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FILOSOFÍA SOCIAL: A. Montesdeoca

Blog de Tendencias21 sobre pensamiento social

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Lunes, 1 de Octubre 2018

Si las estructuras y las instituciones con las que se dota la sociedad causan dolor a una parte de sus miembros, habrá que poner en entredicho la cultura que la sostiene, con sus creencias, sus tradiciones y sus ideologías


Todos somos igualmente dignos  pixabay.com
Todos somos igualmente dignos pixabay.com

La falta de reconocimiento del otro, de respeto al otro, de la empatía hacia el otro, que caracteriza las relaciones cotidianas y a las sociedades llamadas democráticas,  es la causa principal del sufrimiento que se experimenta día a día en nuestro mundo.

Cuando desde una posición de poder, de lejanía de la realidad, se  mide la importancia de las decisiones que se toman desde el poder político, éstas siempre carecen  de empatía para reconocer las gravísimas consecuencias que las medidas que adoptan tienen en cada uno de los individuos afectados por dichas decisiones.

La ceguera de la que adolece el poder y los llamados poderosos es generada por la posición de privilegio en la que se colocan frente al resto de los mortales.  Una posición que está nutrida por la persecución y defensa de sus propios intereses y de los del sector (económico, político o social) al que representan, sin medir las consecuencias nefastas que acarrean para la sociedad de la que viven.

Argumentan que sus actuaciones están en aras del llamado “interés general”, aunque la realidad es que detrás de los discursos de ese género se oculta la defensa a ultranza de los privilegios que se reparten. Así justifican que el desarrollo económico y la consecuente creación de empleo requieren de los ajustes, de las medidas que se adoptan, del sacrificio que se pide para alcanzarlo.

Pero no se dice que los que van a sufrir las consecuencias van a ser los que no tienen capacidad de decisión en esos asuntos;  los que no van a recibir beneficio alguno. De esta manera, y gracias a las medidas que se adoptan, que no están inspiradas, precisamente, en el bien común, los ricos van a ser más ricos y los privilegiados van a adquirir más privilegios.

Se habla de las leyes que regulan la sociedad, pero no se dice que dichas leyes han sido diseñadas a partir de una cultura y unas tradiciones predominantes que no son puestas en cuestión a la vista de sus efectos discriminatorios.

Si las estructuras y las instituciones con las que se dota a la sociedad causan dolor, éste se justifica porque es el precio natural que se ha de pagar para dar valor y sentido a la ley. Y en ese círculo vicioso nos quedamos atrapados.

La ley que se defiende no busca la verdad, la ley refuerza los principios arbitrarios  que sostienen una cultura, reforzada por unas creencias y unas ideologías que anteponen los privilegios de una minoría que está resguardada de todo tipo de riesgo –o con recursos suficientes para defenderse de ellos- conduciendo a la mayoría de la sociedad a la intemperie, a la indefensión y al sacrificio no elegidos por ella.

La ley castiga el delito cuando éste se ha consumado. Pero diseñada para ser el paraguas de una cultura determinada, generadora de dogmas, no tiene en cuenta los orígenes de los delitos ni prevé acciones para paliarlos. Así nos encontramos que los que mayoritariamente sufren los castigos son aquellos que no poseen los recursos que necesitan para vivir con dignidad.

Las cárceles están llenas de las capas menos favorecidas de la población; el rigor se ejerce directamente con los que nacieron y crecieron desprotegidos por las leyes que los acusan. Si se llega a tocar a algún miembro de “las capas privilegiadas” es porque los delitos cometidos han sido de tal magnitud que se han puesto en evidencia por sí mismos.

Entonces suenan las alarmas, entonces el desprestigio comienza a contaminar las instituciones que han fracasado en el ejercicio de sus competencias y en el control de los delitos, al no estar diseñadas para resolver en el origen los problemas que afectan a la mayoría de la población.

Pero, en este proceso de alerta que se pone en marcha, el delincuente con privilegios conoce todos los mecanismos de las leyes, y posee todos los recursos económicos y políticos para su defensa. De esta manera, y en nombre de sus derechos –gracias a la posición y a las relaciones que ostenta-, el tiempo correrá a su favor. Hasta puede ser que su delito prescriba, gracias a las posibilidades para aplicar los mecanismos de retardo que las mismas leyes poseen y que tan bien saben manejar sus asesores.
 
 
 
Alicia Montesdeoca

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Miércoles, 30 de Mayo 2018
Guiados por nuestra propia brújula.    Fuente: pixabay
Guiados por nuestra propia brújula. Fuente: pixabay
 Para estar centrada, o centrado, hay que relacionarse con el afuera desde una conciencia superior, desde la serenidad y desde el silencio. Para ello, es preciso apagar los ruidos externos, el bombardeo de la información especulativa. Porque por mucho que se opine, (y se opina mucho), nunca se podrá saber toda la verdad sobre un fenómeno, porque no consideramos todos los factores que están incidiendo en él (y las emergencias que la relación de todos ellos producen en un momento dado y en un espacio concreto).

