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FILOSOFÍA SOCIAL: A. Montesdeoca

Blog de Tendencias21 sobre pensamiento social

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Martes, 19 de Noviembre 2019
Un nuevo horizonte, una nueva cultura. pexels.com
Un nuevo horizonte, una nueva cultura. pexels.com

 
La cultura humana, de manera ciega y al servicio del desarrollo de posibilidades vitales, distribuyó unas tareas a cada uno de los géneros para lo cual segó, en gran parte,  la sensibilidad del hombre y lo predispuso a desarrollar aquellas facultades que lo impelía a la expansión. Y a la mujer la colocó en un segundo plano, invisibilizada socialmente, teóricamente dependiente, asegurando la continuidad de la vida.
 
Las fuerzas masculinas, sin el recurso a las facultades sensibles, resultó ser como una bestia que arrolla todo lo que le hace tropezar para lograr los objetivos que considera, desde sí misma, que se deben alcanzar. Con ese ímpetu pocas veces y por pocas razones el hombre accede a sus sentimientos para encontrar sentido de lo que dice, piensa y hace.
 
La razón instrumental lo domina, y los logros que con ella alcanza le justifican aunque, en ese batallar que es para el hombre la vida, se pierdan otras vidas, se destruya lo logrado hasta ese instante, no tenga tiempo para los suyos y él mismo sea destruido por la violencia que generan sus acciones. La vuelta a los orígenes le es imposible, ha perdido la memoria y ya ni sabe cómo ni para qué nació: lo ignora todo porque se convirtió en una marioneta de sus propias pasiones.
 
¿Y la mujer?

¿Qué pasó con la mujer? Ella fue anulada y puesta al servicio única y exclusivamente de la supervivencia de los suyos y de los hijos que eran engendrados por los dos. Esta tarea le permitió estar más cerca de su sensibilidad, aunque fuese instrumentalizada, también, por la cultura, y que con ello, en múltiples ocasiones se convirtiera en una caricatura de su esencia, además de ser menospreciada y acusada de debilidades, de superficial, de infantilismo por el mismo hombre.
 
Así y todo, cumplió con creces la tarea asignada. Ella estaba sosteniendo la vida, en todos los momentos y en las más graves circunstancias de riesgo en que la cultura ponía a la especie. Se inventaba el día a día, sobreviviendo y posibilitando la supervivencia de todos a base de un trabajo intenso, sin horas de descanso ni de ocio; gestionando la pobreza, gracias a su inventiva y a su inteligencia sensible y propiciando que las nuevas generaciones tuviesen mejores condiciones que las que ella tenía.

Sus tareas comunitarias, solidarias, de cooperación para el bien de los suyos y de los otros que estaban a cargo de otras mujeres, posibilitaron y siguen posibilitando la defensa de la vida, sabiendo en todo momento lo que era esencial y previendo cada una de las necesidades indispensables que se iban a poner de manifiesto en lo cotidiano.
 
Reconstruyendo la fragmentación

En este momento de tránsito en el que se cuestionan las bases de las culturas que han dividido a la humanidad en hombres y mujeres; fuertes y debiluchos; blancos y negros; ricos y pobres; sabios e ignorantes; hijos de dios e hijos del diablo; creyentes y ateos, civilizados y salvajes; privilegiados y miserables; con derecho a todo y despojados de cualquier derecho, machotes y afeminados… La mujer cobra el derecho a ser reconocida como protagonista de su vida y el hombre comienza a recoger los pedazos de su ser íntegro, diseminados por los rincones de la historia.
 
Cuando se culmine el proceso que ya está abierto, será entonces cuando ambos unidos, y reconociéndose mutuamente su dignidad, podrán protagonizar la reconstrucción de lo que fue fragmentado e instrumentalizado por una evolución que tomó aquellos derroteros, en el inicio de una marcha de esta especie humana para la que no se contaba con experiencia alguna.
 
¿Fue necesario e imprescindible comenzar la andadura dividiendo y especializando la naturaleza humana? ¿Se pudo hacer de otra manera? ¿Somos un experimento?
 
A lo mejor, algún día, algún ser inteligentemente sensible nos pueda contar el cómo y el porqué de esta historia humana, en este pequeño rincón del universo. Alcanzar a comprender el sentido de tanto dolor vivido es una meta a conseguir y nos abriría a la superación del modelo adoptado. Otra cultura ha de ser posible y está en manos de nuestra conciencia propiciarla.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Martes, 5 de Noviembre 2019
pixabay.com
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Lo que más consciencia atrapa es el dolor. Su sentido está en el despertar de lo sensible y elevar la materia, hasta que ésta desarrolle una comprensión que abarque el Cosmos.
 
El dolor no es un fin en sí mismo, está al servicio del desarrollo de la sensibilidad; es la manifestación de la capacidad escondida en la materia para convertirse en vida y elevarse hasta la trascendencia absoluta.
 
