiciones nuevas de vida, es preciso que aceptemos la transición como el estadio permanente, porque todos son etapas de un único momento, percibido fragmentariamente.

Todo está presente a la vez; hay una única pulsión que genera un único movimiento. Si persistimos en la idea de permanencia, de un orden racional, volvemos a echar manos del esfuerzo para romper muros, los cuales se alimentan de nuestra insistencia sobre la necesidad de dicha permanencia, sobre su seguridad, sobre el poder, sobre el controlar, sobre el acaparar.

Lo que está poniendo en peligro la existencia humana es, precisamente, la creencia de que somos importantes, que tener poder es importante, que asegurarse la vida, el patrimonio, los derechos, los privilegios es lo importante. Que para vivir hay que ser disciplinados, competitivos, ambiciosos, poderosos, triunfadores, famosos, importantes, etc., etc.

En realidad, saber vivir es saber gozar del juego que se ofrece para un despertar, sin dejar de reconocer que es un juego.
 
Alicia Montesdeoca

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Viernes, 9 de Noviembre 2018
Cooeración. Fuente: pxhere.com
Cooeración. Fuente: pxhere.com
Encontrar el espacio en donde se relacionan todas las dimensiones de la realidad es dar con la “piedra filosofal” que permite estar en equilibrio con el acontecimiento de cada instante. Es comprender el sentido de lo que sucede, porque se percibe lo que se está construyendo, paso a paso, átomo a átomo, sabiéndose creadora y creada, en esa conjunción compleja. Es reconocerse, con humildad y paciencia, parte y todo de un destino eterno que se toma su tiempo para crear cada instante, porque la eternidad es su contexto.

Si hoy no llegamos es porque hoy no somos capaces de ver que la llegada ya ha sido, que está presente en ese hoy que nos desespera, porque no nos permite gozar ya de lo logrado. También, porque para el ser humano gozar, de ese hoy, es poseerlo, tener su control, vivir en la seguridad, en la inmediatez, con la perspectiva de una temporalidad que le apresa en su inconsistencia.

Cómo entender, con la consciencia que hoy tenemos, que lo real no lo podemos  percibir porque estamos sujetos a unos sentidos que nos condiciona. Cómo incorporar, en cada instante del vivir, anclados en  tres dimensiones, la certeza de que estamos en una ilusión y de que navegamos en la inmensidad sin límites que, inteligentemente, conduce todas las acciones humana hacia unos objetivos ajenos a nuestras pequeñas intenciones y sentidos.

Si eso es así, la cuestión está en ir a los principios, siempre actuar según las leyes que sostienen la vida y que provienen de la complicidad entre la materia, la mente y el espíritu, en un permanente acto creador basado en la Relación, la Cooperación y el Amor.
 
Alicia Montesdeoca

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Martes, 6 de Noviembre 2018
¿Qué o quienes somos?. Fuente: pixabay.com
¿Qué o quienes somos?. Fuente: pixabay.com
¿Quiénes somos todos, los más de siete mil millones , los más de siete que ya fueron y los más de siete veces siete que están por ser?

Los de Occidente y los de Oriente; los del Norte y los del Sur; los continentales y los isleños; los de los valles y los de las montañas; los de los desiertos y los de los oasis, los de las ciudades y los del campo o del mar.

Los de culturas milenarias y los de culturas más jóvenes o emergentes. Los de las culturas predominantes y los de las pequeñas culturas que son por sí mismas, sin pretender adoctrinamiento alguno sobre las otras.

Los hombres dominantes y las mujeres invisibles; los niños y las niñas recién llegadas y los viejos y las viejas que comienzan a despedirse. Los que empiezan a ser padre y madre y aquellos que renuncian porque consideran que ese no es su papel en la vida.

Los que se implican en el bien común y los que buscan su bien como único objetivo; los que equivocaron el camino y los que se lo encontraron ya hecho; los perdidos, los ausentes y los que todos los días son noticia de primera plana.

Los gobernantes y los que los han elegido, los empresarios y los que los enriquecen, a cambio de un escaso reparto de beneficio, en salarios que no alcanzan a sobrevivir. Todos somos un todo, enfundados y confundidos en una función que nos hace aparentar ser seres  aislados y autosuficientes y que, en nuestro sueño,  tratamos de buscar las razones por las cuales hemos de defendernos de los otros (supuestos adversarios) para que nada cambie y seguir haciendo lo mismo.  
 
Alicia Montesdeoca