Sin embargo, sí podemos conocer cuáles son nuestras aspiraciones más íntimas, nuestros mejores deseos, nuestras inclinaciones más puras, nuestros principios más sublimes.
 
Centradas o centrados en lo que somos, sin dejarnos guiar por otras brújulas que no están imantadas en su centro, y que nunca orientan la acción hacia el norte más elevado, elijamos la acción creadora de espacios de vida, de espacios de acogida, de espacios de protección.
 
Fortalezcamos nuestros proyectos, nuestras intenciones, nuestra dirección, con la fe en nuestros objetivos, con el amor puesto en lo que queremos crear, con la esperanza de que un nuevo proyecto de sociedad humana ha de salir de este momento doloroso.
 
Reflexionemos sobre las pérdidas que estamos teniendo como humanidad: nuestros niños de la calle sin amparo por carecer del hogar protector; nuestros jóvenes sin ilusiones ni esperanzas, ahogando, con la evasión que les proporciona el consumo, el aliento juvenil tan creador y tan esperanzador para todos. Nuestras mayores pérdidas están ahí en los fundamentos del futuro social, las nuevas generaciones.
 

La identidad


¿Qué fortalece nuestra identidad? ¿Qué la debilita? ¿Cuál es el eje alrededor del cual gira nuestra vida? ¿De qué manera yo me enfrento a la realidad cotidiana? Una realidad en la que he de estar “presente” para vivirla plenamente, tanto cuando voy al trabajo, cuando he de cuidar a mi familia, realizar mis estudios o vivir el ocio.
 
Una realidad en un mundo lleno de contrastes y de diferencias; en un mundo lleno de seres que conozco  y a los que amo, pero más lleno aún de seres extraños a mí e ignorados por mí; seres cercanos y lejanos; seres con una vida plenas de posibilidades o con total carencia de ellas.
 
Cómo me puedo enfrentar a los problemas y al dolor con dignidad sino es sabiendo en dónde estoy situada, cuál es la razón por la cuál suceden los acontecimientos y cómo formar mi personalidad social salvando mi vida interna?
 

Ser críticos y también constructivos

Ser  críticos para darnos cuenta de que determinadas acciones, propuestas, imposiciones, ofertas, opiniones, acontecimientos… van en contra de la permanencia de la vida. Ser lo suficientemente responsable para no poner en riesgo, por acción o por omisión, la vida propia ni la de los demás.
 
Esta realidad requiere: estar conectado con la propia identidad; ser conscientes de la responsabilidad que se asume en cualquier acción que se realice y aceptar que se tiene un compromiso hacia los otros. Este compromiso implica sumo respeto a la identidad individual, solidaridad en todo momento y diseño de acciones encaminadas a la generación de la concordia social.
 
El equilibrio personal se consigue cuando no te arrastran las modas cambiantes; cuando asumes la propia vida como única y respetas la de cada uno de los otros porque también son únicas; cuando no dejas de ser tú a pesar de que las corrientes parezcan ir en contra de tú andar; cuando realizas tu trabajo, tus estudios, el cuidado de los otros, poniendo toda la conciencia en ello, sin convertir en rutina ninguna labor; cuando no tratas de evadirte ante el miedo, la tristeza o el dolor y los encaras y les preguntas por lo que se esconde detrás de esas emociones; cuando no te importa reconocerte frágil, sensible, ignorante, necesitada, y a la vez te sabes fuerte, sostenedora, sabia, y plenamente satisfecha de lo que posees.
 
También, cuando mantienes el deseo de saber y la curiosidad, sin preocuparte por parecer infantil o insegura. Cuando te sientes inquieta, angustiada, con desazón y localizas la voz que calma tu espíritu. No hay droga capaz de darte la paz que esa “voz” te da. Las inquietudes, las angustias, la desazón, son quebrantos de lo que está siendo tergiversado, mal interpretado, taponado, ocultado, diluido por falta de atención y de tiempo para el encuentro contigo.
 
Porque cuando nos sentimos cómodas o cómodos, solas o solos y en silencio, pero también felices por compartir con los demás lo que somos y tenemos, el mundo se puede venir abajo pero la fortaleza se mantiene en pie porque está hecha de valores; porque se pliega ante los embates como un frágil junco azotado por el viento; porque identifica el momento y el proceso que vive; porque comprende la experiencia colectiva que se está viviendo; porque respeta la capacidad (grande o pequeña, todas válidas) con que los otros se enfrentan a lo mismo; porque acepta su parte de responsabilidad en lo que sucede; porque encara de frente el horror y el dolor poniendo su voluntad en paliarlos y en sacar los mejores aprendizajes de ellos.
 