Estamos en el momento más crítico de los que esta humanidad haya podido vivir hasta hoy: o alcanzamos  a vislumbrar el sentido que tiene este momento que vivimos, -dolores de parto que generan las circunstancias presentes- para alcanzar a destapar la luz que se anuncia con ellos, tras centenares de miles de años de experiencias vividas a tientas; o, terminaremos creyendo que es un sinsentido toda la experiencia humana, atrapada, aparentemente, en el movimiento circular de una rueda imparable que no conduce a ningún lugar.
 
El ciego discurrir de la vida humana, a lo largo de la historia, ha estado iluminado, -pese a esa ceguera- por la luz que mostraba la capacidad sensible, la cual empujaba a través del propio sufrimiento a nuevos aprendizajes. Éstos abrían la mente a una comprensión mayor, a pesar de las resistencias ofrecidas de su materia.
 
El momento crítico es, pues, el instante en que, a través del dolor, se incineran los residuos acumulados por la ignorancia, emergiendo, entre las cenizas, las brasas incandescentes de la sabiduría.
 
Solo con el amor y el reconocimiento a lo que hemos sido y a lo que hoy somos como especie, podemos comprender el alcance de la mutación de la materia de la que formamos parte, a través del hecho alquímico de vivir pese a los costes pagados; consolándonos con cada pequeño paso en el que vislumbrábamos, más y mejor, el sendero que no nos llevaba a ningún lugar definitivo, pero que se nos ofrecía como aliento para seguir avanzando.
 
Ahora sí que se puede entender el sentido de la transformación de lo denso en sutil. También el sentido de cada vida y de todas las manifestaciones de la vida en su conjunto. La vida tiene un proyecto, y una humanidad más consciente se está predisponiendo a colaborar con él.  
 
Alicia Montesdeoca

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Jueves, 24 de Octubre 2019
pixabay.com
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Hay que posibilitar un nuevo “enlace” entre lo femenino y lo masculino. Un nuevo enlace que ha de renovar los términos del anterior, basándonos en el reconocimiento de las características que define lo femenino y que hacen de éste un factor esencial para que la vida nazca, se nutra, se desarrolle, se expanda y colabore con toda su plenitud a la construcción del Nuevo Mundo.

Un mundo nuevo, una cultura nueva, una sociedad nueva donde predomine el reconocimiento de la diversidad, la empatía hacia los demás seres humanos y hacia el entorno que nos acoge, la cooperación para alcanzar el bienestar mutuo, el respeto a las diferencias que nos enriquece, siendo conscientes de que los vínculos y la dependencia son recursos de la propia vida.

Para ello es preciso recuperar la historia de las mujeres, con todos sus “ropajes”. Aquellos que nos indicaron, en todo momento, cuáles eran las vías para el progreso de la vida, y que fueron olvidados entre el polvo, la decadencia, la intemperie; despreciados como meros adornos por la incomprensión que hasta hoy se ha tenido de su valor determinante.

Las mujeres no han entendido, hasta hoy, que su dolor y sus frustraciones provenían de no haber reconocido, también ellas, cuáles eran sus dotes. La cultura imperante ahogó sus anhelos más íntimos y sin ellos, como luz que guía, se entregó a los destinos que para ellas le tenía reservada la ceguera imperante.

Las niñas, las mujeres, como expresión genuina de lo femenino, sí son diferentes y esa diferencia hay que reconocerla y dejarla florecer porque, si no florece, no habrá primavera humana posible.

La destrucción de los recursos, el agotamiento de la tierra, la desaparición de las especies, la contaminación de las aguas y del aire; las guerras, los conflictos, el hambre, las trágicas muertes de los desfavorecidos, todo, todo es consecuencia de la mirada unilateral que niega la dependencia de  lo que se expresa como vida, dependencia que la naturaleza femenina reconoce y representa.
 
Alicia Montesdeoca

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Miércoles, 25 de Septiembre 2019

Vivimos en unos tiempos dramáticos. La sociedad mundial se enfrenta a grandes retos que son consecuencias no previstas de nuestras acciones durante los últimos siglos.


Puesto de salud en campamento de refugiados. flickr.com
Puesto de salud en campamento de refugiados. flickr.com
En estas circunstancias a las que nos enfrentamos, hay que asumir que sobre la cultura occidental, representada por los países denominados desarrollados, pesa la mayor responsabilidad sobre lo que nos acontece a todos.
 
Sin embargo, las mayores catástrofes las sufren aquellos países que no han gozado de tanto protagonismo ni tienen tanta responsabilidad en lo que sucede: la inmensa mayoría de los pueblos asiáticos, africanos y americanos del centro y sur del planeta, así como las regiones más desfavorecidas de los países desarrollados.
 
La razón ilustrada y la razón sensible

La racionalidad ilustrada motora de nuestra cultura, eminentemente masculina, tiene dos polos: uno es el que permitió los avances científicos y tecnológicos de los que hoy se gozan, el otro el que ignoró, muchas veces por soberbia, las leyes que posee la Vida.
 
Esta racionalidad ilustrada ha arrasado, con su expansión y sus ansias de dominio y de control, los recursos propios y los ajenos, sin considerar las consecuencias que eso traería consigo y que hoy podemos medir, por su generación de sufrimiento y de destrucción sobre los seres vivos y los entornos naturales que los acogen.
 