No nos debilitemos ni a nosotros ni a la sociedad a la que pertenecemos con dudas en el momento de actuar; con críticas destructivas; con murmuraciones a las espaldas. Contemplemos y aceptemos lo que es en este instante nuestra realidad y dispongámonos a transformarla desde ahí, acogiendo y protegiendo todas las formas con las que se manifiesta la Vida.
 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 30 de Abril 2018
Encarando el conflicto. Fuente: pixabay.com
Encarando el conflicto. Fuente: pixabay.com
El conflicto es una oportunidad para conocernos mejor. Como emoción se expresa como el malestar que nos ocasiona otra persona, unas circunstancias, una obligación, un deseo, una carencia, un logro, etc.
 
El conflicto tiene que ser localizado; su malestar ha de tener un nombre. El camino para determinar su naturaleza va de fuera hacia dentro de nosotras mismas. Si volvemos la mirada, desde la culpa que le asignamos al otro, o la otra, -la persona o el objeto, las circunstancias o la carencia-, hacia el lugar donde se localiza en mí o se materializa en mí el conflicto (un pensamiento, un sentimiento, un dolor físico, una conducta rutinaria, etc.), diremos que vamos por el buen camino para que se disuelvan sus efectos en nosotras.
 
Ese es el objetivo que hemos de conseguir, con él vendrá la paz y la serenidad para comprender que el desequilibrio que sentimos nos impide la objetividad. El conflicto se convierte en un síntoma y el síntoma no es el problema, es la oportunidad de conocer mejor los mecanismos que utilizamos para confundir aquello que nos evoca una realidad que hemos de transformar y que nos negamos a encarar, porque supone cambiar nuestras costumbres o elevar el ancla desde el fondo conocido para, a continuación, navegar en otras aguas por conocer.
 
Visto así, el conflicto nos llama a ahondar en alguna parcela oculta de nuestro espíritu, impulsado, sin que lo sepamos, a desarrollar nuevas formas de creación, desde miradas nuevas. Esas nuevas perspectivas nos traerán ilusión y optimismo. Hablarán de nuevas metas, darán nuevos alicientes. Las tareas nuevas generarán vitalidad y la vida cotidiana se convertirá en una nueva aventura que producirá energía y alegría renovadas en nuestro entorno, nutriendo todo lo que hagamos y a todos a los que les llegan nuestras creaciones.
 
Alicia Montesdeoca

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Miércoles, 18 de Abril 2018
Otro mundo es posible. Fuente: pixabay.com
Otro mundo es posible. Fuente: pixabay.com

Las batallas se recrudecen y, a través de los enfrentamientos, van perfilándose los objetivos a conseguir y las condiciones de vida que hemos de dejar atrás por obsoletas.

Se piensa, en estos enfrentamientos, que la defensa de las mejoras materiales logradas hasta hoy son el objetivo: los adversarios, con distintas perspectivas, creen estar defendiendo lo que se ha dado en llamar el “estado del bienestar”.

Si bien en estas luchas se ponen de manifiesto los pilares sobre los que se ha sostenido  el desarrollo humano hasta hoy, el objetivo que ahora está en juego, y que pasa por encima de los intereses particulares de unos y de otros, es el dejar atrás el modelo de vida adoptado y constituirnos en otra sociedad, a partir de nuevos parámetros de consciencia.

Lo que nos jugamos es superior a tener escuela y sanidad públicas; derechos humanos; distribución equitativa de la riqueza; medioambiente saneado y protegido; justicia social y paz. Todo ello será consecuencias de una nueva concepción de las relaciones humanas entre sí y con el entorno, pero no se sostendrá a partir de los términos vencedores y vencidos.

Los derechos reconocidos responden a la dignidad que cada ser humano –mujer y hombre – porta, por el mero hecho de su naturaleza, de ser quién es: representación, a escala humana, de la dignidad que se le reconoce a lo divino (llámese como se le llame y responda a la idea que seamos capaces de concebir, de algo que escapa a nuestro entendimiento).

Desde una perspectiva concreta de la acción y de las estrategias a seguir, los objetivos que se enumeran en los tratados locales o globales de los “derechos humanos y del ciudadano” se reconocen a todos los individuos, posean una posición de poder o estén desprovistos de poder alguno (los que acaparan y los que están desnudos); porque el salto de consciencia a dar ha de pasar por la purificación de los hasta ahora poderosos y por la exaltación de los desposeídos.