Se puede argumentar, y es un buen argumento, que la ciencia y la tecnología tienen, gracias al esfuerzo ciego, capacidad para revertir en el presente los efectos no deseados.  Así puede ser, pero sólo si a los frutos de la razón ilustrada se le acompaña con la menospreciada o ninguneada razón sensible, aquella que, desde las cualidades de lo femenino, desde los principios de amor, respeto y agradecimiento a la Tierra y a la Vida que ella nutre, nos dota de empatía, cooperación y colaboración con todos y hacia todos.
 
Esa simbiosis entre la razón ilustrada y la razón sensible generará una interacción nueva, creadora de más vida, que integre a todos los seres humanos y sus culturas, respetando y cuidando este hermoso y generoso hogar que llamamos Tierra y a todos sus habitantes.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 16 de Septiembre 2019

La isla, mientras estuvo ardiendo, fue un único corazón latiendo al unísono con las fuerzas de la vida


flickr.com
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En agosto, como es costumbre, nos vamos a Gran canaria a retomar el bienestar conocido y los afectos familiares; a gozar de la brisa, de la luz, de los colores de la tierra y el mar; de la sonrisa de esa mujer desconocida que te saluda cuando se cruzan nuestras miradas; del encuentro con el anónimo paseante por la orilla de la playa que te contempla gozando del bienestar que sientes en ese lugar y que él asiente con una sonrisa porque comprende tus emociones en ese instante; del encuentro con las viejas amigas  que te reciben con los brazos abiertos como  si no hubiesen pasado los años y no se hubiese producido distancia alguna. La “recarga de las pilas” para aguantar, un año más, lejos de la tierra amada, está garantizada cada vez que a ella llego.

Allí vamos, a gozar del paso de los días, sin fijarnos rutas ni proponernos programa alguno. Siempre ha sido así, cada verano, durante treinta largos años… menos el del año 2019.

Una semana antes de llegar se habían producido dos incendios importantes: uno en Cazadores en el municipio de Telde y el otro en el llamado Barranco de Crespo, en Valleseco. A la semana ya habían sido sofocados pero la sequedad del ambiente, las altas temperaturas y el viento provocaron una catástrofe ambiental con un nuevo y destructor incendio en el hermoso parque natural de las cumbres de la isla. El incendio se inició el 10 de agosto, en el pago de Las Arbejas, en Artenara, calcinando, a lo largo de los días 1.164 hectáreas en Artenara, Tejeda y Galdar.

 El pueblo canario, de improviso, se enfrentó a una profecía anunciada, el riesgo de que el cambio climático pueda arrasar sus espacios naturales protegidos,  con los cuales tan identificado se siente, se puso en evidencia. Al final, según las cifras divulgadas, el 84% del terreno afectado forma parte de esos espacios naturales protegidos.

La conmoción en la población fue evidente, la tristeza se percibía en los silencios que se guardaban cuando las noticias llegaban y los aviones y helicópteros sobrevolaban la ciudad para repostar agua. Pero también se evidenció la capacidad de ese pueblo para sentirse uno en las tragedias, para entregarse a los que estaban más afectados, para sufrir con el dolor de los desplazados y acompañarles ofreciendo sus servicios y sus medios. También para apoyar desde las calles, las playas y las azoteas de las casas la labor de los responsables de la extinción, reconociéndoles su valor y mostrando su agradecimiento de múltiples formas. El pueblo de Gran Canaria salió a las calles a mostrar sus sentimientos, a vivir su tristeza colectivamente, una tristeza que era aliviada por la solidaridad de las poblaciones de las otras islas del archipiélago y, también, por la de los pueblos más lejanos que sintieron como propia la catástrofe. 

La gestión de la catástrofe fue excelente y todos pudimos ir conociendo su magnitud, sus riesgos y las estrategias adoptadas gracias a la excelente información que se generó desde las instituciones competentes, posibilitándose, de esta manera, que la información veraz apagara los bulos que confunden y entorpecen en momentos tan delicados, logrando con ello el sentimiento de unión necesario para aceptar la catástrofe, sin ocultar el origen ni sus consecuencias y para, también, confiar en que el futuro estaba por construirse poniendo esa posibilidad en las manos de todos.

De esta manera, la fuerza y la creatividad de este pueblo, expresada a lo largo de su historia y en los momentos más difíciles, se desperezó alimentada por las voces de sus poetas y por el saber hacer de sus ciudadanos y ciudadanas. Las frases de aliento, de esperanza y de agradecimiento surcaron las redes; las convocatorias para paliar los efectos y para proteger y acoger a los desplazados mostraron lo mejor de los seres humanos cuando las circunstancias lo requieren.

 
Alicia Montesdeoca


Editado por
Alicia Montesdeoca
Montesdeoca Rivero Alicia
Licenciada en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Alicia Montesdeoca es consultora e investigadora, así como periodista científico. Coeditora de Tendencias21, es responsable asimismo de la sección "La Razón Sensible" de Tendencias21.



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