Ni los unos ni los otros han de adoptar posiciones de prepotencia. Todos son instrumentos del proceso de evolución de la especie humana terrestre. Sus resistencias a los cambios que se avecinan marcarán, una vez más, su nivel de sufrimiento;  y la demora con la que se produzcan los cambios, condicionará el tiempo en que éste pudiera lograrse. Si los unos han de desprenderse de sus concepciones, los otros también han de hacerlo.

Ambos sectores extremos -y los intermedios- han estado sosteniendo y alimentando con sus actitudes y creencias un estadio evolutivo que tenía su razón de ser, o mejor, que explicaba el estadio histórico de la sociedad humana.

El aumento de la consciencia, del sentido de dignidad de todos y cada uno de los miembros de la especie que se espera en esta transición, y las ansias de cambio latentes  que llaman, también, a una regeneración de los efectos de la acción humana sobre los otros y el entorno natural, empujan masivamente a los más conscientes a decir: ¡Hasta aquí hemos llegado!

El riesgo es evidente; las posturas se polarizan y el proceso natural de depuración y transformación  de las actitudes pueden generar catástrofes a todos los niveles. Catástrofes que ya estamos viviendo y que, por sus efectos, no vamos a poder adaptarnos a ellas. Hemos de ser conscientes de que los objetivos a alcanzar han de ponerse en práctica ya, a nivel individual y colectivo, en esta etapa de transición.

Hay que aprender a ser como si el mundo en su globalidad ya hubiese cambiado, es la práctica que hemos de hacer para asimilar los nuevos aprendizajes, aquellos que hemos de adoptar globalmente en el futuro inmediato.

Hemos de vivir con dignidad y reconocerles a todos (amigos y adversarios) la suya, sean conscientes o no; estén en lo justo o cometan injusticias: no se puede pretender una sociedad nueva soportándola sobre las bases que ya las conciencias despiertas han abandonado, por superadas y obsoletas.

Vivir como si ya hubiésemos llegado a un nuevo estadio, es vivir en ese mundo ahora. Nadie nos lo va a reconocer si no lo mostramos construido en nuestras propias vidas, en nosotros mismos y en nuestras relaciones con los otros y con el planeta Tierra.
 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 2 de Abril 2018
pixabay.com
pixabay.com
Para nombrar el salto de consciencia que estamos experimentado, hemos de nombrar el umbral que se abre hacia el espíritu, hemos de nombrar las nuevas cualidades emergentes, hemos de nombrar las nuevas percepciones que  se alcanzan, hemos de nombrar lo que nos transforman esas percepciones, hemos de nombrar la voluntad que se impone, hemos de nombrar las nuevas creaciones que tratan de nacer, hemos de nombrar las criaturas que de ellas nacen…
 
Para nombrar lo nuevo hemos de recurrir a un nuevo lenguaje que brote del corazón, que tenga sus raíces en el Alma. Hemos de despertar a las nuevas expresiones orales, a movernos con otros ritmos que no distorsionen la esencia de lo que se manifiesta, a dejar que la imaginación navegue por otros espacios dimensionales que la inspiren.
 
Las nuevas formas de relación que se imponen colectivamente, como consecuencia de los cambios que vivimos, buscan objetivos consensuados que satisfagan los profundos anhelos, aquellos que están inspirados por el ser.
 
Esos objetivos promueven nuevos valores: reconocen a cada uno de los participantes en las nuevas relaciones; vinculan las diferencias que cada una y cada uno  aporta; respetan y armonizan los procesos individuales; cuidan de los tiempos y las velocidades que requieren esos procesos; propician que se  contemplen con los ojos internos como, paso a paso, va surgiendo la creación común.  Y, de esta manera,  reconocer que lo expresado adquiere una perfección que trasciende el poder meramente humano e individual.
 
Para llegar a comprender el lenguaje con que nos habla la conciencia hoy, hemos de considerar que:
 
  • Son las leyes de la evolución y no las del mercado las que rigen en la vida
  • Es la cooperación y no la competencia la que enriquece nuestro devenir por ella
  • Es la solidaridad y no el acaparamiento la que propicia el bienestar
  • Es la comunidad y no los individuos la que logra las metas mejores para la especie
  • Es el dar y no el controlar lo que propicia que la naturaleza dé buenos frutos
  • Es el cimentar en el alma, y no sobre los objetos, los ideales con los que alimentamos nuestra existencia humana
  • Es el sentir que los otros me complementan y que soy porque ellos también son
  • Es mirar la historia como presente construido y el futuro como presente por construir
  • Es dejar que el movimiento de los ciclos de la vida nos conduzcan para que cada estación nos transforme y nos renueve
  • Es el dejar de creerse temporal lo que permite conocer en la eternidad
 
 
 
Alicia Montesdeoca